Joaquín Costa

La conjunción republicano-socialista

Retrato de Joaquín Costa, obra de Manuel Compañy.
Retrato de Joaquín Costa, obra de Manuel Compañy.

Desde un principio se propuso el movimiento socialista recortar su personalidad y sustraerse a la confusión que reinaba en los partidos de la clase media. Los socialistas querían practicar una política de clase y acreditarse por sus propios medios. Recelaban de los republicanos, indisciplinados y faltos de combatividad.

Pero la oligarquía era formidable. Todas las fuerzas de oposición reunidas resultaban débiles frente al conglomerado gobernante. La realidad política pudo más que los programas de partido, y se impuso el sistema de coaliciones entre el proletariado y la clase media, como se había impuesto en Europa un siglo antes.

El primer ensayo se fraguó en la conjunción republicano-socialista de noviembre de 1909, fundada con objeto de emprender una campaña en favor de los grandes ideales de la libertad y en contra de la reacción. Era una alianza contra Maura y Cierva. Duró cuatro años. Los radicales de Lerroux la abandonaron mucho antes, a fines de 1910, cuando la coalición pensaba en serio derribar a al monarquía.

A los republicanos les parecía demasiado dinámico el socialismo, y así lo dijo Sol y Ortega al deshacerse la coalición, calificando de excesiva la actividad de los socialistas. Aparte las naturales divergencias entre antidinásticos y socialistas, existía grave discordia entre los republicanos, que estaban escindidos, como al cerrar la centuria, en grupos y capillitas.

La mayoría no creía posible la República y no pocos temían el cambio de régimen. Les bastaba a algunos con recordar el caos de la primera República para retroceder, temblorosos, ante la idea de otra experiencia semejante. Sobre los republicanos llovían, pues, denuestos, no solo de los socialistas, sino de prohombres del republicanismo, como don Benito Pérez Galdós y Joaquín Costa.

En 1903 se habían reunido las distintas fracciones en la Unión Republicana con promesa pública de trabajar eficazmente por la salvación de España, pero carecía el movimiento de entusiasmo y cohesión.

Había, con todo, un punto de injusticia en las agresiones verbales de que eran objeto los republicanos por parte de sus afines. El jefe de la Unión Republicana era Salmerón, quien asediado en una asamblea de dicho organismo, en julio de 1905 —se le pedían cuentas por no haber hecho todavía la revolución— respondió que la revolución es cosa santa que solo la pueden hacer los pueblos.

Estas palabras del caudillo supremo del movimiento de la clase media avanzada no estaban vacías de sentido. Salmerón y los más adalides republicanos, incluidos los censores Galdós y Costa, eran las cabezas visibles en la política de una clase media sin poder social.

Las únicas fuerzas políticas con quien podían contar en todo momento los republicanos eran los empleados modestos, la intelligentsia y los pequeños comerciantes, en la vanguardia de los cuales figuraban, por misteriosas razones de idiosincrasia profesional, los boticarios. Así ocurría desde los tiempos de Calvo Asensio, el farmacéutico director de La Iberia

Lo que había de burguesía auténtica estaba, no lo olvidemos, en las Vascongadas y en Cataluña. Fuera de Madrid, Bilbao, Valencia y Barcelona, la oligarquía cerealista y olivarera carecía de enemigo. Y por otra parte, ¿qué representaba de positivo la burguesía catalana, para la cual la revolución consistía en desmembrar a España? ¿O una gran burguesía industrial y financiera vascongada que había pactado con la oligarquía? ¿O una clase media agraria vascongada también que nada quería saber de cuánto acontecía allende el Ebro?

Esta era la cuestión: que la clase media española, sobre ser débil, estaba destruida como factor de empuje en la política nacional. Y aunque se hubiera unido, desde el gran capitalista al empleado, contra el enemigo histórico común, no habría crecido con eso.

