La I República

La Riada

Figueras

Salmerón

Castelar

La Sociedad

Pi y Margall y su federalismo

Comunismo y cantonalismo

El repliegue de la clase media

La Riada

Alegoría de la Primera República Española.

Alegoría de la Primera República Española, aparecida en la revista "La Flaca".

Bien se echa de ver que la primera República fue un incidente histórico que vino a dilatar el proceso de cristalización en un nuevo Estado del poder social de la nueva oligarquía.

El conflicto entre las fuerzas conservadoras de la nación no había sido, en el reinado de Isabel II, sino la expresión de la discrepancia existente entre la escéptica y egoísta nueva clase directora y una monarquía semiteocrática que se resistía a dejarse moldear por ella. Pero claro está que el verdadero incidente perturbador no fue la República, sino aquel audaz golpe jesuítico por virtud del cual el carlismo, dado por muerto en las trincheras, se alzó con el mando en el Palacio.

El régimen republicano se impuso a la nación por unas cámaras de signo monárquico, elegidas monárquicas y compuestas por una inmensa mayoría monárquica. Esta inmensa mayoría monárquica votó por la República así que la abdicación de Amadeo colocó a la nación en el inesperado trance de tener que sustituirlo rápidamente sin probabilidad de encontrar una persona para el trono vacante.

¿Dónde hallar otro rey para España, si desde septiembre de 1868 hasta noviembre de 1870 se había comprobado, en aquella exploración diplomática de Prim por las cortes europeas, la enorme dificultad del empeño? Tenía, pues, incalculables inconvenientes lanzarse de nuevo a la busca de otro monarca, difícil de hallar, y aun hallado, la experiencia del joven rey italiano, que reinó poco más de dos años, no auguraba porvenir alguno a una nueva dinastía.

Los Borbones seguían excluidos del trono en la conciencia de la mayoría de la nación, caliente aún el repudio con que fue despedida Isabel II. Así nació la República, como mal menor, como último recurso, extinguidas las posibilidades monárquicas. La proclamaron los monárquicos, en resolución, porque era la salida más conservadora.

La clase media se resignó a la prueba. Esta fuera de duda que Martos recogía el sentimiento de diputados y senadores cuando declaraba.

que sin tomar la iniciativa de la proclamación de la República, los radicales todos la aceptaban y la votarían de buen grado.

Pero el hecho de que la primera República tuviera tan singular origen, no disminuía la importancia del ensayo, ni afectaba a la significación, por todos conceptos interesante, del periodo. Nuevas ideas, nuevos hombres, nuevos problemas se presentaban en la escena. Iluminada por la cruda luz del nuevo régimen, España se ofrecía a los ojos del mundo sin veladuras. Ni siquiera aquella sombra de monarquía que encarnó Amadeo, ni aquella sombra de gobierno, ni aquella sombra de parlamento existían ya.

Habían caído los últimos diques y la nación se desbordaba a sí misma. Las instituciones políticas son al fluir cotidiano de una nación lo que los cauces para los ríos. La revolución liberal levantó los bancales demasiado a flor de tierra, y no había ya nada que contuviera la riada. Las corrientes se dispersaban, tomando por grietas y desniveles, asolando las llanuras, anárquicamente en apariencia, pero, sin embargo, obedientes a las leyes de la naturaleza. Emergiendo de los cursos abandonados podían verse los cimientos, ahora al aire, de la España contemporánea.

¿Y había todavía quién pensara que sobre esos pilares cabía fundar un régimen de libertad parlamentaria?

Proclamación de la I República en el Congreso de los Diputados

Proclamación de la I República en el Congreso de los Diputados

La República había reunido las inevitables Cortes Constituyentes por sufragio universal, pero solo había acudido a las urnas una fracción del censo electoral. Las Cortes decidieron, sin demora, por 210 votos contra dos, que España fuera una República federal.

El acuerdo levantó protestas, porque los diputados no se habían ajustado al reglamento. Había republicanos unitarios que calificaban lo ocurrido como golpe de Estado. El programa del nuevo gobierno volvía sobre los viejos postulados. Solo que la República, máxima expresión de la soberanía popular, no podía conformarse con menos que la libertad plena del individuo, una libertad de falansterio.

