Fray Bartolomé de las Casas

Evangelizador 1474-1566

Conversión

Gestiones con Cisneros y Carlos V

El fracaso de Cumaná

Ingreso en la orden dominicana

En Guatemala. La Vera Paz

Las Leyes Nuevas

Las Casas, obispo de Chiapa

La polémica con Sepúlveda

Últimos años

Ideario

Las Casas, historiador

Las Casas ante la posteridad

Biografía

Retrato de Bartolomé de las Casas.

Retrato de Bartolomé de las Casas. Anónimo

(1474-1566) [Sevilla, Madrid]. Era hijo de Pedro de las Casas, mercader de linaje de conversos, de padre segoviano, cuyo apellido y el de los tíos de Bartolomé era Peñalosa; y de Isabel de Sosa, sin tener parentesco con los Casaus, de familia más distinguida. Varios de los Peñalosa concurrieron a los viajes de Colón e igualmente Pedro, que fue en el segundo viaje y permaneció en Indias hasta 1498.

Bartolomé estudió en la escuela catedralicia sevillana y en 1502 partió a las Indias con su padre, en la expedición de Ovando, siendo designado doctrinero, pues ya era considerado clérigo por sus estudios. Participó en algunas campañas en la isla La Española e hizo un viaje a Roma (1506-7).

A su regreso a la Española, el virrey Diego Colón le concedió un repartimiento de indios y se ordenó de presbítero (quizás fines de 1512), siendo el primero que dijo su primera misa en América, en la ciudad de la Vega, donde oyó un sermón de fray Pedro de Córdoba a los indios, nuevo por su contenido.

Ya presenciaba los excesos de opresión de los primeros años, el mal trato y la extinción gradual del indígena y concibió ya la idea de sustituir la agotadora explotación minera por la agricultura, colaborando labradores españoles y dejando vivir al indio en pueblos libres, tutelados por el misionero.

En 1513 participó como capellán en la conquista de Cuba por Diego Velázquez y no pudo evitar la bárbara matanza de indios llevada a cabo por Narváez en Caonao; Velázquez le otorgó una buena encomienda con un tal Pedro de Rentería y que prosperó.

Conversión

En 1514 la visita de tres dominicos de la Española, le suscitó dudas sobre la legitimidad de los beneficios que obtenía de sus indios encomendados; ya en 1511 había pronunciado en Santo Domingo fray Antonio Montesinos su famoso sermón en que condenó la encomienda y la esclavitud de hecho del indio, cuyo contenido ha transmitido precisamente Las Casas, que los oyó, y se habían ya promulgado las Leyes de Burgos de 1512, que intentaron en vano resolver el problema, sin lograr atenuarse el trato al indígena, pues consagraron su sujeción al trabajo, aunque asalariado, en las minas, durante dos periodos anuales de cinco meses, con cuarenta días libres de intervalo para atender a sus sementeras, y con obligación por parte del encomendero de cristianizarlo, darle buen trato y acostumbrarlo a las formas europeas de vida; en el fondo era autorizar una esclavitud de hecho.

También se adoptó el famoso requerimiento. Las Casas sufrió una conmoción espiritual —leyendo el Eclesiástico— que le llevó a considerar lo que había de inicuo en la forma de colonización y por considerar con Santo Tomás que no debían de hacerse males con fines buenos. Renunció a su encomienda y también había pensado Rentería hacer lo mismo.

Anunció públicamente su renuncia en un sermón ante Velázquez en Sancti Spíritus el día de la Asunción de 1514. En 1515 partió Las Casas a Santo Domingo, donde se entrevistó con fray Pedro de Córdoba, que le alentó en sus propósitos, y que había ido a España a denunciar al rey los abusos, pero que no se atrevió a tomar sobre sí la aplicación de remedios.

La idea fundamental que siempre desarrollaría Las Casas era la de que España y las Indias formaban una unidad inseparable, en el sentido de que aquella era el instrumento de la Providencia para llevar a la otra la luz del Evangelio y este era su deber y la razón de la colonización, había visto ya que el problema no consistía en defender al indio de Cuba o de otro sitio concreto, sino de elevar la cuestión a un plano general y de defender a toda la raza indígena.

Combatiría la guerra de conquista, la esclavización y la encomienda y por la plena libertad del indio y la conservación de la autoridad de sus caciques; para él todo lo que se hacía en Indias era injusto y tiránico y nada se había hecho que no lo fuera; no iba a admitir restricciones en su criterio ni a adaptarse a las realidades.

Gestiones con Cisneros y Carlos V

A fines de 1515 se entrevistó con Fernando el Católico en Plasencia, quien le remitió a Rodriguez de Fonseca y a Lope Conchillos, encargados de los asuntos indianos, pero interesados en la explotación del indio, poseedores de repartimientos relacionados con el grupo explotador de la Española.

La muerte del rey permitió a Las Casas hallar en Cisneros un espíritu dispuesto a oírle; presentó a este y al cardenal Adriano, también gobernador del reino, dos memoriales, de agravios y remedios (Memorial de Catorce Remedios, marzo y abril de 1516), y luego otro de denuncias examinados por una junta en la que entraron Galíndez de Carvajal y Palacios Rubios.

Fueron eliminados Fonseca y Conchillos, y se adoptó el plan de Las Casas de comunidades indias bajo la administración de españoles; aunque condicionado, ya que se impuso la conservación de las encomiendas, pues por otros informes creía necesaria Cisneros la tutela del indio para su conversión y civilización, opinión de los franciscanos.

