La Nueva Oligarquía

Los O´Donnell
O´Donnell y Cánovas
La Unión Liberal
Posada Herrera
La Guerra de África
Aventuras en América

Los O´Donnell

Podemos fijar el nacimiento de la nueva oligarquía en los aledaños de 1860. Al doblar la centuria su primera mitad, la infeliz revolución española, ya en el último periodo de su pleamar y bajamar, arroja a la arena política un ente extraño: la fantástica oligarquía que va a determinar la suerte de España a lo largo de varias generaciones.

Es esa una hora de superlativa importancia en nuestra historia, porque hacia 1860 se trasluce —lo vemos ahora con manifiesta claridad— lo que va a ser la España contemporánea

La revolución entra entonces en su ocaso, y su descenso coincide lógicamente con la ascensión de los nuevos y los viejos ricos, que toman posiciones para consolidar la propiedad que la subversión nacional respetó y creó en su singular vaivén.

Los cimientos políticos de la Restauración están echados. Catorce años más tarde España tiene ya nuevas instituciones, ¡y qué instituciones!

Inaugura el reinado de la clase social que a mediados de siglo pugna por darle rumbo a España, un soldado de gran temperamento político: don Leopoldo O´Donnell. Le ayuda en su obra, con evidente impulso director, un joven abogado malagueño, personaje preciosísimo, suelto de pluma y aficionado a la Historia: don Antonio Cánovas del Castillo.

De los generales que suplantan a los políticos en el reinado de Isabel II, el de mejor instinto político es O´Donnell; y como la mayor parte de los rasgos psicológicos de don Leopoldo O´Donnell se encuentran en su padre, don Enrique, llevaremos adelantado mucho camino en la presentación del duque de Tetuán, trazando una rápida semblanza política del conde de la Bisbal.

Don Enrique O´Donnell, de marcado origen irlandés —los O´Donnell descendían, como los demás españoles con apellido irlandés, de una de las familias irlandesas que fueron a refugiarse en España en el s. XVI y después—, tuvo intervención muy acusada en la guerra de la Independencia.

Valeroso, como casi todos sus compañeros de armas en aquella descomunal contienda, se distinguió como soldado en innumerables encuentros. Pero su hazaña cumbre, la que le valió el condado, fue el socorro de víveres que introdujo intrépidamente en Gerona, sitiada por el general Augereau, que ceñía el anillo de hierro francés al cuello de las inmortales gentes de Álvarez de Castro con amago de seguro estrangulamiento.

Al final de aquella epopeya, O´Donnell sigue a Wellington en la invasión de Francia con un ejército de su propia factura, levantado en Andalucía.

Años después, en vísperas del pronunciamiento de Riego, el conde de la Bisbal andaba por la costa andaluza organizando el ejército que había de ir a someter a los insurrectos de América. O´Donnell estableció íntimo contacto con los primeros conspiradores y llegó a ganar su confianza, al punto de que estos le consideraban como un conjurado más, y no el menos ilustre.

En sazón, la trama ordenó, sin embargo, la detención de los intrigantes, y a seguida informó a Fernando VII del abortado complot. El rey le colmó de prebendas, le otorgó una pensión de las arcas reales y le concedió el collar de Carlos III. Además, le nombró capitán general de Madrid.

Sublevados Riego y Quiroga en Andalucía, el monarca, seguro de la lealtad de O´Donnell, le ordenó que al frente de las tropas de su mando saliera para Cádiz a reprimir el levantamiento. El conde de la Bisbal, penetrado de la flojedad de la causa absolutista, rompió, obediente, marcha, pero al llegar a Ocaña se unió a los rebeldes y proclamó la Constitución. Este brusco golpe de O´Donnell abrió las compuertas de la presa, y soltó el torrente que barrió el absolutismo en 1820.

Los constitucionalistas conocían ya a don Enrique, atento al juego de todos, se hacía indispensable a unos y a otros, pues ni liberales ni serviles llevaban tanta ventaja al adversario, que les fuera dable desdeñar el refuerzo que en el instante de la victoria, siempre vaga y amenazada, aportaba O´Donnell. Así es como, una vez más, el conde de la Bisbal aparece encargado de la defensa de Madrid en 1823, cuando se cernía sobre la capital el asalto de Angulema

Don Enrique recabó cuanto consideró imprescindible para contener a los franceses a las puertas de Madrid. Mas el viento soplaba ahora contra la Constitución, y el proteico soldado, maestro, como hemos visto, en ese género de jugadas, abandonó la defensa del paso de Somosierra, descorazonó al pueblo con oportuna literatura derrotista y se pasó a Angulema.

El conde de la Bisbal terminó sus días en Bayona, en 1834, retirado de la lucha, de la que le apartaron sus achaques físicos. No tuvo liviana influencia en la precipitación de su fin el fusilamiento de uno de sus hijos, hecho prisionero por Zumalacárregui en Alsasua.

Los O´Donnell recuerdan infinitos casos de familias españolas, patéticamente escindidas en aquellos tiempos —y en los nuestros— en sus sentimientos políticos. En el ejército de la reina luchaban dos o tres O´Donnell, y otros tantos peleaban por don Carlos. Un Carlos O´Donnell, coronel con Zumalacárregui, murió en Echauri de una terrible herida, pidiendo a sus amigos que le pegaran un tiro, para acabar pronto. Juan, su hermano, cayó herido en Mendigorría, y prisionero de los cristinos, sucumbió brutalmente asesinado por las turbas en Barcelona, con ciento sesenta cautivos más.

