Santos

San Leandro, 534-596
San Isidoro, 570-636
San Eugenio de Toledo, ¿-657
Santo Domingo, 1170-1221
San Vicente Ferrer, 1350-1419
San Ignacio, 1491-1556
San Francisco Javier, 1506-1552
Santa Teresa de Jesús, 1515-1582
San Juan de la Cruz, 1542-1591

Cardenales y Príncipes

Ramón Llul, 1235-1315
Álvarez de Albornoz, 1300-1367
González de Mendoza, 1428-1495
Cardenal Cisneros, 1436-1517
Diego Laínez, 1512-1565
Fernando de Austria, 1609-1642
Julio Alberoni, 1664-1752

Cismáticos y heresiarcas

El Cisma de Occidente, 1378
Clemente VII, 1342-1394 antipapa
Clemente VIII, 1370-1446 antipapa

Concilios

Concilio de Trento, 1536

San Leandro

Biografía

San Leandro, Arzobispo de Sevilla, cuadro de Murillo, en la Catedral de Sevilla.
San Leandro, Arzobispo de Sevilla, cuadro de Murillo, en la Catedral de Sevilla.

(Cartagena, Murcia, h. 540-Sevilla, h. 600). Hijo de Severiano, noble hispano romano, y de madre visigoda. Hacia 544, tras la ocupación bizantina de la costa sudeste peninsular, Leandro y su familia iniciaron un destierro que les condujo a Sevilla. Al morir sus padres, se ocupó de la tutela de sus hermanos menores, los santos Florencio, Isidoro y Florentina.

Ingresó en un monasterio y en 578 fue designado obispo de la diócesis hispalense. Intervino en la conversión al catolicismo de Hermenegildo, al que bautizó con el nombre de Juan, y marchó a Constantinopla durante tres años, en misión diplomática, para buscar apoyos a la rebelión de aquél contra su padre, Leovigildo (572-586).

Este viaje no tuvo consecuencias políticas, pero sí de índole cultural, pues sirvió para que San Leandro conociera al futuro papa Gregorio I Magno (590-604), relación que se prolongó hasta el final de su vida.

Durante su estancia en Constantinopla inició la redacción de Expositio in Librum Job, escrito moral básico de la Edad Media. Cuando Leandro emprendió viaje de regreso desde Bizancio hacia la Península, la causa de Hermenegildo ya estaba prácticamente perdida, pues en 583, Sevilla y Córdoba ya estaban en poder de Leovigildo, que inició la persecución contra el sector católico que apoyaba a su hijo, entre quienes se encontraban Leandro y su hermano Fulgencio.

De esa época datan sus escritos teológicos de condena al arrianismo Duos adversus haereticorum dogmata libros y Opusculum adversus instituta arrianorum El cambio en la política de persecución contra el catolicismo por parte de Leovigildo puso fin al destierro de San Leandro, quien pudo volver a su diócesis por disposición testamentaria del monarca y a quien encomendó la instrucción religiosa de su hijo Recaredo I (586-601).

La conversión al catolicismo de Recaredo (586) y, en consecuencia, del pueblo visigodo en su conjunto, llevó a la celebración del III Concilio de Toledo (589), donde San Leandro pronunció su sermón titulado Homilia in laudem Ecclesiae, canto dedicado a la unión y a la paz. En 1590 reunió un sínodo en Sevilla sobre temas dogmáticos y expuso su idea de fundar la Escuela de Sevilla, que se convertiría en uno de los centros culturales más influyentes de Occidente, a lo cual contribuyó tanto con sus escritos como con su enseñanza oral.

Además de las obras citadas, se le debe Ad Florentiam sororem de institutione virginum et contemptu mundi libellus, guía espiritual para religiosas dirigida a su hermana. A su muerte, recibió sepultura en la iglesia dedicada a la santas vírgenes Justa y Rufina; tras sucesivos traslados, sus restos fueron inhumados en la catedral de Sevilla.R.B.: VARIOS AUTORES, Gran Enciclopedia de España, Ed. Enciclopedia de España, 2003, tomo XII págs. 5691-5692.

San Isidoro

Biografía

San Isidoro de Sevilla (1655) de Bartolomé Esteban Murillo, Catedral de Sevilla.
San Isidoro de Sevilla (1655) de Bartolomé Esteban Murillo, Catedral de Sevilla.

570-636. Cuando la cultura se derrumba y nadie parece que podrá salvar alguno de sus restos más preciosos, y en el momento de máxima crisis surge un titán que con sus anchas espaldas sostiene el peso del vacilante edificio, logrando rehacer los muros más cuarteados y restaurar el edificio por lo menos en sus paredes maestras, este personaje excepcional merece los mayores honores de la posteridad reconocida. Tal es el papel histórico de San Isidoro de Sevilla, el mayor compilador de la ciencia y la erudición clásica, el infatigable obrero de la cultura de Europa

En el panorama general de la evolución de esta rama histórica, San Isidoro tiene talla de gigante, el cual, en medio de la anarquía producida por las invasiones germánicas, logra rehacer el caudal disperso de la sabiduría antigua y legarlo, como el tesoro más precioso que darse pueda, a los eruditos de Occidente. En este aspecto, es el español que ha influido de modo más poderoso y durante más siglos en la vida espiritual de Europa.

Le conocieron todos los monasterios y escritores medievales; figuró en todas las bibliotecas, y si a través de Beda influyó en el renacimiento irlandés del s. VIII, a través de Alcuíno contribuyó a la recuperación cultural del imperio carolingio.

Su fama se difundió también por Italia y el Norte de África, e incluso llegó a los confines del mundo occidental, siendo conocido y apreciado en los apacibles valles de Suiza y en las románticas orillas del Fulda. Rabán Mauro introdujo el espíritu de San Isidoro en la Alemania del s. IX.

Esta enorme labor de lectura, compilación, sistematización y síntesis explica que la vida de San Isidoro no sea muy agitada. No quiere esto decir que no interviniera en la vida pública de su tiempo; por el contrario, su palabra y sus consejos fueron escuchados por los reyes visigodos y por los concilios toledanos, tanto en el gobierno de su diócesis hispalense como en su labor de reunificación religiosa y política de la monarquía hispánica, demostró sus preclaras cualidades de organizador inteligente, orador fecundo y maestro intachable de la buena doctrina.

Su familia procedía del Levante español. Su padre, Severiano, después de abandonar la ciudad de Cartagena, se había establecido en Sevilla. Aquí había tenido lugar la conversión al catolicismo de su madre, hecho fecundo, pues dio a los altares a dos de sus hijos, San Leandro y San Isidoro. Este, el menor, nacido hacia 570, creció bajo la influencia de su hermano. Como él fue monje en un monasterio sevillano.

Después de sus primeras vacilaciones, Isidoro destacó entre todos los de su edad por su afición al estudio, su facilidad de palabra y su destreza en las controversias filosóficas. Cuando Leovigildo desató la persecución de los católicos, Isidoro fue el inquebrantable defensor de la ortodoxia (580-585), por cuya causa fue desterrado a la Bética.

Al advenimiento al trono de Recaredo, Leandro y su hermano se instalaron de nuevo en Sevilla: aquel en la silla metropolitana, este como abad de un monasterio.

Desde 856 la actividad erudita y literaria de Isidoro aumenta día a día, organiza su biblioteca y su escritorio, fomenta la copia de libros, se relaciona con aquellos que pueden proporcionarle un códice precioso, efectúa intercambios. Su propósito es recoger la cultura y transmitir el saber de los antiguos. Así se observa en la recensión hecha de la Vulgata y en la confección de una Regla monacal. Hacia el 600 sucedió a su hermano en el obispado de Sevilla.

Entonces comenzó a ejercer un gran predicamento sobre todos los hispánicos por la firmeza de su fe y la vastedad de su saber. En 619 presidió el II Concilio hispalense y en 633, el IV toledano. En toda su actuación pública se reveló como encarnizado enemigo del error y la herejía, como apasionado patriota —ese patriotismo emergente de las monarquías germánicas—, y como consejero sabio, autorizado y prudente.

Además, Isidoro se dedicó con ahínco a lo que debía ser su misión en la tierra. El que luego fue denominado Doctor de las Españas, empezó a publicar los frutos de su erudición, portentosa y enciclopédica. Redactó varias obras sobre asuntos eclesiásticos, como el libro de las Sentencias, manual dogmático a base de las frases recogidas entre las autoridades de la Iglesia; escribió sobre la gramática, tal el Differentiae verborum y rerum.

Compuso visiones de la historia, como la Historia de los visigodos, vándalos y suevos (con su prólogo De laude Spaniae); no le fueron extraños los conocimientos físicos, como lo demuestra en De Natura rerum, su obra filosófica más importante, escrita a instancias del rey Sisebuto. En fin, entre 620 y 632 redactó su obra cumbre, las Etimologías, enciclopedia sistemática en que San Isidoro supo reunir la ciencia pagana con la tradición escrituraria de los Santos Padres.

