La Masonería Política

El Jacobinismo

La Masonería y el Ejército

La Masonería y Riego

Los Comuneros

El Jacobinismo

En España, la falta de punto de apoyo social del constitucionalismo abonaba particularmente el terreno a las sociedades secretas. Pero, además, con las ideas del Contrato Social llegó a nuestro país la ola romántica que desencadenó Rousseau, según la observación de Belloq, y todo se concitó para hacer de España un hervidero de sectas declamatorias y de intrépidos conjurados.

Bien conocido es el tipo de conspirador romántico, uno de los personajes que más color prestan a la época. El romanticismo empapa todas las manifestaciones de la vida, y si en las letras se mofa de los viejos maestros, en la política arrumba convencionalismos y escrúpulos. Movimiento de rebelión y de protesta, no podía dejar de bañar con su luz los gestos de los liberales y los del carlismo, luego que el carlismo se sintió minoría en la nación.

Junto a las sociedades secretas funcionaban las sociedades patrióticas, que serán en España, ya bien entrado el siglo, un remedo de la sociedad jacobina francesa.

La escuadra y el compás

La escuadra (símbolo de la virtud) y el compás (símbolo de los límites con los que debe mantenerse cualquier masón respecto a los demás) son quizá los dos símbolos masónicos más conocidos. Aquí aparece también las letras "G", "A", que representan al Gran Arquitecto del Universo.

Mas la imitación fallará en el mismo punto que falla todo el progresismo español. El jacobinismo era un movimiento nacional, y las sociedades patrióticas españolas no pasarán de subsectas. Todos los jacobinos de Madrid cabían en un café.

Estos raquíticos órganos de la revolución, si así podemos denominarlos, por perturbadores que fueran, carecían de base en el pueblo, mientras que la sociedad jacobina francesa era fundamentalmente una institución de raíz popular, con sus cuarenta y cuatro mil centros, activos y bulliciosos, en toda Francia.

En rigor, los jacobinos, en cuanto poder popular superaban a la Convención. Sus debates, lejos de ser la cábala de una sociedad secreta, se publicaban en el Moniteur. Las sociedades patrióticas madrileñas, en cambio, no irradiaban la menor influencia fuera de la capital, y aún aquí su actividad parecía reducirse a provocar alborotos en un local cerrado.

En España no podía arraigar el jacobinismo francés, que era, como hemos dicho, un movimiento de masas. Pero los liberales españoles querían hacer la revolución, y esta revolución tenía que tener un órgano.

Los partidos políticos de aquella modesta clase media no podían ser tal órgano, porque por mucho que se esforzaran los entusiastas no hallarían elementos en la nación, al comenzar, para constituir nada en una escala nacional. Y no solo era el liberalismo, por su divorcio del medio en que actuaba, todo él, una secta, sino que, además, tenía conciencia de que era una secta.

Esto lo hacía superlativamente apto para las prácticas sectarias, para el ocultismo político. Por otra parte, la enorme fuerza social del clero presentaba a la Iglesia como el obstáculo principal, en apariencia como el único obstáculo, que cerraba el paso a la revolución. Simplificado el problema, la crisis histórica venía a ser un conflicto entre la secta liberal y el movimiento teocrático. Los liberales se quedaban en anticlericales, y el órgano de la revolución iba a ser la Masonería.

La Masonería y el Ejército

Hay quien remonta los orígenes de la Masonería en España al s. XVIII. Sin embargo, esta sociedad en ciernes de la decimoctava centuria era harto distinta de la que había de encabezar más tarde la revolución liberal.

Antes de la llegada de los franceses con José Bonaparte hubo masones en España, mas no hubo organización masónica digna de tal nombre. Las primeras logias las formaron los franceses de José y los afrancesados españoles bajo la autoridad y orientación de los primeros.

