José Antonio Primo de Rivera

Biografía

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José Antonio Primo de Rivera, fundador de Falange Española y primer jefe nacional.

(Madrid, 1903-Alicante, 1936). Político y fundador de la Falange Española (FE). Tercer marqués de Estella. Hijo primogénito del general y dictador Miguel Primo de Rivera. Abogado en ejercicio en Madrid, irrumpió en la política en 1930 para reivindicar la memoria y la honradez de su padre desde la Unión Monárquica Nacional.

Protagonizó un incidente que alcanzó gran notoriedad al abofetear públicamente al general Queipo de Llano porque este le había zaherido a propósito del comportamiento dictatorial de su padre, lo que le acarrearía la expulsión del ejército tras un consejo de guerra (marzo de 1932), con el mismo propósito reivindicativo, concurrió como independiente a las elecciones para las Cortes constituyentes, pero no resultó elegido

Fundador con Manuel Delgado Barreto de El Fascio, un semanario de título significativo cuyo primer número salió en marzo de 1933, con una colaboración suya, pero fue secuestrado por la censura, y ya no pudo publicar el segundo. Luego creó el Movimiento Español Sindicalista (MES), con el respaldo del escritor Rafael Sánchez Mazas y el aviador Ruiz de Alda, un grupúsculo que combinaba el antimarxismo virulento con las reivindicaciones sociales, y en octubre fue recibido en Roma por Benito Mussolini, del que se consideraba seguidor.

Finalmente, el 29-X-1933, en unión de Ruiz de Alda y Alfonso García-Valdecasas, logró llenar el Teatro de la Comedia de Madrid en el acto que ha pasado a los anales como el fundacional de Falange Española, en el que expuso un programa supuestamente superador de la lucha de clases como motor de la historia, según la concepción marxista. En su discurso estigmatizó tanto el liberalismo como el socialismo, y se detuvo en el análisis de un programa de 27 puntos (reducidos a 26 por el franquismo), un ensayo teórico del fascismo a la española, con el objetivo final de constituir un estado autoritario y nacional sindicalista.

Elegido diputado por Cádiz en las elecciones generales del 19-XI-1933. El 4-III-1934, F.E. Falange Española se fusionó con las J.O.N.S. Juntas de Ofensiva Nacional-Sindicalista, concebido más como un movimiento o antipartido que deseaba arrinconar la lucha de clases, un remedo de los ocurrido en Italia con el fascismo.

El 20-VIII-1934 firmó un pacto con Antonio Goicoechea, de Renovación Española, por el que aceptó la ayuda económica de esta para armas a las milicias falangistas, y en vísperas de la revuelta de octubre de 1934, dirigió una carta al general Franco, entre la alarma y la incitación, en la que le advertía de los peligros de un golpe de fuerza que supuestamente preparaban la izquierda y los separatistas catalanes.

No obstante, recusó adherirse al Bloque Nacional creado por los monárquicos y la derecha más reaccionaria en diciembre del mismo año. El 4 de octubre fue proclamado jefe nacional de [Falange Española de las Juntas de Ofensiva Nacional-Sindicalista], para sustituir al triunvirato hasta entonces dirigente con Ruiz de Alda y Ramiro Ledesma, secundado por una Junta Política.

Tras el triunfo del Frente Popular en las elecciones generales (16-II-1936), que entrañó la derrota sin paliativos de Falange. el problema de la violencia política se planteó con toda su crudeza y desbordó al gobierno Ante la organización y agresividad de sus grupos paramilitares, falange empezó a parecer a la izquierda como una amenaza seria que era preciso eliminar.

Si hemos de creer a Payne, al principio los falangistas no se defendieron con efectividad de las agresiones de los grupos radicales de la izquierda (socialistas y comunistas), hasta el punto de que la derecha conservadora se burló con mordacidad de una organización que le parecía más franciscana que fascista, y llamó a su jefe Juan Simón el sepulturero. Muy pronto, sin embargo, Falange mejoró sus estructuras, formó sus propios escuadrones de la muerte y empezó a devolver los golpes, en aplicación de la dialéctica de los puños y las pistolas preconizada por su líder.

Tras el atentado frustrado contra el líder socialista y vicepresidente de las Cortes Luis Jiménez de Asúa, que resultó ileso, pero que costó la vida a su escolta, el 13-III-1936, cometido por jóvenes falangistas, José Antonio fue detenido al día siguiente, junto con toda la dirección del partido, por tenencia ilícita de armas, mero pretexto del gobierno para castigar a los culpables en la cabeza de su jefe y atajar la subversión rampante. Tres días más tarde, un tribunal madrileño declaró que el partido era ilegal.