España continuaba sin clase media. En 1914 constituían la población activa el 39,1% de los habitantes, signo inferior al europeo, que arrojaba una proporción de personas activas en las naciones burguesas oscilante entre el 42,7 y el 51,5%. Los españoles ocupados en el comercio y en los transportes sumaban solo el 4,2% de la población activa, contra el 7,4 en Italia, el 17,3 en Holanda y el 23% en Inglaterra. Tenía España aun una clase media ínfima, bucólica y asustadiza.

La revolución biológica, la revolución desde abajo, producida por una nueva clase social que pudiera codearse en fortuna con la aristocracia o que la sobrepujara en empuje económico y social, no podía tener efecto en España en el periodo que estudiamos, como no pudo hacerse en el siglo anterior.

La otra revolución, la revolución desde arriba, impuesta por una minoría burocrática y mercantil en conflicto con la sociedad se presentaba quimérica, pues en el supuesto de que la clase media avanzada se hubiera puesto a gobernar, se habría repetido el fracaso de 1873, porque esta clase no había aprendido nada y carecía de hombres de acción. De la oligarquía, por lo demás, no cabía esperar gesto capaz de salvar a la nación.

La política republicana era calamitosa y los jefes republicanos eran muy inferiores a las circunstancias, pero no hay que olvidar que expresaban fielmente en la política la psicología y las limitaciones de aquella clase media canija, doctrinaria y aldeana, dirigida por filósofos estoicos y por demagogos. Si hubiera dado estadistas tendrían que haber sido verdaderos genios para estar a la altura de las circunstancias, como se decía. Porque el problema nacional español era sobremodo complicado y excepcional.

No hubiera bastado el gobernante común, discreto y eficaz que triunfaba en una Europa organizada. Un Thiers, un Gambetta, no hubieran hecho probablemente nada en España. Los mejores jefes de la clase media española eran poca cosa en cuanto a estadistas, pero eran todavía más pequeños comparativamente, por relación con el formidable problema político.

El hecho de que la misma asamblea que quería juzgar a Salmerón por no haber realizado la revolución, le ratificara la confianza y le confirmara en la jefatura del republicanismo atestiguaba que no había sustituto posible. Y, sin embargo, esa tesis exculpatoria según la cual solo los pueblos pueden hacer la revolución no es completamente exacta. Esto nos lleva a considerar el valor del héroe político en la Historia, y tenemos que hacerlo porque la gran figura de Joaquín Costa pide el lugar que se merece en estas páginas.

Costa se atreve

Costa fue una excepción en la garrulería política y en el quintaesenciado puritanismo de la clase media de esta etapa crítica. Giner de los Ríos, Pablo Iglesias y Joaquín Costa, cada cual con su significación propia, eran los forjadores de la nueva España.

En este trío educador y revolucionario correspondió a Costa el papel más ecuménico y ambicioso. De los tres, solo él fracasó, y no por lo que perseguía era superior a su talento, sino por otras razones, la principal, quizás, su invalidez. Hombre de acción atado a una butaca, encadenado como otro Prometeo, su clarividencia añadía rigor a su inmovilidad. Se propuso hacer algo que se excedía a sus fuerzas físicas, pero no, ciertamente, a su temple moral.

Don Joaquín Costa Martínez (1846-1911) era de Monzón, un pueblecito del Alto Aragón. Primogénito de una familia de labradores humildes, estaba destinado por la naturaleza de las cosas a seguir al padre en la brega del campo. Su hogar era el arquetipo de los propietarios rurales pobres, inmensa legión del agro español, que solo superan en ingresos al bracero en unos cientos de pesetas al año.

Costa ardía desde niño en deseos de saber, y ello le incitó a buscar nuevos horizontes. Muy joven se reveló ya como hombre de acción y de grandes estudios. A los diecisiete años pasó a las órdenes de don Hilarión Rubio, arquitecto de Huesca, para quien trabajaba a cambio de mesa y lecho.

Costa fue peón albañil y jabonero. Por la noche preparaba el bachillerato, engullía cuantos libros encontraba, y escribía... Le apasionaba escribir. Enviaba artículos sobre agricultura a la prensa de la comarca. Comenzó a redactar un tratado sobre esta materia, que era una de sus vocaciones.