A últimos de 1816, en auge el terror de la camarilla fernandina, comenzó a funcionar en Granada una nueva sociedad, que se llamó reformada. La organización francesa había sufrido los cortes y añadidos que ha juicio de los reformadores españoles imponían las circunstancias. La nueva sociedad no tenía carácter político excepcionalmente acusado, ni se constituía para restablecer la Constitución de 1812.

En Madrid apareció pronto una logia, que obedecía a la de Granada, y en Cádiz inició también por los mismos días sus actividades otra sección, que con el nombre de Soberano Capítulo se reunía en el domicilio del propietario gaditano don Francisco Javier de Istúriz. La prosperidad del conciliábulo en esta ciudad mesocrática indujo a la formación de una logia central bajo el transcendental y laborioso título de Taller Sublime.

En el trienio que hay desde la fundación de la sociedad reformada en Granada hasta el pronunciamiento de Rafael del Riego, las juntas secretas no dejaron de conspirar. La Iglesia arremetió contra ellas y las logias de Madrid y Granada tuvieron que disolverse, mientras que en Valencia reprimía el general Elío con furor draconiano una conjuración de la misma marca. Donde mejor ambiente encontraba la secta era en Cádiz. Aquí había abierto sus puertas a los militares, derivando ya francamente en organización política.

Apenas constituirse, la Masonería se había trocado en el órgano de la revolución liberal. La oficialidad del Ejército de guarnición en Cádiz —no los soldados, pues la sociedad no era una institución democrática—, entraba en capítulos y logias, consciente ya de que se trataba de una entidad política.

El arribo de la fuerza expedicionaria que habría de embarcar en Cádiz y los puertos próximos con destino a sofocar el movimiento secesionista en la América hispánica fue un acontecimiento del que sacó velozmente partido la Masonería. Raro era ahora el regimiento que no tenía su logia.

La introducción del dogma de la soberanía popular en una nación que al disolverse las instituciones inicia espontáneamente la marcha hacia la teocracia, por quedar como único elemento de poder social el clero, tenía que hacer de la revolución española un drama original.

La fatalidad había ido convocando sin demora a los diversos elementos de ese drama, y al erigirse la Masonería en el órgano directivo de la subversión, todos los factores que van a imprimir la caótica fisonomía con que le conocemos al s. XIX están ya presentes en la escena. Es ahora cuando va a comenzar la revolución confiada a una secta incapaz de llevarla a cabo con éxito.

La clase media europea y su equivalente en los Estados Unidos de América jamás hubiera cedido tan interesante función a una sociedad secreta. La Masonería no había hecho la revolución en ninguna parte ni había pretendido hacerla.

En la revolución francesa había sido una institución subalterna, de la que recelaba la burguesía. Los banqueros, como los hermanos Frey, eran jacobinos, no masones. En los Estados Unidos el hecho de ser masón le costó la presidencia de la Unión a Jackson, pues el instinto popular, como escribe Cecil Chesterton, presumía, que para las sociedades secretas, terroristas o no, no hay sitio en una nación libre.

El partido antimasón norteamericano que se formó a raíz del escándalo Morgan —Morgan prometió hacer públicos los secretos de la sociedad y no volvió a saberse más de él— recibía toda su fuerza de los elementos que luego constituyeron el partido whig, esto es, de la burguesía avanzada.

Y si la Masonería inglesa ha podido prosperar ello se debe a su estricta y subrayada fisonomía de organización benéfica; en otro caso es seguro que habría levantado en el país igual clamor adverso que la organización norteamericana.

Las logias de Cádiz decidieron al fin establecer la Constitución de 1812. Se había dado un paso de considerable gravedad política, porque al triunfar la conjura revolucionaria iba a triunfar la sociedad, y con la victoria, la Masonería se convertiría en el deus ex machina de la política liberal española, una verdadera catástrofe para el liberalismo, como en seguida veremos.

