El Bienio Negro

Elecciones-XI-1933

La elecciones celebradas en noviembre terminaron con una aplastante derrota de los partidos de izquierda. Las izquierdas republicanas fueron casi aniquiladas. De los 120 diputados que se habían sentado en las Cortes anteriores, solo pudieron conservar el puesto una media docena. Si el mismo Azaña obtuvo un puesto fue gracias a los esfuerzos de Prieto, y el grupo más grande, los radicales socialistas, no obtuvieron absolutamente ninguno.

El Partido Socialista obtuvo también malos resultados: el número de sus diputados bajo de los 116 a 58 aunque aún se mantenía y había aumentado su fuerza en Madrid. La Esquerra catalana bajó de 46 a 19 mientras que su rival, la Lliga, ganaba los puestos que ella perdía.

Los radicales aumentaron ligeramente el número de puestos y como en las cortes casi siempre votaban con la Lliga, se puede decir que el bloque del centro ganó 30 puestos. Pero, las principales beneficiadas de esta catástrofe fueron las derechas: su número pasó de 42 a 200. España parecía volverse contra la República.

El movimiento pendular, no obstante no fue tan violento como esos números podrían sugerir. La nueva ley de elecciones había sido hecha para favorecer la formación de dos grupos principales en las Cortes, a imitación del sistema de partidos inglés: la votación era por listas de candidatos y partidos combinados en forma de un frente unido, obteniendo así ventajas sobre los que obraban de otro modo.

A la parte victoriosa en las votaciones se le daba una representación en las Cortes, que estaba fuera de toda proporción con su número de votos. En aquellas elecciones las derechas habían presentado un frente unido y las izquierdas no. Así, sucedió que aunque las derechas obtuvieron el doble de puestos en las Cortes que las izquierdas, el número de votos obtenido por aquellas fue inferior al de los desunidos partidos de izquierda.

La causa principal de la derrota de los partidos de izquierda fue la negativa de los socialistas a colaborar con ellos en las elecciones. Los socialistas estaban perdiendo prestigio desde lo ocurrido en Casas Viejas. Su fracaso de influir en cualquier medida de reforma agraria y el convencimiento de que su continuada participación en el gobierno los estaba haciendo impopulares ante sus mismos partidarios, condujo hacia un descontento creciente entre los dirigentes del partido.

Puesto que los republicanos habían llegado ahora al máximo de sus trabas, cuando los socialistas se daban cuenta de que su programa había empezado a realizarse a penas, toda colaboración parecía fuera de lugar.

Pero el presentarse a las elecciones solos fue un acto de suicidio. Obrando así, perdieron todas las ventajas de la nueva ley electoral que ellos habían ayudado a introducir y que los partidos de derecha estaban prestos a aprovechar paras mismos.

El resultado de esto fue que, aunque los socialistas eran indudablemente mucho más fuertes numéricamente en 1933 que lo habían sido en 1931, solo obtuvieron la mitad del número de sus candidatos. Esto fue el castigo por haber antepuesto el orgullo al propio interés.

La ley electoral de la República

Consistía en resumen en lo siguiente. Cada zona elegía varios miembros, pero los electores solo podían votar por un limitado número de candidatos o sea, por menos que el número completo de diputados a elegir. Madrid eligió diecisiete y los electores solo pudieron votar por trece. Barcelona eligió veinte y los electores solo pudieron votar por dieciséis.

El partido o combinación de partidos que obtenía mayoría podía así ganar en Madrid trece puestos y la mayor minoría, aunque se acercara mucho a la mayoría, solo obtenía cuatro. La ventaja dada a la combinación de partidos es obvia.

El aquellas elecciones el resultado de la votación en Madrid fue el siguiente socialistas 175.000; derechas 170.000; izquierda republicana y radicales, juntos 100.000. Los socialistas obtuvieron, en consecuencia, 13 puestos, las derechas 4 y los otros partidos ninguno. Los socialistas ganaron debido a su excepcional fuerza. En provincias, no obstante perdieron por causa de su disputa con el partido de Azaña y por la compra de votos llevada a cabo por las derechas que no regatearon en el precio.

Otra causa de la derrota de las izquierdas fue la abstención de los anarquistas. En 1931 gran cantidad de ellos habían votado por primera vez, contagiados por el entusiasmo general. Este año habían organizado una campaña de no votad, respaldada por todos los recursos de su propaganda. Cuando la CNT votaba lo hacía corrientemente por algún partido republicano, jamás por los socialistas.

Así, su abstención en aquellas elecciones afectó seriamente a la Esquerra, que perdió los votos del proletariado catalán, habiendo de depender de los campesinos y de la pequeña burguesía. El voto femenino desempeñó también su papel.

En la clase media, muchas mujeres cuyos maridos votaban por los republicanos seguían los consejos del cura del lugar y votaban las derechas. En la clase trabajadora fue diferente: allí las mujeres eran tan anticlericales como los hombres, y por esta causa, el voto socialista no se resintió.

Las disensiones de las izquierdas, no obstante, no bastaban para explicar la nueva situación. Las fuerzas de las derechas se habían fortalecido también grandemente. En anteriores elecciones habían sido eliminadas porque habían estado asociadas con la Monarquía. Sus partidarios se quedaban en casa o bien, con la esperanza de poner un freno a la República, votaban por los radicales. Era de esperar, por lo tanto, que ahora actuarían por cuenta propia.

Pero, la serie de sus éxitos fue debida a una cuidadosa organización. Después de la destrucción de los viejos partidos monárquicos en 1931, un nuevo partido conocido con el nombre de Acción Popular fue fundado como la rama política de Acción Católica. Acción Popular vino a representar la reacción de la Iglesia y especialmente de los jesuitas, contra la República.

Fue una imitación superficial del partido católico alemán y, en la intención de sus fundadores, no sería simplemente el partido de los caciques, del ejército y de la aristocracia, sino también de las masas católicas. Aceptaba a la República, pero no las leyes anticatólicas y la mayor parte de su programa consistía en una demanda de revisión de la Constitución.

Su programa social era de calidad vaga e imprecisa porque los pocos católicos que veían la necesidad de una reforma agraria y de un seguro contra enfermedades y desempleo eran eclipsados y empequeñecidos por los terratenientes.

A pesar de las buenas intenciones de los fundadores del partido, los terratenientes trazaban siempre la línea política porque ellos eran los que proveían los fondos. El cerebro del partido era Ángel Herrera, director de El Debate, un periódico controlado por los jesuitas, quien puso al frente como jefe a un joven de algún talento, pero de muy mediocre personalidad, llamado Gil Robles.

José María Gil Robles era hijo de un eminente profesor en leyes, y después de haber sido el discípulo modelo del colegio de los Salesianos pasó a la oficinas de El Debate. Allí tuvo la suerte de agradar a sus jefes quienes, cuando fue evidente que la Dictadura no duraría mucho y que los malos tiempos se aproximaban, lo eligieron como dirigente del nuevo partido católico.

Se arregló su boda con la hija del conde de Revillagigedo, uno de los hombres más ricos de España, quien le proporcionó la posición y amistades requeridas por un dirigente católico como él, yendo a pasar su luna de miel en Alemania.

Primeramente visitó la asamblea de Nuremberg en donde quedó fuertemente impresionado por Hitler y por Dollfus. La persecución de la Iglesia por los nazis le hizo reaccionar contra su primera impresión, fijando sus ojos finalmente en el Estado corporativo austriaco que vino a ser la meta hacia la cual esperaba conducir los destinos de España.

En Alemania aprendió algo sobre el valor de la propaganda en las campañas políticas y a su vuelta a España procedió a poner en práctica las lecciones aprendidas. El episodio de Casas Viejas demostró claramente que unas elecciones no estaban muy lejos y, con el fin de asegurar para su partido la mayoría que deseaba obtener, vio que sería necesario aprovecharse de la nueva ley electoral y formar un bloque con todos los partidos de derecha.

El primer paso a dar consistía en agrupar alrededor de Acción Popular varias pequeñas entidades católicas de naturaleza semejante: la Confederación de Padres de Familia; la Organización de la Juventud Católica, y otras por el estilo. El nuevo partido así formado recibió el nombre de Confederación Española de Derechas Autónomas o, más brevemente, la CEDA.

Este partido procedió al instante a la formación de un bloque para presentarse a elecciones compuesto de cuatro partidos más de derechas: Renovación Española, el pequeño partido monárquico; Comunión Tradicionalista, el partido carlista; los nacionalistas vascos y los agrarios.

Este último era un partido de mucha afinidad con la CEDA, cuyo programa estaba enteramente confinado a la defensa de los hacendados. Representaba en las zonas rurales lo que los radicales en las ciudades. Gil Robles cuyo partido, la CEDA, con sus 110 diputados era el más fuerte en las Cortes fue el dirigente de la nueva combinación de gobierno.

La relativa fuerza de los principales partidos de derecha se manifestó en el número de diputados que enviaron a las Cortes: CEDA, 110; agrarios, 36; tradicionalistas, 20; Renovación Española, 15 nacionalistas vascos, 14. Nada puede mostrar mejor la impopularidad del rey que lo reducido de su partido en estas Cortes. La Monarquía era, decididamente, una causa perdida.

Los meses siguientes fueron empleados en preparaciones. Hicieron informes extractados, al estilo nazi, sobre cada votante precisando sus opiniones, lugar de trabajo y quién podría influenciarlo. Fueron organizados actos políticos y reuniones.

Todo esto costaba dinero. Los viejos partidos de la monarquía habían tenido siempre fondos medianos. Sus gastos en las elecciones eran reducidos al mínimo ya que la sola recompensa que ofrecían a sus votantes era la de que, si salían triunfantes, se repartirían los despojos.

Pero, ahora el sistema caciquil trabajaba solamente en regiones aisladas y, por esta causa, era necesario el dinero para la propaganda en las ciudades y para comprar los votos en el campo. Los terratenientes eran los únicos que podían darlo. Así, toda esperanza de que la CEDA realizara el más modesto programa de reformas sociales fue desechada desde un principio.

Los terratenientes y especialmente los del grupo monárquico, que siendo los más ricos habían contribuido más ampliamente, estaban allí para impedirlo. Compuesta como estaba de tan discordantes elementos y dividida irremisiblemente, la combinación conducida por la CEDA fue incapaz, desde un principio, de ninguna decisión positiva.

R.B.: BRENAN, Gerald, El Laberinto Español, Editions Ruedo Ibérico, 1962, págs. 201-203.

Gobierno y Oposición

La primera cuestión que se planteó fue la composición del gobierno. El partido más grande de las Cortes era la CEDA, pero no había tenido mayoría absoluta. Era natural, por lo tanto que el centro, en otras palabras, los radicales, deberían formar gobierno. Ellos podían depender de los votos de las izquierdas o de los de las derechas.

