El reinado de Amadeo de Saboya

Juan Prim
Práxedes Mateo Sagasta
Amadeo de Saboya

Juan Prim

Prim por Madrazo
Prim por Madrazo

El carlismo, que no pudo destronar a Isabel II con la guerra, arruinó a la corona por otros caminos. Al infiltrarse sinuosamente en la corte y constituirse en gabinete extraoficial presidido por el cardenal-arzobispo de Toledo y ex consejero de don Carlos, ya no desafiaba a los liberales en el campo de batalla, sino que llevaba la lucha a un terreno en el que para vencer al movimiento monástico-campesino se hacía indispensable derribar el trono de Isabel II.

La rebelión nacional contra el absolutismo ultramontano, agazapado en palacio, era ahora, en primer término, un alzamiento general contra la persona que antes había simbolizado el movimiento opuesto.

España vio un día con asombro que estaba regida por una teocracia, y expulsó a la reina que no supo o no pudo mantener la independencia civil de la institución. Lo que los carlistas no alcanzaron con las armas —destruir hasta los fundamentos las instituciones monárquicas, que dijo Fernando VII—, lo habían logrado silenciosamente con la táctica de la penetración pacífica.

Nada más natural que las fuerzas que en 1834 se aprestaron a salvar el trono le declararan ahora su hostilidad. La nueva oligarquía y cuantos vencieron al carlismo en 1839 no habían combatido para que Isabel II hiciera la política de don Carlos.

La situación quedó definida con elocuencia por el propio clero en aquel intento de llevarse a la augusta señora a las Vascongadas, sin duda para que comprobaran los carlistas más recalcitrantes que ya era de ellos. Uno a uno, todos los sectores liberales fueron abandonando a la reina, y con la dictadura esencialmente carlista de González Bravo el trono se vino abajo.

Esta fue la verdadera causa de la insurrección de septiembre de 1868, y no, como el vulgo supone, las pasiones íntimas de la reina, que a nadie escandalizaban, pues en ese género de flaquezas cada cual hacía lo que podía.

Para la nueva oligarquía, la infiltración del carlismo en el poder fue un serio contratiempo. O´Donnell se retiró a Francia para morir a poco, en 1867, pero Cánovas y sus amigos no cejaron hasta derribar aquella monarquía, insalvable obstáculo para la política de compromiso y el reposo nacional.

La conjura contra la monarquía de Isabel II tuvo carácter nacional, pero la revolución de septiembre fue dirigida por los progresistas, es decir, por la clase media. La oligarquía territorial había colaborado en la subversión, haciendo el vacío a la reina, dejándola sola con sus carlistas, y estimulando, con la pluma y palabras de sus hombres representativos, la acción de hostilidad al trono; mas la nueva situación creada al resultar victorioso el pronunciamiento del almirante Topete en Cádiz —con el cual se hallaban en persona Prim, Sagasta y Ruiz Zorrilla—, y al sufrir Novaliches días después la derrota del Puente de Alcolea, tenía por ejecutores a los progresistas o radicales, y ellos serían los que privaran durante la regencia de Serrano y el reinado de Amadeo de Saboya.

El partido progresista estaba acaudillado desde que Espartero se apartó de la actividad pública por el general Prim. Don Juan Prim había venido al mundo en Reus, en hogar mesocrático, en 1814.

A los veinte años se alistó en la milicia voluntaria contra los carlistas, y fue en la primera guerra carlista donde halló ocasión de iniciar una prodigiosa carrera militar. Al llegar la paz, ya era teniente coronel.

Hombre de acción, arrojado, tenaz, codicioso, Prim no aceptaba superior. Combatió a Espartero en 1839, y ello le valió su primer destierro. Tomó parte en la confabulación de generales progresistas que derribó al conde de Luchana en 1843. La reina gobernadora premió sus servicios a la dinastía con el condado de Reus y con las insignias de general.

Luego se opuso Prim al régimen de Narváez, y estuvo fuera de España —en Francia y en Inglaterra— hasta 1847. Cuando regresó fue designado capitán general de Puerto Rico y a continuación agregado militar en Turquía. Apoyó a O´Donnell en la situación que siguió al pronunciamiento de Vicálvaro, y el jefe de la Unión Liberal le ascendió a teniente general.

