El Concilio de Trento

Introducción

(1545-1563) El Concilio de Trento es seguramente el hecho más trascendental de la historia de la Iglesia en los tiempos modernos. En él la iglesia romana definió de manera clara sus dogmas esenciales, estableciendo una barrera rígida entre católicos y reformistas, entre ortodoxia y herejía y poniendo fin a la época de tentativas y de equívocas concesiones —de sello erasmista— en el terreno dogmático.

El concilio de Trento.

Una sesión del Concilio de Trento en Santa María Maggiore.

Consolidó también la jerarquía y estableció una seria disciplina entre los clérigos. En resumen, del Concilio de Trento salió el catolicismo en su forma actual. La labor del Concilio no fue seguida. Hubo tres épocas o etapas, cuya convocación estuvo precedida de un largo y trabajoso proceso, religioso y diplomático, que evidencia por sí mismo la importancia del Concilio.

Primera época

Desde el siglo XIV era inexcusable la necesidad de una reforma, pero ningún concilio llegó a realizarla. En esta situación la aparición de Lutero y la expansión de la Reforma protestante hicieron más general la reclamación de reforma y a esta más necesaria.

Precisamente, sobre la crítica de los abusos eclesiásticos se asentaba la propaganda luterana; y los teólogos portugueses en la dieta de Nuremberg (1552) respondieron a la exigencia de poner en vigor el edicto de Worms contra las doctrinas luteranas, apelando a un concilio. Carlos V, deseoso de hallar un acuerdo pacífico en Alemania, acogió en seguida la idea y con calor.

Sin embargo, las dificultades para llevar a cabo este proyecto eran muy grandes. El papa temía que reviviera la vieja doctrina de la superioridad del concilio; temía las presiones de los príncipes seculares y la presencia de elemento peligrosos en él. Por otra parte, era necesario una paz general y el concurso de las potencias cristianas, especialmente del Imperio, España y Francia.

Carlos V se hallaba entonces en lucha con Francisco I y con el Turco; y también, desde 1526, con el mismo pontífice, Clemente VII. Después de firmada la paz de Cambray, en la dieta de Espira (1529), los luteranos volvieron a apelar a un concilio ecuménico en el que se examinaran sus propuestas. Clemente VII, por las razones arriba indicadas, se resistía a las solicitaciones de Carlos V, poniendo ciertas condiciones.

El concilio habría de celebrarse en Italia; en él solo podrían votar quienes tuvieran derecho a ello; los luteranos deberían pedir formalmente el concilio. Carlos y Francisco accedieron a la reunión en un lugar italiano. Clemente VII entonces no pudo negarse a las instancias imperiales (V-1532) y señaló las ciudades de Mantua, Bolonia o Placencia como más adecuadas para celebrar un concilio, pero añadiendo la necesidad de que los protestantes se sometieran a las condiciones pontificias. Los protestantes rechazaron la propuesta, apelando a un concilio libre alemán.

Muerto Clemente, después de una entrevista entre Carlos V y Paulo III, su sucesor, celebrada en abril de 1536, el concilio fue convocado en Mantua para el 23-V-1537. Pero las reclamaciones de los protestantes alemanes, las mismas de Francisco I y aún de Carlos en algunas cuestiones y la nueva guerra abierta entre estos dos últimos reyes, hicieron prolongar la apertura del concilio sine die.

Terminada la guerra por la tregua de Niza (1538), en la que intervino Paulo III como mediador, el Emperador, en vista de que no era atendido su deseo, se mostró partidario de un acuerdo con los luteranos, a base de ciertas concesiones por ambas partes en algunos puntos doctrinales poco claros. El acuerdo intentado en varias dietas, fracasó definitivamente en la de Ratisbona de 1541. No hubo, pues, otra solución que el concilio.

En una reunión que Carlos celebró con el pontífice, se acordó, al fin, convocar el concilio en Trento, ciudad igualmente próxima a Alemania e Italia (bula de 22-V-1542). Sin embargo, la oposición francesa y el enojo de Carlos, porque se le había equiparado a Francisco I en la bula convocatoria retrasaron la celebración.