Poco después de haber terminado esta obra gigantesca, cuya influencia en la educación de las promociones medievales fue inmensa, San Isidoro moría en Sevilla, rodeado del fervor ejemplar de sus diocesanos, el 4-IV-636. Así se apagó aquella antorcha vital, cuyos resplandores iluminaron el campo de la cultura hasta el s. XI..R.B.: VICENS VIVES, Jaime, Mil Figuras de la Historia, Ed. Instituto Gallach, 1944, Tomo I, págs. 98-99.

Loor a España

Como prólogo de este libro coloca San Isidoro el famoso De laude Spaniae o Alabanza de España, que , además de ser para la historiografía el primer loor de la España recién creada como tal nación goda, es como explica Menéndez Pidal, el himno natalicio del pueblo hispano godo. He aquí el famoso loor de España.

De todas las tierras, cuantas hay desde occidente hasta la India, tu eres la más hermosa, oh sacra España, madre siempre feliz de príncipes y pueblos. Eres, con pleno derecho, la reina de todas las provincias, pues de ti reciben luz de Oriente y Occidente. Tú, honra y prez de todo el orbe; tu, la porción más ilustre del globo. En tu suelo campea alegre y florece con exuberancia la fecundidad gloriosa del pueblo godo.
La pródiga naturaleza te ha dotado de toda clase de frutos. Eres rica en reses, llena de fuerza, alegre en mieses. Te vistes con espigas, recibes sombra de olivos, te ciñes con vides. Eres florida en tus campos, frondosa en tus montes, llena de pesca en tus playas.. No hay en el mundo región mejor situada que tú; ni te tuesta el ardor del sol estivo, ni llega a aterirte el rigor del invierno; sino que, circundada por el ambiente templado, eres con blandos céfiros regalada. Cuanto hay, pues, de fecundo en los campos, de precioso en los metales, de hermoso y útil en los animales, lo produces tú.
Tus ríos no van en zaga a los más famosos del orbe habitado. Eres fecunda por tus ríos, graciosamente amarilla por tus torrentes auríferos; fuente de hermosa raza caballar. Tus vellones purpúreos dejan ruborizados a los de Tiro. En el interior de tus montes fulgura la piedra brillante, de jaspe y mármol, émula de los vivos colores del sol vecino.
Eres, pues ¡oh, España!, rica de hombres y de piedras preciosas y de púrpura, abundante en gobernadores y hombres de Estado; tan opulenta en producirlos. Con razón puso en ti los ojos Roma, la cabeza del orbe; y, aunque el valor romano, vencedor, se desposó contigo, al fin el floreciente pueblo de los godos, después de haberte alcanzado, te arrebató y te amó, y goza de ti lleno de felicidad entre las regias ínfulas y en medio de abundantes riquezas.
R.B.: VARIOS AUTORES, Gran Enciclopedia de España, Ed. Enciclopedia de España, 2003, tomo XII págs. 5691-5692.

San Eugenio de Toledo

Biografía

La predicación de San Eugenio.
"La predicación de San Eugenio", de Francisco Bayeu: fresco del claustro de la Catedral de Toledo.

Fue discípulo de San Eladio en su formación eclesiástica y literaria. A los veinte años se trasladó a Zaragoza para ingresar en el monasterio de Santa Engracia, donde completaría su formación bajo la influencia del obispo Juan y de Braulio. Al ser nombrado Braulio obispo de Zaragoza, en 631, este nombró a Eugenio arcediano, probablemente de la basílica de San Vicente.

A la muerte de Eugenio I, arzobispo de Toledo, Chindasvinto le ofreció la sede vacante. Como arzobispo presidió en Toledo los concilios VIII (653), IX (655) y X (656). Prestó especial atención a la formación y cultura del clero, exigiendo a los clérigos en el VIII Concilio de Toledo (canon VIII) que aprendiesen de memoria los cantos eclesiásticos más habituales, los salmos, los himnos y los ritos en la administración del bautismo. Además, se preocupaba personalmente de enseñarles el Trivium y el Cuadrivium.

A petición de Protasio, obispo de Tarragona, compuso el Oficio e Himno de San Hipólito. Según se desprende de una carta de Elipando a Alcuino, redactó las misas de Jueves Santo y jueves posterior a Pascua. Se conservan sus cartas Epístola ad Braulionem, Epístola ad Protasium episcopum y Epístola ad Chindasvinto regem de Draconti carminibus. Su obra más notable la constituyen los 102 poemas que forman el Libellus diversi carminis metro. Además, se le atribuyen la Oratio pro rege, el Decretum pro Potamio episcopo y de Sancta Trinitate (desaparecida. Su fiesta se celebra el 13 de noviembre.R.B.: VARIOS AUTORES, Gran Enciclopedia de España, Ed. Enciclopedia de España, 2003, tomo VIII, pág. 3812.

Domingo de Guzmán

Biografía

Santo Domingo de Guzmán por Fra Angelico
Santo Domingo de Guzmán por Fra Angelico

Fundador de la Orden de Hermanos Predicadores. En el momento de su máximo esplendor, cuando Inocencio III imponía en la práctica la teoría de la teocracia pontificia, la Iglesia demostró su formidable vitalidad creando dos nuevas comunidades religiosas, distintas de las órdenes monacales de la Alta Edad Media.

Cada una de ellas venía a satisfacer una necesidad particular, aun colaborando juntas en lo esencial, o sea en la propagación de la fe entre las masas burguesas de las nuevas ciudades.

Una, la de San Francisco de Asís, encauzó hacia el catolicismo la poderosa corriente mística aparecida a finales del s. XII; otra, la de Santo Domingo de Guzmán, atrajo a los estudiosos, a los eruditos y a los filósofos, y los coordinó en la alta misión de defender los principios dogmáticos de la Iglesia contra los errores de la herejía. A través de Santo Domingo, España hizo a la causa de la Catolicidad una nueva y sustancial aportación, no inferior a la que San Ignacio de Loyola había de efectuar a mediados del s. XVI.

Los dos santos pueden compararse por su energía, austeridad, fe y extraordinario dinamismo. El primero, realizó el sueño de su madre que antes de darle a luz le había visto en la figura de un cachorro que atravesaba el mundo con una antorcha en la boca. Santo Domingo, en efecto cruzó el mundo, volando de cima en cima e incendiando los corazones con la llama desbordante de su corazón y de su palabra.

Nació en Caleruega, el 24-VII-1170, hijo del castellano Félix de Guzmán y de su esposa Juana de Aza. Allá, en aquel castillo del Mediodía de Burgos, ante cuyos muros se había estrellado tantas veces la ola del Islam, transcurrieron los primeros años de Santo Domingo, que en el futuro elevaría una fortaleza no menos poderosa contra la marea de la herejía.

Su primera formación religiosa corrió a cargo de su madre; pero su vocación fue alentada por su tío, el arcipreste de Gumiel de Izán, que le guió hacia el saber humano y divino, quitando un guerrero a Castilla pero dándoselo a la cristiandad. A los quince años Domingo empezó a frecuentar las aulas de la universidad de Palencia, donde se formó en las armas de la dialéctica.

Profesor, más tarde, de esta universidad y subprior del cabildo de Osma, cuya vida en común estaba dispuesta según la regla de San Agustín, cristalizaron en el pecho de Domingo las dos grandes pasiones de su vida: los libros y la actividad apostólica.

En 1203 Alfonso VIII de Castilla confió al obispo de Osma, Diego de Acevedo, y al subprior del cabildo, cuya fama había llegado a sus oídos, el encargo de partir para Dinamarca al objeto de negociar en aquella corte la boda de su heredero, el príncipe don Fernando (luego, infortunadamente malogrado) con una princesa danesa.

En el transcurso del viaje, los dos embajadores se metieron en el corazón de la herejía catarense, en el Languedoc. Allí Domingo vio el campo de su actuación apostólica. Por un momento, cuando llegó a las cercanías de Dinamarca pensó dedicarse a la evangelización de los cumanos. Pero la princesa danesa había muerto, y el obispo de Osma y Domingo tuvieron que regresar sin poder cumplir la misión que les había encomendado el monarca.

Tampoco Acevedo recibió autorización de Inocencio III para evangelizar a los cumanos De modo que al regresar a España, permanecieron algún tiempo en el Languedoc para combatir con su palabra y su ejemplo los estragos de los cátaros, contra cuya predicación nada podían ni los obispos ni los abades cistercienses. Mientras Acevedo proseguía su viaje a su diócesis castellana, Domingo se quedó en el Languedoc para luchar contra lo que parecía invencible.

Su santidad irreprochable, su cálida palabra, su inalterable dulzura, su vigor dialéctico, empezaron a dar frutos en numerosas conversiones. En aquel momento Domingo dio sus golpes más atrevidos contra la impiedad y el error. En 1207 constituía, alrededor del santuario de Prouille, en el corazón del territorio hereje, el primer convento de dominicas, sujetas a la regla de San Agustín.

