La Constitución de Cádiz

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La ciudad liberal
La monarquía católica
El candor de los liberales

La ciudad liberal

La Revolución francesa fue esencialmente obra de hombres ociosos de inteligencia sobremanera cultivada, a quienes el proceso de educación académica había alejado todo lo posible de la vida campesina.Belloq. Estos hombres hablaban en nombre de una clase social, alejada también todo lo posible de la vida campesina de Europa por el proceso de la evolución económica; y esta clase social era la nobleza del comercio con dinero en el bolsillo, (Carlyle). Desvanecido el sangriento pandemónium revolucionario, la clase media tomó en Francia la dirección de los negocios públicos. El gobierno de la nación vino a manos de la burguesía, impaciente por desarrollar y multiplicar su riqueza.

España hace también su revolución francesa, es decir, su revolución burguesa... sin burguesía. Aquella nobleza del comercio, con poder para dar a Francia su santo y seña, no existía, como acabamos de ver, en la Península cuando las Cortes de Cádiz proclamaron el milagroso advenimiento de la soberanía nacional. Fuera de algunas ciudades del litoral, capitaneadas por Cádiz, España estaba totalmente huérfana de burguesía. La revolución española sería, pues, la revolución de Cádiz. Cádiz y una parte de los principios universales de la Enciclopedia, contra toda España.

Al amparo de la geografía, la revolución española se refugió en aquel lejano rincón meridional, el único lugar, con Barcelona, donde la revolución podía medrar y sostenerse dado el carácter mercantil de la ciudad. Por entonces, Cádiz incluso adelantaba en tráfico marítimo a Barcelona. Todavía el año 1832 entraron en aquel puerto setecientos veintiún buques, ciento sesenta y siete más que en el catalán.

Desde el comienzo de la pugna entre el liberalismo y la monarquía absoluta, Cádiz fue el baluarte de la libertad. En Cádiz se concibió y alumbró la Constitución. Cádiz organizó el levantamiento de Riego, y lo financió con los medios que aportaron algunos de sus hombres de negocios, entre los que figuraban don José Montero, probo e inquieto comerciante, y don Juan Álvarez y Méndez, Mendizábal para la Historia, principal de la casa Bertrán de Lis.

Cádiz se negó a admitir en 1812 un gobernador designado por la absolutista voluntad de Fernando VII, y se declaró en rebeldía. Cuando, un bienio después, toda España se abatió, cual un campo de espigas al soplo del viento, al paso de las impertinentes tropas de Angulema, Cádiz fue la última tronera del liberalismo en entregarse, y no sin dejar a salvo su honor.

Restablecido el absolutismo, el corazón liberal de Cádiz latía todavía, y un batallón de marina se creyó llamado a anunciar que aun había constitucionalistas en España. Veinte años después se levantó Narváez contra Espartero, y cayó Espartero, pero Cádiz estuvo en bloque junto a la revolución vencida. Tras otro lustro de angustia para los liberales, la ciudad gaditana, entreabierta la puerta parlamentaria, metió su equipo de diputados progresistas. para terminar, el almirante Topete anunció en 1868, en Cádiz, el derrumbamiento de la monarquía de Isabel II.

La revolución española sufrió su primer contratiempo serio en cuanto abandonó su cuna. Apenas instaladas las Cortes en Madrid murieron violentamente, manu militari. Para algunas ideas, como para los individuos enfermizos, hay cambios de atmósfera fatales.

La caricatura de la monarquía católica

Los hombres de la revolución española, los Martínez de la Rosa, los Alcalá Galiano, Los Toreno, los Muñoz Torrer, los Mendizábal, los Istúriz, los Argüelles, los Quintana, los Canga, los Flórez Estrada, los Lista eran los corifeos de un grupo, no de una clase social. El liberalismo español no era un movimiento, ni siquiera un partido; era una secta. A extramuros de Cádiz, Barcelona y otros —muy pocos— centros mercantiles estaba perdido. Y como corresponde a una secta, tuvo que refugiarse, no más nacer, en las sombras.

La historia del liberalismo español a lo largo de su sobresaltada vida es la historia en incalculable dimensión de las sociedades secretas y particularmente de la Masonería.

La tragedia del liberalismo español, que será la de la España contemporánea, se origina en definitiva en el hecho de que los liberales no llegaran a ser una clase social y tuvieran que acometer la reforma de España careciendo de fuerza en la nación. Pero lo primero —el no ser una clase social— no estaba en la voluntad de los liberales enmendarlo, y lo segundo —la reforma nacional— no convenía al interés urgente de España rehuirlo. He aquí el fondo dramático del conflicto que comienza en 1810.

Refiriéndose a la guerra contra los moriscos de Granada, Menéndez Pelayo se pregunta si era posible en la España del s. XVI la existencia del culto mahometano. Y se responde con razón, que no. Pues bien, tampoco era posible una monarquía absoluta española en la Europa del s. XIX.

La tradición solo puede salvarse mediante el compromiso de los viejos valores con la nueva edad. La pretensión de perpetuar literalmente el pasado, lo deshonra, porque aplicadas sus directivas a una sociedad que ha de insertarse en su época, y mantenidas sus normas de modo hierático en un medio que solo puede serles fiel con violencia suicida, lo que se crea no es un trasunto piadoso del pretérito que se intenta continuar, sino su repugnante caricatura.

La monarquía de Fernando VII fue, en efecto, una horrenda máscara mutilada de la monarquía católica del s. XVI.