Por otra parte, la guerra entre Francisco y Carlos se había reanudado en el verano de 1541 y, solo cuando advino la paz ce Crespi (1544), tuvo el emperador libertad de acción. Pudo entonces, Paulo III, por la bula Laetere Hierusalem, de 15-III-1545, levantar la suspensión del concilio.

El emperador deseaba no alarmar a los protestantes mientras preparaba el golpe de mano contra la liga Schmalkalden con ayuda del Papa. Y quería que el concilio se retrasara o que, de abrirse, tratara primeramente la reforma disciplinaria, a fin de que luego, en las discusiones dogmáticas, las más delicadas, pudieran los luteranos participar.

Con todo, los cabezas protestantes, reunidos en la dieta de Worms (III-1545), declinaron la asistencia al concilio. Melanchthon, haciéndose eco del sentir luterano, alegó que el papa no tenía poder para convocar el concilio, puesto que el de Trento no era universal y se excluía de él a los laicos.

El Concilio de Trento se inauguró, al fin, el 13-XII-1545, con la asistencia de tres legados, cuatro arzobispos, veintiún obispos, cinco generales de órdenes y numerosos teólogos y delegados de príncipes seculares. Todavía se suscitaron cuestiones previas tan graves y decisivas como las de la superioridad, o al menos, la completa independencia del Concilio ante la Santa Sede; o el problema de la precedencia de las cuestiones dogmáticas o disciplinares.

Carlos V quería que se trataran primero las disciplinares al objeto de satisfacer las quejas protestantes; pero el papa temía que, al hacerse así, se soslayaran los asuntos dogmáticos. Presidía el concilio un legado papal, que daba conformidad a los asuntos objeto de debate. Sobre estos votaban únicamente los prelados y generales de órdenes, excluyéndose del voto a los teólogos.

Esta circunstancia, así como la votación, no por naciones, sino por cabezas, mermó la influencia de los príncipes seculares en el Concilio. Por otra parte, el papado consiguió el derecho a ratificar cualquiera decisión de la asamblea, y aún las cuestiones de reforma eclesiástica requirieron su aquiescencia, pudiéndolas retocar o ampliar a su gusto. Los asuntos dogmáticos y disciplinares se trataron alternativamente.

En cuanto al procedimiento existían comisiones particulares de teólogos que preparaban los asuntos; comisiones generales de prelados, que redactaban los decretos, y, por fin, asambleas solemnes en las que estos decretos se sancionaban o rechazaban. En esta primera época las sesiones fueron diez. Pronto comenzaron a surgir desavenencias entre Carlos Y Paulo III, pues este receló de la intromisión del emperador, triunfante de los protestantes alemanes.

En la primavera de 1547 se declaró una epidemia en Trento, lo que junto con el temor de una posible invasión protestante, movió al pontífice a ordenar el traslado del Concilio a Bolonia. Se suscitó entonces una cuestión de autoridad.

El emperador retuvo en Trento a los prelados españoles y alemanes. Se llegó a temer un cisma. Pero, aunque el asesinato de Pedro Luis Farnesio hizo irreconciliables al emperador y al Papa, ambos trataron de contemporizar, porque ninguno quería cargar con la responsabilidad de la ruptura.

Los legados pontificios aconsejaban el traslado de todos a Bolonia, donde se discutiría la conveniencia, o inconveniencia de ir a Trento. Carlos no quiso ceder: únicamente se avenía a trasladar la asamblea a Ferrara, ciudad feudataria del Imperio.

Entre tanto, el emperador había preparado el Interim de Augsburgo, lo que, prácticamente suponía la disolución del Concilio. Así ocurrió en efecto (IX-1549). Dos meses después moría Paulo III.

Segunda época

El nuevo Papa, Julio III, tenía mucho interés en la reapertura del concilio en el que había participado como legado pontificio. Estaba para ello en magníficas condiciones políticas, pues era totalmente neutral en los conflictos seculares europeos.

El emperador puso como condición previa que no volvieran a someterse a discusión las cuestiones ya definidas y que asistiera a él el rey de Francia. Enrique II manifestó que no era preciso un concilio ecuménico, pues uno nacional bastaba para la reforma de la Iglesia francesa, y que Trento no le ofrecía garantías de independencia de los designios imperiales.