Primo de este era el coronel liberal que había tomado en vida de su padre el título de conde de la Bisbal, y cuyo fusilamiento aceleró la muerte de don Enrique. Los carlistas capturaron al joven conde en la derrota que Zumalacárregui infligió al general Quesada en Alsasua.
Las circunstancias que concurren en este suceso son dramáticas por demás, porque el coronel O´Donnell, aunque militar de alta graduación al servicio de la reina, no hacía en ese momento la guerra, sino que se había aprovechado del avance de Quesada, para, usando tan fuerte escolta, llegar a Pamplona, donde le esperaba su novia, absorta en los preparativos de la boda y encendida, sin duda, en las ilusiones y sueños de la ocasión. Por aquellos días los cristinos habían pasado por las armas al alcalde de Atoun, sospechoso de carlismo.
Era el periodo más feroz de la guerra, y O´Donnell, que en otro momento solo hubiera perdido la libertad, se hallaba irrevocablemente condenado a perder la vida. Zumalacárregui llevaba muy en serio esto de las represalias y creía que el rango equivalente en el Ejército al de un alcalde en la sociedad civil era el de coronel. De consiguiente, el apuesto conde de la Bisbal tenía que morir.

Un caso análogo al del coronel O´Donnell es el del conde de Villa-Manuel, grande de España de primera clase, hecho prisionero por los carlistas en las Rocas de San Fausto, cerca de Abarzuza, cuando iba de paso para unirse al ejército del Norte con la categoría de coronel.

Llevado ante Zumalacárregui se condujo con gran dignidad. Sostuvo que siempre había sido liberal, que lo seguiría siendo y que creía un deber propagar sus ideas y luchar por ellas, a cuyo tenor se había alistado voluntariamente en el ejército de la reina. Terminó declarando que no esperaba compasión de los carlistas, pero que si le dejaran con vida, prometía no volver a empuñar las armas contra ellos.

Zumalacárregui, impresionado por la franqueza y decoro personal del prisionero, le sentó a su mesa y departió con él en términos de cordialidad. El caudillo carlista accedería a canjearlo por un prisionero de su bando.

Zumalacárregui y Villa-Manuel estaban cenando al día siguiente en Lecumberri, cuando llegó la noticia de que Rodil había fusilado a los prisioneros carlistas; y aquél, con mueca de disgusto, alargó la nota a su invitado, sobre la mesa, y le dijo que podía pasar el resto de la noche con su confesor. Acabada la cena, el conde se fue a buscar al cura y el jefe carlista a ordenar los preparativos para la ejecución.

Al amanecer fusilaron a Villa-Manuel.

Este episodio vale, sin duda, por la mejor semblanza que pudiera trazarse de Zumalacárregui

O´Donnell y Cánovas

Litografía de Leopoldo O´Donnell
Litografía de Leopoldo O´Donnell

Don Leopoldo O´Donnell, futuro duque de Tetuán, hermano del desgraciado coronel y del otro O´Donnell que murió en Arquijas, y primo de los dos que sucumbieron en Echauri y en Barcelona, no se dejaba atrapar tan fácilmente, y escapó con fortuna a aquel vórtice de sangre.

No ofrece duda que Leopoldo, llamado quizás decisivamente, a influir en la política española, había heredado como ningún otro pariente la conformación psíquica del viejo conde de la Bisbal. Hasta en la oportunidad de su retirada de los asuntos públicos y en la elección del lugar para morir se pareció a su padre.

Como políticos, Espartero y Narváez —nada digamos de Serrano— nunca se remontaron a la altura de don Leopoldo O´Donnell. Lo cual no quiere decir que la política de O´Donnell fuera elevada. Mucho debió valerle el consejo de Cánovas del Castillo, inseparable lugarteniente civil del general y cofundador del Estado española a imagen y semejanza de la nueva oligarquía. Luego veremos quien era Cánovas, y en que consistió su éxito.

Indudablemente, esta clase social por la que hablan O´Donnell y el sobrino de Estébanez Calderón, percibe con certero instinto su carácter de cosa que está naciendo. El título del periódico de Cánovas, Las Novedades, es harto expresivo.

Con esa conciencia, seguros de sí mismos, y sabiendo lo que está en juego, O´Donnell y Cánovas entran en la liza política. Su política es pésima, porque perpetuará la guerra civil y colocará en gravísimo peligro de muerte a la nación, pero esta oligarquía sabe lo que quiere, premisa clave del éxito en la vida, contra lo que acontece a la sazón a los demás partidos, todos en crisis y desorientados.

Cánovas del Castillo, el hombre del porvenir, se mueve entonces a la sombra de la poderosa figura de O´Donnell. La identificación del soldado y el historiador en el orden de las ideas es notoria. Una condición de O´Donnell disgusta a veces a Cánovas: su portentosa capacidad para la intriga.

El exagerado maquiavelismo del general inquieta al malagueño, porque en algunos momentos, como cuando O´Donnell se entrega al gabinete de frailes, es decir, al carlismo, desdibuja toda la política oligárquica y puede arruinar la obra en que ambos están empeñados. La nueva oligarquía trae a la política española por única inspiración un afán de reposo.