Los enemigos que en España tenía el progreso —en primera línea la Iglesia— querían lo imposible. Sin advertir que el liberalismo español planteaba un problema de naturaleza exclusivamente política. Un dato que no debe sorprender, porque el liberalismo español, aunque contuviera media docena de volterianos en su seno, era católico al nacer. Repudiaba la Inquisición —como pronto la tendría que repudiar Fernando VII—, fundándose en el inteligente criterio de que había pasado su hora y por considerar que representaba un peligroso anacronismo incluso para la Iglesia. (Con todo, los liberales sustituyeron a la Inquisición con el Tribunal de Defensores de la Fe).

El liberalismo español encabezó su primera Constitución con un párrafo litúrgico: En el nombre de Dios Todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo, Autor y Supremo legislador de la sociedad... Y en el artículo 12 declaró que La Religión de la nación española es y será perpetuamente la Católica Apostólica Romana, única verdadera. La nación la protege por leyes sabias y justas y prohíbe el ejercicio de cualquier otra.

Además, las Cortes decretaron la obligatoriedad del imprimatur episcopal para todas las publicaciones de tema religioso; y, en fin, los diputados oían misa antes de comenzar las sesiones.

El candor de los liberales

Ni las Cortes de Cádiz ni la mayoría de sus hombres representativos habían dejado de ser católicos, y los que ya no lo eran tenían plena conciencia de su minoritarísimo y no hubieran osado hacer frente a la Iglesia católica en el terreno del dogma. Uno —escribe Oliveira Martins (Historia de la Civilización Ibérica. Madrid. Mundo Latino, p. 384— declama en las Cortes discursos aprendidos de memoria de la tribuna francesa, y a continuación se va a rezar devotamente el trisagio y siente piadoso horror a la Masonería.

Otro amontona textos sobre textos, pruebas sobre pruebas, para demostrar que ya en los siglos XI y XII los españoles eran liberales-parlamentarios, y que la revolución consiste en restablecer los cánones de los concilios de Toledo o de las imaginarias Cortes de Lamego. No pudo ser mayor el desorden, mas es imposible hallar mayor candidez ni mejor buena fe.

Quintana, autor de la oda Al Panteón de El Escorial, diatriba severa contra el fanatismo, incluyó, no obstante, en su plan de instrucción pública la enseñanza obligatoria de la religión en las escuelas. había que llevar, según ese documento, al espíritu de los alumnos los dogmas de la religión. Y todavía veinte años después, en la constitución de 1837, se estampó, con el asentimiento liberal, el exclusivismo religioso a favor de la Iglesia católica.

Se comprobaba en el s. XIX, como siempre, que solo la conducta de la Iglesia puede poner en peligro en España la religión. Muchas veces triunfará la revolución liberal en España, pero en ninguna victoria se dará, como en Francia, una Fiesta de la Razón, ni habrá ningún disipado Robespierre español que proclame la existencia de un Ser Supremo de su propia invención.

Porque la metafísica del español, aunque no le incapacite, como algunos pretenden, para desempeñar un papel decoroso en el actual tipo de civilización, sí parece oponerse a la creación espontánea de un sistema de ideas de base racionalista. Y a eso se debe, sin duda, que el español, en punto a religión, sea católico o no sea nada. Ya es significativo, que ni en el s. XIX haya logrado el protestantismo formar secta próspera en España, un hecho notable que indujo a Ángel Ganivet a pensar en la conveniencia de alquilar algunos protestantes y llevarlos a España para dotar a la Iglesia católica de lo que él creía oposición vivificadora.

Es innegable que en el entronque de las dos centurias, los que dieron cuño político a la voz liberal, sabían, a despecho de su pasión traductora, que la revolución española no podía ser, en lo espiritual, de igual hechura que la de Francia, ni debía resultar, en buena política, una subversión de principios tan sólidamente enraizados en la sociedad española que el solo intento de rozarlos comportaba un choque vidrioso con la nación.

La revolución de Cádiz pudiera haber sido la revolución de España, una revolución desde arriba, si en la otra margen de la sociedad española no acusaran las viejas instituciones decrepitud e ignorancia superlativas. Ello quebraba toda posibilidad de compromiso, al paso que hacía más inexcusable la transformación. Pero la ineptitud y el cerrilismo de nobles y clérigos abandonaba la obra de salvar a España —no se trataba de menos— a una secta impotente, que por sentirse hostigada cuando buscaba colaboración, se va a echar en brazos de los enemigos de su propia causa, empezando por el Ejército.

Con la Iglesia hostil a la revolución político-económica, cerrada a la banda contra todo ademán reformador, aquello que se inició en las Cortes de Cádiz con el mayor respeto para la religión, se iba a tornar pronto en penosa lucha, entre clericales y anticlericales. Porque el poder social de la Iglesia en España superaba al poder social de la Iglesia en Francia; y ya estaba visto que quien intentara destruir el antiguo régimen político-económico español habría de enfrentarse en primer lugar, no con los aristócratas, sino con el clero.

Y no habiendo clase media histórica en España, el grupo de reformadores encargado por veleidades de la Historia de llevar a cabo la revolución burguesa sin burgueses se convertía fatalmente en secta, y para desgracia de la revolución, en secta anticlerical. Su revolución difícilmente podía pasar de motín, y los revolucionarios terminarían, no colgando a los panaderos e incendiando los chateaux, como en Francia, sino asesinando a los frailes y pegando fuego a los conventos.

RAMOS-OLIVEIRA, Antonio, Historia de España, Compañía general de ediciones, 1950, México, Tomo II págs. 156-162.