En 1215 se estableció la primera comunidad dominicana en la casa de Pedro Cellani, en Tolosa. Sin embargo, Inocencio III se había negado a autorizar la fundación de una nueva Orden, pese a las instancias de Domingo y del obispo Falcó de Tolosa. La aprobación de la orden de Hermanos Predicadores fue debida al pontífice Honorio III (22-XII-1216). En 1217 Domingo se trasladó a Roma para fundar el convento de San Sixto. En sus últimos cuatro años de vida, se consumió en una actividad vertiginosa.

Organiza en Roma, combate a la herejía en Lombardía y el Languedoc, funda en París, Segovia y Madrid, preside el capítulo general de la orden en Bolonia, atiende, vigila, instruye, anima. Veintiuno eran los dominicos en 1215.

A la muerte de Santo Domingo, acaecida en Bolonia el 6-VIII-1221, sesenta conventos habían florecido en Alemania, Italia, Francia y España. Este extraordinario éxito de su obra, que al cabo de quince años había de quintuplicarse, explica que la iglesia elevara a Domingo de Guzmán a los altares el 3-VII-1234.R.B.: VICENS VIVES, Jaime, Mil Figuras de la Historia, Ed. Instituto Gallach, 1944, Tomo I, págs. 125-126.

Ramón Llul

Biografía

Ramon Llull, predicando
Ramon Llull, predicando

Ramón Llul fue el hombre en quien se hizo carne y sangre el espíritu aventurero, teosófico y visionario del s. XIV, junto con el saber enciclopédico del s. XIII. En el beato mallorquín, artista de vocación ingenua y nativa, se confunden la teología y la filosofía, la contemplación y la vida activa, y toman forma plástica en viajes y peregrinaciones, en proyectos y en obras de la más diversa envergadura.

Dentro del cuadro general del Medioevo cristiano es la suya una de las figuras de mayor relieve, y, en todo caso, es la más destacada y ecuménica que produjo el espíritu catalán en el momento de su mayor pujanza creadora.

Su vida fue potenciada por un inextinguible amor hacia Dios, a cuya contribución puso su desbordante actividad y unos conocimientos vastísimos, los cuales, adoptando en parte el pensamiento científico y filosófico de los árabes, que era ya del acerbo común de la cultura europea de la época, arrancan directamente de San Agustín y se amplían en la afinidad espiritual de San Buenaventura.

Se ha escrito que su biografía es una novela. Hijo de uno de los caballeros catalanes que acompañaron a Jaime I en la conquista de Mallorca, Ramón Lull nació en esta ciudad hoy Palma entre 1232 y 1235 (la fecha tradicional es la de 25-I-1235.

Su juventud fue un continuo tejer en devaneos. Por lo ilustre de su cuna ocupó los cargos de senescal y mayordomo del rey Jaime I de Mallorca. Pero ni la responsabilidad del oficio palatino ni la del matrimonio con Blanca Picany (1256) le hicieron sentar la cabeza. Continuó en su liviana vida hasta que a los treinta años de edad —quizá a consecuencia de sus desamores con Ambrosia de Castelló, según pretende la tradición—, Ramón renunció a las vanaglorias del mundo para ofrecer el amor de su gran alma al señor.

Ingresó en la orden tercera de San Francisco, y se propuso la cruzada a Tierra Santa, la predicación del evangelio a los infieles y la elaboración de un método pedagógico nuevo para convencer a los musulmanes y judíos, de modo racional, sobre la verdad de los dogmas de la fe católica.

En este sentido respondía a las corrientes religiosas unificadoras de la política catalana contemporánea. Después de una peregrinación de santuario en santuario, Lull dedicó nueve años a dominar el latín y el árabe. Fruto de este periodo fueron el Libre de contemplació y el Ars compendiosa, el primero, relato de sus experiencias místicas, el segundo, exposición de los principios esquemáticos de todo saber (1277).

Completadas sus armas de propaganda, logró que Jaime I de Mallorca obtuviera del papa Juan XXI la fundación de un colegio de lenguas orientales en Miramar para que se instruyeran en él los religiosos franciscanos que se propusieran convertir a los infieles (1276). Desde entonces no cejó en sus propósitos, los cuales le llevaron por todos los caminos de Europa y los rumbos del Mediterráneo.

Las ideas básicas de su programa las expuso por esta época en el Blanquerna (1283), la primera novela autobiográfica de contenido filosófico o social. Después de un viaje por Tierra Santa, Egipto y los principales países cristianos, se dirigió con sus propósitos a los papas Nicolás III y Honorio IV, al rey Felipe el Hermoso de Francia y a la Universidad de París. Aquí explicó en 1287 y aquí compuso otra de sus obras famosas: Félix de les meravelles del món.

Después de instar de Nicolás IV que convocara a los pueblos cristianos a una cruzada general contra el Islam, Ramón se embarca solo para Túnez (1292), donde evangeliza con peligro de su propia vida. Apaleado y apedreado, regresa a Europa. De nuevo apremia a los papas —Celestino V y Bonifacio VIII— para que no demoren sus proyectos. Pero no se le escucha (1292). Escribe el Desconori, donde da rienda suelta a su amargura (1295).

Pero pasado este momento de pesimismo, vuelve a animarse y escribe y predica con más fuerza que nunca. En 1297, en París, arremete con vigor contra los averroístas, insiste cerca de Felipe el Hermoso de Francia, busca en todas partes apoyo a su política oriental. En aquella Europa entregada a los conflictos personales más insignificantes, Lull eleva su figura de gigante e indica a todos la misión inaplazable: la destrucción de los turcos, aunque sea aliándose con los tártaros.

Con este propósito visita Chipre (1299), Rodas y Malta. De regreso, reanuda sus gestiones en las cortes de Montpellier y Barcelona, insiste cerca de Clemente V (1305), y, por último emprende otra misión a las costa de África. Logra salvarse, de milagro, en Bugía (1306), donde es encarcelado y azotado. Tantas calamidades no abaten su espíritu sobrehumano. Rescatado por los comerciantes catalanes y genoveses, pasa a Francia.

En Aviñón visita al papa Clemente V, al que ofrece uno de sus tratados (1309); en París reanuda su lucha contra el averroísmo en unas lecciones sensacionales (1309-1311); en Viena de Francia, con motivo de la celebración de un concilio, consigue de él que decrete la institución de enseñanza de lenguas semítica en la universidades de Europa (1311). En cambio, no obtiene la fusión de las órdenes militares en una sola ni la prohibición del averroísmo.

En contacto con el rey Federico o Fadrique de Sicilia, Ramón Lull, ya octogenario, se embarca para Túnez en 1314, probablemente del puerto de Palma de Mallorca, o quizá del de Mesina. En la ciudad africana es de nuevo perseguido y martirizado. Agonizante, es recogido por unos mercaderes genoveses y conducido a Europa. La tradición quiera que Lull expire frente a las costas de su isla natal el 29-VI-1315.

Así murió aquel ser extraordinario, orgullo imperecedero de una nación, quien pese a su vida activísima, aun tuvo tiempo para componer más de quinientos libros —algunos de atribución dudosa—. En sus obras de filosofía medieval habló por primera vez en lengua romance.R.B.: VICENS VIVES, Jaime, Mil Figuras de la Historia, Ed. Instituto Gallach, 1944, Tomo I, págs. 136-137.

Gil Álvarez de Albornoz

Biografía

Gil Carrillo de Albornoz
Gil de Albornoz entregando simbólicamente al papa San Clemente I la capilla del Colegio de España, dedicada a dicho santo.

Natural de Cuenca, donde nació en fecha indeterminada, quizá en 1299 ó en 1300, el futuro cardenal pertenecía a una de las más rancias familias de Castilla, pues por su padre, García Álvarez de Albornoz, se reputaba descendiente de Alfonso V de León, y por su madre, Teresa de Luna, de Jaime I de Aragón. Por voluntad de su tío materno, Jiménez de Luna, arzobispo de Toledo, fue destinado a la carrera eclesiástica, a pesar de que su familia era de estirpe militar.

Estudió y se doctoró en la universidad de Tolosa (Francia), donde brilló en el cultivo del derecho canónico. A su regreso a España, su tío le concedió el arcedianazgo de Calatrava y le abrió el camino en la corte de Alfonso XI, quien, apreciando las cualidades de aquel joven, le nombró su capellán y limosnero.

En 1339, a la muerte de Jiménez de Luna, el rey le promovió a la silla de la archidiócesis primada de Toledo. Esta elección se reveló como un acierto del monarca, pues el recién creado arzobispo no solo demostró sus grandes cualidades de organizador y su celo religioso (sínodos de Alcalá de Henares 1345 y 1347), sino que prestó grandes servicios a Alfonso XI en sus campañas contra los benimerines.

Participó en las batallas de Tarifa (1340) y en el asedio de Algeciras (1342); en la primera salvó personalmente la vida del rey y en el segundo aportó tal cantidad de soldados y material que hizo posible la realización de la empresa. Ahora bien, siendo necesarios más recursos, fue delegado por el rey de Castilla para que obtuviera del papa Clemente VI el derecho de imponer la contribución de la Cruzada, lo que logró con refinada habilidad (1343).

