El Proletariado

Marx y Sorel

El socialismo y del anarquismo

El terrorismo barcelonés

La C.N.T.

El Partido Socialista y la U.G.T

Marx y Sorel

Karl_Marx.

Karl Marx.

El proletariado español, en su manifestación socialista, pedía ya un puesto de primer orden como clase independiente en la lucha política. La aparición de esta nueva fuerza complica el drama, pero inyecta en las venas del cuerpo político nacional una fuerte corriente de sangre juvenil, y como en seguida veremos, este hecho equivale en la vida moral de España una revolución.

Presenciamos en los días de la primera República una agitación proletaria amorfa y anarquizante. No era aquello un movimiento orgánico, sino la protesta primitiva de una clase explotada sin piedad. No había masas unidas en un mismo propósito inteligente. Sin embargo, desde mediados de siglo funcionaban algunas sociedades obreras adscritas a la Asociación Internacional de los Trabajadores (AIT), y aunque era pronto aún para que pesara ostensiblemente en los sucesos de 1873, ya existía en germen el movimiento sindical y político moderno de la clase trabajadora española, e incluso comenzaban a señalarse sus diferentes tendencias.

La revolución de 1868 y la primera República favorecieron, con la libertad de reunión y asociación, la constitución de sociedades obreras. En noviembre de aquel año llegó a Madrid Fanelli, representante de la Alianza de la Democracia Socialista, fundada por Bakunin. La propaganda de Fanelli alentó la formación de nuevos grupos de la Internacional en varias ciudades.

Para unificarlos en una federación nacional se unió en junio de 1870 en Barcelona un Congreso, al que asistieron ochenta y cinco delegados en nombre de secciones de treinta y cuatro localidades. En este primer Congreso se exaltó el ideario anarquista, y se resolvió que como.

toda participación de la clase obrera en la política gubernamental de la clase media no podía producir otros resultados que la consolidación del orden de las cosas existente, lo cual necesariamente paralizaría la acción revolucionaria socialista del proletariado, el Congreso recomienda a todas las secciones de la Asociación Internacional de los Trabajadores renuncien a toda acción corporativa que tenga por objeto efectuar la transformación social por medio de las reformas políticas nacionales, y las invita a emplear toda su actividad en la constitución federativa de los cuerpos de oficio, único medio de asegurar el éxito de la revolución social. Esta federación es la verdadera representación del trabajo y debe verificarse fuera de los gobiernos políticos.

En el primer Congreso federal, elegido por ese mismo Congreso, figuraron los hermanos Francisco y Ángel Mora y Anselmo Lorenzo, el cerebro militante del anarquismo español.

El 9-IX-1871 la sección española de la Internacional celebró una conferencia en Valencia y en ella se afirmaron de nuevo los principios anarquistas: ...la verdadera república democrática federal es la propiedad colectiva, o sea, la libre federación universal de libres asociaciones agrícolas e industriales. Se renovó el Consejo federal, y entraron en él José Mesa, Inocente Calleja y Pablo Iglesias.

Contrarrestaba en los medios obrero españoles la labor de los emisarios de Bakunin, Lafargue, yerno de Carlos Marx, autorizado divulgador de las teorías socialistas, que había fijado temporalmente su residencia en España.

Por considerarla la utopía filosofal del crimen, el gobierno de Sagasta decretó la disolución de la sección española de la internacional en enero de 1872. Sin embargo, el movimiento obrero continuó funcionando.

En abril de dicho año se reunió en Zaragoza el Congreso histórico en que iba a producirse la ruptura entre anarquistas y socialistas, entre la filosofía de Bakunin y la de Marx. El conflicto que luego habría de plantearse en un plano internacional y que terminó con la expulsión de Bakunin en el Congreso de la Haya, lo resolvió el proletariado español apartándose de la Alianza el 2 de mayo de 1872 nueve afiliados socialistas, entre los que se contaba Pablo Iglesias. Significativamente este grupo se dio el nombre de Nueva Federación Madrileña.

Nos equivocaríamos si perdiéramos de vista que estos son los comienzos del movimiento obrero organizado. Todavía no ha captado masas y existe en estado de nebulosa social, bien que con tendencia a desarrollarse rápidamente. Pero téngase presente que la Internacional solo agrupaba en España a veinticinco mil federados.