En 1867 escribió una Doctrina Cristiana y una Historia Sagrada. Marchó a París como obrero de la Exposición. Terminó el bachillerato. Se hizo maestro superior. Siempre sin salir de la miseria, que le daría enojosa escolta hasta muy tarde en su vida.

Costa escritor prolífico, carecía de dinero para comprar papel. No tenía ropa ni calzado en condiciones para andar por Madrid, adonde le llevaban sus estudios, que iba ampliando en fuerza de sacrificar con continuas peticiones de fondos a parientes y amigos. Visitaba a los personajes de la villa y corte en solicitud de apoyos legítimos y de trabajo. Entretanto lo estudiaba todo a fondo con pasión de erudito: Derecho, Historia, Etnología, Geografía, Botánica, Zoología, Mecánica, Matemáticas, etcétera. Su talento llamó pronto la atención en los círculos literarios y científicos de Madrid.

Pero el portentoso aragonés arrastraba una enfermedad congénita: padecía una miopatía primitiva progresiva. Su anatomía era la de un gigante con manos y pies de niño, pies diminutos y débiles, sobre los que apenas podía sostenerse. La enfermedad le venía de la rama materna, de los Martínez. La cabeza era prodigiosa por dentro, viril y noble por fuera. El padecimiento no le abrumaba todavía cuando comenzó a idear proyectos para la regeneración de España. Solo tenía atrofiado el brazo izquierdo.

Costa tardó en invadir el área política como militante. Su primera visión del problema español estaba dominada, como la de casi todos los regeneradores de la época, por la obsesión de la pedagogía social. Habría que unir —pensaba en 1869— al cura y al maestro en una misma función educativa del pueblo. Ante la República del 73 reaccionó malhumorado. Era de los que decían: No es eso. Los enconos personales entre los republicanos le contrariaban.

Censuraba la hostilidad que Salmerón mostraba por Castelar y admiraba a este como gobernante —entonces, no más tarde— por ser el más enérgico. Ya entonces pensaba Costa como caudillo de las clases neutras, como él llamaba siempre a la clase media. La forma de gobierno no le preocupaba. Su ideal era la revolución desde el poder realizada con pulso firme y sin contemplaciones.

En marzo d e1875 visitó a Salmerón, que le pareció un político desproporcionado para las circunstancias de nuestra política. Encontró al jefe republicano tan pesimista y escéptico como a Giner. Son buenos profilácticos —anotaba Costa— pero malos médicos, y médicos es lo que hace falta en la política de este siglo... El que no se sienta con fuerzas que se retire, como hacían los grandes capitanes de Roma en la guerra de Numancia: no faltaría un niño, un Escipión que dijera: Yo me atrevo.

Salmerón indicó a Costa que los aragoneses se habían distinguido siempre por su talento político. Costa estaba de acuerdo, y espero probárselo, primero, en mi discurso del doctorado (sobre la revolución española); segundo, en otra parte (¿en las Cortes, en el sillón de la dictadura?)

Joaquín Costa llevaba ya en el bolsillo sus planes de reforma. Se creía capaz de hacer lo que no podían o no sabían hacer los republicanos. Se atrevía. Era un hombre embriagado de virtud patriótica.

Su evolución había sido rápida del catolicismo al racionalismo. Reverenciaba como profesores a Giner y a Salmerón. Se hizo krausista y explicó derecho político e Historia de España en la Institución Libre de Enseñanza.

En 1888 ingresó en la carrera notarial; ejerció primero en Jaén y seis años después abrió protocolo en Madrid. Hasta 1890 había estudiado y observado y se estuvo orientando con un designio fijo. Ahora iba a lanzarse al combate.

En 1896 aceptó que le presentaran candidato para las Cortes , por Barbastro, como agrario. Todas las angustias de aquella clase media pordiosera, oprimida por la oligarquía, palpitaban en el programa y en los discursos electorales de Costa.

Aspiraba a ser el representante de las clases mercantiles y en torno a ellas pensaba congregar lo más sano de España, a todos los buenos patriotas, para hacer la revolución. A partir de ese momento dio principio, acaudillada por él, la rebelión de la clase media española, que analizamos en el capítulo anterior.