En marcha el complot, no se admitía en él a quienes no ingresaran previamente en la sociedad. De esta suerte la revolución, contra lo que acontecía con los jacobinos, repudiaba la sangre popular y se encerraba en un sectarismo que más tarde había de seguir ignorando, en las reformas económicas esenciales, los intereses de las clases populares. Se iba a hacer la revolución contra la Iglesia, pero eso no significaría que iba a hacerse en favor del pueblo.

Desde el primer momento, pues, la Masonería, por su condición de organismo cerrado, fundado sobre el principio aristocrático, prescinde del pueblo y pone en peligro, no más conquistarla, la libertad, porque la va a obtener valiéndose de un Ejército profesional, muy pagado de su espíritu de cuerpo, pretoriano, que va a la revolución a continuar la aventura que interrumpió la salida de los franceses de España, y que se alista en la Masonería para esquivar un deber.

Este Ejército es un enemigo de la sociedad civil y de la libertad tan peligroso como la Iglesia. La Masonería moviliza a este Ejército contra la Iglesia, pero no se puede movilizar a este tipo de ejército contra la Iglesia sin movilizarlo al mismo tiempo contra la nación. La entrada de las armas en la política de la mano de los masones ponía en peligro para el futuro cualquier simulacro de Estado civil que intentaran levantar los liberales.

Don Antonio Alcalá Galiano, diplomático en vacaciones, fue, según el mismo cuenta, quien recibió la misión de conectar a las logias con el ejército que acampaba en el Sur. A poca costa —a lo que se dice—, ganó a los militares para la causa de los conspiradores. Porque el elocuente emisario les pintaba con trazos sombríos aquel espantoso viaje que estaban a pique de emprender, del cual, con toda seguridad, no volverían. Quedarse en la Península amparados por la benéfica Constitución implicaba el reposo y el ascenso.

La verdadera gloria para un soldado era la que otorgaba la libertad agradecida a sus servidores. Ante argumentos tan generosos los oficiales afluían a las logias. A los soldados se les decía que el designio de los conjurados estribaba en suspender la expedición. Por consiguiente, quien obedeciera al gobierno se colocaba del lado de los partidarios del embarque, y al contrario, los que se sumaran a la rebelión trabajarían por quedarse en tierra.

La cosa no podía estar más clara. En julio de 1819 la conspiración se hallaba muy avanzada y acordaron rematar los últimos detalles en las tenebrosidades de una cueva en Alcalá de los Gazules. Aquella noche juraron sobre una espada desnuda derribar el infame régimen de Fernando VII.

La Masonería y Riego

Un oscuro personaje —inmortalizado luego por el martirio—, comandante del regimiento de Asturias de guarnición en Cabezas de San Juan, levantaba su gente al quebrar el alba del primer día de 1820 y proclamaba la Constitución de 1812. Era este soldado Rafael del Riego, que había pasado buena parte de la guerra de la Independencia prisionero en Francia, después de dar muestras de loable fidelidad a su jefe. Riego tenía la orden de marchar en silencio sobre Arcos de la Frontera, pero prefirió obrar por su cuenta, y no se atuvo al plan.

En la jornada siguiente se sublevó en Alcalá de los Gazules el coronel Quiroga. Con Riego iba, por riscos y llanuras, el futuro hacendista de la revolución, Mendizábal. El movimiento había triunfado, y la Masonería había asestado un golpe certero al absolutismo.

Jefes y oficiales del Ejército y clases de tropas acudían ahora en tropel a familiarizarse con la secta. España volvía a tener un gobierno liberal. Pero otro gobierno secreto, formado por representantes de las logias provinciales, se disponía a dictar la política de los ministros, ninguno de ellos, al parecer, masón. La secta había derrocado al absolutismo y negaba celosamente a todos los no sectarios el derecho a gobernar.