El nuevo régimen de la restauración declaró su hostilidad a las asociaciones obreras, al socialismo y al anarquismo. Pasó entonces el naciente movimiento obrero por un duro periodo de prueba y se refugió, virtualmente aniquilado, en la clandestinidad. No obstante, a principios de 1879, el grupo de Pablo Iglesias reanudó su marcha, más numeroso ya, y fundó el (Partido Socialista Obrero Español) a los postres de un almuerzo de confraternidad universal en una fonda de la calle Tetuán, en Madrid.

En 1886 vio la luz el semanario del partido: El Socialista.

Dos años después se reunió el primer congreso socialista en Barcelona, y otro, el primero también, de la [Unión General de Trabajadores]. En 1889 esta organización sindical, de orientación marxista, se componía de sesenta y tres secciones y quince mil adheridos.

Paralelamente nacía el movimiento obrero anarco-sindicalista, y surgía en Barcelona la Federación de Trabajadores de la Región Española, con su órgano periodístico Tierra y Libertad

Al despuntar el siglo XX ambas tendencias se hallaban perfectamente diferenciadas en la geografía social de la nación. Una se aclimataba de modo definitivo en Madrid, la otra se establecía no menos definitivamente en Barcelona y en Sevilla. Se ponía ya de manifiesto que en Castilla no había ambiente para el anarquismo y que en la industrial Barcelona y en su hinterland y en las regiones andaluzas de los latifundios no lo había para el socialismo. O si se prefiere, digamos que Cataluña y Andalucía se adherían predominantemente al anarquismo y Castilla al socialismo.

La línea general de las aspiraciones socialistas, según el programa aprobado por los fundadores en mayo de 1879, se concretaba en la.

posesión del poder político para la clase trabajadora; transformación de la propiedad individual o corporativa de los instrumentos de trabajo en propiedad común de la nación, y constitución de la sociedad sobre la base de la federación económica, de la organización científica del trabajo y de la enseñanza integral para todos los individuos de ambos sexos.

El sindicalismo revolucionario, que acaba dominando, no solo Barcelona, sino, generalmente, en los centros industriales, es hijo del anarquismo. Su cuerpo doctrinal hay que buscarlo en la filosofía de Sorel; nació por tanto, fuera de España. Su táctica de la acción directa, no consiste, como cree el vulgo, en el empleo sistemático de la violencia, sino en la negociación directa entre patronos y obreros con exclusión de terceras personas —políticas o no— ajenas a los intereses específicos de la producción en sus dos ramas de capital y trabajo.

George Sorel

George Sorel

Esto es, que cada vez que unos obreros tengan reivindicaciones a plantear, o diferencias a resolver, deben hacerlo directamente con los patronos interesados, no aceptando la intervención de nadie ajeno al conflicto, ni personas convertidas en amigables componedores, ni representantes oficiales u oficiosos del Estado o de la autoridad. Y si llegan a un acuerdo, bien, tanto mejor; y si no llegan, entonces cada uno hará uso de los medios coactivos de que disponga para vencer la resistencia del adversario. (Pestaña.)

Pero es cierto que la acción directa, al eliminar el arbitraje del poder público, acaba erigiendo en factor dirimente de los conflictos sociales a la fuerza. Por su vena anarquista, apolítica, antiestatal, el sindicalismo soreliano era un movimiento social de carácter violento. Y el socialismo que pronto iba a predominar abrumadoramente en los medios proletarios de Castilla, era el socialismo marxista, fundamentalmente político, estatal y pragmático en la elección de procedimientos de lucha.

¿Por qué se inclinó al anarco-sindicalismo el proletariado de Cataluña y Andalucía, y al socialismo el de Castilla? ¿Por qué no había anarquismo en Madrid y lo había en Barcelona y en Sevilla? Es este un problema de historia española que reclama particular atención.

Geografía del socialismo y del anarquismo

El enigma desaparece así que recordamos cuál es la estructura económica de la nación. Presenta Castilla un clima económico templado. Entre el Duero y el Tajo, salvada Salamanca, no abunda la gran propiedad agraria. El régimen de la distribución del suelo es minifundista, con propietarios que ganan poco más que un bracero. La región está equilibrada, si se puede hablar así, en un nivel de penuria general, y es la igualdad en la miseria mayor que en el resto de España, sin llegar a alcanzar el dramatismo del campo gallego. Esto en cuanto a la tierra.

