Políticos europeos

Carlos de Anjou, 1226-1285
Jan Huss 1369-1415
Tomás Wolsey 1475-1530
Tomás Howard 1473-1554
Barón de Montesquieu 1689-1755
Fco. Mª Arouet, Voltaire 1694-1778
Juan Jacobo Rousseau 1712-1778
Metternich, 1821-1848

Jan Huss

Biografía

Martirio de Jan Hus.
Martirio de Jan Hus (Spiezer Schilling, 1485).

Nació en 1369 en Husinec, al pie del Fichtelgebirge, cerca de la frontera bávara y del límite lingüístico entre el alemán y el checo. Su familia era campesina; pero el abandonó las ocupaciones del campo por el estudio. Tenía un insaciable afán por conocer el saber y la verdad. En Praga vivió la vida de los estudiantes pobres, hasta que en 1393 consiguió el título de licenciado en artes y en 1394 el de bachiller en teología.

Desprovisto de recursos no pudo aspirar al doctorado. Pero, no obstante, se abrió camino gracias a su inteligencia. Nombrado profesor en 1398, fue decano de la facultad de filosofía en octubre de 1401 y rector en 1402 de la capilla de Belén. Dos años antes había recibido las órdenes sagradas.

Huss excelía en las discusiones más abstractas y en el conocimiento de Aristóteles, de la Biblia y de los Santos Padres. Formado en el ambiente de la filosofía realista, hostil a la aridez del nominalismo, buscó en el campo de los escritos de Matías Ianov y de Chtitny la satisfacción a sus inquietudes religiosas.

Ianov y Chtitny habían propugnado la consideración de la Biblia como única fuente de la verdad y de la fe, y el segundo había postulado la renovación espiritual de Bohemia a base de desarrollo de su cultura y la ruptura con la tradición romana.

Esta influencia apartó a Huss de la doctrina católica, y su heterodoxia se reforzó con la lectura de las obras de Wycleff, particularmente del Dialogus y el Trialogus, traídos de Oxford por Jerónimo de Praga en 1401. En 1403, en efecto, fue nombrado por el arzobispo Zbynek predicador en el sínodo anual que celebraba en Praga el clero checo.

Así se formó poco a poco la negación católica de Jan Huss. En aquel momento de grave crisis para la Iglesia, rota por el Cisma de Occidente, amenazada por la resurrección de las antiguas herejías y la formulación de nuevos postulados antidogmáticos, he aquí que surgía en Bohemia un nuevo foco de insubordinación, mucho más peligroso que el inglés de Wycleff.

Pues en Bohemia la predicación de Huss no solo iba a encontrar espíritus intranquilos y novedosos, sino una masa nacional dispuesta a luchar contra la influencia germánica (política, social, económica y religiosa). Por esta causa, Huss presenta el doble aspecto de reformador religioso y de caudillo nacional, papel muy semejante al desempeñado un siglo más tarde por Lutero en Alemania. No solo en estos aspectos el hereje alemán fue el heredero espiritual del hereje checo.

La obra de Jan Huss —propaganda antirromana, ataques al clero, traducción de las obras de Wycleff, formulación inicial de sus doctrinas— despertó los justos recelos del Pontificado. En 1405 Inocencio VII dirigió algunas amonestaciones al arzobispo Zbynek; en 1408, este prohibió a Huss que atacara a Roma y preconizara las doctrinas de Wycleff. La derrota del grupo de los reformistas fue momentánea.

Sostenido por el apoyo del pueblo, Huss aprovechó las luchas entre los partidarios de Gregorio XII y los de Benedicto XIII para apoderarse de la universidad de Praga, que el rey Wenceslao concedió a la nación checa el 18-I-1409. Los estudiantes extranjeros abandonaron entonces la universidad y propalaron por Alemania la fama de las herejías de los husitas. Así se inicia, con esta ruptura, la historia de la universidad nacional moderna.

