Napoleón en la Península

Índice

El misoneísmo español
La sociedad
Los afrancesados y el pueblo

El misoneísmo español

España no estaba en sazón, al alborear el siglo XIX, para recibir las ideas francesas, como se llamaba en Madrid, con juicio expresivo, a la filosofía política de la decimoctava centuria. La Península ofrecía violentísimo contraste con Francia y con las demás naciones progresivas. Francia tenía cuarenta y dos mil burgos, o centros urbanos de la clase media burguesa; España presentaba al curioso viajero ciento cincuenta ciudades, sin que llegaran a cuarenta las de más de diez mil almas; cuatro mil seiscientas villas, catorce mil quinientos lugares y feligresías, mil ochocientas aldeas, dos mil doscientas granjas, y novecientos treinta despoblados.

Misoneísmo: El español se declaraba misoneísta, refractario a todo lo nuevo, a cuanto tratara de sacudir su pereza mental. Naturalmente, quien no mostraba interés por las fábulas o la amena literatura —fuera del alcance de una población analfabeta— reaccionaba, desconfiado, contra disciplinas más complicadas, como la economía, tenida por peligrosa innovación.

Madrid, con menos de doscientos mil habitantes, era una modesta capital de provincia, corazón laxo de las Españas, domicilio de una bucólica nobleza territorial y lonja de tenderos y almacenistas de mediano pasar. Nada había en la capital de la monarquía española que pudiera compararse con la zona manufacturera del faubourg de San Antonio en París. En punto a la población general, Francia tenía veintisiete millones de habitantes y España diez millones y medio.

No era menos acusada la diferencia entre ambas naciones en el transcendental dominio de la ilustración. En la patria de Montesquieu aparecían en el periodo revolucionario treinta y tres periódicos, algunos, en provincias, como Le Courrier de Lyon, con setenta mil ejemplares de tirada. pero en España, donde la inmensa mayoría de la población carecía de instrucción elemental, la prensa, casi toda ella de corte parroquial, alimentaba la curiosidad de unos cuantos contertulios de casino, mas no influía sobre la masa popular.

Corto era también el número de copias que alcanzaban los libros en España, como correspondía al insólito atraso intelectual de la nación y al reducido número de sus habitantes. Un caso como el de Administation des Finances, obra de Nécker, de la cual se vendieron en Francia a fines del s. XVIII ochenta mil ejemplares en poco tiempo, era inconcebible para España en aquellos años, y lo sigue siendo hoy. El especializado tema del tratado y su prodigiosa difusión indican el enorme poder que ya gozaba la burguesía francesa en vísperas del cambio de régimen.

Del vigor de la clase media francesa es asimismo apunte curioso el episodio en que apareció envuelto Mirabeau en Marsella, abriendo un comercio de tejidos para congraciarse con el estado llano. Y un suceso tan significativo como el que se produjo en la feria de Beaucaire, cuando los comerciantes allí congregados se pronunciaron por el destronamiento de Luis XVI, estaba igualmente fuera de lo inimaginable en España.

En fin, Francia se había ido convirtiendo en una nación burguesa e ilustrada desde el reinado de Enrique IV, en el s. XVI, y España había seguido el rumbo opuesto. La ignorancia española se fue acentuando paralelamente a la decadencia nacional, y aunque en el s. XVIII, la monarquía filantrópica y sus políticos reformistas fomentaron por todos los medios la ilustración, los resultados prácticos no respondieron al esfuerzo realizado.

La sociedad española continuó envuelta en densas tinieblas, impenetrables al rayo de luz que sobre ella proyectaba una minoría ilustrada, afrancesada con exageración en sus ideas, su lenguaje y sus gustos. De esta minoría formaba parte un reducido sector de cada una de las clases privilegiadas: nobleza, clero y clase media. Era un estrato intelectual adherido débilmente al cuerpo general de la sociedad española, de la cual se despegaba. Entre la élite y el pueblo no había, contra el ejemplo de Francia, una clase burguesa o media. La intelectualidad española se representaba a sí misma y a nadie más.

Nada tiene de particular que cuando comenzó a funcionar en Zaragoza una cátedra de economía creada por la Sociedad de Amigos del País, surgiera enconada controversia, en la que contendieron, de un lado, la minoría ilustrada, y de otro, la nación. La gente saludó con burlas y epigramas el acontecimiento y se dividió en partidarios y en enemigos de la economía. La cosa fue tomada a broma justamente cuando se vendían en Francia con asombrosa rapidez obras financieras cuan la que hemos citado.

Lo que ocurría era que la profunda ignorancia había matado en el español la curiosidad. Ni sabía ni deseaba saber. Se hacía la guerra a cuanto pudiera obligar a pensar. El español se declaraba misoneísta, refractario a todo lo nuevo, a cuanto tratara de sacudir su pereza mental. Naturalmente, quien no mostraba interés por las fábulas o la amena literatura —fuera del alcance de una población analfabeta— reaccionaba, desconfiado, contra disciplinas más complicadas, como la economía, tenida por peligrosa innovación.

