Fco. Mª Arouet, Voltaire

Biografía

Retrato de Voltaire en 1718, por Nicolas de Largillière.
Retrato de Voltaire en 1718, por Nicolas de Largillière.

El iniciador, desde el punto de vista cultural y filosófico, del movimiento de la Ilustración en Francia fue Francisco María Arouet, popularizado con el seudónimo de Voltaire. Hasta 1748 este escritor era, para la opinión pública, un gran poeta dramático, el solo gran poeta épico de su siglo y un filósofo atrevido; así se había mostrado en la Enriada y en algunas tragedias escritas en su juventud. Desde aquella fecha Voltaire fue, además, el campeón de la lucha general contra toda autoridad.

Profundamente penetrado del pensamiento filosófico inglés, en particular de Locke y los deístas, Voltaire divulgó sus principios fundamentales, valiéndose de una pluma terriblemente mordaz, cáustica y agresiva. Elegante, ingenioso y excelente polemista, puso estas estimables condiciones al servicio de doctrinas demoledoras, a las que rodeó de un prestigio inmerecido, ya que en muchas ocasiones lo substancial y lo firme no brillan para nada en sus sátiras y diatribas.

Su lucha se desarrolló en dos planos distintos: uno, público, y otro, secreto. A este último aspecto de su actuación pertenecen unos dos centenares de folletos, opúsculos y hojas volantes. Amparándose en el anonimato, Voltaire atacó los grandes principios sociales, sobre todo los de la religión cristiana.

Enemigo de la Iglesia, fue coreado por cuantos enciclopedistas se habían dejado ganar por las corrientes deístas o naturalistas procedentes de Inglaterra. Cada día más radical en sus violentas campañas, escéptico, cínico y determinista, Voltaire fue el gran debelador de su siglo, el fatal ariete de la Ilustración.

Hijo de Francisco Arouet, notario parisino, Francisco María vino al mundo en la capital de Francia el 21-XI-1694. El abad de Châteauneuf fue el responsable de su educación deísta, que no pudo ser rectificada por la instrucción que recibió hasta 1711 en el colegio de Luis el Grande, entonces regido por los jesuitas.

Desde los doce años, Voltaire se reveló como precoz versificador. Decidido a emprender la vida de literato, se inició en ella a pesar de la oposición de su padre, quien quería darle la carrera de leyes. El joven Arouet frecuentó la mejor sociedad de París, como el famoso salón de la duquesa de Maine. Pero a consecuencia de sus mordaces sátiras fue encerrado en la Bastilla (16-V-1717). Aquí permaneció medio año.

Al salir de la cárcel llevaba bajo su brazo, el manuscrito de una tragedia, Edipo, firmada con el nombre de Voltaire, probable anagrama de Arouet 1. j. (por le jeune).

Esta obra, representada en 1718, tuvo gran éxito, superior, desde luego, a las dos tragedias que presentó en los años siguientes. Por aquel mismo tiento escribió la Enriada, poema épico en que alababa sin rebozo a los protestantes.

Impresa en 1724, en un momento en que parecían imperar costumbres más morigeradas que durante la regencia del duque de Orleans, la Enriada fue vista con malos ojos. Un incidente con el caballero de Rohán y una reclusión en la Bastilla le decidieron a emigrar a Inglaterra.

.Voltaire estuvo tres años en Londres, donde intimó con los intelectuales y políticos ingleses más en nota. Esta estancia marcó indeleblemente su futuro, ya que en Inglaterra trabó conocimiento con la nueva escuela naturalista de Newton y con la filosofía política de Locke.

A su regreso a Francia, obtuvo algunos éxitos literarios, como la representación de Zaira (1732). Pero, desde luego, se aplicó a mejorar su formación histórica y científica. Sus Cartas filosóficas sobre los ingleses fueron condenadas en 1734, pues constituían una dura crítica contra las instituciones políticas de Francia.

Entonces Voltaire se refugió en el ducado de Lorena, en el castillo de Cirey, en compañía de la marquesa de Chatelet. Durante seis años alternó su producción literaria, con los estudios filosóficos y matemáticos. Se correspondió con el rey de Prusia Federico el Grande, del que recibió una invitación para trasladarse a Berlín (1740). Voltaire visitó al que llamaba a Salomó, pero regresó muy pronto a Francia, donde el influjo de Madame de Pompadour le proporcionó el cargo de historiógrafo real (1745) y el ingreso en la Academia (1746).

Sin embargo, los ataques de sus enemigos, a los que respondió con su especial agresividad, no le dejaron disfrutar tranquilamente esta pequeña gloria. En 1751 decidió aceptar una nueva invitación de Federico II y se trasladó a Potsdam. Aquí residió tres años, dando a luz el Siglo de Luis XIV, primera obra de historia cultural interpretativa.

Pero Federico II y Voltaire no podían conllevarse durante mucho tiempo. En 1753 este abandonó Potsdam. Después de una irritante detención en Colmar, hallando cerradas las puertas de Francia, se estableció en Ginebra. Aquí aparecieron La Pucelle (1754) y el Cándido (1759), obras que provocaron el natural revuelo entre los católicos franceses.

En 1758 Voltaire había adquirido una gran propiedad próxima al lago de Ginebra, aunque en territorio francés: Ferney.

Aquí se estableció al año siguiente, con un tren realmente principesco, debido a las pensiones que recibía de casi todas las cortes europeas. En realidad, había un nuevo soberano en Europa, cuyas únicas armas eran la pluma y la opinión, y este era Voltaire, el rey de Ferney.

Durante veinte años ejerció una dictadura completa sobre los que querían ser o aparecer ilustrados. Desde Ferney dirigió las más duras batallas contra la ortodoxia y los jesuitas, comunicando con las cortes de Francia, España, Austria, Alemania, Dinamarca y Rusia. Su obra más representativa de este período es el Diccionario filosófico, compendio de sus contribuciones a la Enciclopedia.

En 1777 Voltaire recibió autorización para regresar a París. Su entrada en la capital, después de veintiocho años de ausencia, fue apoteósica Pero agotado por sus años y por la actividad desplegada para hacer representa una tragedia Irene murió el 30 de mayo de 1778, en el ápice humano de la fama.

R.B.: VICENS VIVES, Jaime, Mil Figuras de la Historia, Ed. Instituto Gallach, 1944, Tomo II.