Las Cortes iban a elaborar una Constitución federal, y Pi y Margall exponía ante ellas lo que pudiera ser, para comenzar, el esquema de las nuevas libertades: separación de la Iglesia y el Estado, enseñanza libre, reformas en Cuba, autonomías locales. Por lo demás, se sobreentendía que el español disfrutaría en aquel régimen todos los derechos que se habían anunciado en la Constituciones anteriores.

El proyecto de Constitución sometido al Parlamento en julio de 1873 se inspiraba en los anhelos federales. España quedaba dividida en diecisiete estados: Andalucía Alta, Andalucía Baja, Aragón, Asturias, Baleares, Canarias, Castilla la Nueva, Castilla la Vieja, Cataluña, Cuba, Extremadura, Galicia, Murcia, Navarra, Puerto Rico, Valencia y Vascongadas. A las Filipinas, Fernando Poo, Annobón y presidios africanos se les denominaba territorios.

Al jefe del Estado federal se le denominaba en la nueva Constitución poder coordinativo o armónico, y presidiría una nación constituida en municipios y estados regionales, con la Iglesia y el Estado separados y completa libertad de cultos.

La Constitución federal se quedó, sin embargo, en proyecto. No llegó ni a discutirse el título primero. La primera República se rigió, pues, hasta el final por la Constitución monárquica de 1869. Fue una república sin presidente, en realidad, encabezada por un jefe del poder ejecutivo.

El nuevo régimen estaba simbolizado en sus hombres, cuatro abogados y profesores filósofos. República platónica, concebida en sueños utópicos por una secta de filántropos. Cayó el gobierno de España en manos de Cicerón cuando España más necesitaba a César.

Figueras

Presidente de la I República 1819-1882

Biografía

Estanislao Figueras - Arturo Carretero y Sánchez

Estanislao Figueras por Arturo Carretero y Sánchez

El primer jefe del poder ejecutivo republicano fue don Estanislao Figueras, un catalán de carácter blando, diestro en el foro y buen polemista. Figueras debió su exaltación a la circunstancia negativa de que fuera el más gris de los cuatro personajes que se disputaban el puesto, y acaso también a su condición de jefe de la Unión Republicana. Compañero de despacho de Pi y Margall, su experiencia de abogado le sirvió de bien poco en la política. El mando le agobiaba. No estaba hecho a la acción. Le abrumaban, en fin, las responsabilidades, y se las sacudió de la manera más original que jamás se vio en el jefe de un Estado.

Escribió su dimisión, la remitió en sobre cerrado al vicepresidente del parlamento y tomó el tren de Francia. Así cesó el primer jefe del poder ejecutivo republicano. Había figurado al frente de la nación cuatro meses. No iba a durar tanto ninguno de sus sucesores.

Le reemplazó gustoso don Francisco Pi y Margall, uno de sus ministros, y de los cuatro presidentes, el de más fuerte personalidad, apóstol del federalismo, razones por las cuales aplazaré para más adelante un juicio sobe el hombre y sus ideas. Pi y Margall solo ocupó el alto sitial mes y medio.

Salmerón

Presidente de la I República 1838-1908

Biografía

Nicolas Salmeron - Federico de Madrazo

Nicolas Salmeron por Federico de Madrazo

A seguida tomó el timón de aquella nave sin rumbo don Nicolás Salmerón. Con este profesor de Filosofía, la República se disuelve, por su propio impulso demagógico, en un régimen policíaco. El gobierno no atiende más que al orden público, vive al día, preocupado únicamente de que no lo rebase la revuelta general.

Salmerón confía a generales monárquicos el restablecimiento del orden en el campo, llama a filas a ochenta mil reclutas —los republicanos venían a suprimir el servicio militar obligatorio— para la guerra contra el carlismo y los cantonalistas, y refuerza los efectivos de la Guardia Civil en proporción inusitada.

Solo un principio no sacrifica el profesor andaluz: el horror a la pena de muerte. Condenados a ser pasados por las armas ocho soldados del primer regimiento de artillería, en Barcelona, Salmerón consulta con su conciencia y prefiere dimitir.

En los tres meses de su mando enfrenó un tanto la anarquía, pero él, enemigo de la pena capital, condenó a muerte a la Revolución.