Los protestantes alemanes rehusaron asistir en la dieta de Augsburgo (VIII-1550). No obstante, Julio III publicó la bula Quun ad tolenda, el 14-XI-1550, por la que se reabría el Concilio de Trento, en mayo siguiente. El rey de Francia, a punto de entrar en guerra con el emperador, por motivo del ducado de Parma, buscó una inteligencia con los príncipes protestantes alemanes y se negó a la asistencia de los prelados franceses. Julio III temió la celebración del concilio nacional francés, anunciado por Enrique II.

Este rompió las relaciones con la Santa Sede y, en septiembre, envió a Trento un representante que en su nombre rehusó oficialmente a la participación de Francia. Por si esto fuera poco, los obispos alemanes, que comprendían la necesidad de buscar un arreglo, iban sin ninguna esperanza a una asamblea donde la mayoría italiana y española rehuía todo compromiso con la Reforma. Carlos V insistió enérgicamente para obtener de Julio III la admisión de algunos teólogos protestantes, a lo que el pontífice asintió.

Cuando el concilio se abrió, el 1-V-1551, era una asamblea muy restringida, aunque ya en la sesión XII llegaron a reunirse cinco arzobispos, 34 obispos, cinco generales y 48 teólogos. En octubre se presentaron algunos teólogos protestantes; pero desde los primeros contactos con ellos, se vio la imposibilidad de ponerse de acuerdo.

Los sucesos que se presagiaban en Alemania se precipitaron, y Mauricio de Sajonia, abandonando la causa católica, avanzó hacia el Tirol, con lo que hubo de suspender el Concilio en la sesión XVI, sin que este hubiera terminado su programa (24-IV-1552).

Tercera época

Julio III murió en marzo de 1555, y otro de los legados pontificios en el Concilio fue elegido Papa con el nombre de Marcelo II. Pero vivió solo veintidós días y hubo de sucederle Paulo IV. Este, contrario por principios al Concilio —tenía muy presente la indisciplina conciliar de Constanza y Basilea—, era más bien partidario de una reforma, por medio de una comisión cardenalicia. Pero cuando Paulo murió, en 1559, y Pío IV, su sucesor, mostró decidido interés por la reapertura del Concilio, pudo este terminarse.

Los obstáculos eran muy graves. Aunque Felipe II y Enrique II en el tratado de Cateau-Cambresis se habían comprometido a laborar conjuntamente por la celebración del Concilio, el rey de España temía irritar, accediendo, a Isabel de Inglaterra, que recelaba de una unión contrarreformista hispano-francesa.

De otro lado, en Escocia, —unida a la corona de Francia por el matrimonio de María Estuardo con el Delfín— había surgido una insurrección calvinista, y el gobierno francés quería atraerse, bajo pretexto del concilio, la voluntad de Felipe II para imponer la paz allí y conquistar la corona inglesa, alegando los derechos de María Estuardo y la bastardía de Isabel.

Felipe II, sin embargo, no podía consentir la unión de Francia, Escocia e Inglaterra, formando un cerco de hierro a sus posesiones de los Países Bajos. En cuanto al emperador, Fernando I, no quería desagradar a sus súbditos protestantes, turbando la paz religiosa de Augsburgo (1555).

Pío IV, no obstante, estaba decididamente dispuesto a levantar la suspensión del concilio y a que asistieran a él las principales potencias católicas. A su hábil diplomacia y a la valiosa ayuda de Felipe II se debe el éxito.R.B.: (cf. Vázquez de Prada. España y Francia ante la tercera apertura del Concilio de Trento, en Anuario de Historia Modern, Simancas, Valladolid, 1949, número 1).

En Francia, donde empezaba a imponerse la política de Catalina de Médicis, había cuajado la idea de un concilio nacional. El emperador no quería que el concilio fuera una continuación de los anteriores, a fin de que asistieran de grado los teólogos protestantes.

Felipe II, ante la amenaza del concilio nacional francés, que se presumía de peligrosos efectos, envió a París a don Antonio de Toledo, prior de León, para hacer desistir al Gobierno francés de aquella idea e invitarle al ecuménico. El Gobierno francés manifestó que no estaba conforme con el lugar de Trento.

Felipe II, entonces, propuso Vercelli o Besançon. Pero las dificultades francesas seguían: el rey de Francia amenazaba de reunir el concilio nacional si el ecuménico no se abría en seguida.