Para la implantación del nuevo régimen nombró Cisneros comisarios con poderes de gobernadores a tres religiosos Jerónimos y juez de residencia a Alonso de Zuazo; pero aquellos se inclinaron al otro bando y eliminaron el proyecto de comunidades libres. Después de ellos partió Las Casas (1517), nombrado Procurador de los indios; los jerónimos no se atrevieron a enfrentarse con los colonos, aunque Zuazo intentó suprimir los repartimientos de autoridades y de personajes ausentes, y desecharon las comunidades, manteniendo la encomienda —sus instrucciones ofrecían tres fórmulas—, se les ofreció entre otros el argumento de ser necesaria por lo dicho.

Las Casas, que aspiraba a la plena libertad del indio, viendo la inutilidad del gobierno de los jerónimos para sus fines, volvió a España al poco tiempo (1517) mientras le destituía Cisneros, inclinado al parecer de los jerónimos, y se dispuso a ir a Flandes, pero la llegada de Carlos V le hizo entrar en relación con sus consejeros flamencos, logrando el apoyo del canciller Sauvage, que expulsó definitivamente a Conchillos, pero su muerte trajo de nuevo al gobierno de las Indias a Fonseca y con él a Francisco de los Cobos, que destituyeron a los jerónimos y residenciaron a Zuazo.

Sin embargo, Las Casas había conseguido de Carlos que se le encomendase un plan de remedio de las Indias y propuso una colonización en Tierra Firme —dado lo perdida que estaba la situación en las Antillas— con labradores castellanos que convivieran con los indios, aunque con fortalezas y obispados, y siempre sobre la base del buen trato y respeto a los indios; también para repoblar la Española y salvar los pocos indígenas que quedaban, propuso una colonización labradora, con muy buenas condiciones, y la importación de negros, idea la última llevada a cabo de forma inmediata y de que se arrepintió después, confesando que no caía entonces en cuenta en la injusticia con que los portugueses los cautivaban. Por otra parte, la trata ya era anterior en América. Con falta de realismo, quería cargar el importe de estas empresas a los españoles que habían obtenido oro y perlas en Tierra Firme.

A pesar de la muerte de Sauvage, el apoyo de otros flamencos y del cardenal Adriano le permitió arrancar a Fonseca, de nuevo al frente de los asuntos indianos, la autorización para la referida colonización labriega, a cuya propaganda se opusieron los señores de los pueblos. Rodrigo de Figueroa, juez de residencia en La Española, aboliría las encomiendas de ausentes y mantendría la institución, con ciertas mejoras, aunque conservándose los cinco meses seguidos de trabajo minero, procurándose la concentración de los indios en pueblos en que viviesen libremente, y debería proceder de acuerdo con Las Casas.

Pero este, ante la casi total extinción de los indios de la Española consagró su atención a Tierra Firme, donde ya existía una misión de dominicos y franciscanos en Cumaná desde años atrás, que procuraba la atracción pacífica del indio y evitar las incursiones esclavistas o que abusasen las que iban por perlas y la compra de indios ya esclavos de otras tribus; allí pensó Las Casas colaborar y llevar labradores castellanos y obtener provechos para la Corona, pues sin estos no cabía conseguir sus propósitos.

Una primera expedición partió para Santo Domingo en abril de 1520, para sufrir hambre allí por falta de recursos previstos. Con el apoyo de Gattinara y otros funcionarios flamencos y de los predicadores reales logró vencer Las Casas la oposición de Fonseca en polémicas ante los Consejos y en una discusión ante Carlos V en Molins de Rey (diciembre de 1519) con Juan de Quevedo, obispo de Darién, defensor de la servidumbre, pero coincidente con Las Casas en su condena de los desmanes y en proponer la formación de pueblos indios.

El ambiente en España era ya desfavorable en muchos a las encomiendas. Para su capitulación en Tierra Firme quiso asociarse Las Casas con Diego Colón, sin lograrlo. Elegido Carlos emperador, las últimas gestiones se hicieron apresuradamente en la Coruña, firmándose la capitulación el 19-V-1520; allí también se declaró la libertad personal del indio por influjo de Adriano y se decidió la creación del Consejo de Indias.

El fracaso de Cumaná

Por dicha capitulación se comprometió Las Casas en colonizar y evangelizar una franja de costa de 300 leguas desde Paria a Santa Marta, a fundar tres ciudades con privilegios para los colonos, aunque sin prohibirse el tráfico de otros españoles, pagándose rentas a la Corona desde tres años después.

Pensó asociarse con cincuenta compañeros que pusieron unos diez mil ducados y a quienes pondría unas cruces como distintivo que motivaron la ironía de Fernández de Oviedo y otros, atribuyéndole querer convertir a los labriegos en caballeros de espuela dorada. El estallido de las Comunidades dificultó la organización y al fin zarpó de Sevilla el 14-XII-1520, pero la gente que llevaba eran comuneros de allí ya vencidos y perseguidos.

Entre tanto los indios de Cumaná y otros puntos de la costa venezolana habían destruido las dos misiones y muerto a los religiosos y luego a muchos españoles, en venganza de una expedición esclavista (IX-1520). En castigo y para asegurar aquella costa la Audiencia envió a Gonzalo de Ocampo, que hizo muchos esclavos, pese a las protestas de Las Casas, llegado a Puerto Rico en enero de 1521 y luego a Santo Domingo, viéndose obligado a claudicar y asociarse con Diego Colón y los miembros de la Audiencia dándoles parte en los beneficios de la colonización —admitiendo la esclavización de antropófagos—, recibiendo en cambio el mando de la misma y el apoyo de la hueste de Ocampo. Pero la gente comunera que había llevado prefirió alistarse con Ponce de León para la Florida.