Castelar

Presidente de la I República 1832-1899

Biografía

Emilio Castelar - José Nin y Tudó

Emilio Castelar por José Nin y Tudó

Castelar, luego, inmola todos los principios en aras del orden. Apoyado en las fuerzas hostiles al nuevo régimen, ejerce una verdadera dictadura de septiembre a diciembre de 1873. Continúa con mayor energía la política iniciada por Salmerón, y pone término a la insurrección del proletariado andaluz.

Ello le levanta sobre sus predecesores como gobernante en el aprecio de las clases acomodadas. Pero, ¿qué queda ya de la República? La dictadura del profesor de Historia es la dictadura de los oligarcas, a los que sirve inconscientemente de instrumento, y no lo que debía haber sido: el régimen de acero contra cuantos estorbaban las reformas, altos y bajos.

La transformación del régimen republicano, del régimen de la libertad y la justicia tal y como las entendían los filántropos, en un sistema de rigor, indujo a los propios republicanos a destruirlo. El 3-I-1874 Castelar se presenta con su gobierno ante las Cortes a recabar la confianza. Todo el mundo sabe que si no la obtiene, Pavía, capitán general de Madrid, cerrará el parlamento manu militari y se erigirá en dictador. Sin embargo, los republicanos votan contra Castelar.

La República que once meses antes habían proclamado los monárquicos moría ahora por fría decisión de los republicanos, deliberadamente. Si el origen del régimen fue paradójico, no lo fue menos su fin.

Los cuatro insignes varones que desfilaron por las alturas del Estado en lo que duró la República no eran, probablemente, aventajados por nadie en honestidad personal, pero estaban muy lejos de poseer las facultades del estadista capaz de salvar al régimen. Eran el grupo director de la clase media avanzada, hombres de torre de marfil, que todo lo aprendieron en los libros. Habían visto triunfante en Francia la República y a la comuna dueña de París, y no poco les incitó todo ello a seguir, de nuevo, el rumbo marcado por la nación vecina.

Pero la estructura de la sociedad española no era la de la sociedad francesa. La Comuna de París fue un incidente que solo la derrota de Sedán hizo posible, y la República francesa se impuso como régimen de la clase media, la más robusta, tal vez, de Europa. Esta clase seguía siendo en España una secta, una clase sin independencia política, tributaria del proletariado o de la oligarquía territorial, según prefiriera.

La República española fue a la sociedad española lo que la Comuna de París a la sociedad francesa. La fuga de Amadeo fue nuestro Sedán, el suceso providencial que permitió el ensayo de un régimen en colisión con las fuerzas reales de la nación.

La primera República española vino, pues, a ser el régimen de nadie, y por eso murió sin pena ni gloria. En el número y calidad política de sus parciales tuvo todavía menos fortuna que la monarquía de Amadeo. La clase media avanzada constituía una fracción de la clase media general, que a su vez era solamente una parte minoritaria de la sociedad española. El progresismo no quería nada con la República, porque la clase media veía en el contenido social del régimen republicano una amenaza para la propiedad, y ella era, después de todo, una clase propietaria.

La oligarquía territorial asistía al ensayo con escándalo y temor. El carlismo presumía que la debilidad de la República garantizaba el éxito de un nuevo combate por el poder. Y el proletariado prefirió no aguardar a las reformas legislativas que tan largo se le fiaban.

La incompetencia de esta subsecta republicana se originaba, no solo en la ineptitud política de sus hombres, sino también en la disparidad de tendencias que contenía el débil republicanismo. Salmerón era unitario, Pi y Margall, federal; Castelar, posibilista, si eso era ser algo, y dentro del federalismo había los regionalistas y los cantonalistas.

No representaban los republicanos a ninguna clase; las tenían a todas enfrente. Sus jefes eran hombres de cátedra y de bufete, y no era casualidad que entre ellos no se hallara un hombre de negocios como Sagasta, o un comerciante como Mendizábal o un banquero como Sevillano; no era casualidad, era un síntoma.

La República, por ser el régimen de la clase media avanzada, prometía al proletariado pingües concesiones. Solo los republicanos tenían un programa de reformas sociales. Su periódico, La Igualdad, ya expresaba con su título un concepto grato a las masas sin propiedad.