El triunfo de Huss, nombrado rector de la universidad de Praga en octubre de 1409, inauguró una etapa de convulsiones sociales y religiosas. Apoyado en la universidad y en el pueblo de Praga, combatió la autoridad pontificia y se negó a abjurar de sus doctrinas. Fue excomulgado por Zbynek el 6-VI-1410 y por el legado papal Otón Colonna el 21-II-1411.

Pero Huss, prescindiendo de estas amenazas, pasó a la formulación de su doctrina: interpretación libre de las Sagradas Escrituras; negación del poder papal, de la absolución y de las indulgencias; falibilidad de la Iglesia militante.

Estas conclusiones radicales y la violencia de su propaganda le enajenaron el apoyo de la universidad y le atrajeron la aversión de las jerarquías eclesiásticas. En 1412 el papa Juan XXIII dictó contra Huss la excomulgación mayor y en 1414 fue requerido a comparecer ante el concilio de Constanza.

El reformador checo partió para aquella ciudad el 11 de octubre. Ya en Constanza recibió un salvoconducto imperial expedido por el emperador Segismundo. Pero el concilio le era francamente hostil, pues reprobaba, con Ailly, la revuelta del individuo contra la unidad católica, y con Gerson, el derecho de interpretar libremente las Sagradas Escrituras, lo que arruinaba el principio de autoridad.

El 28 de noviembre, Huss fue hecho prisionero y encarcelado. Segismundo revocó el 8-IV-1415 el salvoconducto que le había otorgado; el 4 de junio se inauguraron los debates conciliares sobre el caso de Huss. Después de varias sesiones consecutivas, la del 8 muy tempestuosa, el 6 de julio Huss fue condenado a muerte. La ejecución de la sentencia tuvo lugar el mismo día. Hasta el último momento Huss se negó a retractarse.R.B.: VICENS VIVES, Jaime, Mil Figuras de la Historia, Ed. Instituto Gallach, 1944, Tomo I, págs. 158-59.

Tomás Wolsey

Biografía

Retrato de Tomás Wolsey.
Retrato de Tomás Wolsey, por Sampson Strong en la Christ Church (1526)

Entre los hombres de estado de Inglaterra el primero verdaderamente renacentista es el cardenal Tomás Wolsey, el gran canciller de Enrique VIII. Renacentista en todos los aspectos: por la rápida ascensión de su fortuna, por la inclinación de sus gustos, por su elocuencia, habilidad diplomática y energía en el gobierno, por sus tendencias autoritarias, por su visión de la gran política, y, también, por la inmoralidad y liviandad de sus costumbres privadas.

Gran trabajador, preocupado por el bien del Estado, atento administrador de la justicia, fue, por otra parte, celoso, egoísta y orgulloso. A su lado Enrique VIII era una sombra de monarca. El rey era Thomas Wolsey. Ego et meus rex, como escribía muy a menudo.

Hijo de Roberto y Juana Wolsey, de familia modesta, Tomás nació en Ipswich hacia 1475. Su juventud transcurrió en el marco universitario de Oxford, en especial en el Colegio Magdalen. Aquí obtuvo su bachillerato (1490), y también un cargo de profesor, en fecha indeterminada. En 1498 recibió órdenes sagradas.

Durante algún tiempo tuvo a su cargo la educación de los hijos de Tomás Grey, marqués de Dorset, el cual le proporcionó en 1500 la parroquia de Limington. El Somerset tenía horizontes demasiado limitados para el ambicioso sacerdote. A la muerte de su protector, logró hacerse nombrar familiar del arzobispo Deane (1501), y cuando este también murió 1503) pasó al servicio de sir Ricardo Nanfan, diputado de Calais.

Este le recomendó a Enrique VII, el cual supo descubrir en el avispado sacerdote grandes dotes para la diplomacia. En 1508 le utilizó en una embajada a Escocia y en las negociaciones para una propuesta de matrimonio con Margarita de Saboya. Al año siguiente recibía el diaconato de Lincoln.

Esta rápida ascensión culminó al advenir al trono Enrique VIII. Este le hizo su limosnero y en 1511 le otorgó un lugar en el Consejo Privado. Desde aquí decidió la política internacional a favor del partido que propugnaba la guerra contra Francia, el de Surrey, en contra del acaudillado por Ricardo Fox.