Partió a fin-VII-1521, cerca de Nueva Toledo, fundada por Ocampo en Cumaná, se halló casi solo, sin que los indios quisieran tratos con él al no ofrecerles vino en cambio. Durante un viaje a Santo Domingo, varias expediciones esclavistas, incluso del segundo de Las Casas, provocaron un ataque indio que destruyó la misión y el establecimiento de Las Casas, con muerte de varios españoles (10-I-1522).

Con retraso lo supo Las Casas en Santo Domingo, y aunque no le faltaran amigos que le ofrecieron subvencionar su empresa, renunció abatido a ella. Su fracaso consolidó la idea de que el indio solo se le podía tratar con la conquista y la esclavitud.

Ingreso en la orden dominicana

Una crisis espiritual y la perspectiva de su soledad le impulsaron a ingresar en la orden dominica, aconsejado por fray Domingo de Betanzos (1522). Ingresó en la misma ciudad de Santo Domingo y profesó en XII-1523. Se dedicó en adelante al estudio de la teología y el derecho para proseguir más adelante su campaña a favor del indio con más base doctrinal.

Por haber protestado contra nuevas capturas de esclavos ante el presidente de la Audiencia, fue trasladado al norte de la isla para fundar en Puerto Plata otro convento, donde comenzó a escribir su Historia de las Indias y la parte, luego separada, titulada Apologética Historia; también debió de comenzar allí De único vocatione modo ómnium gentium ad veram religionen, en el que preconiza la persuasión y la caridad como únicos procedimientos de conversión y condena la guerra y la violencia.

Quizá influyó, en parte, en la decisión del Consejo de Indias de 1530 de suprimir gran parte de las encomiendas en Nueva España establecidas por la primera Audiencia de ese país; en su carta de 1531 a los consejeros aboga de nuevo por la conversión pacífica bajo la protección oficial, la supresión de la encomienda y colonos labriegos.

Para reformar a los dominicos de México, a propuesta de los obispos Zumárraga y Tomás Garcés, fue nombrado visitador primero de los de Puerto Rico y luego fue a México con Ramírez de Fuenleal, presidente de la Audiencia mexicana (1531); pero fue mal recibido y no pudo realizar su misión, regresando a Puerto Plata.

Otro de sus partidarios, fray Bernardino de Minaya, marchó al Perú, pero no logró que Pizarro renunciase a la conquista violenta. Por predicar la devolución por los penitentes de lo arrebatado a los indios Las Casas fue trasladado detenido a Santo Domingo (1533), pero salió sin permiso para lograr la sumisión del cacique Enriquillo, rebelado hacía muchos años (1533); fray Cipriano de Utrera ha demostrado que su intervención fue secundaria y tardía, pues ya estaba conseguida la sumisión.

En Guatemala. La Vera Paz

En 1535 con el obispo de Panamá fray Tomás de Berlanga y otros dominicos partió para el Perú, pero fue a parar a Nicaragua, donde se enfrentó con Rodrigo de Contreras, oponiéndose a una expedición al río Desaguadero, a menos de dirigirla él para evitar desmanes; chocó incluso con el clero local. Desde Granada dirigió una carta al Consejo, protestando de la conquista del Perú y de los desmanes con los indios en Nicaragua. En 1536 partió para Guatemala, llamado por el obispo Marroquín.

Allí se le reunió fray Domingo de Ladrada, su compañero inseparable en adelante. Marroquín depositó en él plena confianza, encargándole el gobierno de la sede, la protectoría de indios en su ausencia y la tasación de tributos indios; se redactó un memorial para la vida civil y religiosa de los indios, que aprobado por los prelados de México, fue convertido por el Papa en breve para la iglesia indiana; parece que ese memorial procedía de otro de Las casas de 1530.

En Guatemala llevó a cabo un ensayo de conquista pacífica basado en su citada obra de De único vocationis modo; fray Antonio de Remesal en su Historia de Chiapa y Guatemala ha dejado un brillante cuadro de la empresa de la Vera Paz, como se llamó más adelante a Tezulutlán, que era tierra de guerra, efectuada por el envío previo de mercaderes indios que musicalmente hicieron propaganda de los misioneros, enviándose luego a fray Luis de Cáncer (muerto después en Florida).

Se convirtió un cacique, que sirvió de partida para la llamada de Las Casas y otros misioneros que lograron en muy poco tiempo (1537-1538) la conversión del país, acordándose la exclusión de las encomiendas de todo otro español, pagando los indios un tributo al Emperador; el primer pueblo de concentración fue Rabinal.

Marcel Bataillon y el padre Sáenz de Santamaría han demostrado lo novelesco del relato, pues aunque se estableció la misión de la Vera Paz en forma libre para el indio, se hizo más lentamente y con menor espectacularidad, por un acuerdo secreto —incluso para Marroquín— con Alonso de Maldonado, gobernador interino de Guatemala (1537); pero las gestiones preparatorias duraron unos seis años antes de poder entrar los religiosos allí con el apoyo de los cacique ya convertidos.

Cuando la empresa empezó a fructificar ya no estaba allá Las Casas, que tras una estancia en México (1538), partió a España (1540), para reclutar misioneros, por encargo del obispo, con cartas de recomendación de Marroquín, Alvarado y Maldonado. En España consiguió Las Casas una serie de reales cédulas del Consejo de Indias a favor de la empresa pacífica de Tezulutlán. Pero iba a comenzar la parte más activa de su vida.

En realidad se había sustituido la antigua encomienda de trabajo forzoso, por la percepción de un tributo a favor del encomendero, por iniciativa de Fuenleal en Nueva España, aunque se admitía el servicio personal del indio por su incapacidad para pagar de otro modo; la tendencia oficial era imponer este nuevo tipo, que así sustraía al indio del señorío privado, aunque en la práctica tendió a continuar el trabajo forzado.