Su papel en esta embajada le granjeó, asimismo, el aprecio de la corte pontificia. Le fue de mucha utilidad esta buena relación con la corte aviñonense, pues habiendo subido al trono castellano Pedro I el Cruel, se alejó de la mitra toledana y después de una breve estancia en Cuenca, pasó a Avignon, donde Clemente VI le confirió la púrpura cardenalicia (1350). El nuevo cardenal renunció al arzobispado de Toledo y se entregó por completo al servicio a la Santa Sede, iniciándose en su biografía la etapa italiana.

Los estados pontificios, desde la marcha del papado a Avignon eran presa de una lamentable anarquía. Era preciso restablecer la autoridad de la Santa Sede sobre los nobles, el pueblo de Roma y los señores de la Romaña y las Marcas, los cuales refugiados en sus fortalezas asolaban al poder eclesial. Tanto Clemente VI como su sucesor Inocencio VI se convencieron de que el cardenal Albornoz era el único hombre capaz de llevar a cabo tal empresa y le invistieron de plenos poderes, nombrándole legado a latere.

En 1354 Albornoz pasó a Italia con Cola di Rienzo, el agitador popular de Roma, que todavía conservaba cierto prestigio entre sus antiguos partidarios. Con Rienzo entró el cardenal en la ciudad eterna. Luego se aprestó a la conquista de los territorios circundantes.

Su actuación fue un prodigio de sagacidad diplomática y de sabia disposición guerrera. En tres años sometió a los papas las ciudades y los señoríos de su territorio, en particular a los de Vico de Viterbo. Llamado a Avignon en 1357, a causa de determinados recelos, fue restituido en su comisión después del fracaso de su sucesor, Androni de la Roche.

Su segunda actuación abarca los años 1358 a 1367, en cuyo transcurso consolidó su tarea inicial, arrebató la ciudad de Bolonia del poder de los Visconti de Milán y organizó la administración del territorio pontificio, para el que promulgó las famosas (1357) Constituciones Egidíanas (de Egidio = Gil), compilación legal que subsistió como base del derecho romano hasta 1816.

Por otra parte fomentó la cultura, fundando en Bolonia un Colegio, que aún hoy subsiste, para los estudiantes españoles que frecuentaban aquella universidad. Albornoz preparó el regreso de los papas a Roma; pero no pudo ver realizada esta gran aspiración de su vida, pues murió diez años antes de que esto acaeciera, en Viterbo, el 24-I-1367. Su cadáver fue trasladado a su patria y sepultado con todos los honores que merecía el cardenal, en la ciudad de Toledo.R.B.: VICENS VIVES, Jaime, Mil Figuras de la Historia, Ed. Instituto Gallach, 1944, Tomo I, págs. 152-153.

San Vicente Ferrer

Biografía

San Vicente Ferrer por Francesco del Cossa
S. Vicente Ferrer por Francesco del Cossa, National Gallery.

Procedía San Vicente de una familia de ciudadanos honrados de Valencia, establecida en la población desde los primeros tiempos de la reconquista catalana. Era su padre notario muy influyente. Guillermo Ferrer tuvo de su esposa, Constanza Miquel, ocho hijos, el segundo varón de los cuales fue San Vicente. Nació el 23-I-1350 y muy pronto destacó por su belleza física, espiritual y por una gran inteligencia.

Dedicado por sus padres a la carrera eclesiástica, a los siete años fue tonsurado y a los once, en 1361, tomó posesión de un beneficio en la parroquia de Santo Domingo, de modo que en 1367 renunció a su beneficio y tomó el hábito dominicano en el convento de esta orden en Valencia (2 de febrero). Profesó el 6-II-1368. Los diez años siguientes de su vida, hasta su ordenación sacerdotal en 1378, los dedicó a su perfeccionamiento intelectual en los centros docentes de Cataluña y del sur de Francia.

Estudió lógica en el convento de los dominicos de Barcelona (1368), filosofía entre 1370 y 1372 en el convento de Lérida, situado muy cerca de la universidad más importante de la Corona de Aragón. De nuevo en Barcelona, estudiando y enseñando, cosa que era muy frecuente en la época, se reveló como gran taumaturgo. En 1376 regresó a Valencia, aunque por breve tiempo, ya que al año siguiente pasó a Toulouse para completar sus estudios de teología y seguramente también como lector de filosofía.

Maestro Vicente, como se le llamaba desde su estancia en Lérida, fue nombrado prior de los predicadores de Valencia en 1379, aunque hubo de declinar el cargo a causa de su actitud favorable a Clemente VII.

En 1380, escribió un libro osado y contundente, De moderno Ecclesiae schismate, donde demostró que el verdadero papa era Clemente VII (el de Aviñón) y no Urbano VI (el de Roma), y que dedicó a Pedro IV el Ceremonioso de Aragón que mantenía una actitud neutral y expectante ante el Cisma.

En 1385 fue elegido catedrático del cabildo de la catedral valenciana, donde demostró una vez más su maestría en la dialéctica y en el manejo de los términos de la escolástica. Sin embargo, al mismo tiempo que enseñaba no dejaba de predicar, y en el apostolado había de hallar, en definitiva, su camino.

Un hecho de importancia en la vida de San Vicente fue la amistad con el cardenal Pedro de Luna. Este, que iniciaba su misión de legado en España a favor del papa de Aviñón, le tomó como predicador y asociado (1390).

Después de recorrer Castilla en compañía del cardenal, Vicente regresó a Valencia, en cuya ciudad se distinguió en la defensa y en la conversión de los judíos, que entonces sufrían una violenta persecución. Su palabra y su fama le elevaron al confesionario de la reina doña Violante de Bar, esposa del rey de Aragón Juan I de Aragón el Cazador.

En 1394, cuando al cardenal Luna fue elegido papa de Aviñón, y adoptó el nombre de Benedicto XIII, fray Vicente fue incorporado a la corte pontificia, como confesor papal y maestro del Sacro Colegio, donde residió normalmente hasta fines de 1399, en que se consagró de lleno a su labor misional. Pese a su adscripción a la causa de Benedicto XIII, renunció a la púrpura cardenalicia (1398) y al obispado de Valencia, demostrando ningún interés en fomentar discordias eclesiásticas.

Entonces, como legado a latere Christi, emprendió su apostolado por el occidente de Europa, en una misión que le hizo famoso sobre todos los predicadores de la época. La gente le seguía por los caminos, de ciudad en ciudad, haciendo penitencia y convirtiéndose ante las inflamadas palabras del santo.

Vicente Ferrer recorrió el sur de Francia; visitó Suiza; predicó en el Franco Condado, en Lyón y en Genova; visitó Flandes y el Milanesado; enfervorizó las ciudades castellanas y andaluzas. En el Rosellón, en Cataluña y en Valencia, entre 1409 y 1412, su palabra levantó tempestades de fervor religioso.

Desde 1408, con motivo del concilio reunido en Perpiñán por Benedicto XIII, Vicente Ferrer se había mostrado partidario de poner fin al Cisma. En la primavera de 1412, San Vicente paró su labor misional por haber sido designado compromisario, por parte del reino de Valencia, para dilucidar la sucesión de Martín I, en Caspe; allí su personalidad y su prestigio contribuyeron poderosamente a la elección de Fernando de Antequera para la corona de Aragón (24-VI-1412), quien al tomar posesión del reino, solicitaba constantemente su presencia en la corte y sus consejos.

Acabado el compromiso de Caspe, Vicente reanudó sus misiones por Cataluña, Aragón, Valencia y el Rosellón. En los últimos años de su vida pacificó Valencia, predicó en Mallorca (1413), convenció a los rabinos judíos en las conferencias de Tortosa (1419, y, por último, ante la obstinación de Benedicto XIII y la necesidad de poner fin al Cisma, se substrajo a su obediencia, con cuyo acto puso fin real a los últimos apoyos políticos y morales que quedaban al papa Luna (1416).

A partir de este momento, y pese a su quebrantado estado de salud, dejó los territorios patrios para predicar en el norte de Francia, en Borgoña y en la Bretaña. Murió en Vannes, cuando se proponía regresar a Valencia, el 5-IV-1419. Un papa valenciano, Calixto III, lo canonizó el 3-VI-1455.R.B.: VICENS VIVES, Jaime, Mil Figuras de la Historia, Ed. Instituto Gallach, 1944, Tomo I, págs. 155-156.

Clemente VII

Biografía

Clemente VII por Henri Segur
Portrait of Antipope Clement VII par Henri Segur, Palais des Papes Avignon, France.

Roberto de Genebra (Clemente VII), antipapa de la línea de Aviñón, 20-IX-1378 / 16-IX-1394. Nació en Ginebra en 1342. Su elección como papa por los cardenales franceses (con el apoyo de Carlos V de Francia) en oposición a Urbano VI provocó el Cisma de Occidente.