El federalismo de Pi y Margall llegó a ser una doctrina popular merced a su vena anarquista. Pi y Margall es el padre del anarquismo español, y el interés social del primer ensayo republicano está vinculado a la figura de Pi y a sus ideas. Los demás personajes podrían ser confundidos con los liberales. No es este el caso del polígrafo catalán.

Vamos a ver ahora el lugar que Pi ocupa en el ensayo republicano, pero para ello es menester que volvamos a referirnos al problema de la propiedad.

La Sociedad

La observación de las fuerzas políticas de fin de siglo, la experiencia que se desprende de la revolución liberal y lo que conocemos de la economía nacional anterior y posterior a esa mudanza, permiten sentar la hipótesis, a falta de datos estadísticos serios, de que al cesar el movimiento de la propiedad territorial un porcentaje excepcionalmente alto, para Europa, de la población española carecía de propiedad.

Es decir, la inmensísima mayoría de los españoles pertenecían desde fines del s. XIX a esa clase sin propiedad que se conoce en la República romana con el apelativo genérico de proletariado; y en ella incluyo a los dueños de minifundio, a los propietarios pobres, sangrienta paradoja, cuya situación económica y civil es, en general, tan deplorable como la del campesino sin tierra, cuando no más desventajosa.

Este numerosísimo y agobiante proletariado español, campesino en sus nueve décimas partes, tenía el nivel de vida del cooli chino. Roma se defendía de su proletariado con las derramas o reparto de trigo; nada parecido había en España. La población sin tierra quedaba abandonada a la piedad de las estrellas, y el proletariado del minifundio, que se pagaba a sí mismo un salario miserable por una jornada sin fin, podía reconocer su propio destino, a diario, en el de la bestia de carga.

¿Había sido siempre así? Estas masas sin propiedad, inmensa mayoría nacional, ¿existían en el s. XVI, cuando España dominaba el mundo? Ciertamente, no. Este era un proletariado nuevo en sus tres cuartas partes, que ya existía en el s. XVIII, pero que en el s. XIX se había multiplicado. Era el proletariado nacido, en parte, del aniquilamiento de la economía popular, y en parte de la concentración de la propiedad territorial fomentada por la desamortización.

La masa de campesinos sin tierra no llegaba a sumar un millón al comenzar la centuria; ahora pasaba de los dos millones. Campesinos que vivían de un jornal, y que con los arrendatarios, que tampoco poseían una sola parcela propia, representaban aproximadamente el 53% de la población agraria.

Hasta el s. XIX España no desarrolló su agricultura, según dijimos al principio. La población rural era relativamente escasa, y aunque penosamente, se defendía, porque la vida económica del municipio era intensa. El complemento de los ingresos del pueblo agrícola estaba en los bienes comunales y de propios.

El sistema de la dehesa comunal —dice Oliveira Martins— a la que los vecindarios mandan a pastar su ganado y donde todos tienen, por lo menos, un puerco y un borrico, no fomenta la riqueza, pero regulariza su distribución y evita el proletariado. .

Pues bien, ese sistema que evitaba el proletariado quedó quebrantadísimo a lo largo de la centuria. Por otro lado, la población de España aumentó notablemente, y la nación, no pudiendo contar ya con los productos alimenticios, ni con el oro de América, se ponía a trabajar. Se inició la roturación del territorio yermo.

En 1803 había 2.900.000 ha. dedicadas al cultivo de granos; en 1833, 5.137.000 y a fines de siglo, 6.937.675.

Se creó entonces la nueva clase de expropiados, y paralela a ella la nueva clase de propietarios, como en lugar anterior apunté.

Días antes de constituirse las Cortes Constituyentes de la primera República, los republicanos hicieron público el programa social del nuevo gobierno. Estaba tan vivo aún en la conciencia popular el daño causado a los humildes por el despojo desamortizador, que los revolucionarios del 73 cifraban la revolución en una reversión a la economía anterior a las leyes desamortizadoras, y por consiguiente reclamaban:

    1. Revisión de la venta de bienes comunales y de propios; rescisión de las ventas ilegales, y devolución a los pueblos de sus bienes vendidos ilegalmente
    2. Propiedad colectiva de los montes, dehesas y pastos, bajo la inspección y vigilancia del municipio.
    3. Expropiación con indemnización de los propietarios de montes, dehesas y pastos, que habrán de convertirse en propiedad colectiva.