Además la economía política, como el resto de las nuevas ideas solo podía atraer a las personas que necesitaban hacer uso de esas ideas en su lucha por la vida o por el poder político. En una nación de comerciantes e industriales, los asuntos económicos despiertan, no ya curiosidad, sino apasionamiento, como pasa en Inglaterra. Pero en un pueblo como España, donde, como veremos a continuación, la última palabra de tales cuestiones la decía el pastor, la enseñanza de la ciencia económica provocaba la frívola hilaridad de una sociedad cuyos intereses estaban adecuadamente servidos por el Catecismo de la doctrina cristiana.

La sociedad

Al romper el s. XIX, la fuerza social de los ganaderos superaba en España a la de cualesquiera otros elementos de la riqueza nacional. Esto es, la ganadería seguía siendo factor de enorme consideración en la política española, y la agricultura, la industria y el comercio se hallaban supeditados socialmente al interés de los rebaños. Protegía a los tropeles trashumantes el Honrado Concejo de la Mesta, institución de muy antiguo origen —del siglo XIII— y rara prosapia.

Los privilegios de la ganadería, que Campomanes había mermado en la centuria anterior y que luego serían combatidos por las Cortes de Cádiz, perjudicaban sobremanera a la agricultura, por cuanto los campos y las cosechas estaban a merced de la libertad de movimientos de los ganados, y los labradores, cuyo poder político era todavía inferior al de la Mesta, según acabamos de decir se lamentaban en vano.

Tenía España veinticinco mil ganaderos y cien mil pastores, que debían de animar los melancólicos yermos con sus caramillos y sus zampoñas, a la manera arcádica, tan tiernamente recogida en las églogas de Garcilaso y en las de su imitador en este periodo, Meléndez Valdés.

La agricultura estaba detenida en un punto de escaso desarrollo. Agricultura del s. XV, agricultura del sistema de año y vez, cuando no de tres hojas, por falta de abonos materiales, del riego natural por las nubes; de las cinco o seis simientes de cosecha por cada una enterrada; agricultura del arado romano, del gañán analfabeto, del transporte a lomos por falta de caminos, de la rogativa por falta de riego artificial, del dinero al doce por ciento, de la bárbara contribución de consumos. (Joaquín Costa, Oligarquía y caciquismo como la forma actual de gobierno en España; Urgencia y modo de cambiarla. Publicado por la Sección de Ciencias Históricas del Ateneo, Madrid, 1902)

Según Cabarrús, en el reinado de Carlos IV (1788-1808) se dedicaban al cultivo ocho millones y medio de hectáreas. El déficit de la producción de cereales se cubría con la importación, que era alta por lo que atañe al trigo. La propiedad de la tierra se hallaba amortizada de modo predominante en el seno de las comunidades religiosas, la nobleza y los municipios. Flórez Estrada que los baldíos y bienes de manos muertas sumaban tanto casi como tres veces la propiedad individual.

Se contaban en el campo ochocientos mil jornaleros o braceros, hombres sin tierra, trescientos setenta mil labradores propietarios y medio millón de arrendatarios, la mayoría de los cuales llevaban tierras de las instituciones civiles y eclesiásticas mencionadas.

En general, los campesinos se desenvolvían en la miseria, paliada por lo que extraían de los bienes comunales, que eran las tierras y montes explotados en provecho común por los vecindarios. En toda España apenas había pequeños propietarios acomodados, ni medianos, salvo en Asturias, las Provincias Vascongadas y el Levante. Incluso en Cataluña existían innumerables baldíos, y los dueños del suelo cultivado vivían en las ciudades, como absentistas.

El número de nobles cabezas de familia con ejecutoria se elevaba a medio millón, uno por cada veintiún habitantes.

(Cifras del Censo de Floridablanca, de 1787, recogidas por Canga Argüelles en su Diccionario de Hacienda. Otros elementos de la población eran: 276.000 criados, o sea, uno por cada 37 habitantes; 140.000 vagabundos, o sea, uno por cada 70; 100.000 contrabandistas, o sea, uno por cada 100; 40.000 funcionarios de aduanas y 36.000 mendigos).

En las regiones de alguna actividad industrial y mercantil, como Cataluña y Valencia, el contingente nobiliario era de escasa monta; pero en las zonas de exclusiva economía territorial constituían insólita multitud. Y no hay que ver en ello testimonio incontestable, como se ha supuesto, de orgullo o desprecio al trabajo. El español compraba la hidalguía, que se vendía a bajo precio, así que se hallaba en posesión de algún dinero, porque a los nobles les estaban reservados los puestos de importancia en la burocracia oficial.