El emperador fluctuaba, y en estas vacilaciones imperiales se escudaba el rey de Francia para celebrar el concilio nacional. Pero, bruscamente, en Francia y en Viena, en otoño de 1560, parecieron aceptarse las proposiciones pontificias. De este modo, el 29-XI-1560 pudo promulgarse la bula Ad ecclesiae regimen, convocando el concilio para la Pascua próxima. En la bula, Pío IV, para evitar discusiones, tuvo buen cuidado de no expresar claramente la continuación del Concilio.

Este detalle fue ocasión de nuevas contiendas, hasta el punto que pareció perderse todo lo alcanzado. Catalina de Médicis, regente de Francia, dispuesta a una transacción dogmática con los calvinistas franceses, ateniéndose a las quejas del emperador de que el Concilio fuera totalmente distinto de los anteriores, favorecía la reunión del concilio nacional francés. Felipe II tampoco aceptó la bula mientras no se especificara en ella paladinamente el término continuatio.

Para ello comisionó a don Juan de Ayala a Roma. El Pontífice le aseguró en Breve secreto que el Concilio sería continuación, con lo que se atrajo decididamente al rey español. Pero la situación en Francia era muy grave.

Catalina de Médicis había convocado el concilio nacional en Poissy, y Felipe II, a pesar de todos sus avisos, consejos y amenazas, no consiguió detenerla en sus designios. Fernando I, sin embargo, había sido convencido y accedía al Concilio de Trento.

El 18-I-1562 tuvo lugar la reapertura del Concilio, participando 14 arzobispos, 90 obispos, cuatro generales y 30 teólogos. La mayoría eran italianos, por lo que se temía la oposición de los representantes de las demás potencias. En particular, el cardenal arzobispo de Granada, Guerrero y otros prelados españoles se opusieron a la fórmula proponentibus legatis, que parecía quitar toda libertad al Concilio frente al Papado.

Más tarde, llegaron asistentes imperiales y portugueses, y, gracias a las presiones de Felipe II, algunos franceses. El Concilio terminó su labor en la sesión XXV. Pío IV ratificó los decretos por la Bula Benedictus Deus et Pater, de 26-I-1564.

La obra del Concilio

Las conclusiones del Concilio se fijaron en cánones, cuya primera impresión data del 18-III-1564. Recorrer estos cánones es sencillamente hacer una recapitulación de la doctrina de la Iglesia, con excepción de los dogmas admitidos con posterioridad, el de la Inmaculada Concepción de la Virgen y la infalibilidad pontificia.

En el Concilio fue reafirmado en primer lugar el símbolo de Nicea, completado en Constantinopla, como base de la fe cristiana (sesión III); después se trató de la Revelación, aceptando como fuentes auténticas de ella, las Escrituras y la Tradición apostólica (sesión IV). En cuanto al texto de la Biblia, se aceptó la Vulgata y se acordó publicar una edición corregidísima de ella para evitar errores.

La cuestión más debatida fue la de la Justificación, eje de la controversia entre católicos y protestantes. La influencia de los teólogos españoles, particularmente Laínez y Salmerón, inclinó la balanza, en este punto, hacia una estricta ortodoxia católica.

Los teólogos citados distinguían entre gracia inherente y gracia imputada, como los protestantes, pero consideraban que una era inseparable de la otra; es decir, que eran dos gracias distintas en el efecto, pero una única en el origen, y añadían que los méritos de Cristo se comunicaban al hombre por la fe viva, es decir, con obras, produciendo mediante la cooperación humana a ellos, méritos sobrenaturales.

La doctrina luterana, en cambio, sentaba la base de la justificación exclusivamente en la fe, afirmando que solo la gracia imputada al hombre haciéndole partícipe de los méritos de Cristo estribaba la salvación humana.

La doctrina de los sacramentos constituye el contenido de las sesiones VII a XXIV. Con especial atención está tratada la Eucaristía en la XIII que va íntimamente ligada a ella, la Santa Misa en la XXII. En la XXV se discutieron y aprobaron algunos decretos dogmáticos sobre el Purgatorio, el culto a los Santos, reliquias, imágenes e indulgencias.