Se estableció en Aviñón. Los reinos peninsulares adoptaron el principio de neutralidad ante el conflicto papal. Pero el problema también era político (hegemonía entre Francia e Inglaterra). Castilla reconoció inicialmente a Urbano VI, pero la presión de Carlos V de Francia y la habilidad política de Pedro de Luna -futuro Benedicto XIII-, legado de Clemente VII en Castilla, hicieron cambiar la postura de Juan I.

En realidad las motivaciones eran de orden político, derivadas de la guerra con Portugal, que se había aliado (14-V-1381) con Inglaterra. Al año siguiente se formalizó un pacto entre el monarca castellano y el pontífice de Aviñón para fortalecer la expedición del duque de Anjou a Nápoles y Sicilia contra Carlos Durazzo, defensor de la causa de Urbano VI.

La postura neutral más sólida la sostuvo Pedro IV el Ceremonioso ya que ello suponía mantenerse al margen del conflicto anglo-francés. La muerte de Pedro IV (5-I-1387) y la influencia de Pedro de Luna sobre su sucesor Juan I, posibilitaron el reconocimiento de la obediencia a Clemente VII. A cambio, este confirmó al monarca aragonés la investidura de la isla de Córcega y Cerdeña y le otorgó el Capelo cardenalicio a Jaime, obispo de Valencia y primo hermano de Pedro IV.

El reino de Navarra se vio forzado por las circunstancias a aceptar al papa de Aviñón. Al iniciarse el cisma se hallaba en guerra contra Castilla en condiciones cada vez más desfavorables, por lo que Carlos II debió de aceptar la paz de Briones que le alejaba de su aliado, Inglaterra, y le integraba a la fuerza en el ámbito político de Castilla y Francia. Portugal siguió la neutralidad en la primera etapa del cisma, si bien el conflicto con Castilla, respaldado por Clemente VII, le obligó a reconocer a Urbano VI.

Clemente VII, apoyado por los distintos poderes peninsulares, excepto Portugal, encargó al teólogo gerundense Nicolás Eymerich la elaboración del Tratactus de potestae papae, en el que defendía la potestad absoluta del Papa y su superioridad sobre el resto de las autoridades temporales.R.B.: VARIOS AUTORES, Gran Enciclopedia de España, Ed. Enciclopedia de España, 2003, tomo VI pág. 2759.

Clemente VIII

Biografía

Nació en Teruel, España en 1370 y murió en Palma de Mallorca, el 28-XII-1446. Gil Sánchez Muñoz. Antipapa de Aviñón (10-VI-1423-26-VII-1429), designado sucesor de Benedicto XIII por los seguidores de este, una vez concluido el cisma de Occidente, durante el pontificado de Martín V. Canónigo de Barcelona.

Participó en el concilio provincial de Barcelona (1416) en el que se decidió impedir el envío de una embajada aragonesa al concilio de Constanza, así como reclamar la restitución de la obediencia de Alfonso V de Aragón a Benedicto XIII. Tras la muerte de este (29-XI-1422) fue designado Papa en Peñíscola (Castellón) por cuatro cardenales (dos aragoneses, Julián de Loba y Ximeno Dohe y dos franceses, Domingo Bonnefoi, prior de la Cartuja de Montealegre, y Jean Carrier.

Su pontificado, como el de los anteriores antipapas, estuvo supeditado al sistema de alianzas políticas establecidas entre los distintos poderes de Europa Occidental.

La Santa Sede mantenía disputas con Alfonso V el Magnánimo por algunas posesiones italianas, por lo que este decidió apoyar a Clemente VIII. El papa romano, Martín V, solicitó ayuda a Juan II de Castilla, quien a su vez mantenía diversos pleitos con el monarca aragonés, entre ellos el control del reino de Navarra, que dio lugar a la guerra entre Aragón y Castilla (1429).

La pérdida de Alfonso V y la presión diplomática de la Santa Sede le obligaron a abdicar el 26-VII-1429. La renuncia la formalizó ante el cardenal Pedro de Foix, legado pontificio, hecho que permitió la designación de Martín V como papa único, y por lo tanto el final del Cisma. Ese mismo día tomó sus dos últimas decisiones como pontífice: promovió al cardenalato a Francisco Rovira y revocó las sentencias pronunciadas por él y por el Papa Luna contra Martín V.

En reconocimiento a su actitud el papa Martín V le designó obispo de Palma de Mallorca, a pesar de que Alfonso V había nombrado al mallorquín Galcerán de Albert para ese puesto. En compensación Galcerán recibió el obispado de Elna.R.B.: VARIOS AUTORES, Gran Enciclopedia de España, Ed. Enciclopedia de España, 2003, tomo VI pág. 2759.

Pedro González de Mendoza

Biografía

Uno de los personajes más singulares de la segunda mitad del s. XV en Castilla fue don Pedro González de Mendoza, hijo de don Íñigo López, Marqués de Santillana. De su padre heredó la disposición para el cultivo de las letras, y en este sentido fue poeta y humanista, distinguido en la traducción de Homero, Salustio, Ovidio y Virgilio; pero, asimismo, el inquieto marqués heredó la pasión política, la ambición de mando y el deseo de lucha.

La suerte quiso que fuera dedicado a la carrera eclesiástica, por lo que, sin merma de sus deberes religiosos, Pedro González fue uno de esos típicos prelados castellanos del s. XV que anduvo mezclado en todos los conflictos civiles de la época y en más de una ocasión revistió la armadura para lanzarse al estrépito de los campos de batalla.

Nacido en Guadalajara el 3-V-1428, y educado en el refinado ambiente de la casa paterna, Pedro González de Mendoza curso en Toledo los estudios humanísticos que empezaban a estar en boga e ingresó muy pronto en la Iglesia. Su progresión fue muy rápida, como la de los hijos de la gran nobleza.

Cura de Hita, arcediano de Guadalajara, acabó la carrera eclesiástica en Salamanca y a los veintiséis años fue consagrado obispo en Calahorra, dignidad para la que le propuso Juan II, quien en los últimos años de su vida había cobrado afecto a su novel cortesano.

La muerte de este monarca le lanzó a una agitada vida política, típica de los grandes personajes de la época de Enrique IV.

A principios de este reinado se enemistó con el soberano, ante quien protestó con entereza por la disgregación del estado y la debilidad de la monarquía. Los Mendozas fueron expulsados de Guadalajara, por lo que el obispo de Calahorra figuró en las primeras ligas contra Enrique IV. Pero el enlace de don Beltrán de la Cueva con su familia, le reconcilió con la corte; desde entonces tuvo el rey en él a un consejero fiel.

Le asistió en las entrevistas de Bidasoa (1463) e intervino en hacerle renunciar a la corona de Aragón. Cuando la nobleza cometió contra la monarquía el ultraje de Ávila (1465) y el reino se dividió en dos bandos, Pedro de Mendoza sostuvo la causa real, y peleó valerosamente en defensa de los intereses de la corona en Olmedo (20-VIII-1467). Debido a estos servicios, recibió sucesivamente las dignidades de obispo de Sigüenza, arzobispo de Sevilla, en cuya sede sucedió a Fonseca y cardenal de España.

En 1475, al estallar la guerra de sucesión entre Isabel y la Beltraneja, el cardenal Mendoza se puso incondicionalmente al servicio de los Reyes Católicos, a los que antes, como príncipes no había favorecido. Pero su visión política le hacía permanecer al lado de los detentores de la legitimidad y contra la nobleza turbulenta. Contribuyó eficazmente al triunfo de doña Isabel combatiendo con denuedo a sus adversarios. A su servicio puso sus grandes riquezas y el poder político de los Santillanas.

Intervino personalmente en la batalla de Toro (1-III-1476), decidiéndola en un momento crítico. Es famosa la carga de caballería que dio en esta ocasión al grito de ¡Aquí está el cardenal, traidores!. A la muerte del arzobispo de Toledo, Carrillo, la reina Isabel recompensó al cardenal elevándole a la sede primada de España (1483). No cabía designación más acertada, pues Mendoza contribuyó con sumo celo a todas las empresas guerreras y proyectos políticos de sus soberanos.

Aportó sus huestes y sus riquezas a la lucha contra los moros granadinos, y él, con sus parientes, tuvieron parte destacada en la toma de Loja (1486). En enero de 1492 fue quien tomó posesión de Granada en nombre de los Reyes Católicos. Aquejado por graves dolencias, fue visitado por estos monarcas en Toledo (1494). Moría poco después, el 11-I-1495 en su ciudad natal. Entre sus no pocos merecimientos políticos, el más importante es el de haber descubierto a Cisneros para España.

Protector de la letras, fundó en Valladolid el Colegio mayor de Santa Cruz; y compasivo con los desvalidos, erigió en Toledo el hospital de expósitos del mismo nombre. Los contemporáneos le calificaron.R.B.: VICENS VIVES, Jaime, Mil Figuras de la Historia, Ed. Instituto Gallach, 1944, Tomo I, págs. 202-203.