En el transcurso de la contienda se acreditó de habilísimo organizador. Los servicios rendidos al rey y al Ponficado le valieron los obispados de Lincoln y Tournai, el arzobispado de York y el cardenalato en menos de tres años (1512-1514).

Después del triunfo de Francisco I de Francia en Marignano, renovó su actitud belicista. Fox y sus partidarios salieron del consejo, el que predominó desde entonces sin rival el cardenal Wolsey, nombrado ya canciller (1515).

Hasta entonces su política exterior se había orientado a evitar la hegemonía de Francia en el continente. Dejándose arrastrar por su enemiga a este país, cometió el error, desde el punto de vista británico, interesado en mantener el equilibrio de fuerzas en el continente, de apoyar en demasía la política de Carlos V.

El momento culminante de Wolsey se sitúa entre 1520 y 1521, cuando Francisco I y Carlos V le halagaban para atraerse a alianza de Inglaterra. Se inclinó hacia el emperador por el tratado de Calais (1521), quizá con la esperanza de que Carlos influiría para fuera elevado a la dignidad pontificia. Este pacto permitió la realización de la supremacía imperial en Europa después de la victoria de Pavía (1525) y la sumisión de Clemente VII (1527).

La paz de las Damas de 1529 arruinó el crédito político de Wolsey en Inglaterra, ya minado por la oposición del Parlamento a votar los impuestos exigidos y por su actitud de hostilidad al proyecto de divorcio de Enrique VIII, no cuanto al hecho en sí, sino en su tramitación y consecuencias.

Convencido de la inminencia de su caída, renunció a todas sus prebendas y beneficios, excepto al arzobispado de York, donde en sus últimos meses de vida dio ejemplo de un celo episcopal verdaderamente notable.

Murió en la abadía de Leicester en 30-XI-1530. Su desaparición iba a permitir la realización del Cisma inglés por Enrique VIII y sus secuaces.R.B.: VICENS VIVES, Jaime, Mil Figuras de la Historia, Ed. Instituto Gallach, 1944, Tomo I, pág. 259.

Tomás Howard

Biografía

Thomas Howard, III duque de Norfolk.
Thomas Howard, III duque de Norfolk.

La de Tomás Howard, tercer duque de Norfolk, es una de las figuras más características de la Inglaterra de los dos primeros reyes Tudor.

Caudillo militar muy distinguido, político intrigante y poco escrupuloso, el señor más rico de Inglaterra tuvo una actuación turbia e incluso poco digna en los asuntos de la época de Enrique VIII.

A su vanidad y ambición sacrificó, en definitiva, los altos intereses de la Iglesia católica que decía defender. Además, hemos de tener presente que ni su vida íntima ni las condiciones más sobresalientes de su carácter fueron ejemplares.

Hijo primogénito del segundo duque de Norfolk, Tomás Howard, heredero de inmensos territorios en el Norte de Inglaterra, aumentó su influencia con su boda (1495) con Ana, hija de Eduardo IV y cuñada del futuro Enrique VII. En 1513, ya viudo, contrajo segundas nupcias con Isabel Stafford, heredera del ducado de Buckingham.

Por aquella época ya se había distinguido como militar: en 1513, en la guerra contra Francia, mandó como lord almirante la escuadra inglesa. En 1520 fue encargado del gobierno de Irlanda; pero abandonó este puesto para participar en los combates que se libraron en el continente contra Francisco I en 1522.

A partir de 1524, ya en posesión del ducado de Norfolk, intervino activamente en política. Gracias a su influencia y a su fortuna logró derribar del poder al cardenal Wolsey (1529). Para granjearse el favor de Enrique VIII le empujó a su divorcio con Catalina de Aragón, sin sospechar que el enlace del rey con su sobrina Ana Bolena acarrearía una reforma religiosa.

Poco después, en 1533, presidió el tribunal que condenaba a muerte a la segunda esposa de Enrique VIII. La desgracia de su sobrina le hizo perder buena parte del favor real, pero lo recuperó al someter la revuelta de los campesinos Pilgrimage of Grace, 1536) como presidente del Consejo del Norte.

