José Francisco de San Martín

Biografía

Daguerrotipo de San Martín a los setenta años de edad (1848).
Daguerrotipo de San Martín a los setenta años de edad (1848).

(Yapeyú, Corrientes, Argentina, 25-II-1778-Boulogne-sur-Mer, Francia. 17-VIII-1850). El Libertador. Militar y Político. Nació en el seno de una familia de tradición militar: su padre, Juan de San Martín era oficial del Ejército español y gobernador de Yapeyú; su madre, Gregoria Matorras, era sobrina de un explorador de la región del Chaco.

En 1781 se trasladó junto a su familia a Buenos Aires, donde comenzó sus estudios, y en 1785 pasó a España, ya que su padre había sido destinado a la plaza de Málaga. En 1787 consiguió que le aceptaran en el Real Seminario de Nobles de Madrid, después de que le fueras dispensadas las pruebas de hidalguía por la condición militar de su padre. Allí estudió español, latín, francés —en el que alcanzó un alto nivel de conocimientos—, retórica, política, historia natural, matemáticas, esgrima, música, etc.

Militar del Ejército español

No obstante, llevado por su vocación militar, ingresó en el regimiento de infantería de Murcia, con el grado de cadete, en julio de 1789. Dos años más tarde, cuando aún no había cumplido los catorce, tomó parte con su regimiento en la defensa de la plaza de Orán (Argelia) y en las campañas de Argel y Marruecos, dando inicio así a su intensa carrera militar.

Pasó, como subteniente segundo de su regimiento (1793), al Ejército de Aragón, con el que combatió en la Guerra de la Convención (1793-1795); al finalizar la contienda, en la que se distinguió en los combates del Rosellón, era ya segundo teniente. En 1797 participó como oficial de la escuadra que mandaba el almirante Córdoba, en la batalla naval del cabo de San Vicente, frente a la armada inglesa, y en otro de los combates entablados al año siguiente, fue hecho prisionero.

También tomó parte en la Guerra de las Naranjas (1801) frente a Portugal, al mando de una compañía de su regimiento. Poco después ingresó como capitán de infantería, en el regimiento de voluntarios de Campo Mayor (1803), con el que estuvo destinado sucesivamente en Gibraltar, Ceuta y Cádiz; fue en la capita gaditana donde conoció al que sería su gran amigo y correligionario, Bernardo O´Higgins, y donde hizo sus primero tanteos con la masonería, hasta el punto de que, tras la invasión napoleónica de la Península, fue acusado por el pueblo gaditano de posible afrancesado y estuvo a punto de ser ahorcado.

De hecho, participó activamente en una sociedad secreta de carácter masón que propagaba el liberalismo y el constitucionalismo, y en la que conoció a otros militares americanos que le incitaron a enrolarse en las logias que promovían la independencia de las colonias americanas, en las que, desde hacía varios años, se habían ido infiltrando la ideas liberales y la posibilidad cierta de conseguir la independencia de la metrópoli, una vez creado el vacío de poder por la invasión francesa de la Península.

Ello no le impidió destacarse en numerosas acciones bélicas durante la Guerra de la Independencia (1808-1814): el primer año tomó parte en las batallas de Arjonilla (23-VI) y de Bailén (19-VII), tras la que alcanzó el grado de teniente coronel de caballería y recibió la medalla de oro concedida por la Junta de Sevilla.

En 1810 fue nombrado ayudante personal del marqués de Coupigny y al año siguiente combatió en la batalla de la Albuera (16-V) y fue nombrado comandante agregado al Regimiento de Dragones de Sagunto. Al producirse los primeros levantamientos revolucionarios en el virreinato del Río de la Plata (1811), San Martín optó finalmente por cambiar sus objetivos vitales: solicitó el retiro como teniente coronel y renunció a su carrera militar en España.

Al servicio de la independencia

Después de una breve estancia en Londres (Reino Unido, IX-1811), donde entró en contacto con destacados patriotas americanos (fray Servando, Teresa de Mier, Andrés Bello y Alvear, etc.), todos miembros de la Gran Reunión Americana, logia de carácter continental fundada por Francisco Miranda, San Martín decidió regresar a su país natal (1812), en compañía de Carlos María de Alvear, José Matías Zapiola, José Miguel Carrera y otros jóvenes revolucionarios criollos, para ponerse al servicio de la causa de la independencia.

Si bien en un primer momento fue recibido con recelo por parte de los caudillos patriotas, no solo por su historial de servicios en el ejército realista, sino por el hecho mismo de ser una persona prácticamente ajena al país, lo cierto es que la situación del movimiento patriota, escaso en cuadros militares, propició que el Gobierno independiente de Buenos Aires, formado por el llamado Primer Triunvirato —Rivadavia, Pueyrredón y Chiclana—, aceptara finalmente los servicios de San Martín.

Así, el gobierno bonaerense le reconoció su grado de teniente coronel y le encargó la organización de un cuerpo de combate, germen del que sería el Cuerpo de Granaderos a caballo, su más célebre creación (III-1812). Paralelamente, San Martín desplegó una intensa actividad política en favor de la independencia de todas las colonias americanas, para lo que fundó, en Buenos Aires y junto a sus amigos patriotas, la logia Lautauro.

