El Cisma de Occidente

El Gran cisma 1378-1418

Miniatura del siglo XV de un manuscrito de las Crónicas de Jean Froissart

Miniatura del siglo XV de un manuscrito de las Crónicas de Jean Froissart, que representa el Gran Cisma de la Iglesia católica iniciado en 1378.

A la muerte de Gregorio XI 16 cardenales reunidos en Roma se reunieron en cónclave en medio de una revolución popular que pedía un papa italiano y romano. Romano lo volemo o almanco italiano, decían primero las turbas, y aumentando el tumulto ya no se contentaban con que solo fuese italiano.

Pero , aun antes de comenzarse la elección, ya estaba por la mayoría señalado el nombre de Bartolomé Prignano, arzobispo de Bari, apoyándole el mismo cardenal Pedro de Luna, que entró en el conclave decidido a sufrir el martirio por defender los derechos de la iglesia contra la Revolución.

El 8 de abril, después de la misa del Espíritu Santo, en medio de un tumulto popular que amenazaba las vidas de los cardenales, dan estos, todos menos uno, sus votos al arzobispo de Bari, protestando algunos de ellos, como el cardenal Luna, que lo elegían libremente. En medio de la Revolución que no se contentaba ya con un papa italiano, Prignano admite el nombramiento, y el 10 de abril era entronizado por 12 de los cardenales que pudieron reunirse después de una dispersión, y tomaba el nombre de Urbano VI.

Los mismos cardenales notificaron por cartas a los soberanos la elección, sin que en ellas se deje ver sospecha de su ilegitimidad. Nadie parecía dudar de ella. Así las cosas, comenzó el papa Urbano VI a ganarse por su dureza (que la misma santa Catalina de Sena notó en él) las antipatías de muchos y en particular de todos los cardenales, entre los cuales Pedro de Luna no fue de los primeros en separarse de su lado.

Siempre será un misterio para la historia de la unanimidad con que todos los cardenales que habían concurrido a la elección y la habían dado por legítima, acabaron por decir que no la tenían por tal.

El 20 de julio del mismo año (1378), los cardenales no italianos reunidos en Anagni, invitaban a los otros a una nueva elección, y reunidos 13 cardenales daban el 13 de agosto por nula la elección de Urbano. En fin, en 20 de septiembre, reunidos los 16, era inopinadamente elegido en Fondi uno de ellos, Roberto de Ginebra, que tomó el nombre de Clemente VII, siendo coronado el 31 de octubre.

No parece que la causa única del cisma, que con esto quedaba hecho, fuese solo política, sino alguna duda que asaltaría muchos ánimos por las circunstancias en extremo anormales de la primera elección, tomando mucho incremento con los resentimientos personales contra Urbano VI.

Cisma consumado

Pero la acción política había también llegado, y la división de la Iglesia fue espantosa. El rey de Francia Carlos V fue el defensor nato de Clemente VII, y hasta parece que había llegado al pleno convencimiento de su legitimidad, pues no tuvo que retractarse de su conducta en dilatar su obediencia, ni en la hora de su cristiana muerte.

Inglaterra, Alemania e Italia, aunque con división y dudas de los ánimos, estaban por Urbano, mientras Francia, Castilla y Aragón, con más compacta conformidad, daban la obediencia a Clemente.

Al morir Urbano VI, en 15-X-1389, reunidos en Roma 14 cardenales eligieron legítimamente papa a Pietro Tomacelli, que se llamó Bonifacio IX, y asimismo, a la muerte de Clemente VII, ocurrida en 16-IX-1394, antes que pudiese intervenir Francia para impedir nueva elección, era elegido tras juramento de procurar la unión aun por medio de la renuncia, el español Pedro de Luna, que al subir al trono pontificio, persuadido de su legitimidad, tomó el nombre de Benedicto XIII.

Benedicto XIII

No creía él que la renuncia fuese el camino necesario para acabar el cisma; antes confiaba que en una entrevista convencería a su adversario a quien él llamaba el intruso.

Francia quería, ante todo, la renuncia, y tras una embajada de los duques de Berry, de Bourgogne y de Orleáns, que con este objetivo envió a Aviñón, le quitó la obediencia en lo que la imitó Castilla, quedando Benedicto XIII en realidad prisionero de los franceses.

Por otra parte, Bonifacio IX, tan persuadido en Roma de su derecho, como Benedicto del suyo en Aviñón, resistía a toda idea de renuncia o de concilio. Con esto fracasaba el procedimiento de Francia de negar la obediencia, pues como bien advertía el rey de Aragón al duque Bourgogne, no podía trabajarse con provecho por la unión de la Iglesia Universal, habiendo división aún en una de sus partes.