En las ciudades, el advenimiento de las ideas socialistas sorprende a un régimen económico arcaico y patriarcal. Castilla no tiene industria y carece de proletariado moderno, del proletariado del marxismo. Los obreros no trabajan en las fábricas, sino en talleres y el patrono los conoce a todos por sus nombres. Raro es el taller que cuenta con cien operarios.

Castilla está, pues, huérfana de burguesía, y cuando el proletariado grita, porque se lo ha oído a los compañeros franceses e ingleses, belgas y alemanes, ¡Abajo los burgueses! quiere decir otra cosa. Quiere decir: ¡Abajo los agrarios! Porque históricamente este proletariado primitivo es aliado de la burguesía, primitiva también, y como él oprimida por la aristocracia y por los grandes terratenientes.

El proletariado de Madrid, evidentemente, vive aún en la época de los gremios y las cofradías. Los patronos mantienen con sus trabajadores un tipo de relación de días ya pasados en las grandes naciones industriales y en la misma Barcelona. En la industria de la edificación todavía no han aparecido las grandes empresas. En fin, la economía de Castilla es la del artesanado.

Los obreros son aún artesanos; y, por consiguiente, subsiste la terminología medieval. El patrono es el maestro y a sus órdenes trabajan los oficiales y los aprendices. El propio patrono no es, por lo común, más que el obrero número uno, y al final de la jornada, cuando se van los trabajadores, este capitalista cierra por su misma mano la puerta del taller, que suele hallarse instalado en habitaciones de su vivienda, y pasa a descansar con su familia, o, en ocasiones, continúa trabajando.

Algo semejante acontece en el comercio, no organizado todavía en cierta escala.

Esa es la atmósfera social de Castilla a principios de siglo y esa ha seguido siendo hasta hace unos años. En tal ambiente no puede darse la crueldad fría, mecánica, impersonal del capitalismo. Por eso Castilla rechaza el anarquismo, y los filósofos anarquistas que nacen en estas regiones se marchan a predicar su falansterio y su odio nihilista a las zonas de desigualdad social eruptiva, allí donde existe un proletariado resentido.

Por otro lado, Andalucía, agraria, y Barcelona, industrial, antípodas en su estructura económica, se dan la mano socialmente porque uno y otro proletariado es víctima de una explotación sin caridad, ambos carecen de la más elemental ilustración y ni el campesino andaluz ni el obrero barcelonés conocen los beneficios de las leyes sociales con que un capitalismo europeo pujante dueño del poder político en las naciones progresivas indujo a la clase trabajadora a abrazar las doctrinas templadas y evolutivas del socialismo reformista.

(Claro es que tanto el analfabetismo como la falta de socorro oficial al proletariado imperan también en Castilla, pero ninguna de estas deficiencias produce los graves efectos que en Andalucía y en Cataluña, por ser menos violento el sistema de la propiedad).

Anselmo Lorenzo atribuía en El Proletariado Militante, con buen fundamento, el fracaso del anarquismo en Madrid al hecho de que no hubiera en Castilla un proletariado propiamente dicho. Pero no basta, para que el anarquismo haga prosélitos, como se desprende de la experiencia general europea, que exista un proletariado industrial. Es esencial que este proletariado sirva a un capitalismo de hierro, socialmente primitivo, protegido por un Estado injusto o por un régimen injusto y corrompido, como el de la Restauración.

Ninguno de los teóricos del anarquismo militante español era catalán. No lo era Anselmo Lorenzo, ni Ricardo Mella. Tampoco era catalán Ángel Pestaña. Pero solo en Cataluña y en las zonas industriales o en aquellas otras agrarias donde reinaba tremenda desigualdad llegaron a afianzarse sus ideas. Y no es que el andaluz sea más místico y el catalán más individualista que el castellano, como se ha sostenido. Tampoco puede aceptarse a estos efectos la tesis, más sutil todavía, de que el castellano es superior como sujeto político al catalán.

La situación del campesino andaluz ha quedado ya suficientemente subrayada, y explicado el éxito de las doctrinas ácratas en un medio tan propicio a recibirlas. El terrorismo andaluz era hermano del de la Italia meridional, y los bandidos andaluces, producto genuino, como los bandidos calabreses, de un estado de desequilibrio social típicamente territorial.