Tomó parte en la conspiración que derribó del poder a Tomás Cromwell en 1540. Después de varios hechos de armas notables en Escocia y Francia (1544), la ejecución de Catalina Howard, otra de sus sobrinas, le hizo de nuevo perder terreno ante el rey.

Acusado de cómplice de la traición de su hijo Enrique, Tomás fue encarcelado y condenado a muerte (1547); pero fue indultado. En 1553, después de la muerte de Eduardo VI, recuperó la libertad y sus posesiones. Murió el 25-VIII-1554.

R.B.: VICENS VIVES, Jaime, Mil Figuras de la Historia, Ed. Instituto Gallach, 1944, Tomo I, pág. 259.

Metternich

Biografía

Klemens Wenzel von Metternich.
Klemens Wenzel von Metternich (1773-1859), diplomático germano-austriaco, político y estadista

Hábil diplomático y no menos sagaz político, el príncipe de Metternich domina la historia de Europa durante la Restauración, el período que se inicia con la victoria de los aliados sobre Napoleón Bonaparte en 1814 y termina, propiamente, con la revolución de febrero-marzo de 1848.

Hombre de acción y amante de considerar las cosas desde el punto de vista práctico, convirtió el sistema místico-idealista de la Santa Alianza —idea del zar Alejandro I— en un poderoso instrumento de conservación de las monarquías legítimas ante la oleada revolucionaria.

Su sistema —la intervención armada para restablecer el orden en el país que fuera perturbado por los movimientos liberales y nacionales— resume toda una época. Por esta causa, Metternich fue criticado vivamente por los elementos exaltados de Europa como el representante más conspicuo de la reacción.

A través de los años, su obra aparece como muy meritoria, pues permitió la recuperación de Europa en un ambiente de paz y el mantenimiento del equilibrio continental.

Nacido en Coblenza el 15 de mayo de 1773, hijo del conde Francisco Jorge de Metternich-Winneburg, embajador de Austria ante los tres electores renanos, creció en un ambiente propicio para ser educado en la diplomacia y en la política. En 1788 ingresó en la universidad de Estrasburgo. En esta ciudad hizo su primera experiencia de la revolución, cuando las turbas asaltaron el ayuntamiento el 21-VII-1789.

Continuó sus estudios en Maguncia, aunque luego los interrumpió al ser nombrado su padre gobernador de los Países Bajos. Por dos veces tuvo que huir de este país ante la invasión de las tropas de la Convención francesa. Estos hechos explican sobradamente la formación antirrevolucionaria de su carácter.

Arruinada su familia por el secuestro de sus bienes por la República, Metternich rehizo su fortuna mediante el enlace con la princesa Eleonora de Kaunitz, rica heredera austríaca (27-IX-1795). Esta boda le introdujo en los mejores círculos de Viena, en donde el joven conde brilló por su galantería y sus exquisitos modales.

Su carrera diplomática se inició en 1797, al ser nombrado representante de los príncipes de Westfalia en el congreso de Rastadt. En 1801 fue enviado a la corte del elector de Sajonia como plenipotenciario de Austria.

De aquí pasó a la embajada de Berlín en 1803, donde empezó a destacar por su dominio de las cuestiones políticas, pese a no haber logrado sacar a Prusia de su neutralidad. Sus maneras encantaron al embajador francés, de modo que en 1806 Napoleón instó que le fuera enviado Metternich como embajador de Austria en París. Así se inició el terrible duelo entre aquellos dos hombres, uno el genio de la guerra y del Estado, el otro su discípulo aventajado en el arte del gobierno y su maestro en las intrigas diplomáticas.

Durante su estancia en París, Metternich pudo darse cuenta de la íntima debilidad del régimen napoleónico empeñado en nuevas y agotadoras conquistas. Así, en 1809 fue uno de los que apoyó los propósitos belicista, del gobierno de Viena, que acabaron de modo tan lamentable en Wagram.