La antigua aristocracia de sangre —que también ha hecho su agosto en le periodo de las vacas gordas de la desamortización—, las familias enriquecidas en el río revuelto de la Guerra civil, los viejos y los nuevos monopolizadores del suelo nacional, los negociantes y altos funcionarios que han hecho fortuna en América, de donde ahora vuelven, los prelados sensatos, la encumbrada burocracia peninsular, la plana mayor de aquel ejército macrocéfalo, todos aspiran al disfrute de lo que poseen en una España sosegada.

Por tanto, la oligarquía es realista y en política interior repudia las aventuras. El acierto de Cánovas y lo que decidió su triunfo personal estriba en que fue como una antena y recogió como nadie los deseos y ambiciones de la nueva clase social.

Si una clase social puede estar alguna vez representada en todas sus virtudes y defectos morales, en sus egoísmos y en sus delirios insensatos, por un solo hombre, esta compenetración milagrosa se da de manera impecable entre la nueva oligarquía española y don Antonio Cánovas del Castillo.

Ante todo, el joven letrado interpretó sagazmente ese irresistible deseo de quietud que las clases conservadoras comienzan a manifestar justamente cuando él, imberbe aún, pisa el umbral de la vida pública. Cánovas era la encarnación viva del monstruo engendrado por la revolución. Solo aventajaba a aquella insensible clase social en luces, sin las cuales no hubiera podido hacer lo que hizo con ella.

Pero aunque Cánovas era en gran parte la cabeza pensante de O´Donnell, no nos olvidemos del general.

A semejanza de su padre, don Leopoldo O´Donnell no era hombre atormentado por los casos de conciencia. En eso era también como Cánovas: le importaba ante todo, el fin. Estos personajes tenían una política, cosa que nadie tenía en España hacia 1860, y la iban a imponer a la nación. O´Donnell no creía en nada, si no era, como Cánovas, en sí mismo.

Entró en la política por propio impulso, por vocación irresistible. No se parecía en nada a Espartero, que fue arrastrado a la política y tomaba en serio la causa popular; ni a Narváez, profundamente convencido de que con su política de rigor estaba salvando a España de la anarquía.

Si Narváez y Espartero dan la sensación de haber sido remolcados a la política por la fatalidad, la actuación pública de O´Donnell es la de un hombre que necesita la vida pública para usar sus excepcionales condiciones de cortesano y sus dotes singulares de mando; mando de hombres, no de soldados. O´Donnell, en suma, era un político, inclusive cuando dirigía la guerra; los otros eran soldados, incluso cuando presidían el gobierno.

La Unión Liberal

En 1854 se sublevó O´Donnell en Vicálvaro. La situación estaba madura para los radicales. Pero O´Donnell era sospechoso a las izquierdas; no inspiraba confianza ni a reaccionarios ni a progresistas. ¿Cual era el programa de O´Donnell? ¿Qué quería, aparte el poder? El general estaba en rebeldía en los arrabales de Madrid.

La capital, nerviosa y revuelta, no parecía dispuesta a entregarse. Entonces interviene Cánovas del Castillo —veintiséis años de edad— y lanza el famoso Manifiesto de Manzanares, con el que pone al pronunciamiento una etiqueta liberal.

Madrid, ahora, abre las puertas a O´Donnell, encarrilado por su amigo en la senda de la victoria. Pero la victoria pertenece a los progresistas, y sube al poder Espartero, con O´Donnell en el ministerio de la Guerra.

Don Leopoldo había abrazado al conde de Luchana espectacularmente, pero no más constituido el ministerio comenzó a trenzar con la reina y la camarilla teocrática la intriga que iba a derribar a Espartero.

En 1856, O´Donnell se alza con el mando, y el pueblo sale a la defensa de Espartero. Se moviliza la Milicia Nacional y se hace fuerte en los palacios de Vistahermosa y Medinaceli. Capitanea a los rebeldes el insigne Madoz, y los bombardea... Serrano.

En Barcelona la batalla duró dos días y costó quinientas vidas. Así reaccionó la oligarquía cuando advirtió que Espartero explotaba el Manifiesto de Manzanares en beneficio de la revolución. Mas el gabinete de frailes, activo tras la pantalla de la corona, despidió, como adelanté, melifluamente, a O´Donnell, luego que vio salvados los bienes de la Iglesia.

El plan de Cánovas se abría, no obstante, camino. Ni él ni O´Donnell era hombres capaces de desfallecer.

Del 54 al 58, la nueva oligarquía, en lucha con los elementos de la vieja política —el carlismo y los pronunciamientos— perfecciona su política, de suerte que cuando en junio de 1858 la reina encarga otra vez a don Leopoldo la formación de gobierno, el movimiento ha alcanzado sorprendente madurez.

Por primera vez desde el siglo anterior va a tener España un ministerio estable, un gobierno que durará ¡cinco años!, insólito fenómeno, tan asombroso, que incita a todos a llamar a aquellas Cortes de la Unión Liberal el Parlamento Largo.

El genio político de Cánovas encuentra ahora coyuntura de desplegar todas sus artes, las buenas y las malas, en lo que es evidentemente la invención de la política española contemporánea.