(Convendrá, tal vez, completar la semejanza social que presentan España e Italia, lo mismo en el Sur territorial que en el Norte industrial, señalando ahora de pasada que Italia también tuvo un movimiento obrero industrial libertario y que los anarquistas italianos expulsados o huidos de su patria continuaban sus actividades terroristas en Barcelona).

Las consecuencias sociales de la existencia de un innumerable proletariado agrícola sin recursos son las mismas que se derivan de la existencia de un proletariado industrial explotado como lo estaba el proletariado europeo en la etapa primaria del capitalismo, cuando las masas, cegadas por la desesperación, se revolvían contra la máquina.

El capitalismo catalán y en general todo el capitalismo español, que nace con enorme retraso, no llega en ningún momento a superar el bronco periodo de la explotación férrea. Hasta nuestros días se ha venido repitiendo con niños y mujeres la descarnada explotación que padecieron a mediados del siglo XIX en las factorías inglesas y alemanas.

Hay quien atribuye la rebeldía del proletariado empleado en Barcelona y su provincia a la perversa condición del patrono catalán. Este es otro grave error de apreciación. El anarquismo y la protesta de la clase trabajadora en el reinado de Alfonso XIII no quedan circunscritos a Cataluña. Se registran huelgas violentas en todas las zonas industriales.

Cuando llega a afirmarse con cierta permanencia la distribución geográfica del movimiento obrero español se advierte que el anarcosindicalismo domina por completo en Cataluña, en la mayor parte de las poblaciones industriales de Levante, en toda la campiña andaluza, en Gijón, en la Felguera y otras localidades mineras asturianas, en Zaragoza y su provincia y en Galicia. esto es, sencillamente, en la mayoría de los centros industriales y en las regiones rurales de máxima miseria.

En resumidas cuentas, la clase trabajadora española promueve en el siglo XX los conflictos sociales que conoció Europa en la centuria anterior. España quiso hacer su revolución política sin haberla precedido la revolución mercantil e industrial, y no hizo ni la una ni la otra. He aquí la tragedia oriunda de que contingencias históricas forzaran a la sociedad española a invertir los términos de la dialéctica política. Fue antes el efecto que la causa.

Necesario es repetir que las industrias de Cataluña y las Vascongadas son a manera de cuerpos extraños en una nación esencialmente agraria, gobernada por una oligarquía territorial.

En semejante estado de cosas es fatal que el campo gravite socialmente sobre las zonas industriales y arroje sobre ellas una masa miserable sin ocupación, peonaje barato, que se agolpa a la puerta de las fábricas dispuesto a trabajar por lo que le den. Los braceros sin tierra caen sobre las urbes industriales como la mariposa es atraída por la luz, y su ignorancia y su necesidad, al chocar con un medio tan implacable como el del capitalismo decimonónico, los hace anarquistas.

La vida del obrero industrial está constantemente amenazada por esta multitud de esquiroles en potencia. Lo mismo ocurre en la industria de la edificación, en los puertos y en las minas. La levadura del anarcosindicalismo la forman estos trabajadores sin pan y sin letras, inmigrantes de las regiones agrarias.

Los patronos ajustan sus ideas sobre el valor de la mano de obra de acuerdo con la mentada realidad social: toda explotación les parece lícita, puesto que siempre hay una muchedumbre de proletarios que trabajarían por menos. Es exactamente el ejército industrial de reserva definido por Carlos Marx y que en Europa dejó de serlo en la práctica en virtud de los seguros sociales, que en Inglaterra suponen, por ejemplo, que un obrero parado y padre de cinco hijos gane más con el seguro del paro que trabajando.

Pero en España —obvia es la insistencia—, como en la Europa del siglo XIX, el ejército industrial de reserva estaba permanentemente movilizado en los alrededores de las factorías o mendigando en las calles.

La legislación social española, tímida y tardía, nunca pudo ser comparada con la legislación social inglesa, francesa o alemana. El Instituto de Reformas Sociales y el Instituto Nacional de Previsión nacieron impuestos por una necesidad mayor, que los gobiernos, más atentos a mantener el orden público que a proteger a las clases humildes, no podían soslayar. Pero jamás llegaron a crear un seguro de paro, ni una pensión decorosa para el trabajador anciano, ni garantizaron el pan a los niños que perdían a su padre, por muchos que fueran.