Poco antes de darse esta batalla, el 8-VII-1809, sucedía a Stadión en la cancillería imperial y el 4 de agosto era nombrado ministro de Estado, En calidad de tal tuvo que presidir el desastroso tratado de Schönbrunn de 14-X-1809. En las críticas circunstancias de aquellos años, Metternich dio pruebas de su alto valor. Para derrotar a Napoleón era preciso que Austria se recobrara en un ambiente de confianza respecto al gran corso. A tal objeto logró concertar el enlace entre este y la princesa María Luisa, a la que acompañó a París (1810).

Metternich reorganizó la hacienda, el ejército y la administración de Austria imponiéndose a la corte, que no le perdonaba su aproximación a Francia, y a la intelectualidad, que veía en él a un hombre mezquino, desprovisto de la llama del ideal.

Sólo el emperador Francisco I le otorgó plena confianza. Resultado de su maquiavélica política, nunca tan perfecta como en el coloquio de Dresden y en el congreso de Praga de julio de 1813, fue la entrada de Austria en la guerra, al lado de las potencias aliadas, en el momento más favorable para asestar un durísimo y mortal golpe a Napoleón. Los éxitos militares de 1813 y 1814 consolidaron definitivamente su posición en Austria.

La estrella de Metternich como gran político europeo se afirma entre 1817 y 1823. En 1814 y 1815, durante el Congreso de Viena en que brillaron sus grandes cualidades de hombre de sociedad y hábil diplomático, fue, sobre todo, un gran austríaco, que supo dar coherencia al Imperio, aun a costa de renunciar a los Países Bajos.

Las figuras del zar Alejandro I y de Castlereagh le relegaron, de momento, a segundo plano. Pero cuando, fue preciso hacer frente a la agitación subversiva, entonces su persona pasó a encarnar el espíritu de la Restauración.

Ideas suyas fueron la reunión de congresos periódicos y el principio de intervención de la grandes potencias en los Estados que se vieran perturbados por los revolucionarios. En los congresos de Carlsbad y Viena, primero, y luego en los de Troppau y Jaybar, Metternich condujo la política que le permitió, simultáneamente, restablecer la hegemonía de Austria en Alemania e Italia y la autoridad de las monarquías legítimas sobre los elementos liberales. En Verona, en 1822, su sistema llegó al apogeo con la intervención de Francia en España para restaurar a Fernando VII en su poder.

La cuestión de Oriente, provocada por el movimiento de independencia de los helenos, representó el primer golpe dado a su sistema internacional. Inglaterra y a Rusia sacrificaron la legitimidad de la Puerta en beneficio de sus intereses particulares (1826-1830).

Luego, la revolución de julio en París fue otro grave quebranto que sufrieron sus planes. Sin embargo, no se crea que estos desaparecieran de la escena. En realidad, el príncipe de Metternich había obtenido un gran triunfo al ver confirmada su predicción de que la revolución volvería.

El tratado austro ruso prusiano de Münchengrätz (1833) revalidó los principios del sistema intervencionista y presidió los últimos años del absolutismo en el centro de Europa. Pero este fue su último éxito. Envejecía, y aunque su mente continuaba lúcida, perdió su voluntad.

La ascensión al trono de Fernando I (1835) dio ocasión a sus enemigos para que levantaran la cabeza. Pero era preciso una conmoción violenta para arrancar a Metternich de su pedestal. La revolución de marzo en Viena (13-III-1848) le sorprendió.

Hubiera querido dominarla por las armas; pero la corte se opuso a esta medida. Entonces presentó la dimisión. El mismo día partió para Inglaterra. Residió algún tiempo en esta nación y luego en Bélgica. El 24-IV-1851 regresó a Viena, previa autorización del emperador Francisco José.

Murió en esta ciudad el 11-VI-1859, por los años en que, en la lejana Crimea, se había jugado realmente la suerte de la obra que había defendido con tanto tesón: la del Congreso de Viena.R.B.: VICENS VIVES, Jaime, Mil Figuras de la Historia, Ed. Instituto Gallach, 1944, Tomo II, págs. 176-177.