Pero la República liberal y parlamentaria, que comenzaba proclamando la soberanía nacional en una nación en que solo había una clase realmente soberana: la oligarquía territorial, reincidía en el viejo error de la clase media de abrumar con derechos políticos a los que no tenían tierra. El régimen republicano no podía, pues, hacer la revolución, ni tuvo tiempo de intentarla. Era, como los demás sistemas liberales, en España, un régimen demagógico. La libertad seguía devorando a la revolución, y no iba a ser esa la última desgraciada experiencia.

Ya tenemos cierta idea de la estructura de la sociedad española cuando adviene la primera república. ¿Podrá sorprendernos que aquel régimen pereciera asfixiado por el caos? En la cima de la sociedad, una minoría acaudalada, insignificante por su número, y entre esta minoría y la gran muchedumbre expropiada, una clase media sin vigor, asustada de la protesta social de las masas, como los grandes propietarios territoriales.

No había ninguna barrera moral entre el propietario opulento y el proletario desahuciado, a no ser la Guardia Civil, armada como para la guerra entre Estados. Y ocurrió lo inevitable: al amparo de la libertad, los pobres asesinaban a los ricos. La libertad absoluta, el reinado de la soberanía popular conducía a la anarquía.

El éxito del federalismo en el campo se explica porque era una doctrina social, pariente de la que había iluminado a los comunalistas de París. Pero hora es ya de que hablemos de Pi y Margall y de sus ideas.

Pi y Margall

Presidente de la I República 1824-1901

Biografía

Pi y Margall - José Sánchez Pescador

Pi y Margall por José Sánchez Pescador (Ateneo de Madrid)

Don Francisco Pi y Margall vio la luz en Barcelona cuando todavía estaba España ocupada por los franceses de Angulema. De origen muy modesto, fue, gracias a su voluntad de hierro, el autor de sí mismo. Joven estudioso, gran trabajador, pudo abrirse paso con los exiguos medios que le proporcionaba la enseñanza privada, que alternaba con sus estudios de Derecho y una desordenada lectura de carácter social: Robert Owen, Saint Simon, Proudhon.

Llegó a Madrid en 1847, un año antes que Figueras, al que le unió más tarde un fuerte lazo profesional y amistoso. Era un personaje menudo de cuerpo, de ojillos desvaídos, perdidos detrás de los lentes. Pulcro, puntilloso, sobremanera ordenado en su vida, siempre vestido de negro, enemigo de la violencia, filósofo panteísta, un amicus humani generis, que creía en la bondad ingénita del hombre, como sus inspiradores Rousseau y Proudhon.

Cuando los federales de El Ferrol se levantaron en armas, condenó el procedimiento. Decía que el federalismo debía implantarse de arriba a abajo, por un gobierno legalmente constituido, y que sus parciales estaban obligados a no adelantarse a la ley. Se resistía a emplear la fuerza. Por eso abandonó la jefatura del poder ejecutivo.

Bajo su mando ideal, España ardía por los cuatro costados. Pi quiso tomar medidas, pero a la hora de ordenar la represión la mano le temblaba. Estaba convencido de que las ideas tienen que producir enormes trastornos antes de prosperar, ¡y veía en aquel desorden infernal la confirmación de su punto de vista!

En el gobierno de Figueras aceptó la cartera de Gobernación, el puesto de la fuerza y el de los compromisos delicados. Quizás eligió este ministerio de la policía y las elecciones para poner a prueba su virtud. Allí estudiaba los expedientes línea a línea, burocrático como Felipe II, mientras la nación se desgarraba. Ponía muchos peros, y mandaba escribir de nuevo. Convocadas las elecciones para las Cortes Constituyentes, dirigió a los gobernadores una circular, en la que les amonestaba.

El gobierno desea que las futuras Cortes sean el reflejo de la opinión del país. Lejos de temer en ella la oposición, la desea, porque sabe que solo del choque de las ideas brota la luz, y solo por la discusión pueden depurarse los principios en que ha de descansar la organización de la República.

Sostuvo que prefería ver hundidas a la República y a la Federación antes que cometer un desliz adulterador del sufragio. Al dejar el ministerio reintegró, al céntimo, 130.000 reales que le habían confiado para usos secretos.