Es muy significativo que prefirieran estos últimos. Como resultado de esto hubo una pequeña escisión en su partido, Martínez Barrio cruzó la estancia con un grupo de unos treinta incondicionales y tomó asiento junto a Azaña.

La Lliga y por algún tiempo los agrarios formaron parte de gobierno. Estos últimos tenían la política de ayudar a los terratenientes revalorizando los productos agrícolas, en otras palabras, aumentando los impuesto sobre los cereales importados y reduciendo los salarios, y estaban ansiosos de aplicarla.

Las intenciones del gobierno se vieron pronto. En el espacio de pocas semana toda la legislación de las Cortes Constituyentes que fijaba salarios y condiciones de empleo fue anulada o amortiguada.

La garantía a los arrendatarios contra cualquier desposesión caprichosa fue suprimida: unos 10.000 campesinos que habían sido asentados en grandes propiedades de Extremadura fueron desposeídos de sus derechos. Los salarios (que sin duda eran demasiado altos) fueron reducidos en un 40 y 50 por ciento y los terratenientes, para colaborar, comenzaron a despedir trabajadores.

Al mismo tiempo todo aquello de la legislación anticlerical del último gobierno que podía ser escamoteado lo fue, y la substitución de las escuelas religiosas por laicas fue pospuesta indefinidamente. El presupuesto de educación fue también drásticamente reducido.

Estas medidas eran extraordinarias por demás, ya que los radicales habían ganado siempre sus elecciones por su sello anticlerical y habían votado recientemente en favor de la laicización de la educación. Era el precio que habían de pagar por la ayuda de la CEDA.

Más significativa aún fue la aceptación de un decreto de amnistía dando la libertad a todas las personas complicadas en el alzamiento militar de Sanjurjo, reponiendo a los oficiales en los lugares que ocupaban antes y abonándoles la paga de todo el tiempo que habían estado en prisión. Los nobles cuyas haciendas habían sido confiscadas las volvieron a recobrar.

Este decreto que sancionaba claramente el derecho de los militares a alzarse contra el gobierno fue aceptado solo después de un gran tumulto en las Cortes y el presidente lo firmó declarando tímidamente que él lo desaprobaba personalmente.

Una tentativa del ministro de Justicia para restablecer la pena de muerte no fue tenida en cuenta por miedo a que ello provocara una revolución. En una palabra, no hubo apenas un acto del anterior gobierno que no fuese echado a un lado o desfigurado. Con todo, el gobierno radical era extremadamente débil: hubo crisis ministeriales casi todas las semanas mientras que una oleada de pequeñas huelgas por todo el país imposibilitaba toda actividad de recuperación comercial.

Los Anarquistas

Los anarquistas no habían esperado, desde luego, a que el nuevo gobierno mostrara las uñas para declararle una guerra abierta. Durante las elecciones, debemos recordarlo, llevaron a cabo una fuerte campaña de propaganda contra el voto.

El resultado fue, el triunfo de los partidos reaccionarios. Los anarquistas sintieron entonces que su honor requería una respuesta a este triunfo del fascismo por el único medio que conocían: la revuelta armada. Querían mostrar a los socialistas el único y verdadero camino para combatir a la burguesía.

Después de las consultas usuales con la FAI, los diferentes comités regionales de la CNT se reunieron para decidir lo que se debía hacer. Estuvieron de acuerdo en que una acción revolucionaria, más fuerte que nunca, era necesaria, Pero, la mayoría de las federaciones regionales estaban exhaustas por anteriores alzamientos y no tenían armas. Se decidió, por esta causa, que solamente se alzaría la Federación aragonesa siendo ayudada por otras partes del país por medio de huelgas generales.

El aragonés es el más fuerte y obstinado de todos los pueblos de España, como lo muestra la historia de sus conflictos y los famosos sitios de Zaragoza y de Numancia. El Partido Socialista (debido quizás a que estaba asociado con Castilla) nunca tuvo muchos adherentes entre ellos.

Los trabajadores de las ciudades, los campesinos y habitantes de los páramos que un siglo antes se habían agrupado bajo la bandera carlista, seguían ahora a la bandera roja y negra de la CNT. Zaragoza misma era un fuerte baluarte de la CNT y el centro de una esencia anarquista más pura aún que la que podía hallarse en la medio sindicalista Barcelona.

El alzamiento estalló el 8 de diciembre y el comunismo libertario fue proclamado en muchos pueblos de Aragón y en los viñedos de la Rioja. En Zaragoza, Huesca y Barbastro alzaron barricadas e intentaron apoderarse de los edificios públicos. En otras partes de España, Andalucía, Valencia y La Coruña hubo huelgas y quema de iglesias.

Solamente Cataluña, agotada por los esfuerzos del año anterior, se mantuvo quieta. Pero, la insurrección no duró largo tiempo. El gobierno envió tropas y al cabo de cuatro días todo estaba terminado. El gobierno podía contar con el ardor del ejército y de la policía republicana contra la CNT.

Es digno de observación el hecho de que en este movimiento, por primera vez en España, se daban instrucciones claras y precisas para una revolución social. Las fábricas fueron ocupadas por los trabajadores, y se nombraron comités de fábrica. Otros comités de alimentación, transporte y demás fueron organizados siguiendo la línea trazada por Kropotkin.

Este alzamiento fue considerado como el ensayo de una próxima revolución o como el principio de la misma. Pero la fatal debilidad del anarcosindicalismo se manifestó en el hecho de que solo una entre todas las provincias de España, se levantó.

¿Qué se podía esperar de esto? La FAI había jugado, una vez más, a la revolución. No obstante, es característico de los españoles el contentarse con gestos y pequeños actos de desafío y de temeridad y descuidar el contenido real de la materia. Los árabes conquistaron toda España en dos años. Los españoles necesitaron ocho siglos para desembarazarse de ellos.

En el alzamiento, fueron muertos 67 miembros de la CNT y 87 gravemente heridos. Esto demuestra la envergadura relativamente pequeña de la lucha. Se llevaron a cabo casi 6.000 detenciones por la policía, y la CNT fue declarada organización ilegal, aunque el gobierno era demasiado débil para mantener tal medida. (Véanse las notas 170, 171, y 172 del Boletín del IWMA.
La primera contiene el texto de una proclama de la CNT sobre la organización de los Comités). Una secuela divertida de este alzamiento fue el secuestro de los jueces en la Audiencia en que se juzgaba a los prisioneros y la desaparición de todas las pruebas que habían sido acumuladas por la policía. El golpe había sido organizado por Durruti desde prisión.

La fuerza positiva de la CNT radica, no en sus revueltas armadas, a pesar de todo, sino en su capacidad de resistencia sindical. Esto fue probado por una huelga general declarada en Zaragoza en marzo de 1934 —tres meses solamente después de la supresión del alzamiento— como protesta contra los malos tratos recibidos por los prisioneros en diciembre último.

Duró cuatro semanas, durante las cuales Zaragoza pareció una ciudad muerta. Los hijos de los huelguistas fueron enviados a otras ciudades, a cargo de familias que cuidaron de ellos.

Una huelga similar, pero de más corta duración fue declarada en Valencia. Cuando recordamos que la CNT no tenía fondos pro-huelgas, podemos apreciar mucho mejor el valor y capacidad de resistencia requeridos en esos trances.

Si los anarcosindicalistas no pudieron llevar a cabo su revolución, supieron de todas maneras mantener viva una situación revolucionaria. Como ya he señalado en otro capítulo anterior, el éxito constante de movimiento anarquista en España radica en la influencia moral que ha ejercido sobre los trabajadores. Un socialista inglés escribió:

Mientras por todas partes el movimiento de los trabajadores es orientado hacia la consecución de confort y seguridad, los anarquistas españoles viven solamente por la libertad, por la virtud y por la dignidad.R.B.: Edwuard Conze, La España de hoy, p. 62. Cuadro de las relaciones entre socialistas y anracosindicalistas en el periodo 1934-1936.

Esto es exacto. Sí, a diferencia de otros partidos revolucionarios, los anarquistas se preocupaban poco de la estrategia era porque creían que se llegaría a la revolución espontáneamente tan pronto como los trabajadores estuviesen moralmente preparados para realizarla.

Sus principales esfuerzos se encaminaron hacia esa preparación. No era suficiente para ellos el ganar adeptos. Cada trabajador debe procurar poner en práctica rápidamente la concepción anarquista de la vida. De aquí se deducía que sus dirigentes no podían, como los aburguesados socialistas, vivir en confortables pisos en las barriadas burguesas. Tenían que quedarse en sus trabajos de tiendas y fábricas como trabajadores ordinarios.

En las huelgas y alzamientos armados debían estar siempre en los lugares de mayor peligro. No se permitía una burocracia pagada para dirigir y administrar su gigantesca organización: los trabajadores debían resolver ellos mismos sus propios asuntos por medio de comités elegidos, aunque ello representara un sacrificio de la eficacia revolucionaria. Era mejor que la revolución fracasara que basarla sobre una traición a los principios.

Los Socialistas

Esta severa actitud moral estaba en evidente contraste con la conducta de los socialistas que durante tres años saborearon los frutos del gobierno. Una multitud de nuevos empleados sindicales había surgido y muchos de los dirigentes percibían salarios espléndidos. Pero, los obreros habían conseguido con ello pocos beneficios.

Durante todo ese tiempo los anarquistas habían estado dando pruebas de su entrega a la causa de los trabajadores por medio de huelgas heroicas, descabellados e infructuosos alzamientos y en las celdas de las cárceles.

El reproche era evidente. Aun aquellos que desaprobaban sus tácticas se sentían arrebatados por su ejemplo. La UGT vacilaba. Después de cincuenta años de estricto reformismo el Partido Socialista empezó a ser revolucionario.

Debemos considerar lo que este cambio significa. Solamente dos años antes, Fabra Rivas, subsecretario del ministro del Trabajo Largo Caballero, había hablado en los términos siguientes: No es suficiente practicar el socialismo. Hay que conquistarlo, hay que merecerlo.

El Partido Socialista espera que la República les permitirá realizar esta labor ya que por ello la ha defendido con tanto ardor. Fabra Rivas continuaba exponiendo que el Partido Socialista no esperaba ver realizado el socialismo entonces ni aun simplemente un gobierno socialista en Madrid. Debían contentarse con desarrollar sus ideas gradualmente.

Discurso pronunciado el 14-II-1932 en la inauguración de la Escuela de Trabajo en Zaragoza. Citado por C. y J. Picard-Moch, en L´Espagne républicaine, p. 382-383.