Convendrá repetir que la nueva oligarquía trae un anhelo incoercible: la paz interior. Cuanto conspire contra la paz interior hay que eliminarlo mediante la fuerza o el compromiso. Los campesinos se soliviantan en Castilla, Extremadura y Andalucía —es precisamente bajo el mando de O´Donnell cuando se produce la rebelión de Loja—, pero esta cuestión no preocupa al duque de Tetuán ni a su hueste: la consideran un pleito privado entre los braceros sin tierra y la Guardia Civil. Y así, como en todo lo demás, en lo porvenir, porque constituye firme propósito de la nueva clase social que la estructura de la sociedad española permanezca inalterable por los siglos de los siglos.

Descartado ese factor de inquietud para los designios de la oligarquía, quedaban en calidad de principales agentes del desorden otros tres, con los que urgía entenderse: el carlismo, o impulso gobernante de la Iglesia; los pronunciamientos, o afán político del Ejército, y la oposición parlamentaria, o crítica impertinente de los partidos.

Cánovas no ocultaba su admiración por los carlistas. Pero tenía la convicción de que en tanto la Iglesia no renunciara a gobernar, en España no habría sosiego. Su plan consistía en llegar a un compromiso con la Iglesia, a base de la supeditación de la institución espiritual al poder civil. Por eso mismo, la Constitución predilecta de Cánovas era la de 1845, pero liberalizada. De ahí el acta que promulgó O´Donnell en 1856, aliviando el peso absolutista a aquella carta otorgada de Narváez.

Veinte años después esta fórmula reaparece en la Constitución de 1876. Cánovas, nótese, pensaba en 1897, al morir, exactamente como en 1860. Era un hombre incapaz de evolucionar, como la lingula, y en eso también fue el redactor de La Novedades el espíritu de la clase social que representaba hecho figura humana.

Cánovas repudiaba el carlismo porque era un movimiento notoriamente utópico que, sin posibilidades de triunfar, amenazaba con su extremismo el pacífico disfrute del poder oligárquico. Hombre de realidades, el estadista de la Restauración iría en sus concesiones a la Iglesia tan lejos como fuera compatible con el reposo nacional, pero no más allá.

Por consiguiente, Cánovas, Ríos Rosas, Cortina, Alonso Martínez, los genuinos representantes civiles de la nueva oligarquía, retiraron en cierta ocasión su apoyo a O´Donnell, porque le jefe,, como acontece a todos los personajes de su idiosincrasia, se enredaba en los hilos de su propio maquiavelismo y se abandonaba otra vez a la camarilla absolutista. Pero el enojo, naturalmente, fue fugitivo, porque el duque de Tetuán se recuperó pronto del impolítico desliz.

En punto al Ejército, se ambicionaba expulsarlo de la política, y no solo en aras de la soberanía del poder civil, sino porque la dictadura militar arrastra como secuela sobresaltos y peligros, que, cual los inherentes al carlismo, turbaban il dolce far niente de la oligarquía. En consecuencia, Cánovas, Ríos Rosas, etc., combatieron en 1864 la dictadura de Narváez, y fueron desterrados.

El tercer elemento gastador del desasosiego aparecía vinculado a los partidos disconformes con la política de la oligarquía. Había, pues, que someter a aquellos núcleos rebeldes. ¿Como? Corrompiéndolos. El pacto del Pardo, que no se selló en el Pardo, tiene un antecedente en la Unión Liberal de 1858.

La Unión Liberal existía ya en el magín de la nueva oligarquía en vísperas del pronunciamiento de O´Donnell en Vicálvaro. El manifiesto de la regeneración liberal, que Cánovas redactó, era un llamamiento a la confabulación de los partidos, con el designio programático de parar en seco la marcha de España. Aquel plan se frustró por la intransigencia de los progresistas, que querían seguir adelante con la desamortización. En 1858, sin embargo, ya habían desaparecido aquellos inconvenientes.

La Unión Liberal inició su etapa de gobierno con un programa de desusada brevedad: que nadie se moviera. Toda su política estribaba en que hubiera quietud en la nación. Se hicieron concesiones a la Iglesia, se sobornó a la oposición, se corrompió a la prensa, se reprimieron duramente las protestas campesinas, y a los militares se les prepararon una serie de suculentas aventuras en el exterior.

La fisonomía del gobierno era la del futuro partido liberal-consevador que fundaría luego don Antonio Cánovas del Castillo. Toda la política de la España de la Restauración estaba ya bosquejada ahí. Ese fue su primer gran ensayo.

Posada Herrera

José Posada Herrera retratado por Ignacio Suárez Llanos.
José Posada Herrera retratado por Ignacio Suárez Llanos

La nueva oligarquía nacía corrompida y para corromper, y corrompería cuanto tocara. O´Donnell formó su gobierno con todos los pesimistas indignes, que giraban, como soles muertos, en torno del hombre que traía a España, cubierta con un rótulo liberal, la política del descanso. De ahí en adelante sería considerado como sujeto perturbador todo el que tuviera una iniciativa, y como delincuente vulgar todo el que hablara de reformas. El escepticismo de fin de siglo, aquella abulia que apagó todas las vibraciones del alma nacional, fue una enfermedad específica de la nueva oligarquía, ya ostensible en el periodo que examinamos y transmitida luego, por contagio, a toda la sociedad española.

El gobierno-milagro de O´Donnell y Cánovas descansaba —se trataba de descansar— en la corrupción y no en una corrupción cualquiera, sino en una corrupción sistemática de todos los órganos del poder. Era un gobierno sin política propiamente dicha y sin principios y sin ideales. La oligarquía no tenía fe en España ni creía en los españoles.