Estorbaba a la Masonería aquel gobierno y como también le estorbaba a Fernando VII, absolutistas y masones coincidían ahora, al menos en un punto. La impaciencia de los sectarios destacó un enviado especial, otra vez Alcalá Galiano, para una entrevista, que tuvo efecto, con el padre Cirilo de la Alameda, general de los franciscanos y jefe del absolutismo apostólico, un eclesiástico de mucha historia en el siglo XIX. El padre Cirilo, en nombre de Fernando VII deseaba explorar la posibilidad de constituir un gobierno masónico homogéneo.

Las negociaciones no dieron, de momento fruto, pero el gobierno no podía sostenerse sin la aquiescencia de la Masonería, órgano indiscutible y poderoso ya que la revolución liberal, y varios ministros, entre ellos Argüelles y Valdés, tuvieron que ingresar en la secta.

Los ministros se hacían masones, y la Masonería se escindía. La incapacidad de la sociedad para dirigir la política liberal introducía el caos en la revolución, porque como tal sociedad secreta no podía gobernar, pero como órgano de la revolución se arrogaba la función de elegir el poder ejecutivo.

Los Comuneros

El estado llano de la Masonería, el sector más próximo al pueblo, consideró no tardando que el rito carecía de tradición en España e invocando románticamente la tradición liberal fundó Los Comuneros o Hijos de Padilla. Los Comuneros adoptaron otra liturgia: en vez de la escuadra y el compás y demás símbolos masónicos pusieron en uso otros signos, el castillo como pieza central de la ceremonia.

Y es que el liberalismo español no podía desobedecer a su conciencia sectaria, en la acepción más pura de esta palabra. No tiene duda de que al separarse de la Masonería las gentes que fundaron Los Comuneros aspiraban a constituir una organización democrática.

La secta madre, rígidamente jerárquica, con su dogmática escala de categorías, el carácter monárquico absoluto de la jefatura y el compromiso jurado de obediencia ciega al Gran Oriente se compadecía dificultosamente con las aspiraciones del pueblo. La nueva entidad arrastró a casi todos los sargentos.

Pero la circunstancia de que Los Comuneros persistieran en el uso de fórmulas de tipo masónico y no se desprendieran de la Masonería para tomar rango de partido, prueba cuán fuerte era, como dije antes, en los cuadros liberales el sentimiento sectario.

En los sucesivo la Masonería y Los Comuneros iban a disputarse la clientela con el celo habitual de competidores de la misma industria. En 1822, Riego, ya general, figura como jefe de la Masonería, y la Masonería constituye un gobierno que Fernando VII aprueba, con estrepitosa protesta de la secta hermana que no se aviene a que se la prive de representación ministerial. Singular estado de cosas.

La Masonería tiene que contar como factor de consideración en todo estudio honesto del pandemonium español. Las actividades de esta sociedad secreta no se acompañarían de especial transcendencia en España, si la fatalidad no hubiera hecho de ella el órgano de la revolución. La revolución española, de suyo difícil y caótica, llegó a complicarse excepcionalmente por la parte que las logias tomaron en los acontecimientos.

Los intereses de la Masonería no eran, decididamente los de la revolución. La reiterada expulsión de los jesuitas, primera y urgente medida de toda situación liberal, tenía tanto que ver con la revolución, como las nubes de antaño. La Masonería se hallaba espiritualmente preparada para este tipo de política superficial, pero ni por su condición de sociedad secreta, desconectada de las masas, ni por su ribete religioso estaba capacitada para una empresa más profunda.

No era tampoco desdeñable la amenaza que la Masonería política representaba para los intereses de la sociedad civil. En una nación donde el poder arrastra precaria existencia no puede contribuir a fortalecerlo, ciertamente, el entrenamiento de los militares en la política, y en este sentido las logias significaban la intervención sistemática del cuartel en los negocios públicos y la quiebra de la disciplina militar, aún en los periodos en que más conviniera a los liberales su mantenimiento.

R.B.: RAMOS-OLIVEIRA, Antonio, Historia de España, Compañía general de ediciones, 1950, México, Tomo I págs. 185-192.