Los favorecedores del indio habían logrado del papa Paulo III, entre otras bulas, la Sublimis Deus (1537), que declaraba a los indígenas capaces de recibir la fe, como seres perfectamente racionales y cuya libertad y bienes debían respetarse. También Vitoria había divulgado su Relecciones y había resuelto el problema de los justos títulos y de la licitud de la conquista y posesión de América.

Coincidió en parte con él Las Casas, en varias de sus obras, al rechazar los siete títulos ilegítimos, pero no en los legítimos, pues Las Casas omite al primero, basado en la sociabilidad humana, el derecho de viajar, comerciar y establecerse pacíficamente, pudiéndose hacer la guerra a los bárbaros si lo impiden —aunque admite aquel derecho— en alguna otra ocasión, acepta el segundo, el derecho a la propagación de la fe cristiana; el tercero, ilicitud de hacerles la guerra a los indios si no se oponen a la propagación de la fe; y el cuarto, acudir en defensa de indígenas ya cristianizados; del quinto, tiranía de los príncipes indios y sacrificios humanos, no trata mucho y atenúa esa causa de intervención; rechaza el sexto, elección del monarca español por los indios, por no ser libre; y omite el septimo, la ayuda a bárbaros, amigos y aliados, como en la conquista de México.

Vitoria representaba el sentir español de su derecho a la expasión espiritual y material en Indias, aunque sujetándose a bases y motivaciones religiosas y morales; Las Casas, al margen de la coyuntura histórica, la negación de la conquista y la conservación no solo del indio, sino incluso de su cultura e independencia.

Las Leyes Nuevas

En 1542 se promulgaron las Leyes Nuevas, fruto de la oposición de Las Casas a la encomienda, pero también de otros muchos individuos, religiosos y seglares, incluso reflejada en las Cortes; reunió Carlos V ese año en Valladolid una junta, que condenó las encomiendas y el Emperador ordenó una depuración en el Consejo de Indias y en la Casa de Contratación.

Firmó en Barcelona las referidas leyes (20-XI), que prohibían toda esclavización bajo ningún pretexto, la libertad de todos los indios esclavos ilegalmente, prohibición de cargarles y de llevarlos a las pesquerías de perlas; se suprimían las encomiendas de autoridades y de entidades religiosas, de rebeldes del Perú o de amos crueles y se rebajaban los repartimientos escesivos y por último no se concederían más en lo sucesivo, amortizándose las existentes.

Se regulaban los descubrimientos y se moderaría el tributo. Sabido es la reacción violenta que causaron las Leyes Nuevas, las nuevas guerras civiles del Perú y su suspensión, manteniéndose la encomienda. Por otra parte representaban un éxito para Las Casas, pero no respondían a su radical criterio; así que elevó con Ladrada al Emperador en 1523 un memorial en que pedía la total abolición de las encomiendas, la prohibición de todo servicio personal, su sustitución por la participación del encomendero en el tributo y aun su anulación en las regiones que habían padecido más, la prohibición de toda conquista, la anulación de las capitulaciones vigentes, la liberación de todos los indios esclavos sin excepción y el nombramiento de un procurador general de los indios en la Corte.

El Consejo escuchó a los frailes, pero en la provisión complementaria de 4-VI-1543 reconoció el principio de remuneración a los conquistadores, al dar preferencia a sus hijos en cargos; sin suprimir del todo el trabajo personal, se redujeron los tributos a lo que tasaran el virrey y la Audiencia y serían inferiores a los pagados a los antiguos señores indios.

En realidad este fue el resultado más duradero de las Leyes Nuevas, al extinguir la primitiva encomienda y reemplazarla por el tributo, como lo propuso años antes Fuenleal, aunque luego se respetó la herencia —no indefinida— de las encomiendas. Se ha creído que las Leyes Nuevas eran el triunfo de las ideas de Las Casas, desde Remesal hasta Ots y Hanke; pero solo en parte, pues representan un criterio conservador, frente al extremismo lascasiano; como señala Jiménez Fernández se refleja su influencia en la supresión de las encomiendas —al fin no llevada a cabo— la humanización de las conquistas, que en adelante se llaman descubrimientos y población; la abolición de la esclavitud ilegítima, la tutela del buen trato a los indios también en el olvido del requerimiento.

Por ser Las Casas el más ardoroso defensor de los indígenas, ya entonces se supuso que ejerció un profundo influjo en su redacción; pero no se adoptó su rigorismo extremado. La encomienda se mantendría, pero sustituida en su contenido por la cesión de tributos al encomendero y las Leyes Nuevas fueron la culminación del esfuerzo por

borrar las consecuencias del compromiso patrimonialístico en que se había apoyado la conquista, así como por asentar las bases del Estado y de la Sociedad indianas sobre un molde jurídico definido por el predominio de la jurisdicción real y de la justicia letrada.R.B.: Pérez de Tudela. Estudio preliminar a la Historia de las Indias de las Casas, pag CLII.

Durante su estancia en España en 1540 había conseguido Las Casas cédulas para evitar los bautismos precipitados de indios; redactó un duro memorial contra la encomienda Dieciséis remedios, de los que solo se conserva el largo remedio octavo y un breve resumen de los otros) y otras propuestas con sus ideas de siempre de colonización mixta con labradores, restitución a los indios de los bienes de comunidad, la conservación del señorío de los caciques, la vigilancia de los corregidores, la remisión por la Corona de los tributos por muchos años como reparación y una composición por los culpables de la conquista por los bienes mal adquiridos, que para Las Casas lo eran todos y la prohibición de toda conquista (ideas incluidas varias veces en el citado memorial de 1543).