La Unión Liberal era una almáciga de políticos desengañados, hastiados de una lucha que parecía no conducir a ninguna parte. Gentes cínicas, como O´Donnell y Cánovas, o socarrones, como Posada Herrera. Junto a esos hombres, Narváez era un Quijote, y los carlistas unos románticos desesperados. La nueva oligarquía venía, en efecto, contra todo lo vital español, contra lo absurdo como contra lo discreto, contra lo bueno y contra lo malo.

O´Donnell ofreció una cartera ministerial a todo personaje de cuenta. Primero a su guardia, en la que figuraban viejos progresistas desilusionados que se llamaban resellados. Después a los directores de periódicos adversarios, a los jefes más inquietantes de la oposición, a los radicales con fama de insobornables. Unos aceptaron, otros no. Pero los que aceptaron, ya estaban corrompidos.

Posada Herrera, a quien podemos considerar como el fundador del caciquismo, maestro insigne de todos los Romero Robledo del porvenir, tomó a su cuenta la corrupción del sufragio y el amaño de los parlamentos. Y lo haría, no a la ligera y violentamente, como Sartorius. Estos eran tiempos nuevos. Los electoreros de antaño carecían de inventiva, no eran científicos, procedían sin tacto. Cortes tan burdamente apañadas se revolvían contra sus creadores y duraban poco. Claro que ahora Posada Herrera, pieza convenientemente ensamblada en una política homogénea, trabajaba al compás de los demás ministros, cada cual corrompiendo por su lado, y podía lucirse.

Para comenzar, el gran elector, como le llamaban, cuidó de que las futuras cámaras contuvieran una oposición, ni tan numerosa que pusiera al gobierno en peligro, ni tan débil que facilitara la escisión de la mayoría gubernamental. Posada tenía la teoría de que una cámara formada por amigos del gobierno, es decir, unánime, acaba dividiéndose. Por otro lado, los revolucionarios debían tener representación parlamentaria; de lo contrario, perturbaban el gobierno en la calle.

Interesaba en lugar preferente que obtuvieran acta de diputado y senador los amigos de O´Donnell y Cánovas. Pero no era menos importante que salieran elegidos los jefes de los radicales y los de los ultramontanos. A los absolutistas, más próximos a la situación, se les asignaron treinta escaños en las Cortes; a los radicales veinte.

Los tibios progresistas de lengua mordaz recibían puestos en el Senado, o eran espléndidamente colocados en la burocracia, o salían en importante comisión para las colonias.

El gobierno hacía cuanto podía por atraerse a todos. Nadie le podía negar buena voluntad. Por lo mismo no toleraba enemigos, fuera de los imprescindibles para que el flamante sistema funcionara. Todo político, periodista o soldado influyente podía medrar a sus largas. Podía ser ministro, o diputado, o senador, o director de periódico, o jefe de negociado o alto funcionario de Cuba.

Pero ¡ay del que osara dificultar la obra del gobierno! Con los que se plegaban a la política de O´Donnell y Cánovas, atenciones, estipendios, recompensas; con los incorruptibles, la persecución y la cárcel.

Nunca duraron tanto tiempo en España un gobierno y un parlamento. La nueva oligarquía contempló su obra y la encontró perfecta.

La Guerra de África [Marruecos (I)]

La nueva oligarquía no se proponía gobernar a España; venía a gozar del poder, que para ella era un fin en sí mismo, y a despachar los asuntos de trámite, a la que saliere. Su ideal era el compromiso con los sectores disidentes, pero no el fecundo compromiso de los que se ponen de acuerdo para hacer algo, sino la conjura desmoralizadora de los que se confabulaban para que no se haga nada.

La Batalla de Tetuán, por Dionisio Fierros Álvarez.
La Batalla de Tetuán, por Dionisio Fierros Álvarez

La primera transacción de la oligarquía con la Iglesia se fraguó en el convenio de 25-VIII-1859, por el cual se reconocía el derecho de los clérigos a adquirir y retener toda clase de bienes y valores. Este era el extremo más transcendental del acuerdo, el que apremiaba a la Iglesia despejar. En fuerza de ceder, O´Donnell ganó terreno al carlismo. Otro tanto haría con el Ejército.

Pero el compromiso de los oligarcas con el Ejército había de ser más funesto aún. Define la política de la oligarquía la solución que dio a este magno problema También aquí marcó un rumbo. Abrumada por la proximidad de un Ejército político y desmesurado, la Unión Liberal decidió abrir de nuevo a las armas españolas las rutas de África.

De nuevo se falseaban e invocaban a contrapelo los mandatos de la tradición, pues si España estuvo interesada en Argelia no lo estuvo en Marruecos, que Fernando el Católico reconoció por el tratado de Cintra en 1509 como zona de exclusiva influencia portuguesa; e Isabel la Católica se había referido en su testamento famoso, no al Mogreb, como señala uno de nuestros modernos arabistas, sino a Argelia. Pero en Argelia ya estaban los franceses.

La intervención militar de España en Marruecos era otro de los puntos del programa de la nueva oligarquía. Cánovas era también en esto el pensamiento que no necesita interrogar a la clase directora para conocer sus anhelos. En su Historia de la Decadencia de España, publicada en 1854, ya descubre que España puede ser todavía una gran nación continental y marítima si se producen ciertos hechos, y entre ellos incluye la expansión por la vecina costa de África.