Pedía Costa en su campaña electoral que se abrieran mercados para la producción agrícola y especialmente el de Francia para los vinos, que se facilitase el crédito territorial, que se suspendiera la venta de bienes propios de los pueblos, que se estableciera el seguro de vida, socorros mutuos y cajas de retiro para labradores y braceros del campo y para menestrales y comerciantes en toda la nación, y que se atendiesen intensa y sostenidamente los intereses mercantiles de España. Quería, en fin, crear aquella nobleza de comercio que llevó a cabo la revolución en Europa, europeizar a España en lo económico.

Todo ello era un reto a la oligarquía, y Costa no reunió suficiente número de votos para ser diputado. Los caciques locales, al servicio de Cánovas unas veces y de Sagasta en esta ocasión, dieron el triunfo al candidato del gobierno, un fusionista.

El estadista aragonés no desfalleció, pero se enojó con los de su pueblo, que habían votado al sagastino. Lamentaba no poder ir al parlamento, donde quisiera contribuir a que la guerra de Cuba terminara pronto y decorosamente.

Auguró, con Pi y Margall, Pablo Iglesias y los hombres de la Institución el desastre colonial, y al perderse todo en el conflicto con los Estados Unidos acuñó su famosa frase Hay que echar doble llave al sepulcro del Cid. Era una expresión que quedaría, como su divisa: Escuela y despensa.

Costa aspiraba ahora a crear un partido nacional que fuese el órgano de la revolución, a base de las clases neutras. Inició la obra fundando la Cámara Agrícola del Alto Aragón y la Liga de Contribuyentes de Ribagorza. El 13-XI-1898 se dirigió con un brioso manifiesto a las cámaras agrícolas y comerciales, sindicatos, gremios, centros y círculos de labradores, industriales, comerciantes, etc., reclamando la urgente revolución desde el poder para salvar a España.

En febrero del año siguiente sus ideas granaron en al Asamblea de Zaragoza y nació la Liga Nacional de Productores. En enero de 1900 salió de otra asamblea de Valladolid la Unión Nacional. Costa estaba entregado ya al servicio de la nación, en una lucha mitológica con dificultades de todo linaje, y no era la menor la que se originaba en la debilidad de la clase media.

Creía que la solución estaba en unir a las clases económicas e intelectuales y ponerlas en el camino del franco y exclusivo patriotismo sin motes de partido, todo por la patria y para la patria. En marcha el movimiento, pedirían el poder a la corona, se formaría un gobierno de la clase media y comenzaría la regeneración nacional por el fomento de la producción y de la enseñanza.

El cardenal Cascajares simpatizaba con el esfuerzo de Costa y así se lo hizo saber en una carta alentadora. Influyó el ilustre eclesiástico cerca de la regente, que ofreció el poder a Costa con la condición que lo compartiera con Gamazo, es decir, con la oligarquía. Eso hubiera sido inutilizar al reformador y quizá se hizo con el propósito de corromperlo. Costa veía en Gamazo uno de los autores de la ruina de España, y rechazó, ofendido, la oferta.

Por mediación del Ateneo de Madrid abrió la información sobre Oligarquía y caciquismo como la forma actual de gobierno en España. Urgencia y modo de cambiarla. Fueron pocos, sin embargo, los que se atrevieron a colaborar, por las mismas razones que el autor no logró imponer cohesión a las clases neutras. ¿Quién osaba desafiar a la omnipotente oligarquía?

Su genio

El genio de Costa se manifiesta en el diagnóstico de los padecimientos nacionales, en la identificación histórica del sistema de gobierno imperante y en la clarísima percepción de la funesta vía en que se encarrilaba a España bajo la forma oligárquica de gobierno. Su visión era tanto más aguda cuanto que en aquel atontamiento nacional de principios de siglo se propendía por todos a considerar a España como un país constituido.