Esta había sido, después de todo, la actitud clásica del socialismo español tal como la había mantenido Pablo Iglesias. Desde entonces nada había sucedido que pudiera hacerla irrealizable. Solamente había habido, si juzgamos superficialmente, una inclinación del péndulo que en otro país hubiera sido considerada como temporal.

Con todo, en enero de 1934 la opinión del partido y más aún de los sindicatos se inclinó rápidamente en favor de la abstención en el gobierno hasta que la dominación socialista pudiera ser posible, o sea, hacia una actitud revolucionaria.

Para explicar las razones de este cambio debemos retroceder unos pocos años. Cuando cayó la Dictadura, los socialistas eran todavía un partido pequeño. Su central sindical, la UGT, era infinitamente inferior en número a la de los anarcosindicalistas.

El número de sus afiliados no llegaba a los 300.000. Durante la República se extendió enormemente logrando llegar en junio de 1932 hasta el millón de miembros. En 1934 alcanzó la suma de 1.250.000 afiliados. Este prodigioso aumento le dio una conciencia de sí misma que no había poseído antes.

Una cosa debe ser observada en esta expansión: la mayoría de los nuevos adeptos pertenecían, o bien a los pequeños campesinos y labradores sin tierras o a la clase de los empleados y dependientes de comercio. Los socialistas ganaron terreno a la CNT aquí, gracias a la nueva legislación del trabajo y a las esperanzas que su posición en el gobierno había despertado.

El número de mineros, trabajadores industriales y ferroviarios mostraba poco aumento porque la mayoría de ellos habían estado antes alternativamente bajo la influencia de socialistas y anarquistas. Los siguientes números tomados en junio de 1932 da las proporciones: 445.411, trabajadores rurales; 287.245, trabajadores industriales, mineros y ferroviarios; 236.829, oficinistas y empleados de comercio.

Estas cifras muestran con suficiente claridad por qué los socialistas eran tan sensibles al descontento de las regiones campesinas y por qué estaban tan ansiosos de una comprensiva solución agraria.

La negativa de los partidos republicanos a tratar seriamente la reforma agraria constituyó, pues, la raíz de la desilusión de los socialistas con la República. Era un sentimiento que venía de lo más profundo, y afectaba más a los jóvenes que a los viejos, a los recién llegados que a los veteranos del partido. El hecho de que fuese especialmente fuerte en Madrid era, quizás, debido a que los anarquistas allí eran pocos aunque fuertes.

Generalmente hablando, un pequeño grupo bien organizado de anarquistas en un terreno de los socialistas conducía a estos hacia la izquierda, mientras que en los lugares predominantemente anarquistas los socialistas eran obstinadamente reformistas.

Esta política halló su figura en Largo Caballero. Como presidente de la UGT estuvo siempre especialmente alerta ante el peligro de perder terreno a favor de los anarcosindicalistas. Además se sentía agraviado personalmente y se había disputado con Azaña. Siendo ministro del Trabajo se había disgustado porque se saboteaba mucho de lo hecho por él en la legislación.

El sabotaje es un arma vieja en España. La fórmula que lo expresa, obedecemos pero no cumplimos, data de varios siglos. Largo Caballero se dio cuenta de que hasta los empleados de su propio Ministerio se negaban a obedecer las órdenes que se les daban. Aquello era una conspiración para hacer fracasar todo.

Así, sucedió que por febrero de 1934 decía que la única esperanza de las masas es la revolución social. Sólo ella puede salvar a España del fascismo. Como dijo Maurín, Largo Caballero, el representante del oportunismo reformista, se convirtió en 1934 en el hombre de las masas.

Ochenta años antes Carlos Marx había señalado que los movimientos revolucionarios de España evolucionaban más lentamente que en los otros países y que necesitaban, corrientemente, varios años para alcanzar su madurez. Por lo tanto, no había nada realmente sorprendente en aquella nueva evolución.

El primer paso para llevar la nueva política a efecto fue la organización por la UGT y por Largo Caballero en particular de la Alianza Obrera. Esta era entendida como una especie de frente popular confinado a los partidos de la clase trabajadora y organizado localmente.

La CNT se negó a sumarse a ella. Las relaciones entre las dos grandes sindicales eran bastante tensas y los anarcosindicalistas se negaban a creer que los socialistas pudiesen cambiar de mentalidad tan repentinamente y que después de cincuenta años de domesticidad pudiesen desarrollar instintos revolucionarios.

Sentían también gran desconfianza hacia Largo Caballero que siempre había demostrado gran hostilidad hacia ellos. Se entendían mucho mejor con el ala socialista de derecha, con Prieto. Los comunistas también se negaron. Estos estaban aún en su fase rabiosamente revolucionaria y también a la greña con todos los grupos y partidos del país.

Todo lo que Largo Caballero pudo conseguir fue la adhesión del Bloque Obrero y Campesino, un pequeño grupo de marxistas de izquierdas reducido a Cataluña, de los Sindicatos de Oposición o treintistas de Pestaña y Peiró que se habían separado recientemente de la CNT y estaban también reducidos a Cataluña y Valencia. Más tarde, los rabassaires, también se sumaron a ellos.

Bloque Obrero y Campesino

La historia del pequeño grupo marxista de Cataluña es algo confusa. A fines del 1931, Nin y Maurín abandonaron el Partido Comunista y fundaron el Partido Comunista de Izquierdas. Este nuevo grupo se dividió después de las elecciones de 1933 a causa de la cuestión sobre la cooperación con los socialistas.

Maurín, con la gran mayoría (en Cataluña llegaban a 25.000) que deseaba la cooperación, fundó el Bloque Obrero y Campesino, una confederación insignificante, con un pequeño número de afiliados y muy poca disciplina y la Federación Comunista Ibérica con un núcleo de 3.000 militantes y una estricta disciplina.

Es un tanto divertido el notar que su apresuramiento por iniciar las tácticas del frente popular, nueve meses antes de que Stalin lo ordenara, les valió el ser furiosamente atacados por la prensa del Partido Comunista oficial como fascistas y traidores.

Los restantes del Partido Comunista de Izquierdas, que sumaban unos 5.000, y entre los que se contaban los intelectuales como Nin, Gorkin, Andrade y demás, quedaron fuera de Alianza Obrera hasta octubre de 1934 en que, como el Partido Comunista, se sumaron a ella pocos días antes del alzamiento.

Después, en febrero de 1936, las dos ramas de los viejos partidos comunistas de izquierda se reunieron para formar el POUM. Aunque parezca extraño, muchos de los miembros de este rígido grupo marxista se sindicaban en la CNT y no en la UGT. Esta era demasiado reformista en Cataluña.

Así, sucedió que la Alianza Obrera (por lo menos hasta agosto) solo había conseguido tener vida en Cataluña, en donde, semejante al PSUC dos años y medio después, debía su razón de ser a los celos y envidia hacia los anarcosindicalistas.

Fue aún lo bastante fuerte para declarar una huelga general que fue efectiva en una ciudad Sabadell. ¡Una huelga en Cataluña que no era anarquista! ¡Y bajo las órdenes de Largo Caballero, esto es, de Madrid! Maurín, el dirigente del Bloque Obrero y Campesino, sintió tal entusiasmo por la nueva aventura que, por un momento, se vio tentado a ingresar en el Partido Socialista.

Las condiciones de las zonas rurales, que ya eran bastante malas en 1933, habían empeorado rápidamente. La reducción de los salarios, los despidos de trabajadores, el relajamiento de las leyes que protegían a los arrendatarios, permitido y estimulado por el gobierno con la esperanza de reanimar el comercio y estimular al capital, había traído un aumento enorme de miseria.

El vizconde de Eza, un diputado monárquico y una autoridad famosa en la agricultura, declaró que en 1934 unas 150.000 familias de campesinos carecían de lo más indispensable. Algunos pueblos tenían casi mil hombres parados diez meses al año. Cuando el tal vizconde preguntó a un grupo de aquellos hombres que solución veían ellos al problema, estos contestaron: Dejarles que nos maten a la mitad.

La miseria era tan grande que los mismos terratenientes estaban aterrados. En parte por razones económicas, pero más aún con el designio de asestar el golpe de gracia a la República vacilante, habían despedido a grandes cantidades de trabajadores y cultivaban sus tierras lo menos posible.

Ante tanta miseria ellos eran demasiado débiles para defenderse por sí mismos y el gobierno, que tenía un miedo atroz a otro Casas Viejas, había dado orden a la policía de mantenerse en la expectativa todo lo posible. Así pues, los socialistas pudieron apoderarse, más o menos por la fuerza, de las tierras de los hacendados y organizar colectividades en algunas provincias. ¡A tal grado de debilidad habla llegado el gobierno desde que Azaña había cesado de dirigirlo!

Las colectivizaciones fueron organizadas del siguiente modo: un representante de la Federación de Obreros Agrícolas de la UGT, al frente de un gran número de campesinos sin trabajo se presentaba ante el dueño de las tierras y le invitaba a prestar una parte de su tierra para formar una colectividad. El mismo sería incluido como miembro con su parte en los beneficios. Todos los documentos estaban preparados de antemano y acto seguido se le invitaba a firmarlos.

Dadas las circunstancias, pocos tuvieron el valor de negarse. De esta manera, un centenar de colectividades fueron organizadas en la provincia de Ciudad Real y casi otras tantas en la de Toledo.

Otras fueron establecidas en Jaén, Badajoz y Valencia. Una escuela con clases para enseñar el uso de los tractores y la teneduría de libros fue abierta en Valdepeñas por Félix Torres. Aunque el capital era pequeño y pocas colectividades pudieron adquirir tractores, la mayoría de ellas parece que trabajaron lo suficientemente bien como para subsistir hasta el fin de la guerra civil.

Toda la miseria e inquietud de las regiones campesinas culminaron en una huelga general en junio de 1934. Todo había estado contribuyendo a ella durante la largo tiempo, pero cuando llegó era demasiado tarde para que pudiera ser efectiva. El hambre no hace buenos huelguistas.

El motivo de la huelga era el de obligar a los hacendados a cumplir con la legislación del trabajo creada por la República y tomaron parte en ella tanto la CNT como la UGT. Los campesinos abandonaron el trabajo en quince provincias, reanudándolo al cabo de nueve días a causa de un arreglo lo con los dueños de las tierras.

Entre tanto, el proceso de socavamiento de la labor de la República desde los bancos del mismo Gobierno seguía su curso. Lerroux había cesado de ser presidente del Consejo y otro radical, Ricardo Samper, había ocupado su puesto. Este gobierno era, si ello podía ser posible, más débil y estúpidamente provocador que el anterior. Uno de sus primeros actos fue el de querellarse con los catalanes.