Nada hicieron los gobiernos por el campesino desamparado, y cuando se vieron obligados a mejorar la situación de los obreros industriales, el Estado anduvo más perezoso de lo que debiera, pues ya sabemos que la oligarquía tenía horror a las reformas.

Sobraban, naturalmente, motivos para que el proletariado de Barcelona y sus suburbios pusiera en la violencia una fe aturdida. Factores de orden político vendrían a reforzar los de carácter social, convirtiendo a la ilustre y espléndida ciudad condal en una población atormentada por el terrorismo.

El terrorismo barcelonés

El terrorismo barcelonés había comenzado bajo la Regencia y entró en escena, indiscutiblemente, de la mano del separatismo.

Como quedó consignado, en 1892 plantearon los capitalistas catalanes al Estado español formalmente por primera vez la cuestión de la autonomía regional. Ese mismo año, como también se recordará, estalla la primera bomba en Barcelona. A modo de crescendo horrísono la actividad dinamitera acelera su ritmo en los sucesivo hasta rayar en lo febril.

El 23-IX-1893 un anarquista arroja dos bombas ante el caballo del general Martínez Campos, en ocasión del desfile de las tropas por la Gran Vía de Barcelona.

El 7 de noviembre de igual año, otro anarquista ejecuta un crimen verdaderamente demoníaco: desde lo alto de la galería del teatro barcelonés del Liceo lanza sobre el patio de butacas dos bombas infernales cuando la función de ópera estaba en su apogeo. Mueren quince espectadores y se recogen gran número de heridos.

El domingo 7-VI-1896, al anochecer, hace explosión otra bomba de dinamita entre la muchedumbre que formaba en la procesión del Corpus Christi; mata a once personas y hiere a muchas más, niños inclusive.

Ya no se interrumpirá en Barcelona el rosario de crímenes políticos y sociales, que hacen del reinado de Alfonso XIII un periodo luctuoso y turbulento.

Un movimiento obrero anarcosindicalista, con la acción directa apolítica como arma de combate, llevaba en su seno la violencia. Pero el terrorismo de Barcelona excedía en repugnante criminalidad cuanto pudiera esperarse de la lucha clases, incluso en un medio industrial protervo —perverso.—

Harto aflictiva era la vida miserable del campesino andaluz. Padecían cruenta explotación los obreros de las minas y centros fabriles de toda España. Que unos y otros, incluidos, naturalmente, los catalanes, bordearan mentalmente el anarquismo a nadie podía sorprender, ni precisaba buscar en la psicopatología de la raza explicación exotérica para un fenómeno puramente racional.

Mas en ninguna parte hubo epidemia social a la del terrorismo barcelonés. Forzoso es, pues, relacionarlo con una causa específica y esa causa específica solo puede tener sus raíces en el separatismo, acaudillado por los capitalistas. A ella apunta la cronología y ella es el fundamental factor anarquizante de la sociedad catalana.

No podemos demostrar que el obrero de Cataluña hubiera evolucionado hacia una política templada de clase de no haber sido separatista la burguesía de Barcelona; pero es evidente que la circunstancia de que el capitalismo vascongado no sintiera el separatismo libró, sin duda, aquella región de los horrores que desgarraron a Cataluña; y lo mismo ocurrió en las demás zonas industriales.

La concatenación de los fenómenos sociales en el intrincado y sombrío ambiente político barcelonés hace inexcusables unas reflexiones sobre la evidente conexión del terrorismo con el separatismo catalán.

La burguesía catalana se hallaba en una situación singular. Por un lado era una clase revolucionaria, progresiva y políticamente oprimida por la oligarquía territorial, y por otro, una clase opresora y reaccionaria. El capitalismo catalán combatía contra la clase gobernante española, pero era combatido a su vez por los trabajadores. En cuanto clase revolucionaria, la burguesía barcelonesa estaba en rebeldía, era una clase sin Estado, que hacía de los desórdenes y conflictos sociales en Cataluña un arma contra el poder central.

A la clase directora catalana no le preocuparon durante mucho tiempo seriamente las huelgas ni el terrorismo, pues suponía que mientras mejor se pusiera de manifiesto la incompetencia y vesania del gobierno de Madrid, más cerca estaba Cataluña de obtener sus reivindicaciones nacionalistas.