Diez años antes, don Serafín Estébanez Calderón, tío de Cánovas, había escrito un Manual del oficial en Marruecos. El Solitario interesó al sobrino en los problemas de África. En 1858 aparecen los Apuntes sobre la Historia de Marruecos, de Cánovas, libro oportuno, que solo precedió en un año a la primera guerra de la nueva España en el Rif. Cánovas inspiró a O´Donnell la política española en África.

Sin embargo, el principal resorte que movía a la oligarquía a perseguir aventuras en el exterior no era la expansión, sino, de un lado, la urgencia de emplear a un ejército político, en conflicto, por su tamaño, con una política de paz, y de otro, la necesidad de dispersar la atención del pueblo y embriagarla, en beneficio de la tranquilidad interior, con glorias militares.

Pero estas glorias militares, por no responder a un designio político ulterior, ni a una exigencia histórica, se desvanecen rápidamente, sin que compensen de las pesadas cargas que este género de aventuras impone a una nación, de cuyo cuello se cuelgan, como argollas de plomo, por generaciones.

A hombres como O´Donnell y Cánovas se dirigía Maquiavelo cuando escribió en sus Discursos sobre la Primera Década de Tito Livio que las conquistas hechas por repúblicas mal organizadas, arruinan en vez de engrandecer al conquistador.

No estaba España para fraudes tan peligrosos. Con una deuda flotante de 175.000.000 de pesetas, un déficit presupuestario de 500.000.000, la producción asolada por los impuestos —que no pagaba la oligarquía, según tendremos ocasión de ver—, O´Donnell improvisó cuantas campañas militares, en África y en América, cabía realizar entonces. Era un político sin principios, a busca de pretextos para apasionar al país y embalarlo lejos de la política interior

De primeras don Leopoldo puso los ojos en el África occidental española. Pero su intento de ocupar firmemente y explotar las posesiones de Fernando Poo, Annobón y Cabo San Juan fue un fracaso.

La guerra de Italia parecía ofrecer el anhelado pretexto para trasladar el foco de la atención popular lejos de Madrid. El poder temporal del Papado se hallaba en peligro. El príncipe de Parma, cuyo trono también estaba amenazado, era un Borbón, pariente de Isabel II. El gobierno español puso entonces en pie un respetable ejército de 100.000 hombres. Mas lo de Italia se precipitó, y cuando O´Donnell quiso intervenir, la guerra tocaba a su fin, el de Parma había sido destronado y la unidad italiana se mostraba desafiante.

¿Que hacer, pues, con aquel ejército de 100.000 hombres? No había tiempo que perder, si se quería preservar la paz interior, y la oligarquía cayó en la cuenta de que lo mejor sería dar una lección a los moros. Prueba de que aquel gobierno andaba a la búsqueda de zalagarda.

Los motivos de enojo con los moros eran entonces copiosos. España tenía casi olvidado el continente de color desde que canalizó sus energías expansionistas hacia América. De no haber sido por los piratas, África no hubiera distraído la atención española después de la muerte del cardenal Cisneros. Nos quedaban en el norte de África dos posesiones importantes, Ceuta y Melilla, que servían particularmente de penitenciarías, y a lo largo de la costa existían pequeños establecimientos pesqueros y comerciales, nidos del matute.

Aquellos moros, vecinos pegadizos, molestaban a nuestras gentes, que los tenían encima como avispas. Así era desde tiempo inmemorial. En 1859 las cabilas derribaron unas garitas en construcción en las afueras de Ceuta. Por su parte los indígenas de la otra zona se quejaban de que la guarnición de Melilla salía a coger leña más allá de la línea fronteriza, y para acreditar su disgusto golpearon por aquellos días a un grupo de españoles.

Ni estos eran los primeros incidentes, ni los más enconados, con la morisma aludida, ni la afrenta exigía otra intervención que la puramente policíaca. Pero O´Donnell —la oligarquía— necesitaba una guerra, y lo entendió de otro modo.

Inmediatamente se convino que el honor nacional había sufrido infernal injuria. La prensa se encargó de templar el ánimo patriótico del país. La nación se colocó, casi unánime, detrás del gobierno, que era lo que le interesaba a O´Donnell, más que castigar ofensas a nuestro prestigio. Fueron inútiles las admoniciones de los hombres avisados que señalaban los inconvenientes de romper la paz en África, dado el estado de España, con sus heridas de la guerra civil todavía sangrantes.

Sin otro preámbulo, el gobierno español envió un ultimátum al Majzén, que ni se había enterado de lo que pasaba en las tapias de Ceuta y Melilla, porque su control de las cabilas era harto somero; se le exigía que en el plazo de diez días la obra destruida fuera rehecha por los moros, los agresores castigados, la bandera española, saludada, y la cláusula del tratado hispano-marroquí que prohibía la fortificación de Ceuta revocada.

El Majzén, o gobierno del sultán, que rehuía un conflicto de semejante carácter, accedió a todo, menos a modificar el tratado, y respondió a este punto que en aquel momento agonizaba el sultán y que no se atrevía a decidir. El sultán, que contaba ochenta y un años, falleció a poco. Su sucesor, sin negarse a negociar, pretendía prolongar la espera. Inglaterra ofreció su mediación.