En octubre de 1812, los miembros de la logia y su fachada legal, la llamada Sociedad Patriótica, que dirigía Bernardo Monteagudo, se rebelaron contra el Primer Triunvirato bajo el lema Independencia y Constitución, lo que acabó motivando la destitución de este y la formación de un Segundo Triunvirato, que a su vez fue depuesto, de forma pacífica, por una asamblea de delegados de provincias, de talante similar a las Cortes de Cádiz españolas, que se abrogó como fin el dictar una Constitución (1813), esta, sin embargo, no se inclinaba por la independencia total de la metrópoli.

Ese mismo año (18-IX), San Martín contrajo nupcias con María de los Remedios Escalada, miembro de una destacada familia de la aristocracia criolla argentina, y que fue a la postre la madre de su única hija, Tomasa Mercedes; a pesar de ello, lo cierto es que San Martín no consiguió nunca borrar ciertas reticencias por parte de la clase noble del país, que lo siguió viendo como un forastero.

En diciembre de 1813 sustituyó, con el grado de coronel de caballería, a Manuel Belgrano, que había dimitido tras ser derrotado en Vilcapugio y Ayohuma por el virrey José Fernando Abascal (1806-1816), al mando del ejército auxiliar del Norte, que debía abrir el paso hacia Lima, la capital del virreinato del Perú.

Así, después de algunas importantes victorias frente al ejército realista, como la de las Barracas de San Lorenzo (3-II-1814), donde consiguió frenar el avance de las tropas llegadas desde Montevideo (Uruguay), su popularidad fue en aumento, toda vez que ello le permitió recorrer gran parte del país y conocer a sus gentes.

Poco después, y debido a una cierta recaída en su salud, fue nombrado gobernador intendente de la provincia de Cuyo (10-VIII-1814) y se estableció en la ciudad de Mendoza, donde empezó a madurar su plan de conquista de Perú desde Chile: su concepto de la guerra continental le indujo a pensar que hasta la ocupación de Lima no podría conseguirse el final de la guerra en esa parte de América.

Al mismo tiempo, tomó conciencia de la urgencia que debía de llevarse a cabo la declaración de independencia, toda vez que la guerra en España contra el invasor napoleónico tocaba a su fin y el Gobierno español podía dedicar más atención a los acontecimientos americanos.

Mientras, los restos del ejército chileno dirigido por su antiguo amigo gaditano, Bernardo O´Higgins, que había sido vencido por los españoles en Rancagua (X-1814), cruzaron los Andes y se refugiaron en la provincia de Cuyo. Fue entonces cuando pensó en la imposibilidad de llegar a Lima, en ese momento el verdadero centro de poder realista, por el camino terrestre del Alto Perú y, por tanto, en la inevitable travesía de los Andes.

Así pues, durante los meses siguientes se dedicó, con la inestimable ayuda de su esposa, a reorganizar el ejército de O´Higgins y reforzarlo con nuevas levas, lo que daría lugar a la creación del ejército de los Andes, mientras presionaba para que el Congreso de Tucumán promulgara la declaración de independencia de la Argentina, que hizo efectiva el 9-VII-1816.

San Martín fue nombrado entonces, general en jefe del ejército de los Andes (1-VIII-1816), con el pleno apoyo del Gobierno de Buenos Aires, presidido por el director supremo, Pueyrredón, para su empresa de liberación de América del Sur.

El resto de ese año de 1816 lo pasó en Mendoza finalizando los preparativos para la liberación de Chile. Finalmente, el 2-I-1817 recibió las instrucciones oficiales del Gobierno para el inicio de la campaña. Al mando de su ejército, que contaba con unos 5.400 hombres, cruzó los Andes y consiguió una primera victoria en Chacabuco (12-II-1817); solo dos días después, caía Santiago de Chile.

Los chilenos le ofrecieron entonces, el puesto de dictador supremo, que rechazó para continuar con su empresa libertadora después de dejar el poder ejecutivo en manos de O´Higgins. Antes, sin embargo, para preparar la invasión de Perú, viajó a Buenos Aires, ya que necesitaba buques para conquistar Lima por mar y equipamiento para el ejército de los Andes.

De vuelta a Santiago, le sorprendió el intento realista de recuperar Chile llevado a cabo por el general Osorio (XII-1817). Si bien la capacidad militar de San Martín y O´Higgins quedó en entredicho tras la derrota de Cancha Rayada (18-III-1818), la victoria del ejército unido argentino-chileno en la batalla de Maipú (5-IV-1818) desarticuló la contraofensiva, consagró definitivamente la independencia de Chile y dejó libre el camino de Perú.

Regresó de nuevo a Buenos Aires para dejar atados los flecos de su expedición del Perú, que se vio, no obstante, afectada por las luchas internas de la República; decidió negarse a apoyar a Rondeau (IV-1819) en su idea de utilizar las tropas para la represión de los movimientos disidentes en Argentina, y a finales de 1819 volvió a Santiago de Chile.