A finales de 1542 terminó en Valencia su obra más famosa, la Brevísima relación de la destrucción de las Indias cuya primera redacción había leído ante el Consejo de Indias con los Remedios citados. Se ha supuesto que por influjo de Las Casas pensó Carlos V renunciar a su soberanía sobre el Perú, tranquilizando Vitoria sus escrúpulos (así Manzano, García Gallo, Menéndez Pidal y negado por Bataillon).

Las Casas, obispo de Chiapa

Parece que por entonces Las Casas pensó ir con Zumárraga y fray Domingo de Betanzos a evangelizar pacíficamente Asia, en relación con los vijes coetáneos por el Océano Pacífico, no obstante, la avanzda edad de los tres; Las Casas gestionaría en Roma la renuncia de Zumárraga a su sede para ese fin, pero cambió de parecer a ofrecérsele a él un obispado, primero el del Cuzco, que rehusó, y luego el de Chiapa, próximo a su empresa de la Vera Paz, ampliándose para cubir esta los límites del mismo, sin consideración a su antiguo protector Marroquín (1543).

Hizo una numerosa recluta de frailes y consiguió muchos privilegios del príncipe don Felipe II, gobernador del reino a la sazón. Consagrado en Sevilla, donde se esforzó, sin mucho éxito, por libertar a los indios esclavos que había allí, zarpó en la flota en que iba doña María de Toledo, la virreina viuda de Diego Colón (1544).

Ya tuvo mal recibimento en Santo Domingo, supo la suspensión de las Leyes Nuevas en México, por Tello Sandoval, de lo que protestó ante don Felipe, y perdió nueve religiosos en un naufragio. Llegó en enero de 1545 a Campeche y luego a Chiapa, enfrentándose inmediatamente con sus feligreses, al negar los sacramentos a quienes poseyeran esclavos o no devolvieran lo obtenido con las encomiendas, y a suspender las licencias a casi todos los confesores.

Su Confesionario o Avisos y reglas para los confesores. (impreso en Sevilla en 1552) era exactamente rigorista; exigía la libertad previa de los esclavos, restituir todo lo adquirido por conquista o resarcir con toda la fortuna solidariamente con los demás, aplicándose a los indios, e igualmente lo adquirido en disfrute de encomiendas, aunque abrió la mano para que los conquistadores vivieran con moderación según su linaje y el encomendero percibiera los tributos, si cumplía con sus deberes; fue objeto Las Casas así de la hostilidad general e incluso de la otra orden (los mercedarios).

Pasando por la Vera Paz, donde florecía su empresa, fue a Gracias a Dios para pedir apoyo a la Audiencia de los Confines, creada por las Leyes Nuevas, que le rehusó el presidente Alonso Maldonado, yerno de Montejo y rico encomendero. También Marroquín se mostró enemigo suyo. Vuelto a Chiapa, arreció la hostilidad al intentar una nueva tasación de tributos.

Llamado por Tello de Sandoval —que le había censurado su conducta— para asistir a una reunión de prelados en Nueva España sobre los indios, partió para México en 1546, cuando ya se habían suspendido en parte las Leyes Nuevas; incluso los dominicos —siempre partidarios de Las Casas— se habían adherido a la solicitud de suspensión, arguyendo que con la encomienda existiría un núcleo de españoles poderosos, que harían progresar la estructura colonial, que decaería si se confiaban a los indios solo a una administración oficial, ineficaz y corrompida.

En la junta se aceptaron varios principios acordes con las ideas de Las Casas, pero ni el virrey Mendoza ni los obispos quisieron ponerlos en práctica, por lo rigurosos. Ante la resistencia decidió volver a España, adonde llegó a comienzos de 1547 para no regresar más a América. Dejó como vicario de su diócesis a su fiel Juan de Parera, y nombró confesores que aplicasen con mitigación sus reglas.

El Confesionario fue recogido por orden del Consejo, pero luego se divulgó y sus normas fueron bastante seguidas; como ha demostrado Lohman para el Perú, en cuanto a restituciones y en las normas del arzobispo de Lima, Loaisa, en 1560. Al volver redactó para el Consejo un memorial Sobre los indios que se han hecho esclavos (1547), en que condenaba radicalmente la esclavitud del indio.

La polémica con Sepúlveda

En España se enfrentó Las Casas en una célebre polémica con Juan Ginés de Sepúlveda, a quien el Consejo de Indias había impedido hasta entonces la publicación de su Demócrates alter sive de justi belli causis apud Indos, en el que defendía la licitud de las guerras de conquista a los indios por su inferior estado de civilización. Las Casas acusado por sus Avisos citados, presentó al Consejo (en 1551) Treinta proposiciones muy jurídicas sobre los derechos de la corona y de los señores indios.

El Consejo pasó el Democrates a consultas de las universidades de Salamanca y Alcalá que dictaminaron en contra. Publicó Sepúlveda en Roma una Apología que fue ordenada recoger en los dominios españoles. Sepúlveda pidió a Felipe II una discusión ante el Consejo Real y teólogos y juristas.

Las Casas renunció al obispado de Chiapa (1550). En Valladolid, entre agosto y septiembre de 1550, se reunieron los consultores —entre otros— Domingo de Soto, Carranza y Melchor Cano, la Junta, con miembros de varios Consejos y los de Indias; su principal objetivo era averiguar la forma en que se podía predicar la fe y como podían quedar sujetas las gentes de aquel nuevo orbe al Emperador, sin lesión de su conciencia.