Convencido, sin embargo, el gabinete británico de que O´Donnell estaba resuelto a la guerra, lord Russel anunció confidencialmente que Inglaterra no se opondría a la acción española, pero que España debía comprometerse a no anexarse ningún nuevo territorio como consecuencia de la guerra, y que si ocupaba Tánger en el curso de las operaciones lo habría de abandonar al terminar la campaña. O´Donnell se mostró conforme con las estipulaciones británicas. El gobierno español renunciaba de antemano a sacarle fruto a la guerra. Y es que la guerra, para la oligarquía, era un fin.

O´Donnell se cayó las condiciones que había puesto Inglaterra, y la nación, en lo esencial, estuvo a oscuras. Lo mismo hizo Cánovas en otro caso análogo, siquiera fuera más grave, cuando escamoteó al país, en el conflicto de Cuba, nuestras verdaderas relaciones con los Estados Unidos.

El 22-X-1859, O´Donnell declaró la guerra al sultán de Marruecos, y se colocó al frente del Ejército español: 40.000 hombres. Como tenía que ocurrir, la campaña se llevó mal desde el principio. O´Donnell quería ocupar Tetuán, y no paró la debida atención en las dificultades de la empresa.

Se llevó a cabo el desembarco en Ceuta, al amparo de las baterías de costa. Así que las fuerzas españolas salieron de esta posición, se encontraron con la acometida salvaje de los moros irregulares, apoyados enseguida por el ejército del príncipe Muley al Abbas, hermano del sultán.

La marcha, siguiendo las línea de la costa, se presentaba sobremanera dificultosa para los arrojados y sufridos españoles, porque la artillería y los carros se hundían en dos palmos de lodo. La estación del año era, además la menos favorable para la campaña. Los campamentos se anegaron, y las aguas de noviembre sitiaron a nuestras tropas, al formar en aquellos parajes auténticos lagos.

El abastecimiento se había confiado a la flota de guerra, que se habría de deslizar junto a la costa, paralelamente al avance de las fuerzas de tierra. Pero O´Donnell no había contado con el temporal —no había contado con nada—, muy bravo en aquella estación de borrascas, y el Ejército, excelente por su material humano, se quedó sin víveres ni municiones.

El cólera, la disentería y las fiebres hicieron su espectral aparición en los campamentos, llamados del hambre, y la fuerza quedó reducida a 15.000 hombres. El Ejército español, de ese modo deslucido y castigado, tardó en llegar a Tetuán dos meses.

Prim, sin contar con el alto mando, cosa natural en un Ejército de disciplina resentida por la política, se había metido con poca cordura en el valle de los Castillejos, de donde salió con sus soldados merced a uno de esos va banque característicos de la desesperación española, arrollando, al fin, a la morisma, que se dispersó aterrorizada y dejó expedito el camino de Tetuán. Aquella batalla costó a España seiscientos hombres, y en el asalto a Tetuán cayeron otros ochocientos.

La hueste bereber de Muley al Abbas estaba vencida, y se retiró melancólicamente al interior

O´Donnell fijo las siguientes condiciones de paz al sultán: España entraría en posesión de todo el territorio conquistado por sus soldados entre Ceuta y Tetuán, esta ciudad inclusive; una indemnización en metálico, a pagar por los moros, de cincuenta millones de pesetas; apertura de la ciudad de Fez a los misioneros españoles; legación española en la capital del imperio y un tratado de comercio.

Considerando los moros excesivas las pretensiones de O´Donnell se reanudó la lucha, que culminó en la victoria española de Wad-Ras, el 23-II-1860.

La oligarquía había ido ya demasiado lejos. Había perdido siete mil hombres, la mayoría víctimas del cólera, y a un Ejército fatigado por el barro y los peñascales se le abría la inhóspita perspectiva de seguir adentrándose en territorio enemigo, con los terribles desfiladeros del Fondack delante, y con riesgo de desaparecer. Además, se llevaba gastado mucho dinero, más del que la nación sospechaba.

En abril de 1860 se hizo la paz. O´Donnell, cauto ahora, se mostró menos exigente. Su obsesión era tener algo que ofrecer al país, e insistió en que Tetuán quedara temporalmente en manos de los españoles como garantía del pago de la indemnización. Nada de lo obtenido llegó a compensar a la nación de los sacrificios en hombres y dinero realizados en aquella improvisada aventura.

O´Donnell volvió, sin embargo, de África con la aureola de héroe. Obtuvo el ducado de Tetuán, y Madrid lo aclamó en las calles.

Con todo, la guerra de África hubiera sido un pecado venial, del que la historia habría absuelto a la oligarquía, si no hubiera entrañado otras consecuencias que las que inmediatamente tuvo. Lo peor fue que España, desorganizada y exangüe, se metió en la trampa de África para quebrantarse física y moralmente por generaciones.

Guerrear no es colonizar. Antes suele ser la guerra, y más la guerra como fin, obstáculo grave en el camino de la colonización. La circunstancia de que al cabo de los siglos España tornara los ojos a África para castigar a todo el imperio marroquí por los excesos de unas cabilas, exacerbó el odio del Islam a nuestra bandera, y trocó la necesaria colaboración de los indígenas para la defensa de España al otro lado del Estrecho en auténtico odio berberisco.

Aventuras en América

Verdes todavía los laureles de África, con tanto trabajo conquistados, y receloso de que se ajaran, O´Donnell emprende la segunda aventura, esta en el continente americano.