Cataluña

La situación en Cataluña era la siguiente. Gracias a la abstención de los anarquistas en las elecciones, la Lliga había enviado 25 diputados a las Cortes y la Esquerra solo 19. Pero en las elecciones de la Generalidad, o gobierno catalán autónomo, que tuvieron lugar en enero, los anarquistas se habían arrepentido de su ligereza anterior, y, en consecuencia, la Esquerra obtuvo una victoria completa. Como el Coronel Maciá había muerto en diciembre de 1933, Luis Companys era ahora el jefe del partido.

Pronto surgieron dificultades sobre la cuestión agraria. Las leyes que las Cortes hablan promulgado fijando las rentas y prohibiendo los desahucios injustificados de los arrendatarios habían sido rechazadas por los radicales o no se habían llevado a efecto. Se expulsaba a los arrendatarios por todo el país como en los malos días del pasado.

Los hacendados catalanes no se quedaron atrás en esto. Aprovechando las características de ciertos contratos largamente discutidos, empezaron a despedir arrendatarios cuyo arriendo consideraban caducado. En pocos meses, más de mil familias fueron desposeídas de la tierra que, en la mayoría de los casos, habían cultivado durante varias generaciones.

No existen grandes propiedades agrícolas en Cataluña, La mayor parte de la tierra está en manos de pequeños propietarios quienes han llegado a ese estado gracias a muchas economías y que ceden sus tierras a una clase de campesinos conocidos con el nombre de rabassaires. El tipo de contrato que acostumbran a establecer es el de la aparcería familiar o sea, cosecha compartida, en el cual gastos y beneficios son compartidos equitativamente por arrendatario y dueño.

Pero, como la mayor parte de la tierra así arrendada es cultivada en viñedos, la duración de los contratos está basada sobre el tiempo de vida de las cepas, la tierra vuelve a su dueño cuando tres cuartas partes de las cepas han dejado de producir rabassa morta y puede entonces renovar o no el contrato, según le plazca.

El campesino catalán había hecho un arte de la prolongación de la vida de las cepas y en los pasados tiempos estas duraban, por lo general, cincuenta años. Esto aseguraba al labrador un contrato que cubría sus años de trabajo y le indemnizaba de los seis u ocho años de trabajo sin fruto que necesitaban las nuevas plantas para llegar a un estado de inmadurez.

Pero, la plaga de la filoxera mató en el pasado siglo todas las cepas viejas, lo que condujo a la introducción de un nuevo tipo de planta que requería mucho más cuidado y cuyo máximo de vida era el de veinticinco años. Esto creó una situación manifiestamente injusta.

No obstante, cuando el primero de los nuevos contratos terminó durante la guerra europea, los precios eran tan altos que no hubo disputas para la renovación de contratos. Fue solamente cuando llegó la baja en el precio de los vinos cuando los rabassaires empezaron a sentir lo injusto de su situación.

Los rabassaires

Los rabassaires habían estado organizados primeramente en 1923 en una sociedad agrícola bajo la dirección le Companys. A pesar de su adhesión a la Esquerra, se tomaron poco interés por la política. Algunos de sus miembros se sindicaron en la CNT y otros en la UGT. Por otro lado cierto número de anarquistas y socialistas eran miembros de los rabassaires que consideraban como un sindicato agrícola.

Los rabassaires eran simplemente pequeños campesinos que creían en la socialización y que intentaban resolver sus propios asuntos. Tenían un programa de cooperativas agrícolas, instituciones de crédito y sociedades de ayuda mutua las cuales, sin ninguna ayuda por parte de Estado, habían dado sorprendentes resultados.

Sus ideas no eran teóricas y las modificaban según lo exigía la experiencia adquirida por la práctica y mostraban gran persistencia en llevarlas a cabo. Sus cooperativas ofrecían un cuadro lisonjero de lo que podría ser la agricultura en buena parte de España, colocada bajo mejores auspicios.

Entonces se organizaron, con la ayuda de Companys, en un sindicato y cuando cayó la Dictadura se situaron bajo la protección de la Esquerra. A cambio de su ayuda política se comprometieron a votar por ella en las elecciones. Esta ayuda pedía ahora su recompensa y de acuerdo con ello, el gobierno de la Generalidad dictó la ley de cultivos que venía a regularizar el asunto. Fue un decreto moderado que daba facilidades a los arrendatarios para adquirir la tierra que hubiesen trabajado durante quince años y que creaba tribunales de arbitraje.

Los hacendados no aceptaron dicha ley y apelaron a Madrid. El gobierno español llevó el caso ante el tribunal de Garantías Constitucionales para que decidiera sobre si la Generalidad tenía o no poder para dictar tal decreto. Este tribunal, cuyos miembros habían sido cambiados recientemente con el fin de que estuviese en armonía con los designios del gobierno, decidió que no tenía derecho. Ante esto, Companys desafió a Madrid declarando que la ley sería llevada a efecto a pesar de todo, La Lliga, que debió haber mediado, se negó a continuar en el Parlamento catalán y lo abandonó.

País Vasco

Al mismo tiempo que el gobierno rompía con los catalanes, se querellaba con los vascos. Estos tienen una larga tradición de libertad y autogobierno. En 1840 tenían su propio parlamento, sus cortes y su moneda propia. Tenían su propia milicia y el rey no podía pasar sus tropas a través del país vasco sin su permiso. Su administración se distinguía de la del resto de España por su eficiencia y ausencia de corrupción.

Pero en castigo por la ayuda prestada a don Carlos, perdieron su autonomía conservando solamente algunos fueros o privilegios Estos les permitían fijar sus propios impuestos, tener su aduana y les eximía del servicio militar. De resultas de su participación en la segunda guerra carlista, perdieron todo esto concediéndoseles lo que fue llamado un Concierto Económico que les permitía, entre otras cosas, fijar sus propios impuestos pagando una suma convenida a la Hacienda nacional.

Después de 1900 apareció un nuevo partido en las provincias vascongadas, exactamente igual que había ocurrido en Cataluña algunos años antes. Semejante a la Lliga, fue un partido de grandes industriales, y de pequeños burgueses católicos y campesinos. Sus deseos de autonomía partían de las mismas causas: el sentimiento nacional mezclado del resentimiento de un una raza joven y emprendedora de verse gobernada por un grupo de soldados y terratenientes castellanos.

Había también un motivo religioso. Los vascos nacionalistas, intensamente católicos, deseaban sustraer a su país de la corrosiva influencia del anticlericalismo español y gobernarse de acuerdo con las encíclicas de León XIII. Pero los sentimientos que abrigaban no eran tan fuertes como los de los catalanes, porque los vascos, semejantes a los escoceses, son una raza de montañeses que está acostumbrada, desde mucho tiempo, a hallar el terreno para sus proyectos y realizaciones fuera de su propia región. Económicamente hablando, son extrovertidos.

El primitivo lenguaje vasco no es tan usado como el catalán. No solamente le falta tradición literaria, sino que solo es hablado en dos provincia, Vizcaya y Guipúzcoa, y en los valles pirenaicos de Navarra. En la provincia del sur, Álava, ha desaparecido casi completamente siendo, bastante tibia la adhesión de los alaveses al nacionalismo.

Por otro lado, los vascos nacionalistas tenían la ventaja de que el problema social no era tan grave en su región como lo era en Cataluña. Aparte de un núcleo de socialistas de los Altos Hornos de Bilbao, cuya conducta era enteramente reformista y que, además, no eran vascos sino emigrantes de otras regiones de España, sus únicos rivales eran los carlistas, que predominaban en Navarra del mismo modo que ellos, predominaban en las provincias vascas.

La cuestión vasca quedó así resuelta con una lucha entre dos partidos ultracatólicos y conservadores, uno de los cuales esperaba realizar sus ideas religiosas y sociales creando un régimen propio en un relativo aislamiento de las vicisitudes de los políticos españoles, mientras que el otro, que tenía las mismas ideas, prefería la política más ambiciosa de ayudar a los partidos católicos de Castilla a imponerse por la fuerza en resto del país.

Una ojeada al mapa explicará la razón de estas dos actitudes diferentes: Vizcaya y Guipúzcoa están separadas del resto de España por los montes cantábricos y miran hacia el mar, mientras que Navarra está separada de Francia por los Pirineos y mira hacia el interior de la península. Las primeras han creado fuertes lazos con la Europa occidental por su industria y comercio, mientras que la segunda está orientada hacia Castilla.

Estos factores, sin mencionar otros de orden histórico, establecen una gran diferencia de temperamento y de ambiciones, diferencia que podemos observar también en su religión, ya que los vascos han desarrollado un catolicismo del tipo belga, con sindicatos y servicios sociales, mientras que los navarros han conservado su mentalidad de cruzada.

Bajo condiciones normales, esta rivalidad de las dos ramas de la familia vasca hubiera tenido una solución local, pero cuando la tensión en el resto de España entre los partidos de derechas y de izquierdas aumentaba, era natural que ellos fueran arrastrados por la misma y obligados a tomar una posición. Esto, no obstante, no se produjo inmediatamente.

La primera reacción de los nacionalistas vascos hacia la República no fue favorable. Indignados por las cláusulas anticlericales de la Constitución, sus diputados abandonaron las Cortes, pero el señuelo de un estatuto de autonomía les hizo volver. Se gastó algún tiempo en la discusión de los diferentes bosquejos, en parte a causa de que los vascos insistían en tener pleno control religioso con el derecho de enviar sus propios representantes al Vaticano y en parte porque Álava, situada entre las provincias vascas y Navarra, era indiferente.

Un texto aceptable acababa de ser aprobado cuando fueron disueltas las Cortes. En las elecciones, los vascos votaron por la CEDA, pero apenas lo habían hecho cuando se dieron cuenta de que ni la CEDA ni los radicales permitirían la aceptación de su estatuto de autonomía. Esto les inclinó hacia las izquierdas. En aquel momento el gobierno, que parecía complacerse en multiplicar el número de su enemigos, fue lo bastante torpe como para imponer una contribución que era, todo lo contrario de las previsiones del Concierto Económico.

Los vascos decidieron celebrar elecciones especiales en sus ayuntamientos como protesta de ello. El gobierno prohibió dichas elecciones y cuando se estaba realizando intentó impedirlas, se dispararon algunos tiros y el periódico monárquico ABC publicó un editorial en el que decía: Preferimos los comunistas a los vascos. Todos los ayuntamientos vascos dimitieron y sus diputados, siguiendo el ejemplo de la Esquerra, abandonaron nuevamente las Cortes. Así, en septiembre el gobierno español se las había compuesto para querellarse seriamente con vascos y catalanes.