Los separatistas explotaban, en suma, el sangriento barullo barcelonés, y corolario de la actitud de franca insurrección es que se colocó desde fines de siglo la burguesía catalana fue que Cataluña perdió su clase conservadora. Nadie tenía allí interés en el orden, ni en la paz, ni en la convivencia. Inhibidas las fuerzas sociales que más podían apetecer el sosiego, o activas en la gestación de la discordia, no había otra ley que la pistola.

Todos, capitalistas y obreros eran allí anarquistas. Los obreros prodigaban la huelga ad absurdum y cuando cesaban las huelgas y parecía que volvía la calma, no era raro que los patronos declararan el lock-out.

El poder central, monopolizado por los agrarios, llevaba una lucha bifronte: había de someter a los separatistas y a los obreros, con la dificultad insuperable de que tenía que tratar con dos movimientos sociales que se resistían a reconocerlo: el primero, porque el poder central no era catalán, y los obreros porque la táctica de la acción directa recusaba la intervención política.

Inevitablemente, la vida civil de Cataluña se corrompía. Ambos combatientes, el Estado español y la burguesía barcelonesa, eran ricos, y el dinero corría en las sombras. El gobierno nacional confiaba la defensa de la causa española a demagogos asalariados, o armaba la mano del asesino, cunado no le bastaba la ley. Las asociaciones patronales, clamando astutamente indefensión se tomaban la justicia por su mano y formaban sus bandas de pistoleros.

El anarcosindicalismo se volvía, con los suyos, contra las dos represiones, la patronal y la policíaca, la catalana y la castellana. Barcelona, campamento de terroristas de toda laya, era una ciudad de emboscadas, con un charco de sangre en cada esquina. Había pistoleros de los capitalistas, los pistoleros del poder central y los pistoleros de los sindicatos.

Los patronos acusaban a los sindicatos; los sindicatos, a los patronos; los separatistas al poder central; el poder central, a los separatistas. La verdad es que todos tenían razón. En 1923 había corrido ya la sangre en Barcelona en raudal suficiente para ahogar a la oligarquía, a la Lliga y a los sindicatos libertarios, y los ahogó.

El terrorismo específico de Barcelona era inherente al separatismo y poco importaba quien lo introdujera. Lo introdujo, en fin de cuentas, una compleja crisis histórica, que no era catalana, sino española, nacional.

Huelga decir que la burguesía del principado nunca favoreció la formación de sindicatos obreros de filosofía socialista, pues esta burguesía mantenía también una visión anarquista de la lucha, y prefería que el proletariado de Cataluña, su proletariado, fuera anarquista; por presentir, acaso, que una clase obrera antiestatal sería siempre un instrumento útil contra el Estado español.

Los trabajadores de Cataluña se batían contra el Estado en general y los capitalistas contra un Estado determinado. Así andaban unidos jornaleros y patronos en todo lo negativo.

La Confederación Nacional del Trabajo

En 1908 dio el anarcosindicalismo un paso más en el desarrollo de su moderna organización. Del congreso anarquista de Ámsterdam, celebrado el año antes, surgió la Solidaridad Obrera, que celebró en España en septiembre de 1908 su primera asamblea regional, contando ya con ciento veintidós asociaciones.

En 1910 nacieron la Confederación Nacional del Trabajo y la Confederación Regional de Cataluña, entidades que venían a reemplazar a la Solidaridad Obrera. Prosperaba rápidamente el anarcosindicalismo en aquel portentoso naufragio de la justicia, de la ética y de la vida misma de España. Ninguna organización proletaria osaba disputarle en Barcelona el control de las masas. Se imponía a los reacios por la violencia y ahogaba en germen con la pistola fratricida cualquier conato de organización sindical que amenazara su dominación totalitaria.

El separatismo irresponsable, claro es, favorecía su desarrollo; y parecía como si los capitalistas se complacieran en la perfidia de mantener al proletariado en continua exaltación. Así se formó y creció un movimiento obrero desconcertante. Revolucionario por principios y reaccionario por sus consecuencias. Mártir y verdugo. Ingenuo y venal. Por su nervio violento ofrecía vasto campo de experiencias a los desesperados y a los audaces.