Hablaron ambos contendientes, presentando Las Casas un voluminoso informe, y resumiendo Soto los argumentos de ambos. Aunque el objeto era como se debía predicar la fe y como podían quedar los indios sometidos al Emperador sin daño de su conciencia, la discusión versó sobre la licitud de la guerra antes de predicarles la fe, que afirmaba Sepúlveda y negaba totalmente Las Casas.

Se basaba el primero en la idolatría y los pecados de los indios, en deber sujetarse a los españoles por su atraso, por ser más fácil la conversión con la previa sumisión y por los sacrificios humanos; los tres primeros argumentos ya habían sido negados por Vitoria. Las Casas rebatió todos y aún justificó los sacrificios humanos como actos religiosos.

Sepúlveda se basaba en Aristóteles; aceptaba una servidumbre natural, pero tutelar y para elevar el nivel de los indios —no la esclavitud, por lo menos no para los que se sometieran voluntariamente— la sola infidelidad no era causa de guerra, pero sí apartarlos de crímenes e inhumanidades, y la predicación sin sumisión anterior era estéril. Una nueva reunión se efectuó en abril de 1551, en que solo compareció Sepúlveda.

El resultado fue dudoso, pues los pareceres estaban divididos; los juristas aceptaban la licitud de las guerras a los infieles que no guardaban la ley natural, pero de los cuatro teólogos solo uno dio una opinión favorable a Sepúlveda y los demás, aunque dominicos, se excusaron o ausentaron.

Pero la resolución fue ecléctica y, si Las Casas no logró que se aceptaran sus únicas causa de guerra justa, triunfó por otra parte, pues no se autorizó la publicación del Democrates y se suspendieron las conquistas en el Perú y en adelante se procuró que las entradas fueran, en lo posible pacíficas y con fin misional, como refleja en las instrucciones de 1556 al reanudarse los descubrimientos y poblaciones.

En cuanto a la soberanía, las Bulas seguirían siendo el origen del poder absoluto de los reyes, no superior a los señores indios y limitado, como quería Las Casas, pero subordinado a la obligación de evangelizar el Nuevo Mundo.

Últimos años

Recibió en lo sucesivo Las Casas una pensión anual de 200.000 maravedís y se dedicó a la recluta de misioneros, para lo cual fue a Sevilla, donde imprimió en 1552 siete opúsculos suyos, entre ellos la famosa Destruición, las Treinta Proposiciones, la Disputa con Sepúlveda, el octavo de los Remedios y los Avisos a los confesores. Poco después publicó un Tratado comprobatorio del Imperio soberano de los Reyes de Castilla. sobre la Indias.

Siguió a la Corte durante algún tiempo y en 1564 se fijó definitivamente en Madrid, y últimamente en el convento de Atocha donde falleció en la segunda decena-VII-1566, a los noventa y dos años. No obstante su edad, en sus últimos tiempos siguió luchando por sus ideales de siempre; convertido en figura representativa de la defensa de los indios y siguiendo con su título de procurador, recibía continuamente denuncias, poderes de ellos, cartas de religiosos, peticiones, en copiosa correspondencia.

Siguió combatiendo la encomienda, a pesar de su evolución institucional, como al inclinarse don Felipe —entonces en Inglaterra— a hacerlas perpetuas ante una cuantiosa oferta del Perú, insistiendo Las Casas en larga carta a Carranza, en que se debía respetar el señorío de los indígenas y no exigirles ningún tributo; aceptada por Felipe II la perpetuidad (1556), las gestiones de Las Casas y fray Domingo de Santo Tomás con ofertas superiores indias y el dictamen de los comisarios enviados al Perú, disuadieron al rey.

Aún en 1564 elevó un memorial en que de nuevo condenaba las conquistas, las encomiendas y la apropiación de tesoros, afirmaba estar usurpados los reinos de Indias, y que los indios tenían derecho a hacer la guerra a los españoles hasta el día del juicio y en su testamento del mismo año expresaba su convicción de que Dios habría de derramar —sobre España— su furor e ira.

También escribió De Thesauris (1565) contra el saqueo de tumbas indias y repitiendo sus otros argumentos generales y Doce dudas, sobre la conquista del Perú; ambas obras querían que fuesen como un valioso legado suyo al rey; incluso una carta al papa Pío V para que anatematizase a los que guerreasen, esclavizasen o explotasen a los indios.

Declaró favorablemente para Carranza en su proceso (1559-1562). Pero también tuvo otros adversarios de valía: además de Fernández de Oviedo y de Sepúlveda, fray Toribio de Montolinía, evangelizador y defensor de los indios, pero que no compartía las teorías de Las Casas, contra quien escribió una dura carta al Emperador (1555); o el anónimo autor del informe Yucay (Perú), de 1571 (se ha supuesto que fuera de Polo de Ondegardo, Cristóbal de Molina u otros); Marroquín, fray Domingo de Betanzos, ambos amigos suyos antes.

Pero gozó de enorme prestigio y respeto por parte de Cisneros —no del todo—; de los cortesanos y flamencos y en especial de Carlos V y Felipe II, siendo príncipe y regente; no siempre siguieron sus opiniones, pero le escucharon, y pusieron en práctica ideas e iniciativas suyas y su influencia se advirtió en la legislación y en nuevas tendencias respecto de la política que se siguió en América, o en el mal ambiente en torno a Sepúlveda.

Pero tampoco hay que desenfocar el problema y atribuir exclusivamente al influjo de Las Casas las reformas y tentativas de mejora de la suerte del indio, pues conocido es el fuerte espíritu criticista ejercido por muchos españoles, particularmente religiosos o jueces, funcionarios o particulares, que señalaron sin atenuaciones desmanes y abusos y pidieron su corrección.