San Ignacio de Loyola

Biografía

Vera effigies S. Ignaty de Loyola, verdadera imagen de S. Ignacio, con armadura militar. Anónimo del s. XVI, escuela francesa.
Vera effigies S. Ignaty de Loyola, verdadera imagen de S. Ignacio, con armadura militar. Anónimo del s. XVI, escuela francesa.

Contra el error la verdad, contra la pluralidad de sectas la unidad en lo católico, contra la corrosión espiritual el dominio del alma por la voluntad, contra la agresión despiadada la ofensiva brillante y segura, contra Calvino, San Ignacio de Loyola.

Este es el hombre y el santo de la Contrarreforna y de la Reforma católica, y esta sola expresión sirve para medir su grandeza histórica. Gracias a su obra, la Iglesia estuvo dotada del mayor instrumento de acción que jamás conoció en su historia.

Nacido en Loyola a fines de 1491, Íñigo, hijo de Beltrán Yáñez de Oñaz y de María Sáenz de Licona, procedía de una noble familia vasca, y de su raza tenía el fervor pasional, el ímpetu religioso y la visión de lo ecuménico. En sus primeros años fue paje en la corte del Rey Católico. Se educó en la casa de Juan Velázquez de Cuéllar, contador mayor de los reyes, con la esperanza de hacerse un nombre en la carrera de las armas.

Herido en Pamplona el 20-V-1521, con motivo de un ataque de las tropas de Francisco I de Francia a esta plaza con motivo de la primera guerra que mantuvo contra Carlos V, Íñigo leyó y meditó en su lecho de dolor sobre la vida de Cristo y de los santos. En aquellos días de convalecencia se produjo una nueva actitud espiritual, renunció a los laureles de las armas por la gloria de la santificación de su alma y a los placeres del mundo por el amor a la Virgen María.

Renovando el antiguo ideal de peregrino a Tierra Santa, partió para Cataluña en marzo de 1522. Residió medio año en Manresa, se retiró algún tiempo a Montserrat, y en estos lugares, en un ambiente de meditación y arrepentimiento, bajo la influencia de la mística dominicana, concibió y escribió sus Ejercicios Espirituales, el libro más importante del catolicismo moderno, un sistema insuperable para llegar al dominio de todas las potencias del espíritu y encaminarlas hacia Dios (1522).

Fracasado en su proyecto de misión entre los mahometanos, después del viaje que le llevó de Barcelona a Roma (29-III-1523) y de aquí a Jerusalén por Padua y Venecia, Ignacio maduró su pensamiento. Se hallaba de nuevo en Barcelona, en marzo de 1524, cuando decidió aprender la cultura y los conocimientos de su época. En la ciudad condal estudió latín, y en Alcalá (1526) y Salamanca (1527) la filosofía neoescolástica.

Mientras estudiaba propagaba sus ideas y reclutaba sus primeros adeptos: gente de condición sencilla y humilde. El Santo Oficio receló de sus actividades. Le denunció en Alcalá por alumbrado y en Salamanca estuvo incluso detenido. Se le prohibió enseñar, por lo que Ignacio se alejó de España y pasó a Francia para completar su formación teológica en la Sorbona.

En París, el 2-II-1528, Ignacio de Loyola llevó una existencia severa y muy austera. Frecuentó los colegios de Montaigu (1528-1530) y de Sainte-Barbe (1529), donde es posible que se hallara con Calvino. Al lado de sus estudios continuaba su labor proselitista y de organización de un pequeño cenáculo religioso.

La atracción de su poderosa personalidad y la práctica de los Ejercicios reunieron a su alrededor a seis figuras selectas, compañeros de estudios entre los cuales Francisco Javier, Diego Laínez, Pedro Lefevre y Alfonso Salmerón. Los siete constituyen la primera célula de la futura Societas católica. El 15-VIII-1534, en la capilla de San Dionisio, en Montmartre, se propusieron cumplir su programa básico: conversión de los musulmanes y práctica de las virtudes monásticas. Si les fuera imposible pasar a Jerusalén, se pondrían al servicio del Papado.

En 1535 Ignacio de Loyola volvió a España. Estuvo en Loyola y en Barcelona. De aquí pasó a Italia, donde le aguardaban sus compañeros. Los halló en Venecia (8-I-1537), todos dispuestos a embarcarse a Palestina. Pero eran muchas las dilaciones, y mientras tanto predicaban y atendían a los enfermos.

En Venecia, Ignacio se puso en contacto con el cardenal Carafa, nombre de gran importancia en la Reforma católica, y le comunicó el deseo de constituir una orden religiosa al servicio del Papado, y aunque el cardenal quiso que ingresara con sus compañeros en la de los teatinos, se empeñó en formar una orden independiente. La denominó Societas Iehsu y la concibió como una milicia de defensa de la Iglesia, amenazada por el protestantismo, cuya agresión consideró más peligrosa que la del propio Islam.

A fines de 1537 Ignacio se traslado a Roma al objeto de obtener del papa Paulo III la aprobación de la Compañía. Tuvo que luchar con la oposición de cierta parte del mundo eclesiástico que no comprendía sus propósitos. Pero el alto ejemplo que dio con sus compañeros al año siguiente, con motivo de un hambre que se abatió sobre la ciudad, le granjeó la simpatía de los romanos. El 25-XII-1538 celebró su primera misa, después de año y medio de purificación, ya que había sido ordenado sacerdote el 24-VI-1537.

El 24-VI-1539 Ignacio resumió en cinco artículos los propósitos esenciales de la orden que acababa de fundar, los cuales fueron aprobados oralmente el 3 de septiembre del mismo año, y más tarde, el 27-IX-1540, por la bula Regimini militantis Ecclesiae. El 23-IV-1541 Ignacio era elegido general de la Compañía de Jesús. Durante quince años, hasta 1556, San Ignacio gobernó la orden con singular acierto y suma capacidad organizadora.

Mientras atendía a la organización de las Constituciones de la Compañía, obra en la que trabajó desde 1550, procedía al encauzamiento de las vocaciones que iban afluyendo en número cada día creciente. Dirigía a sus ovejas con la firmeza del pastor, les daba prudentes consejos y vigilaba su formación espiritual. Desde Roma coadyuvaba a la obra política del Papado y luchaba contra la herejía en Francia, en Inglaterra, en Alemania, en Austria y en Hungría.

Era como un gran capitán en el momento de disponer de sus fuerzas para la eminente ofensiva de reconquista en Europa. Y, mientras tanto, no perdiendo de vista la acción de la Iglesia sobre los pueblos infieles, iniciaba la obra de apostolado más allá de los mares, acaudillada por la figura señera de San Francisco Javier. Cuando murió, el 31-VII-1556, la Iglesia católica estaba salvada, gracias a su labor personal y a la de la Compañía que creó. Fue canonizado el 14-III-1622.R.B.: VICENS VIVES, Jaime, Mil Figuras de la Historia, Ed. Instituto Gallach, 1944, Tomo I, págs. 254-255.

San Francisco Javier

Biografía

Hijo de Juan de Jassu y de María de Azpilcueta, Francisco vino al mundo en el castillo de Javier, en Navarra, el 7-IV-1506. Su juventud fue muy dura, como si la Providencia quisiera poner a prueba la fidelidad y el amor de su corazón. En la guerra provocada por Fernando el Católico para anexionar Navarra a España en 1512., el padre de Francisco perdió sus posesiones a causa de su fidelidad a la dinastía de los Albret.

Muerto Juan de Jassu en 1515, Francisco fue educado por su piadosa madre, hasta que en 1525 se trasladó a París para completar sus estudios. Estudió en el colegio Santa Bárbara, donde se hizo señalar por su incorruptible castidad. En 1530 obtuvo el título de licenciado en Artes y, al mismo tiempo, le fue confiada una cátedra en el colegio de Beauvais. En esta época empezó a intimar con Ignacio de Loyola.

Atraído por su fuerte personalidad y comulgando en los mismos ideales, en particular en el propósito de evangelizar a los infieles, Francisco prestó con él, en la iglesia de Montmartre el juramento de pasar a Tierra Santa o ponerse a disposición del Papado (15-VIII-1534). Al objeto de prepararse para su futura labor, se dedicó durante dos años al estudio de la teología. En octubre de 1536 partió para Venecia con la esperanza de embarcarse para Palestina.

En esta ciudad fue ordenado sacerdote y celebró la primera misa el 24-VI-1537, después de una ferviente preparación espiritual. En 1538, dificultada la empresa evangelizadora entre los musulmanes, Francisco Javier se trasladó a Roma, donde colaboró con San Ignacio en los trabajos preparatorios de la constitución de la orden. Pero aún sin recibir la aprobación pontificia, el ardor de Francisco, le empujó hacia la misión, llevándole a cruzar los mares hacia la lejana India.