Cuando el tribunal de apelación anuló los cargos contra José Antonio, el gobierno siguió presentando nuevas acusaciones para no ponerlo en libertad. Falange se convirtió en un grupo clandestino, pero su militancia empezó a crecer. En las elecciones de 16-II-1936, [Falange Española] solo obtuvo unos 40.000 votos en toda España y no logró ningún diputado. De hecho, su desarrollo hasta 1936 fue muy lento, pero el ciclo de violencia que siguió a las elecciones contribuyó al aumento espectacular de los militantes, reclutados principalmente entre los jóvenes de clase media.

A partir de ese momento se introdujo un cambio fundamental en su estrategia. José Antonio redactó una Carta a los militares de España, que se distribuyó clandestinamente, en la que les incitaba para preparar una intervención decisiva en la vida pública. Por más que reconociendo sus afinidades con el fascismo y el nazismo, los falangistas insistieron en el carácter genuinamente español de su movimiento.

No obstante, mantuvo algunas reticencias hacia los generales y se pronunció contra el error de la entrega del poder (...) a los charlatanes faltos de toda conciencia histórica, de toda auténtica formación, al mismo tiempo que advertía a los madrugadores que la Falange no es una fuerza conservadora. Como señala Sheelagh Ellwod en su excelente monografía,.

Primo de Rivera había dado instrucciones para ponerse a las órdenes de los dirigentes del levantamiento. Los datos aportados por múltiples fuentes indican clarísimamente que así se hizo en todo momento.

El 27 de mayo su pasante, Rafael Garcerán, llevó una carta suya al general Mola, en Pamplona, en la que no prometía un respaldo total a la conspiración, pues establecía algunas condiciones. Según Payne no dio su consentimiento para la adhesión al alzamiento hasta el 20 de junio y limitada a un plazo de once días. No cabe duda que mantuvo un estrecho contacto epistolar con el general Mola. El 5 de junio fue trasladado a la cárcel de Alicante, en compañía de su hermano Miguel y de la esposa de este, Margarita Larios.

Tras el estallido de la sublevación, fue acusado de estar en connivencia con los militares y procesado por rebelión militar. Juzgados el 17 de noviembre en consejo de guerra por un tribunal popular, José Antonio asumió la defensa de los tres procesados. Fue condenado a muerte, de acuerdo con la petición del fiscal, como autor, por inducción, de un delito de rebelión militar; su hermano, a 30 años de cárcel, y su cuñada a seis años y un día.

El auditor que representaba al ministerio de la Guerra informó de que la sentencia se ajustaba a derecho (19 de noviembre). Largo Caballero, a la sazón jefe del gobierno, aseguró en sus memorias que la sentencia no pudo ser confirmada por el Consejo de Ministros, que estaba en sesión, con el expediente sobre la mesa, cuando llegó un telegrama anunciando la ejecución.

En Alicante —escribió— sospechaban que el Consejo [de Ministros] le hubiera conmutado la pena, acaso hubiera sido así, pero no hubo lugar.

Por el contrario, José María Mancisidor reprodujo un telegrama con el enterado del Gobierno y aseguró que Largo Caballero, como titular de la cartera, puso su visto bueno en el informe del auditor del ministerio de la Guerra. Rechazada la conmutación de pena por la autoridad militar, fue fusilado en la madrugada del 20 de noviembre en el patio de la prisión de Alicante, en compañía de otros dos falangistas y dos requetés de Novelda.

Durante casi un año, su muerte fue ocultada en la zona nacionalista, donde se le invocaba como el Ausente. Sus restos mortales fueron trasladados al Monasterio del Escorial en octubre de 1939 y posteriormente al Valle de los Caídos (1959). Todas las ciudades y pueblos de España le dedicaron una calle o una plaza y el las iglesias se colocó una lápida con su nombre y el grito de ¡Presente! convertido en ritual pétreo para garantizar la perennidad de su mensaje, ingrediente retórico de la ideología oficial durante muchos años.

El testamento de José Antonio

La polémica sobre la actitud de José Antonio ante la guerra civil puede seguirse en cinco documentos de la época: su testamento ológrafo, las últimas consignas a sus partidarios (reticentes ante los militares), dos manifiestos políticos difundidos en cada una de las zonas en lucha, de origen sospechoso, y una entrevista con el periodista americano Jay Allen, celebrada el 3 ó el 9 de octubre en la prisión alicantina y publicada en News Chronicle y el Chicago Daily Tribune.