R.B.: BRENAN, Gerald, El Laberinto Español, Editions Ruedo Ibérico, 1962, págs. 203-212.

La Revolución de 1934

Mientras el gobierno radical había conseguido revocar la mayoría de los actos de las primeras Cortes republicanas y se preparaba para traicionar a los restantes, el partido de Gil Robles se preparaba para el avance.

La naturaleza compuesta de este partido, que variaba continuamente, y la necesidad de aparentar la aceptación del régimen republicano sin ofender a sus aliados monárquicos, condujeron a una serie de afirmaciones contradictorias hechas por su dirigente, aunque no era un secreto la realidad de sus fines.

El programa de Gil Robles estaba concebido por etapas. Primeramente debía formar un gobierno de coalición con los radicales; después, tomaría el poder él solo; más tarde, una vez preparado el terreno, convocaría unas elecciones preparadas de modo que le dieran una aplastante victoria; finalmente, volvería triunfante al sitial de gloria y mando y desde allí cambiaría la Constitución. Las circunstancias decidirían sobre si se crearía un Estado corporativo al modelo austríaco, o si se restauraría la monarquía.

Gil Robles

En un discurso dirigido a sus partidarios, poco antes de las elecciones de 1933, Gil Robles habló del modo siguiente.

Debemos marchar hacia un nuevo Estado. ¿Qué importa si ello significa derramamiento de sangre? Necesitamos una solución integral, que es lo que estamos buscando. Si queremos realizar este ideal, no debemos detenernos ni estancarnos en formas arcaicas. La democracia es para nosotros no un fin, sino un medio para llegar a la conquista de ese nuevo Estado. Cuando llegue el momento las Cortes se someterán o las haremos desaparecer (El Debate).
En otras ocasiones insistía en que la rebelión contra la autoridad constituida era ilegal y contraria a las enseñanzas de la Iglesia. Ni la sedición ni la conspiración estaban permitidas. Posiblemente sea cierto que esperaba conseguir sus fines por medio de la legalidad.
El escritor falangista Giménez Caballero hace de él el siguiente comentario: Aparentemente fascista, aparentemente nacionalista, se ha visto obligado a eliminar de su lado a todo nacionalista auténtico y a todo elemento fascista. El y su partido, con su política vaticanista de jesuitismo tradicional eran espíritus bastardos sin fuerza genital.

El momento para realizar la primera etapa parecía haber llegado y en una gran reunión de las organizaciones juveniles de su partido celebrada en Covadonga en septiembre, Gil Robles pronunció uno de sus típicamente equívocos y provocativos discursos: El camino está claro ante nosotros. ¡Ni un momento más!

No queremos nada para nosotros, pero no sufriremos por más tiempo que este estado de cosas continúe. Estas palabras fueron interpretadas como que su partido no apoyaría por más tiempo a los radicales cuando las Cortes se reunieran el primero de octubre. Una semana después confirmó esto con lenguaje menos sibilino.

Los partidos de izquierda habían presenciado gradualmente el sabotaje de casi toda la legislación de las Cortes Constituyentes sin protestar más allá de la huelga, pero estaban decididos, si podían, a impedir que la Constitución fuese aniquilada completamente. Estaban dispuestos a tomar las armas para impedirlo. La cuestión estaba en saber cuándo sería el momento propicio. Los republicanos, imbuidos de sus leyes parlamentarias, no pensaban que hubiese llegado ese momento.

Los socialistas estaban divididos: los partidarios de Prieto eran del parecer de que una revolución en aquellos momentos estaba condenada al fracaso, mientras que los de Largo Caballero eran partidarios de ella. Fue una decisión difícil de tomar. Por un lado, los preparativos para un alzamiento no estaban lo suficientemente avanzados y se disponía de pocas armas y por otro lado, si ese momento no era aprovechado y la CEDA conseguía entrar en el gobierno, la oportunidad podía no volver a presentarse.

El recuerdo del aniquilamiento de los socialistas de Viena por Dollfuss estaba aún fresco en todas las mentes y Gil Robles era un discípulo de Dollfuss. Fueron a votación y una mayoría decisiva dio su apoyo a Largo Caballero. La Esquerra que controlaba la Generalidad, se mostró también dispuesta a izar el estandarte de la revuelta en Cataluña.

El 1º de octubre se reunieron las Cortes y el gobierno presentó la dimisión. Gil Robles pidió una mayoría de puestos para los suyos en el próximo gabinete. Los partidos de izquierda advirtieron al presidente de la República que si algún miembro de la CEDA entraba en el gobierno, verían en ese acto una declaración de guerra hacia ellos. Por el contrario, insistieron para que disolviera las Cortes. Después de larga vacilación, don Niceto eligió lo que le pareció ser el correcto camino constitucional autorizando a Lerroux para que formase un gobierno que debería incluir a tres miembros de la CEDA.

Correcto quizás, pero catastrófico en sus resultados si recordamos que todos los desastres que siguieron en España pueden ser adjudicados a esta fatal decisión. Los socialistas no aceptaron este compromiso y al día siguiente (5-X-1934) una huelga general de la UGT empezó por todo el país. Azaña y los otros miembros de los partidos republicanos, incluyendo hasta al conservador Miguel Maura, se disgustaron hasta tal punto con el presidente de la República, que declararon que no permanecerían por más tiempo en las Cortes ni volverían a tener relación personal con él.

El movimiento revolucionario que siguió, estalló simultáneamente en tres lugares diferentes: Barcelona, Madrid y la región minera de Asturias. En las otras provincias de España, en donde los socialistas eran lo suficientemente fuertes, hubo huelgas generales en las ciudades, pero sin acción violenta. Las regiones rurales se mantuvieron tranquilas porque la huelga de campesinos de junio las había agotado. Solamente en Extremadura se alzaron algunos yunteros bajo la dirección de Margarita Nelken, una socialista.

Barcelona

Empezaremos por describir lo que sucedió en Barcelona. La situación de Cataluña era extremadamente compleja en aquellos momentos. La Esquerra controlaba la Generalidad o gobierno catalán autónomo, pero estaba lejos de ser un cuerpo homogéneo. Podemos distinguir cuatro grupos separados dentro de ella:

    1. La pequeña burguesía republicana dirigida por Companys;
    2. Un grupo separatista, Estat Catalá, compuesto de jóvenes patriotas, dirigido por Dencás y Badía;
    3. El Partido Socialista Catalán, un pequeño grupo compuesto de trabajadores unidos estrechamente por el movimiento cooperativista;
    4. Los Rabassaires o partido de los campesinos.

Durante meses (después de la muerte de Maciá se había venido fraguando una lucha dentro de la Esquerra, entre esos grupos, que vino a polarizarse en Companys y en Dencás. El ala de Companys, que era mucho más numerosa que la de Dencás, estaba basada en la opinión de que los trabajadores, como la clase media, tenían simpatías catalanas y preferían la Esquerra a cualquier otro partido, ya fuese socialista o monárquico, que recibía órdenes de Madrid.

Tendió una mano a los anarquistas, creyendo que podría conseguir un modus vivendi con ellos. El Estat Catalá, por otro lado, era un movimiento joven fundado por Maciá y compuesto principalmente de trabajadores y aventureros sacados del mismo medio que los Sindicatos Libres, una docena de años antes, y con un violento antagonismo hacia los anarcosindicalistas. Tenía una pequeña organización militar, los Escamots, que vestían un uniforme verde.

Representaban al nacionalismo catalán en su forma más intransigente: de hecho era el fascismo catalán. A pesar de sus pequeñas dimensiones, había adquirido, en parte por su organización militar, una ascendencia temporal sobre los otros grupos de la Esquerra, viéndose Companys obligado a condescender a las exigencias de Dencás de que Cataluña debía aprovechar la primera oportunidad y romper con Madrid.

Negarse hubiera sido tanto como destruir el partido, Y, aunque lleno de escrúpulos y de dudas en cuanto a las posibilidades de éxito, creyó ser lo mejor conducir el movimiento hacia la propia independencia.

Lo absurdo de un alzamiento en Cataluña sin la ayuda de la CNT era más que evidente. Las únicas masas dispuestas a seguirlo en las cuales la Esquerra podía contar eran las de Alianza Obrera (los grupos marxistas y los sindicatos de oposición de Peiró), cuyo número en Barcelona era insignificante, y los rabassaires, cuyas fuerzas necesitaban varios días para llegar.

Companys obrando por sí mismo, hubiera persuadido probablemente a los anarcosindicalistas para que se sumaran al movimiento, pero Dencás y Badía, el jefe de la policía, se opusieron a ello rotundamente, antes de que pudiera suceder.

Los sindicatos de la CNT fueron cerrados y Dencás utilizó emisiones de radio diarias contra la FAI hasta el momento del alzamiento. Al mismo tiempo, las posibilidades de un éxito inmediato estaban de parte de los insurrectos. La Generalidad controlaba 3.400 escamots armados bajo las órdenes de Badía y 3.200 guardias de asalto que podían sumarse en caso de necesidad.

La guarnición contaba con 5.000 hombres de los cuales había muy pocos dispuestos a luchar. De hecho, el que mandaba estas fuerzas solo pudo contar con 500 dispuestos a batirse. La cuestión de un éxito final era otra cosa muy diferente: sin la ayuda de las masas, o sea de la CNT, no había posibilidades de triunfo.

A las 7,30 de la tarde, el 5 de octubre Companys, con voz débil y vacilante, proclamó desde el balcón de la Generalidad la independencia del Estado catalán dentro de una República Federal española. A continuación, los acontecimientos Se sucedieron muy rápidamente. Habían contado con las simpatías del comandante de la guarnición de Barcelona, el general Batet, que era catalán, pero este se mantuvo firme.

Poco después de las 10 de la noche, varias compañías de soldados salieron de sus cuarteles y pusieron sitio a la Generalidad. La artillería fue puesta en movimiento y hacia medianoche disparó algunos cañonazos. Antes del amanecer del día siguiente el edificio había sido tomado, Companys hecho prisionero y la lucha había terminado.

En lo más encarnizado de la lucha, Dencás no se movió de su despacho, negando a Companys la ayuda que le pedía. Cuando todo hubo terminado despidió a sus escamots, a quienes no les había permitido salir de sus cuarteles, y los envió cada cual a su casa, escapándose él por una alcantarilla y logrando pasar la frontera. Más tarde se refugió en Italia.

Aunque España es un país en donde las más extrañas combinaciones de cobardía y de fanatismo son posibles, la única explicación racional sobre la conducta de Dencás es la de que fue un agente provocador a sueldo de los monárquicos españoles. Después que el alzamiento hubo terminado, Gil Robles declaró en las Cortes que él había provocado deliberadamente tal alzamiento. Esta afirmación podría parecer una mera jactancia si la conducta de Dencás no viniera a confirmarla.