Las Casas no estuvo solo, sino que encontró un ambiente favorable —fuera de los interesados en lo contrario, tipo Fonseca, Conchillos o Cobos y de los encomenderos—, alimentado por la honda procupación religiosa existente y el deseo en los gobernantes de seguir las normas de la fe y la moral cristianas ante problemas nuevos y difíciles y de seguir normas jurídicas.

Pero después de su muerte bajó su prestigio y en 1571 se ordenó recoger sus escritos para que los examinara el Consejo de Indias y se aprobó la recogida que de los impresos hacía el virrey Toledo en el Perú, por atacar la soberanía española en América.

Ideario

Las Casas fue en realidad un autodidacta. Sus estudios teológicos, filosóficos y jurídicos los efectuó a lo largo de su vida, pero se pueden señalar tres momentos de concentración: su estancia en Valladolid en 1517 y 1518, su ingreso en la orden dominica en Santo Domingo y su nueva estancia en Valladolid a raíz de la controversia con Sepúlveda, con los medios que en libros y asesores le ofrecía el colegio de San Gregorio, más el apoyo de otros dominicos de allí y de Salamanca.

Su ideología está dispersa en sus obras, pero algo más sistemáticamente en los Tratados, de 1552 en especial Principia quaedam y luego en las Doce dudas. Ya quedan mencionadas varias de sus ideas, como las De unico vocationis modo.

Seguidor del tomismo, con Santo Tomás admite el derecho de propiedad y de potestad civil para todos los pueblos, de que no puede privarles el Papa ni por causa de idolatría; la infidelidad no priva de derechos naturales ni se pueden castigar sus pecados por grandes que sean si no se han convertido los indios al cristianismo; la libertad es un bien en sí y rechaza sin atenuaciones, como se ha visto la esclavitud —por lo menos la del indio—; también es necesaria la libertad para formar una comunidad política.

La autoridad procede de Dios, a través del pueblo, para el bien común, y el pueblo puede limitarla y resistir al tirano; no puede el príncipe enajenar los bienes estatales o la jurisdicción, concluyendo de aquí que los caciques no podían ceder su autoridad a los españoles; los señoríos indígenas eran plenamente libres.

Eran pueblo infieles con gobierno y organización, que no ocupaban territorios cristianos ni perseguían a los fieles, y si se oponían a la predicación era por legítima defensa, por lo que era ilícito hacerles la guerra por disposición de la Iglesia, salvo para librar inocentes y aun entonces sería preferible no hacerla para evitar males mayores.

La soberanía del rey de España sobre las Indias procede únicamente de las Bulas de Alejandro VI; no porque el papa tenga poder temporal sobre las tierras de indios —que lo niega, coincidiendo con Vitoria—, sino por fines espirituales, solo para evangelizar las Indias; el rey de España es una especie de emperador sobre los reyes y señores indios, que debían conservar su plena autoridad, pudiendo pagar algo de los servicios que se les prestase de evangelización, pero sin obligación, recayendo todos los gastos sin compensación sobre el rey y los españoles.

Al exigir tal obligación al monarca y a España y considerarle impuesta por el Papa como único título de soberanía en Indias, da demasiado poder a este, tras restringírselo, y se excede de la opinión más equilibrada de Vitoria y Soto.

Si recalca mucho los derechos de los indios, se calla sobre sus deberes. Rechaza así toda la conquista, la esclavitud de prisioneros, considera usurpación la sumisión de las Indias —doctrina que tuvo que atenuar al acusársele de querer privar de sus dominios al monarca—, y condena la guerra, salvo si se impedía la predicación, pero solo por el príncipe, pues si la rechazaba el pueblo, estaba en su derecho y no debía hacérsele la guerra —lo que fue objetado por Domingo de Soto—, por el deber cristiano de predicar a todas las gentes; incluso llegó a justificar los sacrificios humanos.

La tesis conciliatoria de dominio y evangelización que prevaleció y a la que se acogieron los reyes españoles, fue la de Vitoria. Al poder dimanado de las bulas se había añadido la razón de la larga posesión.

Su condenación de la guerra y la conquista llevó a las Casas a juzgar expolio todo beneficio obtenido de Indias de cualquier clase, y de ahí su extremismo rigorista, que quiso aplicar en la confesión y que fracasó y que no fue compartido por los demás prelados. Otra deducción extremada fue la de que los indios tenían derecho a odiar a los españoles y hacerles la guerra hasta el día del juicio como queda dicho.

No es necesario repetir su lucha constante contra la encomienda y el trabajo o servicio personal, pero siempre tuvo presente la desdichada situación de las Antillas en los primeros tiempos y no percibió la evolución que sufrió en Nueva España y que es la que se impuso después del poco éxito de las Leyes Nuevas; aparte de la codicia y de que los españoles no querían ir a Indias para trabajar personalmente, la opinión general, aceptada incluso por los dominicos, fue que era conveniente la encomienda como único medio de que los indios se cristianizaran y se adaptaran a la vida española.

Las Casas no rechazó plenamente la presencia española, pues propugnó una colonización mixta con labradores y la libertad del indio en su pueblos, dirigidos por el misionero y con administradores y técnicos españoles para enseñarles y elevar su nivel.

En realidad venía a indicar un sistema teocrático, colonización exclusivamente religiosa, que por otros caminos se dio en América, en las reducciones jesuíticas del Paraguay y en otros ensayos misionales, favorecida por la Corona y sostenida por la sociedad, dado el carácter espiritual que inspiró en gran parte la acción española en Indias, por la persuasión para todos de que España, debía llevar la fe cristiana a aquellos paganos.