Este peligro no escapó a la percepción de Costa, y llamó la atención de los españoles sobre el hecho de que el país estaba atacado de un mal como el suyo. Se precisaba una política quirúrgica. La conducta de los republicanos le exasperaba porque actuaban como si nos hallásemos en un régimen de gobierno normal y regular, así como Bélgica o Inglaterra.

No estamos en situación —advertía— de poder aguardar evoluciones lentas, como si nos halláramos en condiciones normales y ordinarias; que si hemos de asegurar la existencia de la nación como nación independiente, si hemos de escapar a la suerte de China, de Turquía, de Portugal, tenemos que abreviar los trámites de la historia, dando un salto de cuatro siglos para alcanzar a los que nos han tomado la delantera y con los cuales nos es fuerza vivir.
La epopeya política de los Reyes Católicos —añadía el polígrafo aragonés— agotó su ciclo en poco más de cincuenta años: último cuarto del siglo XV y primero del XVI. Ahí puede decirse que acabó nuestro poder como órgano de progreso en la historia del mundo...
Por causas todavía no bien aquilatadas, la evolución del organismo nacional español se paralizó tan por completo, que se diría un sueño cataléptico, del cual ha vuelto al cuarto de siglo, como Don Quijote, para verse morir. Dos veces se ha intentado sacar a España de su inmovilidad y restituirla a la corriente de la civilización europea; la primera en tiempos de Carlos III; la segunda en tiempo de Isabel II.
Ambas tentativas fracasaron, desembocando la primera en la batalla de Trafalgar, y luego en el Congreso de Viena, en que España acabó de perder su rango de primera potencia, que todavía, por la ley del movimiento adquirido, conservaba, para pasar a la categoría de nación de segundo orden; y desenlazándose la segunda en la batalla de Cuba y en la conferencia hispanoyanqui de París, en que España ha acabado de perder su categoría de nación de segundo orden para descender al rango de tercera.R.B.: Oligarquía y caciquismo, pp. 70, 71.

La Segunda República es un intento de regeneración que termina en Guerra civil. La nación se desintegra. Ya no tiene rango de nación; ni de tercera ni de segunda. No cuenta

Los partidos españoles tendían a linearse según el modelo europeo y funcionaban con programas calcados de sus equivalentes fuera de España; y el riesgo estaba, de cierto, en que se ignorara que la vida de España se iba en una hemorragia que duraba ya más de un siglo.

Costa fracasó en su designio de cimentar un gran movimiento con un programa limitado y concretísimo de salvación urgente. Las clases neutras, como reiteradamente hemos visto, no existían como núcleos sociales independientes fuera de las cuatro grandes poblaciones. Los catalanes, más audaces por lo mismo que contaban con la clase media más fuerte de España, fueron demasiado lejos con la huelga de contribuyentes. Se puso de relieve la impotencia de las clases mercantiles.

Ahora ya sabe el gobierno —decía Costa— porque se lo han enseñado los de Barcelona y las cámaras, que la escopeta es de caña y el dueño del vozarrón de la venta, un enano; ya no tienen las clase neutras arma ninguna.

Nótese que estaba gobernando en Europa la burguesía, y en España aun no contaba con un solo representante en el gobierno, y en la política carecía de partido, pues los filósofos republicanos, obsesos con el anticlericalismo y otros trampantojos, se hallaban muy distantes de las inquietudes mercantiles. La burguesía catalana, luego unida en la Solidaridad catalana tenía representación en la política, pero aunque activa y bulliciosa, su voz no afectaba a las decisiones gubernamentales fuera del arancel.

Costa se propuso conseguir, no solo que se oyera a la clase media por conducto más eficaz que el de los partidos republicanos, sino que se la considerará como fuerza de gobierno. Y fracasó en todo. Fracasó, primero, porque estaba sometido a un suplicio físico; luego porque no había en España una burguesía vigorosa, y por último, porque faltaban hombres preparados que apreciaran como él la situación histórica real de la nación.

Costa vio el problema español en sus trascendentales proporciones y mientras pudo defenderse de su atrofia muscular no desesperó de ser el hombre llamado a dirigir el movimiento nacional que derrocara a la oligarquía.