En el orden de las ideas, Pi pertenece al periodo en que él se forma intelectualmente, y ese es el momento en que todavía no se ha producido definitivamente la ruptura entre el socialismo de Marx y el de Bakunin. Época de confusión y de tanteos, amanecer de las nuevas ideas entre brumas.

Se llamaba a sí mismo socialista, socialista integral, creía en la necesidad de la revolución social como punto de partida para organizar a la sociedad sobre nuevos moldes de justicia y admitía el Estado, al cual quería que pasasen todas las industrias susceptibles de estatificación. Pero Pi y Margall era un discípulo de Proudhon y su federalismo era libertario, como el del autor de la Filosofía de la Miseria.

No poco influjo tuvo en la formación de Pi su estancia en París como emigrado. Se instaló en la capital francesa a poco de morir Proudhon, cuando las teorías del filósofo anarquista estaban más en boga. Tradujo al castellano Le Principe Federatif, de este autor y acabó de acrisolar sus ideas en este troquel, bien que no siguiera fielmente al maestro en el área social puramente anarquista. Lo que le atrajo de Proudhon fue, en primer lugar, el federalismo, que ya le cautivaba.

Porque Pi, aunque no lo confesara, era un patriota catalán, y como todos, muy sensible al tema regionalista, discutidísimo ya entonces, y era hasta cierto punto natural que le embargara el ánimo la doctrina de la partición de España en gran número de estados.

Por su propio sentido desintegrador, el federalismo de Pi tenía marcado carácter social. Así se comprende su éxito entre el proletariado. Las masas gemían bajo una autoridad de acero, y cuanto significara pulverización de esa autoridad, la del Estado, sería recibido con interés por el pueblo.

Un proletariado tan numeroso, casi todo él analfabeto, constituía excelente material humano para la utopía de Pi, en la cual se ofrecía, transformada en reivindicación política, la fe social de todo proletariado primitivo, fe que le lleva a concluir, como finalmente ha señalado Arturo Koestler, que basta con romper la cáscara para gozar el fruto.

Este federalismo anarquista contaba a su favor con las teorías de los escritores románticos, que, equivocando el diagnóstico, diputaban artificiosa la unidad nacional española; con la circunstancia no menos favorable de la ausencia de instituciones sólidas en España, y sobre todo, con la desesperada ignorancia de la muchedumbre. No era el federalismo integrador de Alexander Hamilton, la filosofía creadora de la gran nación norteamericana, sino el federalismo disgregador de Proudhon.

No se trataba, aplicado a España, de la integración de cierto número de estados en una armazón superior, a ejemplo de la organización de Suiza y los Estados Unidos, sino de la partición de uno. No se proponían los federales españoles constituir una nación, sino de hacer de una nación en crisis, varias. La misma palabra se empleaba con impropiedad, porque esta voz viene de la latina foedus, es decir, liga, y el federalismo que Pi ofrecía a España era desligador; desataba, no ataba.

Como era de esperar, una doctrina de disolución estatal como aquella, representaba, aunque Pi no se los propusiera, una revuelta contra el Estado. Y lo grave era, como pudo comprobar con su fracaso personal el propio Pi, que el movimiento federalista español, una vez iniciada su marcha, no podría detenerse en el regionalismo, sino que, lanzado por su inconsciente impulso libertario, iría acentuando la división del territorio, y subdividiría las regiones en cantones, los cantones en aldeas y las aldeas en tribus.

Era, fiel a su origen rusoniano, la vuelta a la naturaleza, la desaparición total del concepto del Estado, la realización del sueño anarquista. Ello equivalía, en rigor, a remontar la Historia. Porque la ley de la civilización había impuesto a España, como a todo el mundo, el proceso contrario.

La esencia anarquista del federalismo desintegrador se acusaba en todas las manifestaciones del movimiento. El lenguaje de los federales españoles era pura jerga anarquista. Los pactos sinalagmáticos, conmutativos, bilaterales que muy ingenuamente se trabaron entre distintas provincias, la definición de la República federal como República sinalagmática conmutada con la eminencia de la Justicia en la Humanidad y el puro motivo de su naturaleza en Dios, que hasta encuentra la síntesis fundamental del yo, merecen figurar en cualquiera antología de la literatura social utópica.