Allí, nombrado por O´Higgins generalísimo del ejército expedicionario al Perú, completó la formación de la escuadra y embarcó su ejército libertador en la flota comandada por el almirante inglés lord Thomas A, Cochrane (VIII-1820). Sobre el foco contrarrevolucionario peruano convergían, entonces, dos fuerzas; mientras Bolívar y Sucre presionaban a los realistas desde el Norte, San Martín completaba la pinza amenazando desde el Sur, toda vez que consiguió entrar en territorio peruano.

Además, el momento elegido para la invasión coincidió con el pronunciamiento de Riego en las Cabezas de San Juan (Cádiz) y el inicio del Trienio Liberal (1820-1823), lo que impidió el envío de tropas desde la Península y creó, además, una considerable confusión entre los oficiales realistas que se encontraban en América.

Una vez sobre territorio peruano, San Martín intentó pactar con el virrey —primero con Joaquín de la Pezuela (1816-1821); más tarde con José de la Serna (1821-1824)— sobre la base de un Perú independiente, pero regido por un príncipe español como garantía de pervivencia del régimen social existente y, por consiguiente, de la continuidad de los peninsulares en sus situaciones de poder y privilegio.

Las conversaciones, no obstante, fracasaron por la oposición de los jefes del ejército realista, lo que condujo a la reanudación de las hostilidades. Finalmente, el 9-VII-1821 San Martín entró victorioso en Lima y proclamó la independencia del Perú (28-VII-1821).

Allí, en tanto no se normalizara la situación política del nuevo Estado, adoptó el título de Protector del Perú, si bien no había renunciado a sus proyectos monárquicos para el Perú: así, mientras sus agentes iniciaban una campaña interna en contra de la República, San Martín envió emisarios a Europa en busca de un rey para el nuevo Estado.

Paralelamente, y a ruegos de Sucre y del ejército bolivariano, San Martín mandó refuerzos al N. del territorio, con los que consiguió la victoria de Pichincha (24-V-1822), que significó la independencia del Ecuador. Pronto, sin embrago, surgieron desavenencias entre los dos ejércitos americanos, que tenían como elemento central la futura situación de Quito, la futura capital ecuatoriana —Bolívar consideraba que debía incorporarse a su Gran Colombia—, y, más profundamente, el sistema político que debía implantarse en las zonas liberadas.

Para coordinar sus acciones con las de Bolívar, y finalizar así la guerra contra los españoles en el Alto Perú, San Martín se reunió con aquél en Guayaquil (Ecuador, VII-1822). San Martín pretendía conseguir de Bolívar la unión de los dos grandes ejércitos de Sudamérica, pero la entrevista no llegó a ningún puerto, ante lo que San Martín adoptó la decisión de retirarse de la lucha dejando a Bolívar en el poder.

Exilio voluntario en Europa

A su regreso a Lima se encontró con que la situación de sus partidarios había empeorado frente a la oposición, representada por Riva Agüero, que se había hecho con el poder después de derrocar a Monteagudo, ministro de su delegado, Torre Tagle.

El origen de la revuelta se debe a que los peruanos, a pesar de que San Martín no llegó a pensar nunca en entronizarse a sí mismo como rey del Perú —tenía muy presente el referente de Itúrbide en Méjico—, temían que pudiera sentirse tentado a sumir el país en una dictadura. Desengañado, San Martín decidió entonces convocar un Congreso Constituyente, en el renunció al título de Protector de Perú (IX-1822), y abandonó el país y la política.

Viajó primero a Chile, donde se entrevistó con O´Higgins poco antes de su caída, y tras recalar breves periodos en Mendoza (II-1823) y Buenos Aires, en 1824 partió para Europa, en lo que significaba el inicio de su largo destierro voluntario.

Establecido en Bruselas (Bélgica) en 1825, dos años después decidió regresar a su patria con la intención de mediar en la nueva contienda civil, pero al conocer en Montevideo la descomposición política de la naciente república rioplatense y la victoria de los federalistas —a quienes consideraba propensos a la violencia y la devastación—, emprendió su regreso definitivo a Europa, adonde llegó gravemente enfermo.

Instalado en París (Francia, 1834) gracias a la Ayuda de Alejandro Aguado, marqués de la Marismas —antiguo correligionario liberal, poderoso banquero y coleccionista de arte—, vivió a su vez bajo los cuidados de su hija y manteniendo una intensa correspondencia epistolar con políticos de su patria.

En 1839, Juan Manuel de Rosas, gobernador de Buenos Aires y hombre fuerte de Argentina, lo nombró ministro ante el Perú, pero San Martín no aceptó el nombramiento ni quiso regresar a su país natal. En 1848 se trasladó a Boulogne-sur-Mer, donde pasó los dos últimos años de su vida.

R.B.: FERNÁNDEZ CAMPOS, Gabino, Gran Enciclopedia de España, Ed. Enciclopedia de España, 2003, tomo XIX págs. 9380-9381.