Costa y Salmerón

En los primeros días de este siglo Costa no había perdido aún por completo la esperanza de que la propia oligarquía saliera un momento de su abyección y pusiera mano en las reformas más apremiantes. En caso contrario, soñaba con que los hombres y las partidos nuevos llegaran al poder por acción reflexiva y personal del poder moderador. Es decir, Costa quería que Alfonso XIII se convirtiera en el rey de la clase media. Pero esto era punto menos que imposible, por las razones que se enumeraron en páginas anteriores.

Por fin, el reformador aragonés ingresó en el republicanismo y con él sus parciales de la Cámara del Alto Aragón. Renunciando ya a formar el partido ideal llevó a la Unión Republicana su criterio de gobierno. Se daba perfecta cuenta de que España no podía ser una democracia fundada sobre el juego de los partidos. La primera experiencia republicana le enseñó que la libertad asfixiaba a la revolución. Entonces había comenzado a prepararse para gobernar y pensaba ejercer el poder a lo Cromwell, durante diez años siquiera, para curar de sus males a España.

Acabó odiando al parlamento y no por anarquismo, sino precisamente porque, bajo la oligarquía, lo estimaba una dictadura infame, burla del país, y bajo la revolución lo tenía por el mayor obstáculo para las reformas. Después de su derrota electoral de 1896 juró no sentarse en las Cámaras. En 1903 le designaron diputado por Madrid, Zaragoza y Gerona, pero no apareció en el Congreso. Le había dicho a Salmerón que no contaran con él para las Cortes.

Agradecía la atención, pero para mí —declaraba— eso de las elecciones y del parlamento son dos bromas infames contra el país, en que tengo el propósito de no colaborar, y que siento mucho no poder reprimir". Con su abstencionismo, sin embargo, Costa prestó indudablemente un gran servicio a la clase gobernante, Lo malo no era ir al parlamento, sino estimarlo como la última palabra en la ciencia del gobierno y no tener ideas ni programa que supusieran una alternativa más eficaz e inteligente para una nación cual la española.

Costa había puesto lo poco que le quedaba de fe política en un republicanismo rejuvenecido. Pero no se forjaba ilusiones. Veía pobre el movimiento y por esta razón aumentaba a sus ojos la importancia de la jefatura, que solo podía llenar un verdadero grande hombre, el héroe político. El se consideraba ya incapaz de serlo. La enfermedad lo tenía baldado. Mi fisiología y mi economía —ya que no diga también mi psicología— son incompatibles con eso, murmuraba.

Al constituirse la Unión Republicana, la asamblea otorgó a Salmerón poderes amplísimos de dictador. Si triunfaba la revolución y se proclamaba la República no habría más autoridad ni más decisión que la del jefe.

Sobre esta tragicomedia, que habría deleitado a Aristófanes, nos ha transmitido Ciges Aparicio lo que sigue:

Salmerón está dispuesto a preparar sigilosamente la revolución, pero hay algo en que no quiere reservase el secreto: el destino que dará al tesoro de la República, del cual piensa rendir cuentas a un consejo...
Esto le honra mucho como hombre íntegro, dice Costa a Goitia, pero le imposibilita como revolucionario.
... El mandato que le confirió la asamblea de marzo se representaba en la mente de Costa como una verdadera dictadura, tan alta y completa, que solo debía dar cuenta de sus poderes a Dios, mas no al pueblo, mientras realizaba su labor..
Esos escrúpulos de honradez —añadía Costa— matan la obra revolucionaria, y, por tanto, hemos votado una dictadura inútil, haciendo sacrificio de las ideas democráticas para llegar a una revolución que no se intentará siquiera por esos caminos.
Costa acabó de definir su concepción de la república en el mitin del Frontón Central, un mes más tarde. No quería un régimen de políticos que vivieran amarrados a su poltrona ministerial por el pelo de libertad, por el escrúpulo de la Constitución, por la música del habeas corpus...
Ya no podía ser el gran aragonés el Cromwell que un día quiso ser, ni el Escipión dispuesto a decir Yo me atrevo. Pero entendía que si caía la monarquía y los republicanos contaban con una figura excepcional, todavía se podía salvar a España. En el mitin del Frontón Central proclama su inquietud:
Y venimos en busca de tales hombres: un Thiers, un Gambetta, un Carnot, porque el redimir al español, el hacer la revolución desde arriba de que esa redención depende, pide sangre, mucha sangre; no sangre derramada en forma de sudor, de tributo, de suplicio o de cárcel a los gobernados; sangre brotada a raudales, a ríos, del corazón del gobernante, cual de otro Cristo en la cruz, para redimir al español, a la nación, a la raza...R.B.: Manuel Ciges Aparicio. Joaquín Costa. El gran fracasado. Espasa Calpe. Madrid.