Ya conocemos su intervención en la guerra de Marruecos, y aquella acción en los Castillejos, tan afortunada para él, que con ella ganó el rango de héroe y el marquesado de ese nombre. También tenemos noticia de su expedición a México. A partir de 1866, Prim no cesó de conspirar contra Isabel II, dando golpes en falso, como los de Villarejo de Salvanés y Valencia, hasta que le acompañó la suerte en el pronunciamiento de septiembre de 1868.

Pues bien, este soldado de fortuna fue el sucesor del duque de la Victoria en la dirección política liberal. Pero Prim no era tan popular como Espartero. Hay que ver en él en 1868 el caudillo de la clase media. El conde de Reus había llegado a la política cuando el progresismo tenía por jefe al duque de la Victoria, y la autoeliminación de este coincidió con una mala época para el radicalismo, que vio cerradas las puertas del poder.

Con todo, Prim se había propuesto no morirse sin gobernar. Por eso constituyó un peligro para todos los gobiernos mientras fue un general de non, cuando cada bando político tenía su soldado. De ahí que pareciera más perturbador y más ambicioso que los otros generales y que lo emplearan fuera de España o lo desterraran.

Práxedes Mateo Sagasta

Sagasta por Ignacio Suárez
Sagasta por Ignacio Suárez

Si el inspirador de O´Donnell era Cánovas, don Juan Prim buscaba asesoramiento en don Práxedes Mateo Sagasta y don Manuel Ruiz Zorrilla, personajes de muy distinto temperamento. Mejor dotado para la política que Ruiz Zorrilla, Sagasta reclama ya nuestra atención, porque su figura es sobremanera representativa del núcleo liberal de mayor consideración a finales de siglo.

Nació en Torrecilla de Cameros, en la Rioja, en el seno de una familia liberal. Su padre había sufrido los rigores de la persecución absolutista. Amigo íntimo de la casa era Zurbano, el famoso guerrillero.

El padre de Sagasta tenía una tienda de coloniales en Logroño, y este negocio le permitió dar al hijo una carrera, la de ingeniero de caminos, que Práxedes siguió con lucimiento. Ya ingeniero, el joven Sagasta reingresó como profesor auxiliar en la escuela de su profesión, pero perdió el empleo por negarse a suscribir un papel de adhesión al trono.

Halló, sin embargo, un puesto en la compañía constructora del ferrocarril del Norte, de cuyo consejo de administración sería presidente al final de la centuria. En 1854 aparece empleado en la jefatura de Obras Públicas de Zamora, donde asume la dirección del partido progresista. Su carrera política comienza al ser elegido diputado para las Cortes de 1854. Actúa en Madrid de director de La Iberia más tarde, y cuando Prim se encarga de la jefatura del partido, Sagasta pasa a ser el secretario.

Director de La Iberia al morir Calvo Asensio, conspirador a las órdenes del inquieto marqués de los Castillejos, contra él recayó condena de muerte por los sucesos del cuartel de San Gil, en junio de 1866, pero logró burlar a sus perseguidores trasponiendo la frontera. Exiliado en París y en Londres, acompañante de Prim en el vapor que los llevó a Gibraltar, don Práxedes obtuvo su primer cargo político de responsabilidad al ser nombrado gobernador civil de Cádiz en septiembre de 1868, no más triunfar el pronunciamiento de la escuadra.

Por su hogar, el hogar del comerciante modesto, por su profesión, por sus ideas —masón, como el mayor número de las figuras liberales—, Sagasta era el político de la clase media española en aquella hora tardía de la revolución liberal, cuando la cuestión social transformaba la relación de las fuerzas políticas, y la clase media, harto endeble, iba a claudicar ante la poderosa oligarquía territorial.

Secuela del pronunciamiento victorioso fue en Madrid la constitución de una Junta popular en la que entraron todos los partidos adversos a Isabel II, incluso los que no participaron directamente en la insurrección. En el manifiesto de ese órgano provisional de poder no se aludía a la forma de gobierno.

El programa de la Junta, que, presidía, en una reaparición final, don Pascual Madoz, denunciaba las aspiraciones de la clase media. Se prometía a la nación el sufragio universal, libertad de cultos, de enseñanza, de prensa; derecho de reunión y asociación, descentralización, jurado, igualdad de todos los ciudadanos ante la ley, inviolabilidad de domicilio y abolición de la pena de muerte.

Luego que llegaron a Madrid los generales Serrano y Prim se constituyó un gabinete presidido por el primero, con Prim en Guerra, Topete en Marina y Sagasta en Gobernación. Era ese un gobierno de clase media, de progresistas.