El estado de Santo Domingo, verdadero caso de litigio histórico, se hallaba en conflicto con la vecina Haití, y decidido a buscar apoyo fuera, solicitó su reincorporación a la monarquía española. En un pleito de esta naturaleza, España debía moverse con cautela. Ni era unánime entre los dominicanos el deseo de traspasar su soberanía, ni el sector que buscó a España perseguía otra cosa, en el fondo, que allegarse un aliado para sus fines de política interna. El asunto no estaba nada claro.

No más promulgada la anexión por decreto de 19-III-1861, comenzó la acción de España en la isla. Se diría que no nos habían llamado, pues en cuanto entraron los españoles —tropas y funcionarios de Cuba— en Santo Domingo, se unieron todos los indígenas contra nosotros en una inesperada guerra contra el invasor. Y aconteció lo de siempre: España no podía retirarse ya sin menoscabo de su prestigio.

Tuvo, pues, que continuar la aventura, que duró cuatro años, nos arrebató diez mil soldados y redujo los recursos de la Hacienda en cien millones de pesetas. En mayo de 1865, la oligarquía abandonó resignadamente Santo Domingo.

A lo vivo el problema dominicano, O´Donnell y Cánovas se resolvieron a atrapar otra oportunidad que mantuviera la curiosidad nacional pendiente del exterior, y ocupados a los militares.

Triunfante el partido liberal de Benito Juárez en la guerra civil mexicana —trasunto de la guerra civil española, con los clericales mexicanos en el lugar de nuestros carlistas—, el gran estadista indio quiso poner cierto orden en la nación. Las finanzas mexicanas se resentían, con todo lo demás, de los efectos de la cruenta lucha, y el Congreso decretó la suspensión del pago de los intereses de la Deuda exterior por dos años.

Los tenedores de títulos mexicanos en Europa pidieron la intervención armada contra México. Inglaterra, Francia y España acordaron ajustarle las cuentas a Juárez, en vista, también, de que de resistía a dar satisfacción a las potencias en otros extremos, como reparación de daños causados a súbditos extranjeros durante la lucha.

En octubre d e1861 las tres naciones decidieron formalmente la intervención. Y aunque renunciaron en teoría a mezclarse en los asuntos internos de México y proclamaron el derecho de esta nación de darse libremente la forma de gobierno que le placiera, los franceses se proponían imponerla una monarquía, y los españoles iban, de paso, a explorar el terreno y averiguar si sería posible sentar en el hipotético trono mexicano a un pariente de Isabel II.

Un escuadrón español, en línea con los ingleses y franceses, entró en aguas de la indomable República. Prim, al frente de sus tropas, ocupó San Juan de Ulúa. Pero la expedición tripartita no entusiasmaba a los Estados Unidos, que desde 1823, cuando proclamaron la doctrina Monroe, se guiaban en tales trances, generalmente, por la política dogmática del Keep off.

Benito Juárez era, por otra parte, un experto diplomático y entró en negociaciones por separado con los componentes de la alianza, a los que dividió. Quedó aislada Francia, contumaz en el designio de destruir la República mexicana.

En abril de 1862 se retiraron las fuerzas españolas y británicas, dejando que se estrellaran los franceses, que, confabulados con los monárquicos mexicanos, insistían en llevar a remate su audaz golpe de Estado. Bien es sabido cuan patéticamente acabó.

Prim había percibido claramente a su llegada a México que solo podría sostenerse allí la monarquía si se ocupaba el país con un ejército extranjero. No tenía, pues, fe en aquella empresa. Pero O´Donnell, bien porque se forjara más ilusiones, bien porque quisiera entretener a Prim lejos de la Península, resintió la vuelta del héroe de los Castillejos. También la resintió Francia, y se produjo la ruptura de relaciones diplomáticas, con amenaza de serio conflicto.

No poco coadyuvaron las peripecias en el exterior a sostener en el poder a la Unión Liberal; mas esa política también tenía su lado peligroso para el gobierno, que a pesar de todo, no era aún omnipotente e irresponsable como lo sería en la Restauración.

En 1865 volvió al poder la Unión Liberal, y en el ministerio del duque de Tetuán figuraron, como de costumbre, Cánovas, Alonso Martínez, Posada Herrera, etc. Ese segundo ensayo solo duró un año, pero la oligarquía se presentó ya más madura. Sor Patrocinio y el padre Claret fueron confinados a los conventos. Posada Herrera perfeccionó, si la perfección cabía en ello, sus artes de taumaturgo electoral.

Se ofrecieron sendas carteras ministeriales a tres directores de periódicos progresistas, que las rechazaron. Otros progresistas aceptaron puestos en el gobierno y en las cámaras. La idea era, como diez años antes, destruir a la oposición, pero no realizando su programa, en el supuesto que la oposición tuviera alguno, ni ganando a país con obras, sino corrompiéndolo todo, asociando en el pacífico disfrute del poder a todo sujeto políticamente peligroso, y a los que no, persiguiéndolos.

Ya conocemos la política interior y exterior de la nueva oligarquía. (En 1865-66 O´Donnell y Cánovas repitieron el ensayo de 1958-63. Este es el esbozo del linaje de gobierno que tendrá España desde 1874 hasta 1923.

R.B.: RAMOS-OLIVEIRA, Antonio, Historia de España, Compañía general de ediciones, 1950, México, Tomo I págs. 253-273.