La prueba de nobleza, necesaria para ingresar en las carreras civiles y en las academias militares, constreñía, pues, a los españoles de alguna posibilidad económica a entrar en la clase que monopolizaba los medios de vida. Lo mismo sucedía en relación con la Iglesia: se estudiaba para cura, no siempre por vocación, a menudo para obtener un empleo. Precisa, por consiguiente, interpretar la existencia de la multitud de hidalgos como fruto de un sistema social cuyas raíces se prolongaban más allá del subsuelo de la psicología nacional.

No es que el español fuera congénitamente vago, sino que bajo aquel régimen de privilegios tenía que serlo; lo que se puso de manifiesto cuando cambió el régimen y en treinta años dobló España su producción de cereales, notable avance, para realizado con el arado romano.

De la producción productiva, solo una décima parte se dedicaba a la industria. Fábricas y talleres daban ocupación a ciento cincuenta mil maestros, cincuenta mil oficiales y trece mil aprendices. En el gremio de artesanos había doscientos mil maestros, cuarenta y dos mil oficiales y diecisiete mil aprendices. Se contaban veinticinco mil comerciantes, en general, tenderos. El número de personas dedicadas a la industria y al comercio era inferior al de nobles y eclesiásticos reunidos.

Y el comercio y la industria estaban en alta proporción en manos de extranjeros, de los cuales había treinta y cinco mil en Madrid y ocho mil en Cádiz. Había pocas carreteras y los caminos se hallaban en pésimo estado. Importantísimas ciudades del litoral, como Vigo, carecían de relación mercantil con el centro. El comercio de cabotaje estaba encomendado a barcos de bandera francesa, británica u holandesa. Toda la marina mercante de España se reducía a novecientas unidades de todas clases. Además, pocos eran los puertos dignos de tal nombre.

España exportaba materias primas —hierro, cobre, plomo, lana, seda— que le devolvían transformadas en manufacturas, las naciones industriales. la industria textil, aun siendo modesta, representaba el mayor foco de actividad, singularmente la algodonera en Cataluña y la sedera en Valencia. En Castilla había, dispersas, algunas fábricas de paños. En Andalucía se contaban quince ciudades que trabajaban los tejidos, en general la seda. La metalurgia predominaba en Vizcaya.

Pero toda la producción industrial española quedaba muy por debajo de las exigencias del mercado interior, a despecho del primitivo nivel de vida de la población. El español se había plegado a vivir sin industria, sin comercio y casi sin agricultura; se había hecho hidalgo, o soldado, o fraile, y había dejado el cuidado de su alimentación y vestido a los extranjeros, que para eso se les pedía que vinieran a España, o se les remitían los metales preciosos que llegaban, cada vez con menos frecuencia y en menor cantidad, de América.

La política financiera tradicional se continuaba bajo Carlos IV, quien todavía en 1807 contrató un empréstito en Holanda por veintitrés millones de florines a cuenta de las remesas de oro y plata ultramarinos. Solo en trigo invertía España ciento cuarenta y siete millones de pesetas, o sea, tres cuartas partes del valor de los caudales que arribaban ahora del Nuevo Mundo. El resto de los ingresos de toda clase procedentes de América se empleaba en la compra de productos manufacturados en el exterior, una porción de los cuales pasaba España a las Indias quedándose con una comisión.

País de pastores, junto a los pastores reales del rebaño señoreaban a la nación los metafóricos pastores de almas. El clero regular y secular comprendía a unos ciento ochenta mil individuos de uno y otro sexo.

Según el Censo de 1796 el personal de la Iglesia se distribuía en España del siguiente modo: Clero secular, 2.393 canónigos, 1.869 racioneros, 16.481 curas párrocos, 4.929 tenientes, 17.411 beneficiados, 18.669 ordenados, 9.088 ordenados de menores, 15.015 sacristanes y acólitos, 3.987 sirvientes y 1.416 ermitaños. Total: 91.258. Clero regular: Conventos de varones 2.051. Profesos, 38.422; novicios, 2.559; legos, 8.334; donados, 3.733; criados, 6.401; niños, 1.828. Conventos de hembras, 1.075. Profesas, 23.111; novicias, 896; señoras con vestido seglar, 603; niñas, 769; criadas, 4.366; donadas, 464; criados, 1.191. Total: 92.727.(Despoblación y Repoblación de España, p. 67).