Su utopía social seducía a los místicos; y como a nadie se le exigían antecedentes personales para ser admitido, se juntaban en la Confederación del Trabajo lo bueno y lo menos bueno y lo peor. Era un partido de puertas abiertas; y un sistema proselitista tan libre de prejuicios y cautelas llegó con el tiempo a hacer de España el único país del mundo donde el hampa podía acogerse en caso de necesidad al sagrado de un respetable movimiento de masas laboriosas.

En las epilépticas vicisitudes de la política española, el anarcosindicalismo fue siempre una incógnita. Unas veces acudía a las elecciones y otras se abstenía de votar. Ora apoyaba en Barcelona a los autonomistas de Solidaridad Catalana, ora apoyaba a Alejandro Lerroux, campeón oficioso del españolismo. Era un movimiento incalculable. Masas a la deriva sin una verdadera cabeza ni un solo valor intelectual, lo mismo podían servir a la revolución que a la contrarrevolución; y este carácter de fuerza social insegura, oscilante en sus principios y en su ética, hacía de la Confederación una riquísima reserva de energía popular solicitada por los demagogos y por la oligarquía.

La conducta de los poderosos respecto a los anarcosindicalistas era tan imprevisible como la del propio movimiento. No escapaba, ciertamente, al cálculo de los privilegiados la conveniencia de conservar esta numerosa fuerza apolítica, fácil de mover o de inmovilizar, según aconsejaran las circunstancias, gracias a un enjambre de confidentes y agentes provocadores.

Por el apoliticismo ya se hurtaban a la lucha civil masas cuantiosas de explotados. De ahí que la reacción practicara una política extraña con aquella hueste libertaria, alternando la lisonja con la más despiadada represión; y con frecuencia se comprobó que la oligarquía, en los momentos de peligro, no desesperaba de poder servirse con ventaja de estas multitudes desorientadas, azuzándolas contra el resto del proletariado e incitándolas a la acción revolucionaria cuando menos convenía al interés de los trabajadores el alboroto.

Ni era raro el espectáculo de los demagogos de la clase media seguidos de una escolta anarquista.

Ahí estaba, en la plaza pública, esa fuerza negativa y opaca, requerida, con éxito unas veces, sin él otras, para que decidiera la suerte del proletariado.

La existencia de una plebe corrompida militando en la vida pública es fenómeno inseparable del régimen de la oligarquía y la aristocracia degeneradas. En sistemas de este linaje la política se hace en los salones y en los garitos, en los círculos aristocráticos y en los prostíbulos. En el reinado de Alfonso XIII España cayó en esta ignominia, y el personaje que sirvió de enlace entre los salones y los barrios chinos de la política fue el demagogo de más nota del periodo, Alejandro Lerroux, de quien luego hablaré.

El Partido Socialista y la U.G.T

El socialismo y las organizaciones obreras de inspiración socialista avanzaban también desde principios de siglo, restando adhesiones proletarias a la clase media radical.

En las elecciones generales de 1901 los socialistas lograron en Madrid cuatro mil quinientos votos. En el Congreso socialista de Gijón, celebrado en septiembre del año siguiente, estuvieron representadas setenta y tres agrupaciones. Pero todavía continuaban incorporadas al republicanismo algunas organizaciones obreras, pues en la asamblea de Unión Republicana de 1903 figuraron delegados de ochenta y dos.

La primera victoria electoral socialista se produjo en noviembre de 1905 con ocasión de la renovación de los municipios. Tres socialistas, Pablo Iglesias, Ormaechea y Largo Caballero, entraron en el ayuntamiento de Madrid.

Paralelamente crecía la Unión General de Trabajadores, que en 1890 contaba con siete secciones y dos mil afiliados y en 1908 con ciento ocho y treinta y cinco mil respectivamente. En 1912 el progreso se ofrece ya notable, pues las secciones son trescientas sesenta y los afiliados ciento veintisiete mil.

El partido socialista se desarrollaba más lentamente, como correspondía a una organización política. Pero la media docena de diputados, uno más o menos, que lo representaron en el parlamento bien entrado ya el reinado de Alfonso XIII, se bastaban, si no para ganar votaciones, al menos para zarandear el retablo oligárquico con indudable efecto.