El 15-III-1540 formuló por escrito sus votos de obediencia, pobreza y castidad, y el 16 partía de Roma, revestido por Paulo III con la dignidad de legado apostólico. Habiéndose embarcado en Lisboa llegó a Goa, en la India, el 6-V-1542. Inmediatamente empezó a predicar la palabra divina. Su voz resonó en Goa, en la Pesquería, en Travancor y en Cochín (1542-1545).

Luego evangelizó en Ceilán. En septiembre de 1545 partió para las Molucas, visitando Amboina y Ternate. Después de una estancia de dos años en la islas de las Especias, regresó a la India (1548), pero ya con el firme propósito de pasar a los poderosos reinos de que había oído hablar en las Molucas, rumbo al Japón. Llevaba consigo a dos compañeros jesuitas y tres neófitos japoneses. Francisco desembarcó el 15 de agosto en el puerto de Kagoshima.

Predicó en el Japón hasta noviembre de 1551, fundando comunidades cristianas en Kagoshima, Hirado, Yamagutchi y Rungo, pese a la guerra civil que devastaba el país y a la oposición de los bonzos. Convencido de que el éxito de su misión dependía de la conversión de los chinos, dejó el Japón en la fecha indicada, consolado por los dos mil adeptos que florecían ya en aquellas tierras.

Se hallaba en Goa en 1552 para preparar una embajada al emperador de China. Habiéndola obtenido se embarcó para su destino a fines de mayo del mismo año. Pero el capitán Álvaro de Ataide hizo defección en Malaca. Entonces se hizo trasladar a la isla de Sanchán, cerca del litoral chino, en espera de pasar al continente.

Aquí, San Francisco, agotado por las fatigas y las privaciones, murió el 3-XII-1552. Setenta y dos años más tarde, el 12-III-1622, Gregorio XV reconocía sus enormes méritos y sus virtudes elevándolo a los altares.R.B.: VICENS VIVES, Jaime, Mil Figuras de la Historia, Ed. Instituto Gallach, 1944, Tomo I, págs. 255-256.

Diego Laínez

Biografía

Nacido en Almazán en 1512, hijo de Juan Laínez y de Isabel Gómez de León, cursó sus estudios medios en la escuelas de Soria y Sigüenza. Ingresó luego en la universidad de Alcalá para estudiar filosofía, y se graduó maestro de artes en la misma el 26-X-1532. En esta época trabó amistad con un joven de su edad, Salmerón, con quien decidió pasar a París para completar sus estudios teológicos.

Al llegar a la capital de Francia entraron en contacto con Ignacio de Loyola,de cuyas virtudes habían oído hablar ya en Alcalá. Este los catequizó con sus Ejercicios Espirituales, de modo que tanto Laínez como Salmerón participaron en el famoso voto de Montmartre el 15-VIII-1534. Con sus compañeros, Laínez se traslado a Venecia con objeto de pasar a Jerusalén, objetivo que no pudieron realizar.

Ordenado sacerdote en 1537, pasó con Ignacio a Roma, donde demostró sus altos conocimientos profesando teología positiva en la Sapienza.Entre 1537 y 1540 predicó en Parma y en Placencia, aquí al lado del legado pontificio Filonardi. Después de haber sido aprobada la Compañía de Jesús por Paulo III, actuó como predicador apostólico en Venecia (1542), Padua, Brescia, Vicenza y Bassano en el año 1545.

En este año recibió el nombramiento de teólogo pontificio para la primera sesión del Concilio de Trento, donde desde muy pronto destacó por su sabia doctrina sobre la justificación y contra los errores protestantes. Al interrumpirse el Concilio en 1547, Laínez prosiguió su labor evangélica en la Italia Meridional. Predicó en Nápoles y en Palermo (1548-1549) y pasó a la costa africana con la expedición a Túnez.

En 1551, actuó de nuevo en el concilio tridentino, y esta vez afirmó rotundamente la verdad católica sobre la Eucaristía y la Misa. Nombrado provincial de la Compañía para la Italia superior (1552), desempeño con sumo celo este elevado cargo, de modo que al acaecer la muerte de San Ignacio el 31-VII-1556, fue elegido general de la orden el 2 de agosto. Esta elección fue ratificada el 19-VI-1558.

Sus últimos años de vida fueron de grandísima actividad. Además de las naturales preocupaciones de su elevado cargo, desempeñó misiones de confianza del Papado. En 1561 pasó a Francia como legado de Pío IV para combatir los errores del calvinismo. En Poissy celebró un coloquio con Teodoro de Beza, campeón del hugonotismo, del que salió robustecida la fe católica de la corte. En 1562 asistió a la última reunión del Concilio de Trento. Murió, agotado, el 19-I-1565 en la ciudad de Roma.R.B.: VICENS VIVES, Jaime, Mil Figuras de la Historia, Ed. Instituto Gallach, 1944, Tomo II, pág. 4.

Santa Teresa de Jesús

Biografía

Santa Teresa, por François Gérard.
Santa Teresa, por François Gérard.

Hija de don Alfonso Sánchez de Cepeda, buen castellano, religioso, caritativo y austero y de doña Beatriz de Ahumada, también de recias cualidades castellanas. Teresa vino al mundo en la ciudad de Ávila, el 28-III-1515.

Su juventud fue llena de piedad, pues ni la lectura de los Libros de Caballería, ni los inocentes pasatiempos, ni incluso la venial curiosidad por su belleza (crecía con singular hermosura), lograron desviarla de su recto futuro de religión. En su alma juvenil, los Libros de Caballería, lectura que alternó con las Vidas de los Santos, despertaron cuanto más el deseo de atrevidas aventuras por tierras de moros en servicio de la causa del Redentor.

En 1531 entró como pensionista en el convento de las Agustinas, de su ciudad natal. Aunque en un principio no sentía gran atractivo por recluirse en una casa de religión, el proselitismo edificante de una monja y el adoctrinamiento de su tío don Pedro, que le enseño a despreciar las cosas del mundo, acabaron con sus vacilaciones.

A los dieciocho años entró en el convento de la Encarnación, en el cual tomó el hábito de carmelita el 3-XI-1534. Durante unos veinte años, la vida de Santa Teresa fue una lucha emocionante contra el dolor físico, los recuerdos de su juventud y la rutina de la vida conventual. En 1537 sufrió un ataque de parálisis. Pero más que las fatigas y dolores corporales, fue terrible el conflicto espiritual. La santa anhelaba elevarse a las máximas alturas del sentimiento religioso; a veces creía que su piedad y su devoción disminuían.

Por fin, la voluntad venció al dolor y el entusiasmo de la fe a toda inquietud íntima. Esto acaeció hacia 1555. Desde entonces —según confesión propia—;, Teresa inició una nueva vida: la de Dios en ella. Tres años más tarde comenzaron las visiones místicas, constantes luego, que Santa Teresa nos ha narrado con un candor y una humildad que hacen toda sospecha improcedente e indigna. Al mismo tiempo, cristalizaba en el espíritu de la santa el deseo de reformar la orden carmelitana y de reintegrarla a su regla primitiva.

Obtenida la necesaria autorización del papa Pío IV, Teresa fundó en agosto de 1562 el primer convento de las Carmelitas Descalzas, el de San José, en Ávila. A pesar de la oposición de los carmelitas de la regla mitigada, de las injurias, burlas y murmuraciones que la zaherían pero no la rendían, la obra de la santa se fue extendiendo paulatinamente por toda España. Su figura irradiaba virtud, hidalguía y entereza, virtudes de la monja inquieta y andariega para conquistar las almas de los nobles, de los indigentes, de la aristocracia y del pueblo.

San Juan de la Cruz se adhirió a su causa y comenzó a reformar los conventos de varones en el Carmelo descalzo. Santa Teresa no conoció tregua ni descanso durante veinte años, en cuyo transcurso peregrina por todas las rutas de castilla, fundó treinta y dos conventos.

Mientras tanto, y esto es todavía más admirable, aún tenía tiempo para redactar —por indicación de sus guías espirituales— esas maravillosas obras: El Libro de su Vida (1562-1565), el Camino de la perfección (1564-1567) y el Castillo interior o Libro de las siete moradas (1577), su obra capital, el libro más perfecto de la mística española.

Teresa de Cepeda y Ahumada, la madre Teresa de Jesús, murió en Alba de Tormes, el 4-X-1582. El clamor de su santidad fue tal, que Paulo V la beatificó el 24-IV-1614, Gregorio V la canonizó el 22-III-1622, y Urbano VIII la nombró copatrona de España el 21-VI-1627. Pío X la nombró doctora de la Iglesia durante su pontificado (1903-1914). Fray Luis de León, otra inteligencia de la época traza los méritos de la Santa.