El 28 y el 30 de mayo de 1403 se publicaron edictos por los que volvía Francia a la obediencia de Benedicto XIII, al cual se le juntaron de nuevo sus cardenales, los cuales antes casi todos le habían abandonado.

Bonifacio IX murió el 1-X-1404. Su sucesor Inocencio VII reinó solo cuatro años, y le siguió Gregorio XII con el mismo compromiso de renunciar que tenía Benedicto XIII, si así convenía para la paz de la Iglesia. Pero ni uno ni otro pensaban en hacerlo, como se vio bien pronto, pues aunque prometió Gregorio a Benedicto en 1401 acudir a una entrevista en Savona, no fue a ella, como tampoco a otras ciudades que se fueron señalando.

Poco después Francia volvió a romper con Benedicto XIII, lo mismo que muchos de sus cardenales, y como Gregorio XII también descontentaba a los suyos, siete de sus cardenales se le separaron.

Conciliábulo de Pisa

Desde los comienzos del Cisma se había pensado en España y en Francia en un concilio que dirimiese la cuestión. Lo deseaban sobre todo la universidad de París, cuyos miembros, y en especial el canciller Pedro d´Ailly y su discípulo Gerson, aunque veían la dificultad de que ningún papa querría provocarlo, pretendían salvar esta dificultad con la opinión errónea de que el concilio estaba por encima de la autoridad pontificia.

Se formó un partido en pro del concilio, apoyado por Francia, luego que hubo cardenales de una y otra parte separados de sus papas.

En 1409 se reunieron en Pisa, llegándose a juntar allí 24 cardenales, muchos obispos, y sobre todo, muchos doctores. Después de lamentables discursos sobre crímenes de los dos papas, se creyeron facultados para deponer a entrambos, los cuales al mismo tiempo protestaban y reunían otros sínodos en Aquileya y Perpinán.

Pero aunque fuera de Francia las otras naciones, como tales, no se habían adherido al conciliábulo de Pisa, en este se vio que las doctrinas de Pedro de´Ailly, ya obispo de Cambray y de Gerson (que tal vez no pudo asistir) sobre la superioridad del concilio, habían ganado mucho terreno.

Fue desdichada idea la de elegir un nuevo papa, Pedro Filardo, cardenal arzobispo de Milán, que tomó el nombre de Alejandro V (1409-1410) que, gracias a la fuerza, fue proclamado en Roma, pero de hecho fueron afortunados los doctores reunidos en Pisa en la resolución de reunirse en otro concilio, que si bien no pudo celebrarse en la fecha señalada (1412), tuvo lugar con provecho de la cristiandad en 1414.

Elección de Martín V

Juan XXIII, que sucedió a Alejandro V en Roma, convocó un concilio general en Constanza. Se comenzó dando a Juan XXIII los honores del papado, pero desde que se presentaron a principios de 1415 los embajadores de Clemente VIII, ya casi abandonado de todos, se pensó en hacerle renunciar.

Virgen de la Misericordia. Retablo Cadard (hacia el 1444) de Enguerrand Quarton

Virgen de la Misericordia, imagen de la Iglesia reconciliada luego del concilio de Constanza. Retablo Cadard (hacia el 1444) de Enguerrand Quarton.

Sus mismos cardenales Guillermo de Fillastre y d´Ailly se lo propusieron con la evidente razón de que era imposible que los partidarios de los otros dos se conformasen en abandonarlos sin este sacrificio. La admisión de doctores a votar, a propuesta de los mismos cardenales, desconcertó los planes de Juan XXIII que fue depuesto con mejor derecho que no fue elegido su predecesor en Pisa.

Mientras tanto (1415) el papa Gregorio XII había renunciado, pero Pedro de Luna, a pesar de ir en persona Segismundo, rey de Romanos y el rey de Aragón a suplicarle que renunciase, conforme a sus compromisos, no quiso ceder nada de la dudosa autoridad de que estaba revestido. Pero, abandonado de casi todos, el concilio procedió a una solemne deposición del mismo (26-VII-1417).

Para la nueva elección se convino, tras inacabables cuestiones, en que a los cardenales se les uniesen seis delegados de cada nación o grupo, alemanes, españoles, franceses, ingleses e italianos, debiendo juntar el elegido las dos terceras partes de los cardenales y de los electores de cada nación.

El 8-XI-1417 entraron en conclave 23 cardenales y otros 30 electores, y en la tarde del 11 fue elegido el cardenal Otón Colonna, según algunos autores por completa unanimidad, el cual se llamó Martín V, y tuvo el consuelo de ver terminado el cisma con indecible alegría de toda la cristiandad. Benedicto XIII murió en Peñíscola, y su exiguo partido se deshizo bien prontoR.B.: VARIOS AUTORES, Enciclopedia Universal Ilustrada Europeo-Americana, Ed. Espasa-Calpe, 1988, tomo 13 págs. 476-477.