Madrid

Entre tanto, la huelga de la UGT seguía su curso por toda España, los mineros de Asturias se abrían camino hacia Oviedo y se luchaba en las calles de Madrid. La capital de España lo era también del socialismo, como asimismo el cuartel general de su ala revolucionaria. Largo Caballero dirigía personalmente las operaciones, pero todas las esperanzas se habían esfumado.

En vista de lo fuerte de las guarniciones que defendían las salidas de la capital era muy importante que los trabajadores hubiesen tenido armas en abundancia. La mayor parte de las armas destinadas a Madrid habían sido descubiertas y recogidas un mes antes en Asturias y las otras no habían llegado aún. Un plan para volar el ministerio de Gobernación no pudo ser llevado a efecto. El alzamiento de Madrid fue un fracaso completo.

Las armas empleadas en el alzamiento de octubre vinieron todas de los arsenales del gobierno. El envío principal había sido pedido por Echevarrieta, el conocido financiero vasco y amigo de Prieto, al Consorcio de Fábricas Militares en 1932. Nominalmente requeridas para Abisinia, las armas estaban destinadas a los revolucionarios portugueses. Fueron pagadas por él y entregadas en Cádiz.
Escondidas primeramente en Huelva fueron devueltas a Cádiz por miedo de que pudieran servir a los anarquistas. En 1934, con el permiso del ministro de la Guerra, un radical, fueron embarcadas en La Turquesa con rumbo hacia Burdeos. En el camino La Turquesa se detuvo frente a las costas asturianas y las desembarcó, pero la policía tuvo noticia de ello y se apoderó de una parte considerable, especialmente de cartuchos.
Esas armas estaban destinadas a Madrid, pero como los caminos que conducían hacia la capital estaban estrechamente guardados, lo que quedaba de ellas hubo de ser distribuido en Asturias. Consistían en 500 fusiles Mauser, 24 ametralladoras y algunos miles de granada de mano. Para compensar la pérdida de las municiones cogidas por la policía, todo un tren de municiones, partió del arsenal de Toledo con dirección a Asturias, conseguido por medio de falsificación de papeles, y las depositó allí.
El bulo de que las armas usadas en aquel alzamiento habían sido enviadas por Rusia fue una invención de los propagandistas de derechas, para uso en el extranjero. Como todos los periódicos de todas las tendencias publicaron, todas las armas recogidas por la policía llevaban la marca de la fábrica de Toledo.

Asturias

El fracaso de los alzamientos de Madrid y Barcelona fue vergonzoso, el de los mineros de Asturias fue épico, aterró a la burguesía y encendió a la clase trabajadora de España. Puede ser considerado como la primera batalla de la guerra civil. La situación en Asturias era la siguiente.

Los mineros y los metalúrgicos de Oviedo, Gijón y los otros pueblos y ciudades de alrededor formaban una veterana comunidad establecida desde hacía mucho tiempo y que estaba sindicada en la UGT y en la CNT desde 1912. Tenían sus instituciones culturales propias, sus periódicos y sus cooperativas y, aunque las condiciones en las minas eran malas, estaban bien pagados en relación con los demás trabajadores de España. Habían conquistado todas esas ventajas por medio de huelgas tenaces que habían desarrollado en ellos el espíritu de solidaridad. La gran mayoría pertenecía a la UGT.

No obstante, Gijón con su puerto y La Felguera con su fundición de hierro, pertenecían a la CNT. La rivalidad entre Oviedo y Gijón, entre Sama y La Felguera era la situación normal desde 1931. Los comunistas captaron, por entonces, uno de los sindicatos de la CNT y las dos viejas organizaciones se pusieron de acuerdo contra el intruso.

Esta nueva alianza fue facilitada por el hecho de que la CNT en Asturias estaba muy poco bajo el control de la FAI y de que Peiró era el que tenía más influencia. Ante el peligro comunista, la CNT en esta provincia debía aliarse con los sindicatos de oposición.

Por esta razón cuando se creó la Alianza Obrera, bajo los auspicios de Largo Caballero, la rama asturiana de la CNT se sumó a ella. Entonces, la política del Komintern cambió súbitamente, siguiendo las exigencias de la alianza francorusa, y el Partido Comunista, que hasta entonces había condenado todo contacto con los otros partidos, empezó a predicar la necesidad de un frente unido.

Pocos días antes del alzamiento de Asturias, el Partido Comunista dio su adhesión al mismo y la Alianza Obrera se convirtió en el Frente Único, prototipo del Frente Popular. Por primera vez todos los partidos y organizaciones de la clase trabajadora española estaban unidos.

El 5 de octubre empezó el alzamiento en Sama con el asalto a los cuarteles de la policía con garrotes y dinamita. El 6, los mineros empezaron a entrar en Oviedo. El 8, asaltaron la pequeña fábrica de armas de Trubia apoderándose de 30.000 rifles y numerosas ametralladoras. El 9, todo Oviedo había sido ocupado, salvo la catedral y el palacio del gobernador en el cual se había refugiado la pequeña guarnición compuesta de unos mil soldados y policías, a los que no se podría hacer desalojar sin el uso de la artillería. Todas las ciudades y pueblos de alrededor habían sido ocupados, excepto Gijón.

Entretanto, tres columnas se dirigían hacia Asturias desde el este, el oeste y el sur. El 7, una fuerza considerable de tropas moras Regulares y de la Legión Extranjera Tercio, enviadas urgentemente desde Marruecos, desembarcaban cerca de Gijón y se unían con la columna que venía del este. El 10, ocuparon Gijón. El 12, la columna principal que venía del oeste, bajo el mando del general López Ochoa, realizó la unión con las tropas moras y con los legionarios del coronel Yagüe en las afueras de Oviedo.

Siguieron tres días de severa lucha en las calles, pero el 17 era evidente que el alzamiento estaba vencido, y Belarmino Tomás, uno de los dirigentes mineros, se entrevistó con López Ochoa y concertó la rendición para el día siguiente. La única condición que impusieron fue la de que los destacamentos moros no fueran los primeros en entrar en los pueblos mineros. Así terminó aquella guerra desigual.

Desde el momento en que Barcelona había capitulado y que el alzamiento en Madrid fracasaba rotundamente, los mineros estaban perdidos forzosamente. Sus dirigentes habían conseguido mantener en pie el espíritu de lucha con boletines de información falsos y así, lucharon hasta lo último con un optimismo magnífico, en la creencia de que la revolución social estaba entre sus manos.

En La Felguera y en los barrios humildes de Gijón se proclamó el comunismo libertario con su acompañamiento invariable de abolición del dinero y de la propiedad y duró unas pocas horas. En todas partes el movimiento fue orientado por comités de trabajadores compuestos de cuatro socialistas, dos anarquistas y dos comunistas. En los pueblos se estableció el racionamiento y se confeccionaron bonos de alimentación.

Las pérdidas fueron serias; unos 3.000 muertos y 7.000 heridos, la mayoría de ellos trabajadores.

El alzamiento comprendió 70.000 trabajadores. De estos, 40.000 pertenecían a la UGT, 20.000 a la CNT y 9.000 eran comunistas. Según las estadisticas oficiales, menos de 300 de los muertos pertenecían a las fuerzas armadas.

En Oviedo, el centro de la ciudad, incluyendo la Universidad, quedó destruido, la catedral fue seriamente dañada y su capilla del siglo VIII, la Cámara Santa, que contenía un tesoro que databa de los siglos X y XI voló hecha añicos por la explosión de una mina. El fuego de artillería de los soldados y la dinamita de los mineros causaron estos destrozos.

La impresión producida en toda España por este alzamiento fue, naturalmente, tremenda. Uno de los efectos que menos podían esperarse fue la atroz campaña emprendida ferozmente por todos los periódicos de derechas.

Las más increíbles leyendas fueron contadas solemnemente dando testimonios de ellas Contaban que las monjas del convento del Colegio de las Adoratrices de Oviedo, habían sido violadas, que habían sacado los ojos a veinte hijos de policías en Trubia, que curas, frailes y niños habían sido quemados vivos y que el cura de Sama de Langreo había sido asesinado y colgado de un gancho con la siguiente inscripción colgada sobre el cadáver: Se vende carne de cerdo.

A pesar de que la más escrupulosa investigación por periodistas independientes y por diputados radicales, miembros del partido entonces en el poder, no reveló la menor huella de esos horrores y de que las fuertes sumas recaudadas para los veinte niños ciegos debieron ser destinadas a otros menesteres, ya que no se pudo encontrar a ninguno de tales niños, estas y otras leyendas continuaron siendo repetidas por la prensa de derechas durante muchos meses.

Aun siendo indulgentes ante la facilidad con que las clases altas españolas se sintieron dominadas por el pánico y ante el hecho de que el relato de esas atrocidades hacía una descarada propaganda pornográfica, lo menos que podemos pensar es que había una deliberada intención detrás de la negativa de la prensa de derechas a averiguar lo que hubiere de verdad en todo aquello. Deseaban producir una atmósfera de terrible venganza.

El Sol, el más importante de todos los periódicos liberales, hizo una investigación acerca de las atrocidades y no pudo hallar el menor vestigio le verdad en ninguna de ellas. Un diputado radical, la señora Clara Campoamor, que en 1937 publicó un libro en el que atacaba las matanzas en masa en Madrid, hizo una investigación similar con el mismo resultado.
La madre superiora del Colegio de las Adoratrices negó indignada que alguna de sus monjas hubiesen sido violadas: únicamente se les había hecho, afirmó la superiora, cuidar a los heridos. Otra evidencia de la falsedad de estas informaciones se encuentra en La revolución en Asturias, por un testigo imparcial (así se firma el autor), testigo más bien hostil que imparcial. Con todo, continuaron apareciendo libros para el deleite de la clase media, en los cuales se repetían las más fantásticas y horribles atrocidades sin ninguna prueba de su veracidad.
Debemos añadir, en esta ocasión, que habían aparecido libros similares para excitar los sentimientos de la clase trabajadora sobre los supuestos horrores perpetrados por frailes y monjas detrás de los muros de sus conventos. En cuanto a las verdaderas atrocidades de los mineros asturianos se redujeron al fusilamiento, a sangre fría, de una veintena de personas, todas del sexo masculino.
Catorce de estas fueron fusiladas en Turón, y entre ellas se estaban un cura y seis hermanos de las Escuelas Cristianas. Los mineros reaccionaban así la tentativa de implantar allí un nuevo sindicato según el modelo los sindicatos católicos austríacos. Algunas iglesias fueron quemadas. En la Felguera los anarquistas prendieron fuego a la iglesia y a todas sus imágenes, con gran ceremonia.
En Portugalete, los mismos se divirtieron de lo lindo quemando un museo de la Inquisición con todos sus instrumentos de tortura. En Bembibre, León, mineros de la UGT quemaron una iglesia pero espetaron una imagen del Sagrado Corazón porque estaba vestida de rojo, Cristo rojo, escribieron en un pedestal, no te haremos daño alguno por que tú eres de los nuestros.