Las doctrinas anarquistas ganaron mucho terreno en la segunda mitad del s. XIX, y el fenómeno no tiene ningún secreto. Corresponde en Europa a la época de máxima explotación de las masas por el rampante capitalismo, un momento, nótese, anterior al establecimiento de la enseñanza general y los seguros sociales. La falta de escuelas y el exceso de injusticias hicieron del anarquismo la religión de los anonadados. El hombre natural, concepto central de esta filosofía, es el hombre liberado de la máquina, y del Estado industrial, el hombre en libertad selvática.

España era terreno abonado para todas las utopías, porque ni la miseria ni la ignorancia podían ser mayores. Así ocurría también en Rusia, y ello destruye la especie de que en la psicopatología del español, y no en las condiciones sociales en que se desenvuelve su vida, se oculta todo el misterio de nuestro individualismo político.

Justamente es el ruso uno de los pueblos más fáciles de gobernar, un pueblo que reverencia al estado con ostensible fetichismo. Si le genio nacional no hubiese sido vencido en Rusia por el peso de la miseria y la ignorancia no hubiera habido allí ni un solo anarquista. No veamos , pues, en el espíritu de independencia personal, en la hombría del español, un factor decisivo en la política. España fue unánime cuando no hubo discrepancias entre el Estado y la sociedad. Dejó de serlo luego que el Estado liberal pretendió imponerse a una sociedad sin clase media e inculta.

La ruptura del español con el Estado, con un centro, no es ni mucho menos sistemática en nuestra Historia. La tradición española es unitaria desde la monarquía visigoda. Si luego se quebró la coincidencia fue por agotamiento de las instituciones y no porque la unanimidad fatigara al pueblo.

Con la enseñanza obligatoria y las reformas sociales pasó en Europa la hora del anarquismo. Pero España se detuvo en ese instante. Ni cesó la explotación, ni se establecieron los seguros sociales, ni se extendió la ilustración.

Comunismo y cantonalismo

El federalismo de Pi se propagó como el incendio. La República pudo dominar a la postre, harto difícilmente, la insurrección en los campos. El proletariado de los pueblos proclamaba un comunismo primitivo, abolía la propiedad privada y salía a combatir por la República social. Málaga, Sevilla, Granada, Córdoba, Cartagena cayeron en poder del pueblo. En Sevilla la muchedumbre se adueñó del arsenal, suprimió la propiedad privada y señoreó la capital durante varios meses.

Salmerón envió contra los cantonalistas andaluces al general Pavía, y contra los de Cartagena a Martínez Campos, y costó a Pavía una semana someter al proletariado sevillano. Se proponía continuar la expedición contra Málaga, pero Salmerón se alarmó y le ordenó que regresara a Madrid. Había habido innumerables muertos. Luego Castelar tornó a enviar a Pavía contra Málaga y, al fin, se impuso la fuerza del Estado.

El foco cantonalista que dio más juego, como es sabido, fue el de Cartagena, justamente famoso por las hazañas de una fracción de la escuadra al mando de Contreras, un general sin práctica naval, que recorría la costa ametrallando a cuantas ciudades rehusaban el federalismo. Actuaba de numen en Cartagena el filólogo Roque García, que también lo aprendió todo en los libros, comparable a Contreras en entusiasta resolución, no desmentida ni cuando se dirigió a los Estados Unidos pidiendo ayuda para los cantonalistas, asediados impíamente por la República federal.

Coincidiendo con aquellas saturnales de la libertad, que devoraban a todo correr a los gobernantes republicanos, los carlistas catalanes avanzaban hasta Cuenca, don Carlos sitiaba por segunda vez Bilbao y Barcelona quedaba incomunicada con Madrid.

Acontecía lo que tenía que acontecer. Aparte la fácil resistencia que ofrecen los intereses amenazados en todo régimen de libertad, la revolución desde arriba dirigida desde el parlamento, tiene en contra a los mismos que se habrían de beneficiar con las reformas.

Porque la masa huérfana de propiedad busca a través del poder político la igualdad, impulso constante de los de abajo contra los de arriba. De ahí que el gobernante que destruye con mayor o menos amplitud la desigualdad se afianza en el poder, aun suprimiendo la libertad, pero quien funda la libertad sobre una gran desigualdad nacional gobierna poco tiempo.