En punto a las reivindicaciones liberales expuestas por la Junta, el ministerio apenas tenía que objetar. Pero subrayaba que no había que confundir el descrédito de la dinastía derribada con el principio monárquico.

Ante las elecciones para Cortes Constituyentes, los partidos de la situación lanzaron en noviembre un manifiesto, redactado por Sagasta, en el que se decía.

La forma monárquica es la que se impone con inevitable fuerza para consolidar la libertad y las exigencias de la revolución. La monarquía que vamos a votar es la que nace del derecho del pueblo expresado por el sufragio universal; la que simboliza la soberanía de la nación...; la que destruye radicalmente el derecho divino y la supremacía de una familia sobre el pueblo. Nuestra monarquía está rodeada de instituciones democráticas; por eso es una monarquía popular.

Esta monarquía popular con que soñaban los radicales era nada menos que la monarquía típica de la clase media, una monarquía a la holandesa, el régimen adecuado para una nación de clase media hegemónica, sin nobleza ni oligarquía territorial. Y no otra cosa se pretendería que fuese el reinado de Amadeo de Saboya.

En efecto, si Isabel II acabó siendo reina de los carlistas, y Alfonso XII sería luego el rey de la oligarquía y la nobleza territoriales, Amadeo era el rey de la clase media. La Constitución de 6-VI-1869, con sus postulados de la soberanía parlamentaria, sufragio universal, libertad de cultos, y todas las otras libertades, hubiera pasado por excelente instrumento de gobierno en cualquier país socialmente equilibrado, pero en España, donde la desigualdad social no podía ser más estridente, la Constitución del 69 y su pieza central, la monarquía limitada, eran demagógicas.

Estas instituciones sociales podrían sostenerse, como las de la Restauración, aunque con mayor esfuerzo, mediante el fraude. Pero ni esto le estaba consentido a la clase media española. Tal era su debilidad.

Amadeo de Saboya

No fue fácil encontrar rey para España. Decía Prim en las Cortes:

...En un país que se encuentra en este estado de incertidumbre; en un país que se está constituyendo, en que han pasado cosas como nosotros hemos visto: ayer una sangrienta revuelta en Cádiz, después otra en Málaga, luego otra verdadera batalla en Jerez; en un pueblo se degüella dentro de la Iglesia al gobernador civil; en otro se atropella al ayuntamiento; en un país donde pasan estas cosas, que si para nosotros significan poco, porque estamos acostumbrados a ellas y a otras mayores, cuando pasan la frontera se abultan de una manera extraordinaria, ¿que extraño es que todos los príncipes que pueden ser candidatos digan: ¿Quién va a meterse en un país semejante?.

Justamente, los sucesos sangrientos que citaba el marqués de los Castillejos auguraban mal fin para su ensayo de monarquía constitucional.

Amadeo de Saboya rey de España
Amadeo de Saboya por Carlos Luis de Ribera y Fieve

Las candidaturas del general Espartero, el príncipe Leopoldo de Hohenzollern-Sigmaringen, el duque de Montpensier, Fernando de Portugal y el príncipe Alfonso de Borbón, eran de muy diverso carácter y aglutinaban a diferentes grupos de poder político y económico.

Descartados otros candidatos, y no sin azares y peligros para España, recayó la elección en Amadeo de Saboya, un príncipe de veintiséis años, pero no falto de carácter, y conocedor de su oficio. El nuevo monarca llegaba con el designio de reinar atento a las pulsaciones de la nación. Pero no era el rey de la nación, ni siquiera el rey de su clase más fuerte.

Los hombres de la situación, los Sagasta y los Ruiz Zorrilla —Prim fue asesinado el mismo día en que embarcaba Amadeo en Spezia para España—, tenían que falsificar la voluntad nacional para que el régimen no pereciera no más nacer.

El primer parlamento del reinado contenía ya una oposición considerable por su número y por su calidad. Carlistas, republicanos y alfonsinos trabajaban en estrecha alianza contra la nueva monarquía. Sagasta produjo un alboroto nacional al poner al servicio de las candidaturas progresistas dos millones de reales de las cajas de su ministerio.

Y en elecciones posteriores, siendo jefe del gobierno Ruiz Zorrilla, el progresismo zorrillesco realizó el milagro de que solo aparecieran en las Cortes siete candidatos de la oposición. sagasta, Serrano, Ríos Rosas, Cánovas, Topete y Alonso Martínez se quedaron sin acta.