El testamento, sobre cuya autenticidad no hay ninguna duda, resulta contradictorio y expresivo de su mentalidad e ideología, altivo y sencillo a un tiempo, entre la tradición liberal y el atractivo novedoso del fascismo, adversario de la caverna española, pero también de la revolución inspirada por el marxismo leninismo. Rectificó parcialmente las declaraciones a Jay Allen en lo que concierne a sus camaradas, de los que había declarado que lamentaba verlos vinculados a una empresa reaccionaria. Escribió.

No puedo lanzar desde aquí reproches a unos camaradas que ignoro si están ahora sabia o erróneamente dirigidos, pero que a buen seguro tratan de interpretar de la mejor fe, pese a la incomunicación que nos separa, mis consignas y doctrinas de siempre. Dios haga que su ardorosa ingenuidad no sea nunca aprovechada en otro servicio que el de la gran España que sueña la Falange.

Una de las cláusulas testamentarias disponía la compilación de sus escritos para que sirvan de pieza de justificación cuando se discuta este periodo de la historia española. Los dos último párrafos englobaban un llamamiento a la concordia nacional, en hiriente contraste con la lucha fratricida; expresaban el anhelo de permanecer al margen de las banderías y, al mismo tiempo, eran el epítome de una digna meditación sobre las circunstancias de su juicio y de su muerte presentida.

Ojalá! fuera la mía la última sangre española que se vertiera en discordias civiles. ¡Ojalá! encontrara ya en paz el pueblo español, tan rico en buenas cualidades entrañables, la Patria el Pan y la Justicia.

Y proseguía.

Creo que nada más me importa decir respecto de mi vida pública. En cuanto a mi próxima muerte, la espero sin jactancia, porque nunca es alegre morir a mi edad, pero sin protesta. Acéptela Dios nuestro Señor en lo que tenga de sacrificio para compensar en parte lo que ha habido de egoísta y vano en mucho de mi vida. Perdono con toda el alma a cuantos me hayan podido dañar u ofender, sin ninguna excepción, y ruego me perdonen todos aquellos a quienes deba la reparación de algún agravio grande o chico.

En la entrevista con Jay Allen, había atacado con virulencia a Gil Robles y Casares Quiroga, a los que responsabilizó de la catástrofe, y en cuanto a los militares sublevados, advertía: Si lo que hacen es simplemente para retrasar el reloj, están equivocados. No podrán controlar España (...) Provocarán una reacción aún peor. Precipitarán a España en más horrores.

Sus documentos y escritos están recogidos en Obras completas, en cuatro volúmenes (Madrid 1940-1941). Pueden consultarse más fácilmente sus Obras, en edición cronológica a cargo de Agustín del Río Cisneros (Madrid, 1966). Entre la biografías de sus apologistas cabe destacar: Felipe Ximénez de Sandoval, José Antonio, biografía apasionada (Madrid, 1947); Antonio Gibello, José Antonio, Apuntes para una biografía polémica (Madrid, 1974), bien documentada; y Ángel del Río Cisneros y E. Pavón Pereira, Los procesos de José Antonio (Madrid, 1969).

Contiene interesantes matices el libro de Luys Santa Marina, Hacia José Antonio (Barcelona, 1958). Mucho menos complaciente es la investigación de Ian Gibson En busca de José Antonio (Barcelona, 1980). Esta bien documentada y resume el estado de la cuestión la de Julio Gil Pecharromán, José Antonio Primo de Rivera, un visionario (Madrid, 1996). Todo el proceso judicial está recogido en José María Mancisidor, Frente a frente, José Antonio frente al tribunal popular (Madrid, 1963).

Existen algunos buenos estudios sobre la Falange: Sheelagh Ellwood, Prietas las filas, Historia de Falange Española, 1933-1983 (Barcelona, 1984), una monografía académica y crítica; Eduardo Álvarez Puga, Historia de la Falange (Barcelona, 1969), un epítome periodístico, y un útil Diccionario de la Falange (Barcelona, 1977). La investigación y el análisis más rigurosos, con nuevas calas de interés, se encuentran en José Luis Rodríguez Jiménez, Historia de Falange Española de la JONS (Madrid, 2000).

Desborda la figura de José Antonio la excelente monografía de Stanley Payne, Franco y José Antonio. El extraño caso del fascismo español (Barcelona, 1997). Para comprender el ambiente de la época y los primeros tiempos de Falange se puede leer el libro de Sancho Dávila y Julián Pemartín titulado Hacia la historia de la Falange. Primera contribución de Sevilla (Jerez de la Frontera, 1938.

R.B.: Madridejos, Mateo, Diccionario onomástico de la guerra civil, Ed. Flor del Viento, 2006, págs. 286-291.