La mayor parte de la lucha había sido sostenida por el Tercio y por los moros. No tenía precedentes el hecho de haber utilizado estas tropas en España. En 1931, poco antes de la caída de la Monarquía, se había traído de África un regimiento del Tercio, por deseo del rey, con el fin de sofocar el esperado alzamiento republicano.

Los del Tercio se desmandaron cometiendo toda clase de atropellos lo que motivó la protesta del comandante Ramón Franco, el aviador famoso por su travesía del Atlántico, que estaba indignado por la barbaridad que representaba la estancia de esas tropas en suelo español, y era precisamente el hermano del comandante Franco, el general Francisco Franco, quien habla ordenado su envío y su empleo para sofocar la revolución de Asturias.

El nuevo ministro de la Guerra, Diego Hidalgo, un miembro importante del Partido Radical, había llamado al futuro generalísimo a su despacho dos días antes. Pero, si el envío de la legión extranjera para combatir a los mineros chocó e indignó a la opinión pública , qué diremos del de los moros?

Durante ochocientos años el tema central de la historia de España había sido la cruzada contra los moros. Continuaban aún siendo enemigos hereditarios, los únicos enemigos contra los cuales han luchado siempre los ejércitos españoles. Su salvajismo en la guerra era bien conocido. Solamente doce años antes, los mismos rifeños hablan obligado a rendirse a todo un ejército español asesinando a todos los soldados exceptuando a los oficiales, por los que esperaban obtener rescate.

A pesar de ello, se les había traído en aquella ocasión para luchar en Asturias ese rincón sagrado sobre el cual no había brillado nunca la Media Luna. Por este solo acto demostraron las derechas españolas que ni tradición ni religión —las dos cosas por las cuales decían que luchaban— significaban nada para ellas. En el terror que les produjo la rebelión de 40.000 mineros mostraron que eran capaces de sacrificar todos sus principios.

Inmediatamente después de la rendición empezó la represión. El general López Ochoa, un hombre humanitario y masón, que había sido nombrado para mandar la expedición antes de que el general Franco ocupara su puesto en el Ministerio de la Guerra, quedó completamente anulado por las órdenes de dicho Ministerio. La suerte de las víctimas dependía de la Guardia civil y de la Legión extranjera.

Millares de detenciones fueron hechas y los prisioneros, excepto los asesinados en el camino, fueron llevados a los cuarteles de la policía en Oviedo. Una vez allí, fueron sacados y fusilados en serie. Los legionarios del coronel Yagüe y los moros habían liquidado ya, según su costumbre, a todos los prisioneros cogidos en el momento de la lucha.

Es imposible decir cuantos cayeron en las ejecuciones realizadas por los pelotones de la guardia civil. La policía española no es de corazón tierno y en aquel momento vengaban a sus compañeros caídos luchando ya que su tradición y reglamento les impide entregarse.

Se han hecho varios cálculos sobre el número de víctimas de la represión y todos ellos señalan millares. Pronto empezaron a circular rumores de hazañas mucho peores que las relatadas. Los mineros se habían hecho con grandes cantidades de armas y la mayoría de ellas no habían podido ser halladas. Era evidente que las habían enterrado en algún lugar. Para descubrir dónde, fue organizado por cierto jefe de policía llamado Doval todo un equipo de tortura.

Todas las invenciones de los peores campos de concentración alemanes fueron puestas en práctica. Que esto no es una fábula lo muestran las investigaciones hechas separadamente por Fernando de los Ríos, Álvarez del Vayo y Gordón Ordás, presentadas ante las Cortes con todos los detalles de nombres y firmas. El gobierno no quería admitir al principio que se cometían barbaridades, pero al fin tomó miedo, hizo dimitir a Doval que hubo de abandonar el país, y se opuso a nuevas ejecuciones.

Las torturas empleadas con más frecuencia fueron: retorcimiento del escroto; quemaduras de los órganos sexuales; estrujamiento de los dedos de manos y pies con pinzas y tenazas; rompimiento de las rodillas a martillazos; el tormento de la silla, fingimiento de ejecuciones, golpes a la víctima en presencia de madres, esposas y hermanas. Algunas de estas torturas dejaron marcas que se podían ver mucho tiempo después, Leah Manning reproduce varias informaciones en su libro.

Si la CEDA hubiese tenido el control del gobierno en aquellos momentos, es fácil adivinar lo que hubiera sucedido. Pero, no lo tenía. El mismo Gil Robles estaba un tanto en la obscuridad. En consecuencia, empezó una lucha silenciosa entre la CEDA de un lado y el presidente y los radicales del otro. Si la CEDA no obtenía el poder mientras el alzamiento minero estaba aún fresco en la memoria de las gentes, y las izquierdas se mantenían quietas y mudas, perdería una gran oportunidad.

La lucha tomó la forma de un debate sobre el destino reservado a los prisioneros. Había unos 40.000. Muchos habían sido detenidos por sospechas solamente. Los cargos contra ellos se habían perdido, y nadie sabía por qué continuaban detenidos.

Aparte el hacinamiento y falta de comodidad, los presos políticos en las prisiones del Estado no podían quejarse. Se les permitía pasear todo el tiempo que les placía. Sus familiares y amigos podían traerles comida y cigarrillos y tenían en la mayoría de los casos una biblioteca repleta de libros de Lenin y de Marx. Como los directores de las prisiones no sabían si los presos que se encontraban a su cargo estarían al cabo de poco tiempo a la cabeza del gobierno, trataban a los detenidos lo mejor que podían.
Los presos de la Cárcel Modelo de Madrid tenían una idea muy alta de lo que se les debía. Enviaron una lista con las siguientes peticiones: una lámpara de mesa para poder leer en cada celda junto con una radio y un sillón; debían procurarse mujeres para la limpieza y cada preso debía tener derecho a un baño diario. Si todo esto no se veía cumplido, romperían las hostilidades y prepararían la gran huida general revolucionaria.
En otras palabras, los presos mostraban un espíritu alto y sereno ante las terribles sentencias impuestas por los consejos de guerra. Pasaban el tiempo en lecturas y discusiones políticas y sociales y, como era de esperar, salían de las cárceles más revolucionarios de lo habían entrado.

Contra la mayoría de ellos no pudo haber evidencia alguna por falta de testigos. Los consejos de guerra iban lentamente aplicando las consabidas largas sentencias de encarcelamiento que todos sabían que no llegarían a cumplirse.

En aquellas circunstancias, a fines de marzo de 1935, la crisis esperada se produjo. González Peña, el diputado socialista por Oviedo, y diecinueve dirigentes mineros más habían sido condenados a muerte por el consejo de guerra. Gil Robles presionaba para obtener la ejecución, pero no consiguió que se realizara. La sentencia fue conmutada por el presidente de la República, por consejo de Lerroux, y los ministros de la CEDA, junto con los agrarios, dimitieron del gobierno.

Gil Robles había estado pidiendo, o bien unas elecciones, o que se le permitiese formar gobierno siendo otra vez frustrado en sus deseos. No obstante, los radicales no podían gobernar solos y en abril llegaron a un arreglo mucho más favorable para la CEDA. Se formó un gobierno en el que estaban Gil Robles y cuatro más de su partido, además de dos agrarios y tres radicales. Siendo los agrarios, más o menos, una rama de la CEDA, Gil Robles debió creer que estaba cerca de la meta de sus ambiciones.

Se esbozó un proyecto de reforma de la Constitución en el que se contenían cambios en las cláusulas anticlericales, una modificación de los estatutos de autonomía regional, la anulación de la ley de divorcio y de la cláusula de la Constitución que permitía al Estado la confiscación de las propiedades privadas pagando una compensación.

Pero, el gobierno no tenía poderes legales para modificar la Constitución antes de fines del año y no se podía creer que Gil Robles se contentaría por más tiempo con algo de tan reducidas proporciones como un régimen corporativo. El programa fue, por ende, algo así como una pieza de escaparate.

No obstante, todos pedían que se legislara algo positivo. El estado de miseria de las regiones campesinas era más grande que nunca. Había continuamente un millón, más o menos, de parados. Los salarios habían bajado, todas las casas del pueblo y los sindicatos estaban cerrados y los hacendados pagaban los salarios que querían y disponían de las rentas como mejor les placía.

El padre Gafo, uno de los dirigentes del movimiento sindicalista católico, insistió ante Gil Robles sobre la necesidad de hacer algo para frenar a los triunfantes terratenientes. Una pequeña concesión, decía, sería la ruina del Partido Socialista en Castilla. Gil Robles lo escuchó, pero sabía que su fuerza se basaba en el apoyo de los hacendados.

Un ministro de la CEDA, Jiménez Fernández, profesor de la Universidad de Sevilla y perteneciente a un pequeño grupo llamado agrarios populares, propuso un decreto para ayudar a los yunteros de Extremadura. Poseían yuntas de mulas y de bueyes pero no tierra; dependían enteramente de los grandes hacendados y estos habían decidido dejar una parte considerable de sus tierras sin cultivar. El decreto en cuestión fue desechado

Ante su invocación de las encíclicas papales en defensa de arrendamientos más durables, un diputado monárquico gritó: Si su señoría se propone apoderarse de nuestras tierras apoyándose en encíclicas, nos haremos cismáticos. Cuando en julio fue por fin puesto en vigor un proyecto de reforma agraria, era tan reaccionario que el mismo Jiménez Fernández declaró que no serviría para nada.

La ley más sensacional de este gobierno fue la ley de restricciones, una medida económica llevada a cabo por el independiente y enérgico ministro de Hacienda, Chapaprieta. Las finanzas del país habían declinado gravemente desde el relativamente saludable estado en que las había dejado el gobierno de Azaña.

Como primer paso hacia la introducción de un presupuesto, Chapaprieta propuso algunas severas restricciones en el servicio del gobierno. Las sinecuras, que habían aumentado grandemente durante el gobierno de los radicales, fueron abolidas una vez más y los empleados fueron obligados a trabajar las horas que les estaban asignadas, a ley fue aceptada, pero, como era de esperar, nunca fue puesta en ejecución.