Este partido había nacido en las imprentas, el lugar de trabajo de la aristocracia intelectual del proletariado. La plana mayor del socialismo español, con algunas excepciones, como la del ilustre hombre de ciencia Jaime Vera y la de Largo Caballero, estuquista de oficio, la formaron originariamente tipógrafos.

Tipógrafo era el líder del movimiento: Pablo Iglesias. En este obrero de clara inteligencia, frente espaciosa, ojos azules, moral incorruptible y terca voluntad se había revelado el genio popular español, cuanto había de noble, renovador y justiciero en el alma del pueblo. Iglesias era un hombre de acción, autor de sí mismo, que se había asimilado una filosofía de la Historia, se había dado cuatro principios de ética social y había puesto en marcha una fuerza política joven, tanto más necesaria en España cuanto que la oligarquía carecía virtualmente de oposición.

La transcendencia del movimiento socialista era mayor en España que en la Europa capitalista, justamente porque surgía en un momento fatal para la nación. Bien es sabido que en Europa acababan entonces de consolidarse las grandes naciones, o nacían otras, como la alemana y la italiana, y las pequeñas, como Bélgica, de reciente formación también, compartían, organizadas y optimistas, la abundancia que se desencadenó al tomar la clase media en sus manos, definitivamente, la dirección de los Estados. Es decir, España se disolvía en el preciso instante en que las naciones europeas se afirmaban.

Acontecía en España con el socialismo lo que había pasado con el liberalismo. El marxismo penetraba en una nación sin proletariado propiamente dicho, a semejanza del principio de soberanía popular, que había sido introducido un siglo antes en un pueblo sin clase media.

La misión de Pablo Iglesias estribaba exclusivamente en crear un movimiento renovador y constructivo, y la cumplió cabalmente. El remate de la obra, la sabia administración de aquella energía, cumplía a sus sucesores. El mérito de Iglesias está en haber realizado la proeza con una multitud sin letras, dispersa y miserable. Echar a andar una máquina política obrera en Francia, Inglaterra o Alemania era empresa fácil porque la aglomeración del proletariado en las grandes fábricas, las ciudades superpobladas y una mayor ilustración general daban casi hecho el movimiento.

Cientos, miles de cartas salieron de su pluma. Cartas sencillas, paternales en las que se exaltaba la conducta moral sobre todo. Porque el fundador del socialismo español tenía temperamento pedagógico, de educador, y la muchedumbre, consciente de ello, no le llamó líder ni caudillo, sino maestro.

El medio en que trabajaban los primeros socialistas españoles no podía ser más hostil a la creación política y social. De una parte, la oligarquía, y de otra el anarquismo latente en las condiciones de existencia del proletariado peninsular, dos fuerzas negativas y estériles, oponían enorme resistencia al avance de una organización de signo opuesto.

Hacia 1912 el partido socialista y la Unión General de Trabajadores gravitaban ya considerablemente en la vida pública. El socialismo venía a quebrar la atonía política nacional. España salía ahora de la abulia en que la habían sumido las catástrofes de fines de siglo. Entraba en escena un proletariado disciplinado que se llama a sí mismo, con orgullo infantil, consciente.

Los republicanos recibían de esta solvente fuerza de izquierda el estímulo que necesitaban. El grosero pesimismo de la oligarquía y el indolente escepticismo de la clase media recibieron en la faz un ramalazo de viento vivificador y refrescante. Los socialistas contribuyeron a la lucha contra la oligarquía con una emoción viva de que se hallaban huérfanos los partidos radicales históricos.

No ofrece duda de que fue Pablo Iglesias, con su ejemplo militante y con su innegable actividad, quien sacudió al adormecido republicanismo. El carácter dinámico de la fuerza proletaria, su gesto afirmativo, su implícita fe en los destinos de España, operaron por reflejo sobre una clase media vencida que no solo había sido contagiada por los enterradores de España de un pesimismo descorazonador, sino que era incapaz de hacer nada por propia iniciativa.

España debe, pues, al partido socialista el despertar de la conciencia ciudadana en el proletariado y la reincorporación de la clase media a la lucha. Y eso era una auténtica revolución en una sociedad que no creía en nada.

R.B.: RAMOS-OLIVEIRA, Antonio, Historia de España, Compañía general de ediciones, 1950, México, Tomo I págs. 375-392.