En la alteza de las cosas que trata y en la seguridad con que las trata, excede a muchos ingenios; y en la forma del decir, y en la pureza y facilidad del estilo, y en la gracia y buena compostura de las palabras, y en una elegancia desaceitada que deleita en extremo, dudo yo que haya en nuestra lengua escritura que con ellos se iguale.
Y así, siempre que los leo, me admiro de nuevo, y en muchas partes de ellos me parece que no es ingenio de hombre el que oigo, y no dudo que hablaba el Espíritu Santo en ella en muchos lugares y que la regía la pluma y la mano: que así lo manifiesta la luz que pone en las cosas oscuras y el fuego que enciende con sus palabras en el corazón que las lee...Que el ardor grande que en aquel pecho santo vivía, salió como pegado en sus palabras, de manera que levantan llama por dondequiera que pasan.
R.B.: VICENS VIVES, Jaime, Mil Figuras de la Historia, Ed. Instituto Gallach, 1944, Tomo II, págs. 5-6.

San Juan de la Cruz

Biografía

San Juan de la Cruz.
San Juan de la Cruz (1656) por Francisco de Zurbarán

Juan de Yepes Álvarez, —Juan de la Cruz en religión— alcanza su punto álgido la mística española del s. XVI. San Juan de la Cruz es, en efecto, el más espiritual y el más subjetivo de todos los místicos de su época. Hombre tímido, de gran riqueza de vida íntima, supo expresar en unas cuantas composiciones líricas el grado más elevado y sublime a que puede llegar el alma humana.

Su poesía es divina, musical, etérea; en muchos casos poesía pura, de ritmo y de concepto. Acompañada por unos comentarios adecuados, de carácter teológico, indica el camino para la unión del alma con Dios. Junto con Santa Teresa, de la que recibió no pocas influencias, San Juan reveló al mundo los enormes tesoros espirituales que encerraba el catolicismo, en una época en que este se enfrentaba con la Reforma y el calvinismo en los campos de batalla de Europa.

Nació en Hontiveros o Fontiveros, en las mismas tierras de Santa Teresa, en 1542. Todavía muy joven se trasladó con su madre a Medina del Campo, donde fue enfermero en un hospital. En contacto con la humanidad doliente, se desarrolló en San Juan su amor al prójimo y su desprecio por la vida terrena. En 1563 tomó el hábito de los carmelitas de la Observancia, y entonces realizó fructuosos estudios de humanidades, filosofía y teología en la universidad de Salamanca (1564-1567).

En esta última fecha conoció a Santa Teresa, con la cual compartió los afanes de reforma de su orden según las reglas primitivas. De esta manera, el 28-XI-1568 se consagró, en Duruelo, a la obra de la reforma, con otros dos compañeros, dando lugar a la orden de los carmelitas descalzos. De 1570 a 1572 fue maestro de novicios en Mancera y de 1572 a 1577 confesor del convento de Santa Teresa de Ávila. Su actividad reformadora le acarreó no pocos sinsabores.

En la noche del 3 al 4-XII-1577 fue hecho prisionero por sus adversarios y encerrado en un convento de Toledo, donde se le hizo víctima de grandes humillaciones. Huyó de su prisión el 16-VIII-1578, y, ayudado por Santa Teresa, pudo pasar a Almodóvar. Al fin de su vida obtuvo cargos de importancia en Andalucía: prior de Beas, de Baeza (1579), de Granada (1582) y definidor general y vicario de Andalucía en 1585.

Durante seis años desplegó una actividad enorme, hasta que, despojado de su cargo en 1591, se retiró a la Peñuela, en Jaén. Poco después moría de unas calenturas pestilentes en Úbeda, el 14 de diciembre del mismo año. Todo lo que pedía San Juan de la Cruz al Señor era padecer y ser despreciado por Tí. En este ambiente de humildad su alma llegó a Dios a través de los tres momentos de la mística: purgación, iluminación y unión.

Estas etapas son las que relata poéticamente y comenta en su Noche oscura del alma, obra que, con el Cántico espiritual, constituye la cima de la poesía del gran místico, completada con las canciones de la Subida al Monte Carmelo y las de Llama de amor viva. La Iglesia elevó a San Juan a los altares en 1726 y lo proclamó Doctor —Doctor extático— en 1926.R.B.: VICENS VIVES, Jaime, Mil Figuras de la Historia, Ed. Instituto Gallach, 1944, Tomo II, pág. 6.

Julio Alberoni

Biografía

Giulio Alberoni, cardinal of the Roman Catholic Church and bishop of Malaga
Giulio Alberoni, cardinal of the Roman Catholic Church and bishop of Malaga

Una de las figuras históricas que va abriéndose paso a través de muchas erróneas interpretaciones, es la del cardenal Julio Alberoni. En la evolución de la Italia decadente encarna la ideología de la reconstrucción nacional, que él soñó factible con el apoyo de la potencialidad española, restaurada. Desde luego, Alberoni no sintió los problemas de España como los habría experimentado un ministro nacional, y en tal concepto su política, como privado de Felipe V, fue excesivamente atrevida y agotadora.

Pero no es posible dudar, ante la realidad de los hechos, de sus posibilidades como gran administrador y político de vastas concepciones. Tal fue la importancia de su obra, que fue necesaria una coalición de las potencias europeas para derribarle del poder.

Hijo de un humilde jardinero de Placencia (Italia), nació en esta ciudad el 21-V-1664. De temperamento alegre, jovial y aplicado, Alberoni superó los inconvenientes de su nacimiento gracias a su inteligencia y a su don de gentes. Después de recibir la primera enseñanza, a los dieciséis años ingresó en el colegio de los jesuitas de su ciudad natal, en el que recibió una sólida instrucción científica y literaria.

Al cumplir veinte años se trasladó a Rávena, en cuya ciudad fue protegido por el señor Barni, luego obispo de Placencia. Bajo su influencia se ordenó sacerdote. Entró después al servicio del preponderante obispo de Fidenza, Alejandro Roncovieri, íntimo del duque de Parma, Francisco Farnesio.

Cuando aquél, en 1702, fue enviado por el duque en misión cerca del general francés duque de Vêndome, Alberoni le acompañó, y desde 1703 permaneció al lado de este ilustre militar. Con él estuvo en Flandes, hasta la derrota de Oudenarde (1707), y en España (1710). Aquí se hizo agradable a Felipe V, de modo que al morir Vêndome en 1712 Alberoni permaneció en la corte española.

Agente consular ante Parma de Felipe V desde 1713, supo captarse la confianza del monarca de tal manera que a la muerte de su primera esposa, María Luisa de Saboya, le indujo a pedir la mano de Isabel de Farnesio, hija de su príncipe soberano. Esta boda se efectuó en 1714 y procuró a Alberoni un rápido ascenso político, al que contribuyó triunfando sobre la princesa de los Ursinos.

Miembro del consejo real, obispo de Málaga y ministro de la corona en 1715, fue elevado a la dignidad cardenalicia en julio de 1717. Desde su advenimiento al poder, Alberoni trabajó para devolver a España la potencia militar y económica de otros días. Reguló los órganos administrativos de la corte, fomentó la agricultura, implantó varias reformas tributarias, reorganizó el ejército y, con el auxilio de Patiño, creó la nueva armada española.

Esta obra obedecía no a un fin interior, sino al móvil personal de quebrantar la potencia adquirida por la casa de los Habsburgos de Austria en Italia y al deseo de Isabel de Farnesio de tallar un estado en aquella península para sus hijos. Las exigencias de la reina y del duque de Parma forzaron los planes de Alberoni, el cual se lanzó a la lucha en 1717 con una expedición contra Cerdeña. Ante el gran éxito obtenido por España en esta expedición se coaligaron las potencias europeas.

Alberoni pretendió resistir a la Triple alianza (tratado concluido en 1717 entre Gran Bretaña, Francia y las Provincias Unidas para mantener el tratado de Utrecht contra España, y que se convirtió en Cuádruple alianza cuando se unió a ella Austria en 1718), fomentando revueltas en Irlanda, tramando conspiraciones en Francia contra el regente y buscando el apoyo de Carlos XI de Suecia; asimismo, dio un nuevo golpe sobre Sicilia, de cuya isla se apoderó en 1718.

Pero las derrotas militares en el Mediterráneo y en la Vascongadas socavaron su posición. Los aliados exigieron la destitución de Alberoni, que le fue comunicada el 5-XII-1719. Huyendo de la corte española, Alberoni pasó a Génova, donde desapareció como si se le hubiese tragado la tierra, al objeto de evitar persecuciones de Felipe V, el papa y el duque de Parma, a los que tanto había servido.

Reapareció en Bolonia a la muerte de Clemente XI y tomó parte, en Roma, en la elección de Inocencio XIII (1721). Residió en esta ciudad hasta la conclusión del proceso que se le venía siguiendo. Resuelto de modo favorable en 1723, se estableció en Castelromano, para pasar aquí el fin de sus días. Pero el papado aún tuvo oportunidad de utilizar su genio administrativo el las legaciones de Rávena (1735) y la Romaña (1740).

Murió en su ciudad natal el 26-VI-1752, legando todos sus bienes al colegio de eclesiásticos que había fundado en 1732.

R.B.: VICENS VIVES, Jaime, Mil Figuras de la Historia, Ed. Instituto Gallach, 1944, Tomo II, págs. 103-104.