Los partidos de derechas pasaron el verano en un estado de férvida exaltación. Desde los sucesos de Oviedo, la CEDA había aumentado grandemente su número de afiliados. Gil Robles se había convertido en una figura milagrosa, un führer, un maestro de la política maquiavelista de la que los jesuitas se dice que son tan partidarios y que los españoles de derechas ven a menudo como la más alta forma de un hombre de Estado.

Con consumada habilidad y previsión había provocado a los rojos a un alzamiento prematuro que los había arruinado, Con la misma habilidad quería conducir a la Iglesia y a los terratenientes hacia el triunfo, sin incurrir en los peligros de una guerra civil.

Era la táctica de las corridas de toros: provocar al animal a embestir una y otra vez hasta cansarlo y entonces darle la estocada. Había una larga tradición entre las clases gobernantes españolas de cómo hacer abortar una revolución, Verdaderamente este arte representaba para ellos la cumbre de la política.

Entretanto, el héroe estaba muy ocupado pronunciando discurso tras discurso En ellos exaltaba las virtudes y ventajas de la prudencia, de la paciencia, de las estratagemas y, sobre todo, de la táctica.

Esta palabra, la táctica, conduciría a los que le seguían a la cima anhelada desde la cual una vez más podrían poner el pie sobre el cuello de sus enemigos. No se cansaba de señalar que todos los acontecimientos del año anterior, durante el cual él había hecho un enorme progreso tortuoso, habían sido previstos y empujados por él.

Para aumentar su popularidad entre sus partidarios, raramente hablaba ahora sin insultar y desafiar a los del lado opuesto. Los republicanos, decía, eran asesinos, ladrones y criminales de la peor especie. Eran gente que tenían las manos manchadas de sangre de inocentes curas y niños.

Dejadnos ahora dijo en un mitin monstruo celebrado en Valencia en el mes de junio alzar los muros de nuestra ciudad y marchaos fuera de ellos, pues no sois dignos de deshonrar lo que estamos fortificando. Este era el lenguaje con que un ministro español, encargado de revisar la Constitución se dirigía a la mitad de España.

La izquierda se estaba recobrando entretanto de su dependencia. Largo Caballero, Azaña y Companys habían comparecido ante los tribunales aquel verano. Largo Caballero y Azaña fueron absueltos por no haber pruebas contra ellos. Largo Caballero, parece ser, había actuado con gran cuidado y durante la lucha en las calles de Madrid no se había movido de su casa. Azaña había sido detenido en Barcelona en el domicilio de un amigo.

Como se ha sabido después, había ido allí para disuadir a la Esquerra de cometer ninguna acción temeraria. Companys se ganó grandes simpatías. Aunque, como todo el mundo sabe, era opuesto al alzamiento, recabó para sí toda la responsabilidad y no acusó a nadie. Fue juzgado por el Tribunal de Garantías Constitucionales y sentenciado a treinta años de prisión que debían ser cumplidos en penal.

Las derechas habían jugado sus triunfos tan mal como les había sido posible. Por los fusilamientos de masas en Oviedo y por las indignantes torturas empleadas contra los prisioneros, se había creado por todo el país un movimiento de simpatía en favor de ellos y la ejecución de los dirigentes resultaba imposible.

Al mismo tiempo, las querellas entre los radicales y la CEDA, el incesante chismorreo de los ministros y la incapacidad de todos ellos para promulgar una legislación cualquiera, había disgustado a esa gran masa del pueblo cuya sumisión y simpatía no se había pronunciado ni por un lado ni por el otro.

La CEDA, que había detentado virtualmente el poder durante todo el verano, estaba haciendo una exhibición calamitosa de su debilidad e intransigencia. Los manejos políticos de Gil Robles ya no impresionaban nada más que a sus satélites. El resultado fue un resurgir repentino de la popularidad de las izquierdas.

Azaña, que había organizado los grupos republicanos de izquierda en un nuevo partido, Izquierda Republicana, organizó un mitin monstruo en Comillas, en los alrededores de Madrid. Fue el más grande de los mítines políticos que se había celebrado jamás en España. Cuatrocientas mil personas asistieron a él procedentes de todos los lugares de España y constituyó un triunfo sin precedentes.

Entre la clase trabajadora el entusiasmo y expectación eran más grandes que nunca, La rebelión de Asturias, que observada desde un punto de vista militar había sido un completo fracaso, gracias a la estupidez de las derechas se había convertido en un gran triunfo moral y político.

Todo el proletariado y los campesinos de España habían sido electrizados por el heroísmo de los mineros asturianos y rugían de indignación por la venganza tomada contra ellos. Los anarquistas supieron particularmente las consecuencias. Sentían envidia por el triunfo de los despreciados socialistas y vergüenza por la escasa participación que habían tenido en aquellos acontecimientos.

Pero, el hecho que más impresionó a todo el mundo sobre la rebelión de Asturias fue el siguiente: los mineros habían obtenido su triunfo inicial por que los tres partidos de la clase trabajadora habían luchado codo con codo. Su consigna había sido UHP (Uníos, hermanos proletarios). En adelante empezó a alzarse un clamor, que partía de las filas de la CNT y de la UGT, insistiendo en que los dirigentes de ambas organizaciones debían dejar a un lado sus pequeñas rivalidades y envidias y unirse para hacer la revolución. Fue este sentimiento el que antes de fin de año creó el Frente Popular.

Esta vuelta de la izquierda a la actividad no pasó inadvertida para Gil Robles. Aunque esperaba para antes de fin de año obtener el poder por medios políticos, no por eso descuidó los otros caminos. Muy significativamente había pedido y obtenido de Lerroux el Ministerio de la Guerra. Con el general Franco como su mano derecha estaba reorganizando el ejército y eliminando a todos los oficiales que pudieran tener tendencias izquierdistas.

Por entonces fueron cavadas las trincheras de la Sierra de Guadarrama, que dominaban todo Madrid, y que tan útiles demostraron ser para las tropas del general Mola durante la guerra civil. Gil Robles se mostró también ansioso de tener el control de la guardia civil, transferida desde el Ministerio de la Gobernación al Ministerio de la Guerra, para tener así todas las fuerzas armadas del país en sus manos.

Tanto Lerroux como el presidente de la República se opusieron a esto, pero en el nuevo gobierno formado en septiembre fue lo suficientemente hábil para reemplazar al ministro de Gobernación, Manuel Portela Valladares, un hombre de centro-izquierda, por otro más manejable para sus propósitos. El nuevo gobierno estuvo presidido por Chapaprieta, el independiente que había sido ministro de hacienda durante el verano. El objetivo inmediato era el de la aceptación de un presupuesto.

Pero, mientras él emprendía la difícil tarea ocurrió un acontecimiento que destruyó la coalición CEDA-Radical de una vez y para siempre. Este acontecimiento fue el famoso escándalo del estraperlo A algunos de los ministros radicales se les probó haber sido sobornados por un aventurero holandés quien deseaba, contra la ley, introducir en España una ruleta de nuevo tipo llamada estraperlo.

El hijo adoptivo de Lerroux estaba complicado en el asunto como asimismo Ricardo Samper que meses antes había sido jefe del gobierno y era evidente que el mismo Lerroux debía de estar al corriente de todo. Otro escándalo relacionado con la malversación de los fondos de las colonias salió a la luz al mismo tiempo.

La verdad es que los radicales eran los supervivientes de los viejos partidos de la Monarquía. Eran el único partido de la España republicana que no tenía ideas políticas; todo lo que deseaban era que el país siguiese su marcha pausadamente. Lerroux personalmente tenía una historia tenebrosa. Estos escándalos mostraron que en los críticos y peligrosos tiempos por que atravesaba España, un grupo de ministros y diputados estaban tranquilamente ocupados en llenarse los bolsillos, o quizás podríamos decir mejor, en pagar sus deudas, de juego.

La opinión española, aparte una pequeña clase de políticos aventureros, es intensamente sensible a semejantes cosas y el Partido Radical perdió todo su crédito en el país. La mayoría de sus ministros dimitieron.

Una razón de los frecuentes manejos y cambios de gobierno durantes aquellas Cortes fue la de que todo aquel que había sido ministro recibía una pensión vitalicia de 10.000 pesetas. En el espacio de dos años treinta y ocho miembros del partido Radical habían merecido la pensión.

El acontecimiento que derribó al gobierno fue diferente. Chapaprieta tuvo por fin su presupuesto preparado. Se anunciaban grandes economías; los funcionarios, del gobierno verían sus salarios reducidos del 10 al 15 por ciento y los nuevos gastos en educación suspendidos, atreviéndose el jefe de gobierno a imponer un pequeño impuesto a los terratenientes. Los derechos sucesorios subirían del 1 a 3,5 por ciento. El gobierno se dividió por esta causa, ya que la CEDA, bajo la presión de los hacendados, se negó a saber nada de la cuestión. Esto ocurría en diciembre de 1935.

El momento de Gil Robles parecía por fin llegado. Los radicales, se habían destruido a sí mismos. Seguramente que el presidente no les confiaría la tarea de formar gobierno. Su plan era este: una vez en el poder y consolidada su posición aprobarían un decreto pidiendo al presidente que disolviera las Cortes y convocara elecciones sobre la cuestión de la reforma de la Constitución.

El presidente de la República no se opondría y las elecciones se harían en el momento elegido por ellos. Alcalá Zamora, como católico sincero, deseaba también una reforma de la Constitución pero las conversaciones que había tenido en el verano anterior con Gil Robles le habían convencido de que este último deseaba acabar completamente con el gobierno parlamentario y sustituirlo por un Estado corporativo según el modelo austríaco.

Tenía también una ofensa personal Gil Robles, a pesar de todo lo diplomático que se creía, había cometido el error de tratar al presidente con altanería. Alcalá Zamora determinó, en su fuero interno, no darle nunca plenos poderes. En su opinión, lo más urgente era crear un nuevo partido de centro para que ocupara el puesto de los radicales.

Por esta razón puso las riendas del gobierno en manos de Portela Valladares, el dirigente de un pequeño grupo independiente, con la condición de que tan pronto como hubiese organizado sus fuerzas se convocarían elecciones. Había olvidado que la ley de elecciones no favorecía el triunfo de los partidos del centro, sino que acentuaba la inclinación normal del péndulo de un lado al opuesto.

Violentamente asaltado por las derechas y por las izquierdas (el furor de Gil Robles contra el presidente no tuvo límites) le fue imposible a Portela Valladares mantener una mayoría en las Cortes y el presidente de la República se vio, en consecuencia, obligado a firmar la orden de disolución de las mismas. El día de las elecciones fue fijado para el 16-II-1936.

R.B.: BRENAN, Gerald, El Laberinto Español, Editions Ruedo Ibérico, 1962, págs. 212-223.