Al decir de Cagas de Argüelles, en ninguna nación poseía el clero tanta riqueza como en España. El Catastro de 1766 a 1788 clasificó así las rentas de la Iglesia: de patrimonios, 41.910.000 reales; por casas, 13.241.000; por tierras, 212.764.700; por ganados, 21.165.440, y por salarios fijos, 10.735.200 reales

Los afrancesados y el pueblo

La falta de burguesía y el omnímodo influjo social que disfrutaba la Iglesia fueron las causas principales del fracaso de Napoleón en la Península. En las grandes naciones de Europa, excepto en Rusia, el pueblo no seguía ya a ojos cerrados a la nobleza y al clero, que en la práctica habían sido reemplazados en la dirección moral de la sociedad por el elemento ilustrado del tercer estado. Por eso las masas se identificaban espiritualmente con la clase media, y colaboraban con ella en la revolución, o no resistían a los ejércitos de Bonaparte.

La subversión francesa, al abrirse paso en Europa con las armas solo encontró un obstáculo: los soldados mercenarios torpemente acaudillados por la nobleza de los estados feudales agonizantes. Le bastó a Napoleón con las victorias marciales para conquistar, en cada caso, a la nación entera. Holanda se rindió sin contrariedad a los franceses en Dumouriez y se defendió cuando los ingleses a las órdenes del conde de Chattan trataron de atacar a Francia, esto es, a la revolución en suelo holandés; Holanda, que era una nación burguesa, frustró la intervención británica y con ello proclamó que no simpatizaba con ningún Wellington.

El general Custine ocupó Metz donde había demócratas alemanes, sin disparar un solo tiro. Montesquiou tomó a Saboya, también sin encontrar resistencia. Italia abrió sus brazos al héroe de Tolón en Lodi. En Austerlitz cayó Austria. En Jena se entregó Prusia. En rigor, todo cuanto separaba socialmente a la Revolución francesa de las naciones europeas que todavía vivían bajo l´ancient régime estaba en aquellas líneas de tropas que combatieron, primero contra la Convención y luego contra Napoleón.

Humillados los ejércitos enemigos, cesaba la oposición a Francia. Incluso en Prusia estuvo bien visto Bonaparte por el pueblo, que no se hubiera sublevado, si los soldados invasores se hubiesen conducido menos escandalosamente. Pero en la Península aguardaba a Napoleón muy distinta experiencia. La nación se levantó en bloque contra el tirano. El pueblo español se representaba a Napoleón como enemigo en todos los órdenes: en el patriótico, en el religioso, en el político.

pero no ofrece duda que con lo poco que había de clase media, Napoleón podía haber llegado en España a un compromiso; y no era otra la política de los afrancesados, que apoyaron al rey intruso, José, hermano de Napoleón, y defendieron sus ideas en la Gaceta de Madrid, la Gaceta de Málaga, la Gaceta de Sevilla, El Diario del Gobierno de Cataluña y Barcelona, El Imparcial, de Madrid, y El Diario de Madrid

Los afrancesados que se atrevieron a declarar sus ideas fueron una minoría dentro de la minoría ilustrada, porque la exaltación popular contra los franceses atemorizó a muchos. El pueblo y el clero lo eran todo en la nación, y enfrentarse contra la nación acarreaba peligros personales. Por esa y otras razones —entre ellas la nerviosidad de los franceses, que se veían rodeados de enemigos e hicieron enseguida uso de las armas contra las poblaciones civiles—, una parte sobremanera lúcida del sector progresista español dirigió la revolución contra José, cuya política coincidía, en general, con la de la intelligentsia

La causa antifrancesa tuvo, por tanto, decididos y valiosos adalides en intelectuales que pensaban como los invasores: Jovellanos, Quintana, Flórez Estrada, Martínez de la Rosa, el conde de Toreno, y el genial Goya.

El furor con que España se puso en pie y la vehemencia con que acometió a los franceses —a todos, incluso a los que residían de antiguo en la Península—, se explican por la singular circunstancia de que el pueblo solo recibía inspiración de las viejas clases directoras, en primer término del clero; y al concebir la campaña militar contra la monarquía española —siguiendo, al parecer, el consejo traidor de Talleyrand, que con Fouché, no hacía más que prepararle emboscadas—, Napoleón cometió el fatal error de olvidarse de lo que él mismo representaba.

El hombre que reconocía haber nacido en el tiempo y en el país justos para realizar su misión, no debió ignorar lo que más tarde confesó en Santa Elena: que su sistema no era aplicable a España. En España no bastaba derrotar al ejército, que, por cierto, dio a Bonaparte en Bailén el primer disgusto serio de su carrera. Vencido el ejército español continuaba la guerra, porque entraba en escena el pueblo.

Cuando, en otoño de 1813, los ejércitos franceses pasaban el Bidasoa expulsados definitivamente de la Península, las ideas francesas habían ganado terreno, pero el comercio, la industria y la agricultura quedaban arruinados. Veinte mil personas habían muerto de hambre en Madrid. la guerra y las epidemias habían reducido el número de habitantes en España en medio millón.

RAMOS-OLIVEIRA, Antonio, Historia de España, Compañía general de ediciones, 1950, México, Tomo II págs. 147-156.