Sepúlveda había sostenido que no tenía sentido someterse al rey después de convertidos los indios para evitar caer en herejías, pues era preferible hacerlo antes para facilitar la conversión y quitar la idolatría y no hacerles la guerra después para evitar que dejaran la fe.

La predicación sin previa sumisión era insostenible para el rey, sin atractivo para los españoles y estéril para los misioneros, que carecían de protección. Las casas quedó en general encastillado en sus puntos de vista, como se ha visto en sus últimos escritos, sin percibir la evolución institucional y la imposibilidad de que se abandonara la empresa americana.

Siempre consideró en forma simplista cargando al indio de derechos y al español de obligaciones, aparte de suponerle en permanente estado de iniquidad. Pero hubo de aceptar en muchas ocasiones la estructura política y social existente y actuar dentro de ella para obtener algunos de los resultados a que aspiraba para mejorar la suerte del indio.

Las Casas, historiador

La principal obra histórica de Las Casas es su Historia de las Indias, comenzada en 1527 en Puerto Plata, quizá estimulado por la aparición del Sumario de la natural historia de las Indias de Fernández de Oviedo (1526), temiendo el efecto negativo que su anunciada obra más extensa ejercería sobre la apreciación del indio.

Trabajó en ella siempre y el 1522 ante su volúmen la dividió en dos, La Historia y la Apologética historia, de carácter etnológico para describir la civilización indígena. Al morir legó el manuscrito de la Historia al colegio de San Gregorio de Valladolid, con la orden de que no se publicara hasta pasados cuarenta años. Pero no se publicó hasta 1875-1876 por la Academia de la Historia. La obra comprende desde el descubrimiento hasta 1520, pero quizá haya una continuación perdida.

Utilizó los documentos de Colón, que tuvo a su disposición, entre ellos la Historia de Fernando Colón y resumió el Diario del primer viaje que así ha llegado a nosotros. La finalidad con que la escribió fue la de toda su actuación, la defensa del indio y mostrar todos los desmanes con él cometidos, demostrando que era capaz de convertirse pacíficamente, siendo esta la única justifiicación del dominio, pero también relatar las hazañas de aquellos primeros años del descubrimiento y describir la naturaleza y cultura de las Indias.

Se documentó ampliamente utilizando manuscritos, impresos y testimonios presenciales; su estilo es difuso y difícil y escribió sin preocuparse de la brevedad, con poco orden y muchas digresiones, sin que falten trozos de valor literario.

Se ha puesto en duda su sinceridad y exactitud, negada, por ejemplo, por Rómulo Carabia, y afirmada en general; pero pecó de exageraciones en cifras —sin base alguna, como al afirmar que en Indias habían muerto doce o quince millones (en la Destruición)— y en otros pormenores, y en apasionamiento.

Pero no deja de ser una fuente fundamental para la historia americana. La Apologética historia presenta las culturas indias, tratando de demostrar sus excelencias, la bondad del indio y su capacidad para elevarse a estadios superiores, como hicieron los pueblos antiguos, siendo deber de los españoles ayudarles en esa labor y a salvarse; según un esquema aristotélico, halla las repúblicas de indios adecuadamente organizadas, capaces de bastarse y comparables con las de la Antigüedad.

La obra más célebre de Las Casas es la Brevísima relación de las Destruición de las Indias, dirigida a Felipe II, para que se corrigieran los excesos cometidos y que es el relato de una serie exclusiva de atrocidades.

La obra tuvo una enorme resonancia en el extranjero, donde adobada con los grabados de Teodoro de Bry y traducida a muchas lenguas, sirvió para enjuiciar negativamente la acción española y para la difusión de la Leyenda negra, reproduciéndose por los pueblos hostiles a España, desde Holanda en el s. XVI hasta los Estados Unidos en 1898. Su vaguedad, sin concretar fechas ni nombres y su tono, no obstante su intención, le dan aire de libelo y no de obra historiográfica, aparte de la certeza o no de los hechos.

Las Casas ante la posteridad

Las Casas, el llamado apóstol de los indios —aunque no fue misionero— por un lado ha llegado a ser un mito, a través de cuya crítica se ve exclusivamente la acción de España en América, y una justificación de la condenación de la conquista y en el fondo de toda la obra española, prescindiendo de los aspectos positivos y de la existencia de otros críticos y defensores del indio y de la preocupación del Estado español por acertar en su conducta con el indígena.

Las Casas se ha convertido en un símbolo democrático, indigenista, representativo de América, antiimperialista y anticolonialista, con olvido de su ardiente raíz religiosa. Como ha indicado Pérez de Tudela,.

se trataba..., no de un simple contacto entre dos pueblos, para el que la ética ofreciera unos preceptos inmediatos, sino de un compromiso teologal, ineludible, de asimilación.

Postura aquella que halla su réplica en la poca simpatía con que se le ha visto por muchos españoles historiadores o no con los ojos fijos en su tarea denigratoria. Así resulta una doble tendencia, escasamente crítica o apasionada.

Habría que distinguir entre las diatribas de Las Casas o su falta de adecuación a la realidad y su generosa e incansable labor, en la que, como se ha visto, no estuvo solo ni desasistido de la atención oficial; tanto por sus críticas como por su amor al indio pertenece a un grupo de españoles, religiosos y civiles, que desarrollaron directrices semejantes —pero sin hostilidad a sus compatriotas—, aunque sea Las Casas el más célebre —casi siempre el único— y el más fervoroso, apasionado y constante.

R.B.: EZQUERRA, Ramón, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg, Ed. Alianza Editorial, 1979, tomo A-E, págs. 755-764.