Solamente en una cuestión, vivamente combatida por los protestantes, no se tomó ningún acuerdo: en la preeminencia de la Sede romana. Con todo, el Concilio la llama repetidamente madre y maestra de todas las Iglesias; se ordena que, en los concilios provinciales y en la toma de posesión de dignidades eclesiásticas, todos deberán prometer obediencia al Papa; y se le reconoce a este la obligación de velar y tener solicitud sobre toda la Iglesia.

Por otra parte, de hecho también se reconocía la preeminencia del Papa al someter todos los acuerdos tomados a la confirmación pontificia (sesión XXV). En cuanto a las cuestiones disciplinares, todo plan

del concilio esta cimentado en el convencimiento de que la Iglesia posee en su organización jerárquica la posibilidad y el instrumento de un rejuvenecimiento moral.R.B.: Pastor, Historia de los Papas, versión del padre Montserrat, Barcelona, 1929, vol. XV, pág. 351).

Todo este plan se ha realizado a través de los obispos, a quienes se obliga a residir en sus diócesis, a predicar, a visitar sus demarcaciones y cuidar de la formación de un clero hábil y digno, erigiendo centros de formación (seminarios). Los sacerdotes deberían llevar una vida digna, y el párroco, los domingos y días festivos, predicar e instruir a los niños en la doctrina cristiana.

Se adoptaron también una serie de medidas episcopales para castigar y corregir los abusos del clero, tanto en su vida como en lo tocante a prebendas. Después de la reforma del clero, la principal preocupación del Concilio fue la pureza de la familia cristiana. Al lado de los derechos dogmáticos sobre la indisolubilidad, unidad y carácter religioso del sacramento del matrimonio, se añaden una serie de disposiciones para proteger su santidad.

Se prohíben los matrimonios clandestinos, estableciendo las amonestaciones y la presencia obligada del párroco y de tres testigos, cuando menos, en el acto del sacramento; se recomienda a los párrocos cuidado especial sobre la preparación de los aspirantes al matrimonio a quienes no se conoce, a que no tienen domicilio fijo, y se asegura la libertad, particularmente a las mujeres en los casamientos.

Se intentó también enmendar las relaciones entre la Iglesia y los príncipes seculares, a cuyo pernicioso influjo se debían en gran parte los males que afectaban a un clero, impuesto por esos poderes. La obligación en que los príncipes estaban, como católicos y conforme a la dignidad en que Dios les había colocado, de ser protectores de la fe y de la Iglesia, solo pudo expresarse como un vivo deseo.

La participación española

La participación española en el Concilio de Trento fue muy importante. De España partió el latido más fuerte de la Contrarreforma (P. Cereceda, Ecumenicidad y españolismo en Trento, en El Concilio de Trento edic. Razón y Fe, Madrid, 1948, vol. XV, pág. 463). El renacimiento espiritual que se inicia desde Cisneros en España, se presenta en Trento, apoyado en una sólida formación teológica y canonista, teniendo una brillante intervención.

Allí lucieron prelados insignes como el de Calahorra, Díez de Lugo; el de Huesca, Pedro Agustín; el arzobispo de Granada, Pedro Guerrero, y Martín de Ayala; teólogos como los jesuitas Laínez, Salmerón, Francisco de Torres, el dominico Domingo de Soto, y los franciscanos Juan de Vega y Alfonso Castro... Todos ellos fieles y adictos a la Santa Sede, pero independientes y austeros, sobre todo en cuestiones de residencia y autoridad de los obispos.

Para la ejecución de los decretos tridentinos sobre reforma, Pío IV instituyó en 1564 una Congregación especial, que resolviera las dudas que surgieran. Se editó un catecismo del Concilio, que resumía la doctrina (1566); se redactó un Index librorum prohibitorum (1564); se imprimió la Vulgata, corregida (1590). Medidas estas, que, juntamente con la aparición de un Breviario y un Misal único, completaron la unidad de dogma, moral y rito.

Felipe II aceptó las conclusiones del Concilio por real pragmática de 19-VII-1564, pero reservándose aquellas conclusiones que atentaran a los privilegios de la corona, y mandando celebrar diversos concilios provinciales para implantar las decisiones admitidas.R.B.: VÁZQUEZ DE PRADA, Valentín, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg, Ed. Alianza Editorial, 1979, tomo A-E, págs. 805-809.