¿Dependía todo, en verdad, de un hombre? No ofrecía duda a Costa que se necesitaba una gran cabeza directora, la que han tenido todos los movimientos revolucionarios victoriosos, unas veces en países con clase revolucionaria y otras en naciones con minoría o secta revolucionaria. En estas últimas, como en la España de Costa, es más inexcusable el líder superdotado.

No bastan la necesidad de la revolución ni la urgencia del cambio, ni siquiera el descontento nacional si no hay quien conduzca. El hombre es el complemento de la ocasión y si resulta exacto que, ausente la coyuntura, no puede revelarse el hombre, no lo es menos que en el mundo se han dado igualmente transformaciones producidas por un hombre o grupo de hombres aupados por una clase poderosa, y cambios radicales llevados a cabo en el volumen y en la relación de las clases sociales por la inteligencia, la voluntad y el esfuerzo de una minoría indispensable.

En este punto se ha tendido a simplificar el pensamiento de Joaquín Costa, y con motivo, porque lo que en suma proponía era la dictadura encarnada en un gran reformador. Pero en la exposición de esa idea, Costa apunta matices y reservas que precisa tener en cuenta para entenderle.

Recuerda que Stuart Mill admitía por excepción hasta la dictadura cuando como Solón o Pittaco, el dictador emplea el poder que se le ha confiado en derribar obstáculos que se alzan entre la nación y la libertad.

Para Costa, el régimen parlamentario ha de ser el punto de llegada, y no puede ser el camino. No se me oculta —agrega— cuán grande ha de ser la prevención con que sea acogido quienquiera que ponga en litigio la virtualidad de una institución por la cual España ha derramado tanta sangre y cuyo concepto nos hemos acostumbrado a identificar con el de libertad...
Lo que sí digo es que si no se sobrepone (a la preocupación parlamentaria), España no será nunca libre, no gozará una segunda juventud, no se regenerará jamás. Porque eso que toma por libertad es cabalmente el suelo donde se rehace y cobra fuerzas el Anteo de la oligarquía.
Para que España pueda ser nación parlamentaria mañana —continúa— tiene que renunciar a serlo hoy, arrojando de sí ese lastre maldito que la ha hecho naufragar, y con el cual está acabando de irse a pique; es preciso que se restituya al punto de partida para arrancar de nuevo tomando el camino derecho... El camino derecho, digo, porque el que tomaron nuestros padres no lo era: por eso, justamente, hemos desembocado en el abismo.
Llamado a puntualizar, aclara Costa: Yo no suprimo las funciones del cuerpo político nacional concentrándolas en un solo individuo, o en un triunvirato; yo conservo un parlamento independiente del supuesto dictador, instauro al lado de él un poder judicial más independiente que eso que así se llama ahora, que ni es independiente ni es poder, acentúo la personalidad del municipio, declarándolo soberano para todo los suyo... las magistraturas siguen todas funcionando: nada más el cirujano de hierro les sirve de complemento adjetivo conforme a la Constitución: hace que las leyes rijan, que la administración administre, que el gobernador gobierne, etc.R.B.: Oligarquía y caciquismo. p. 655.

España carecía de masa revolucionaria, porque el proletariado no tenía conciencia política ni estaba organizado, y la clase media seguía siendo una secta. Pero la revolución era una necesidad inaplazable.