El sufragio universal era pues una ficción, Solo una pequeña parte del censo electoral acudía a las urnas. El retraimiento de las clases conservadoras, que así mostraban también su frialdad hacia el régimen, y el desden del proletariado por lo que no fuera agitación revolucionaria, junto a las maquinaciones electoreras de los gobiernos, obligados a servirse del poder sin freno ni discreción para allegarse la mayoría parlamentaria, ponían de manifiesto la artificiosidad de la Constitución.

Una monarquía de tan marcada impronta mesocrática solo podía interesar a la clase media. Pero los intereses de la clase media, tan elocuentemente defendidos en al Constitución, no eran los de la Iglesia, ni los de la oligarquía territorial, ni los del proletariado.

Cánovas había hecho gala de su excepcional talento político en los debates de las Constituyentes, pero se mantenía a distancia del régimen.

Dentro o fuera de las Cortes, el ex consejero de O´Donnell asistía, seguro del porvenir, al veloz desgaste del sistema y esperaba su hora. Cánovas sabía que aquella monarquía se hallaba en conflicto con la nación, y que sus hombres, que tan ingenuamente compraban mayorías parlamentarias, eran incapaces de resolver este conflicto.

La clase social que mandaba en España no era la que estaba en el gobierno, sino la nueva oligarquía, dueña del territorio; no la clase media del comercio y la industria, sino aquella otra, ahíta y estática, que anhelaba el orden y la quietud, y que él también conocía.

El rey italiano había sido impuesto en España en un momento de confusión, al amparo de una crisis, por la clase media, ¿Que instituciones —debía pensar Cánovas— cabe fundar con una dinastía nueva, sin conexión con el pasado, que nada evoca? Amadeo, fiel a su condición de monarca de la libertad, vestía con modestia y procedía con llaneza que restaban brillo a la corona.

Era un rey de chaqueta, un rey funcionario, el ideal monárquico, acaso, que don Clemente, el padre de Sagasta, confiaría a sus amigos en los ratos de solaz en su tienda de Logroño.

Los ministros de Amadeo eran hombres de la clase media. Ellos le habían traído, con ellos reinaba y solo con ellos podía gobernar. ¿Que aristócrata que se estimara se acercaría ahora al regio alcázar? La nobleza se complacía en zaherir a los reyes italianos. Un españolismo torpe e intemperante les salía al paso para que no olvidaran que eran extranjeros. El carlismo empuñaba de nuevo las armas. El proletariado tampoco se sentía atraído por un régimen insulso, que no prometía ninguna honda reforma.

Amadeo carecía, pues, de fuerzas reales en que apoyar su trono. ¿Y por qué iban a embarcarse las clases conservadoras en el sostenimiento del saboyano, que parecía incorruptible y que no se prestaría a cobijar la forma de gobierno oligárquica? No era Amadeo un rey accesible al compromiso, sobornable, como los que vendrían después. Por todo eso la nueva oligarquía le tenía en menos.

Dicho se está que aquella monarquía no podía durar. Su suerte, desde un principio, quedó unida a la del progresismo. Régimen de un partido inconfundiblemente minoritario, estaba abocado a sufrir las crisis del progresismo.

Al escindirse los radicales en dos grupos, el templado de Sagasta, y el avanzado de Ruiz Zorrilla, rompiendo hostilidades entre sí, ya no tuvo Amadeo instrumento de gobierno. Se llamó limitada la monarquía y nadie podía dudar que lo era cuando tan pronto se agotaban las posibilidades de encontrar una persona que se encargara, bajo aquel rey sin pretensiones, de formar un gabinete.

Pi y Margall, señaló entonces que: "la caída de Amadeo produjo escasa impresión en los que hasta entonces le habían defendido. Algunos, al otro día, eran ministros de la República (...) Es más digno de lástima que de censura. Nada hizo, pero nada le dejaron hacer".

La disolución del cuerpo de artillería por Ruiz Zorrilla fue el pretexto que eligió el saboyano para abdicar. Contrario a la medida, pero cumplidor escrupuloso de la Constitución, firmó el decreto y se volvió a Italia.

Era 11-II-1873. Reunidos el mismo día conjuntamente el Congreso y el Senado —contra lo que preceptuaba la Constitución— asumieron carácter de Asamblea Nacional y proclamaron la República por 258 votos contra 32.

R.B.: RAMOS-OLIVEIRA, Antonio, Historia de España, Compañía general de ediciones, 1950, México, Tomo I págs. 273-281.