Se ha pretendido que la propensión de las masas a convertir la libertad en libertinaje, según la expresión al uso, es un defecto específico del pueblo español, y el error proviene de ignorar que el pueblo, el de todos los tiempos y todos los países, no tiene el menor interés en conservar la libertad, que es, en general, un valor político ajeno a su metafísica y distanciado de sus preocupaciones.

En efecto, lo que le urge al pueblo conseguir es la igualdad. Y alguien ha escrito que el pueblo español no ha disfrutado de épocas largas de libertad

porque no se la han dado y porque cuando se la dieron no supo merecerla.R.B.: Gregorio Marañón, el Conde-Duque de Olivares, p. 196. Espasa-Calpe, Buenos Aires.

Esta es una afirmación arbitraria y superficial. Ya hizo notar Maquiavelo que La corrupción y la escasa aptitud para ser libres nacen de una gran desigualdad en el pueblo... y para restablecer la igualdad se necesitan remedios extraordinarios, siendo pocos los que saben o quieren practicarlos.

El repliegue de la clase media

Es lo cierto que la primera República sucumbió en el más desenfrenado desorden. El proletariado, que desde mediados de siglo venía agitándose contra el nuevo estado de la propiedad, abrazó, como hemos visto, el cantonalismo, y un oscuro comunismo, alarmando con su actitud a todos los propietarios, a los territoriales y a la clase media mercantil e industrial.

Había pasado la hora de la revolución liberal, y no porque no fuera ya necesaria —que lo es aún hoy—, sino porque la presencia del proletariado como clase independiente, con aspiraciones en apariencia distintas a las de la clase media, ponía fin a las actividades subversivas de esta clase.

Ya no volvería Sagasta a arriesgar su vida en las barricadas. La clase media iba a pactar con la oligarquía territorial. El proceso de acercamiento de ambas clases, iniciado en los días de Amadeo, si no antes, se precipitaba ahora estimulado por el caos republicano. Enfrente de la oligarquía territorial iba a quedar de manera sistemática en lo sucesivo solo la fracción radical de la clase media, la representada por Ruiz Zorrilla y los republicanos.

Se recordará que en la elecciones de septiembre de 1872, gobernando Ruiz Zorrilla, perdieron sus puestos en el parlamento Sagasta, Ríos Rosas, Cánovas y Alonso Martínez. El hecho es simbólico y vierte considerable luz sobre la transformación que entonces comienza a operarse en la relación de las fuerzas políticas. Los moderados de Sagasta aparecen envueltos con los representantes políticos de la nueva oligarquía en la repulsa de la clase media radical. Ya en las Cortes Constituyentes de 1869 se había podido advertir como el progresismo moderado coincidía con la gentes de la Unión Liberal y con Cánovas.

La consecuencia de mayor alcance de cuantas se desprendieron del ensayo republicano fue, pues, que la clase media se tornó conservadora como no lo había sido hasta entonces. El comunismo cantonalista, el desorden permanente, el intento disgregador del federalismo libertario, arrojaron a la clase media histórica, a los hombres de negocios, en brazos de la oligarquía territorial.

La Restauración será un pacto tácito primero, explícito después, entre todos los propietarios, interesados, antes que en otra cosa, en el reposo nacional. Lo que fue política de Cánovas iba a ser ahora, también, política de Sagasta. Esa alianza de dos clases con intereses opuestos que defender no tendría la solidez que tienen todos los contratos entre iguales.

Pero la burguesía española, cohibida ante el peligro proletario, ya no haría más que protestar. Cuando los comerciantes y los industriales decidieran luchar en la calle contra la oligarquía territorial monopolizadora del poder, sería coartados en su impulso subversivo por el temor de que el proletariado se apropiara el fruto de la revolución.

La República, en suma, acentuó el deseo de descanso en todos los sectores de la sociedad española que tenían algo que perder, cerró el ciclo revolucionario puramente liberal, y dio la victoria a la política de Cánovas. El balance, como en seguida comprobaremos, es trágico: España vence a la monarquía absoluta, pero pasa a ser dominada por una oligarquía absoluta.

R.B.: RAMOS-OLIVEIRA, Antonio, Historia de España, Compañía general de ediciones, 1950, México, Tomo I págs. 281-297.