La existencia misma de España dependía de que se hiciera la revolución sin demora, y en aquellas condiciones nacionales la presencia al frente de los oprimidos de un gran capitán político, o de varios, se excusaba menos que en otros pueblos. Porque hay naciones que no hacen su revolución y siguen viviendo. No están sanas, pero tampoco se hallan en guerra civil permanente ni en peligro de desintegrarse o de perder su independencia, como es el caso de España desde principios del siglo XIX.

La guerra civil española de los albores del siglo XIX había cambiado de carácter —ahora era, además, la lucha entre las regiones prósperas y Castilla—, pero a los efectos de la ruina nacional no había diferencia. Regiones como la vascongada y la catalana, que pasearon la bandera española en las Guerras carlistas, que lucharon por crear un nuevo Estado español, no importa con qué signo, caían velozmente en manos de partidos nacionalistas de novísima formación.

Donde pocos lustros antes se habían dado los más estentóreos vivas a España, y a la España antigua precisamente, se oían ahora los mueras a la antigua y a la nueva. La nación se disgregaba, moría como asociación moral —que no son otra cosa las naciones— a causa del desgobierno de la oligarquía.

Esta era la raíz de todos los problemas. La restauración de la oligarquía había dado estado de permanencia a la cuestión agraria, la cuestión agraria había impuesto el caciquismo y la corrupción política como norma de poder, y la corrupción política, junto con la brutal afirmación en la economía nacional de los intereses agrarios, había exaltado el hecho diferencial, hasta entonces subyacente y dormido, en las regiones del capitalismo y de clase media.

En tales condiciones la revolución no podía aplazarse sin riesgo de que llegara tarde. Se iba camino de que los republicanos, los liberales, los socialistas, no tuvieran país en que implantar la República, realizar el liberalismo o ensayar el socialismo.

Desunidos los partidos de la oposición y separados por ideales diversos, ¿quién podría garantizar que no desaparecería España antes de que al suyo se le ofreciera coyuntura de gobernar con hombres y programa propio? Costa tenía esta obsesión, la de la prisa en actuar, como si contemplara, con visión que faltaba a los demás, el proceso completo de la pérdida de España en nuestro tiempo.

Huérfana la nación de organizaciones mesocráticas y proletarias poderosas, no carecía, sin embargo, de gran número de sectores sojuzgados que recogidos en un movimiento nacional por un hombre de autoridad, con genio para la acción, se hubieran bastado para derribar a la oligarquía. Con menos medios, quizá, se hizo otro tanto en otros países.

Luego veremos como en 1917 se formó en España espontáneamente el bloque que pudo haber realizado quizá la revolución si hubiera habido el hombre que Costa buscaba en 1903. Entraron en aquel movimiento la burguesía, el Ejército y el proletariado, es decir, todas las víctimas del régimen oligárquico. Pero no prosperó, según diremos, porque los capitalistas catalanes, el Ejército y las clases mercantiles se espantaron de la anarquía.

En 1917 la burguesía española expresó con su deserción del intento revolucionario un temor que Costa quiso siempre desvanecer, primero, concretando la revolución en cierto número de medidas de interés común para todas las clases sociales oprimidas, y segundo, con la forma dictatorial de gobierno, garantía de que lo respetable sería respetado.

El héroe político de Costa había de tener, en suma, la misión de un César o un Cromwell: salvar a la nación mediante las reformas justas para ello, ni una más ni una menos, con una política que comprendiera la de todos los partidos y no perteneciese a ninguno, fiel a todas las ideas de la época y no embarazada por ninguna de modo exclusivo. Todo lo demás, para Costa, era perder el tiempo y coadyuvar a la disolución de España.

En 1904 el gran polígrafo estaba ya persuadido de que el movimiento republicano nada prometía, y se retiró, murmurando, a Graus. Por entonces se le fue agudizando el padecimiento y abandonó prácticamente la lucha política.

R.B.: RAMOS-OLIVEIRA, Antonio, Historia de España, Compañía general de ediciones, 1950, México, Tomo I págs. 392-408.