Pronunciamientos militares

El ejército y la sociedad civil
El ejército disuelve las Cortes
El Militarismo
La razón de la supremacía militar
Analogía entre España y Roma

El ejército y la sociedad civil

España ha dado al diccionario universal la voz pronunciamiento, y como por lo común los vocablos solo se internacionalizan cuando tienen un sentido típico, estricto y elocuente, que les viene de la originalidad de la cosa representada por ellos, parece que España ha creado, con la palabra, un fenómeno social hasta ahora desconocido en el mundo.

Volvemos siempre a lo mismo: el español es una criatura singularmente constituida, que ama la guerra civil y cuando se mete en un uniforme es víctima del morboso placer de rebelarse contra las instituciones civiles. Nada más distante de la verdad. La presencia del Ejercito en la política española no denuncia ningún desarreglo psicológico del hombre español.

La prerrogativa del mando en una sociedad sanamente constituida es por ley natural atributo del poder civil, porque ni el Ejército como tal tiene otra misión que la de destruir, ni el soldado encamina su preparación técnica en otro sentido que el de hacer la guerra eficazmente, ni la disciplina civil es impuesta, sino pactada, ni la fuerza errátil e incierta que se ha desprendido de su órbita puede edificar nada.

¿Saben ustedes lo que más me asombra?, preguntaba un día Bonaparte. Y se respondía: La impotencia de la fuerza para organizar algo. Solo existen —añadía— dos fuerzas reales en el mundo: el espíritu y la bayoneta. A la larga, sin embargo, la bayoneta resulta vencida por el espíritu.

El ejemplo gobernante de un César o un Napoleón no contradice esta tesis, pues en ambos las dotes de estadista sobrepasaban las de estratega.

La fuerza propende a abusar de su poder. Imantada hacia el mando absoluto por ley de su propio impulso, la institución militar escapa a su función específica en cuanto en la sociedad civil aparece debilitada la resistencia; y esta resistencia no es otra que el orden moral, fruto de la convivencia espontánea.

En principio el Ejercito representa una amenaza para el estado civil, que ha de procurar siempre recordarle su misión privativa con el ejemplo indiscutido de la fortaleza moral de las instituciones gobernantes. Pero los romanos iban más lejos en sus recelos, y habían elevado a norma tradicional que el general y el ejército como tales no pudieran entrar en la ciudad salvo en circunstancias muy extraordinarias.

El ejército disuelve las Cortes

Dos factores se coligaron para mezclar al Ejército en la vida española. A causa de la guerra-revolución de 1808-1813 se desplomaron las instituciones fundamentales, sin que tal derrumbamiento fuera seguido de arraigo de las nuevas; y eso acontecía en un momento de auge para las armas, a la hora en que todos los españoles hacían de soldado, y cuando a los más modestos se les brindaba la espléndida coyuntura del generalato.

La coincidencia de la decrepitud del Estado antiguo, inerme y sin autoridad moral, con la ascensión pletórica de la fuerza armada convertía a los militares, a los profesionales y a los improvisados, en árbitros de los destinos de España. España era una anarquía.

Pronunciamiento de Elío y de Eguía (1814)

La corona se sentía débil frente al romántico liberalismo, concienzudamente monárquico, y ya en Valencia, a su regreso de Francia, Fernando VII vio en la espada del general Elío el instrumento adecuado para meter en cintura a los liberales. Días después... Pero veamos lo que nos dice un contemporáneo:

Habiendo llegado a Guadalajara el 30 de abril algunas fuerzas procedentes de Valencia mandadas por el súbdito inglés y general español don Santiago Whittingham encaminándose a Madrid, como a población dominada por enemigos, preguntó la Regencia al general a que venía, y él respondió solo que a obedecer órdenes del rey comunicadas por el general Elío; acto ya de rebelión militar, así como de declaración de guerra a nombre y con consentimiento del monarca, y feo modo de proceder de un extranjero, a quien no tocaba, aun sirviendo a España, tomar parte en sus discordias civiles, y menos todavía convertir en pro del monarca, poco antes amigo de Napoleón, el poder que en la milicia española le daba su clase, adquirido en unión con los mismos hombres y en obediencia a las mismas leyes de cuya destrucción se prestaba a ser indigno instrumento. Con más o menos razón se veía en la conducta de este inglés una prueba más del favor que daban los gobierno europeos al rey contra las Cortes.R.B.: Antonio Alcalá Galiano, Historia de España, Madrid, 1846, t. VII, pág. 35.

El golpe de Estado lo remató el general Eguía, capitán general de Madrid, disolviendo el parlamento antes de que el monarca entrara en la capital. La monarquía absoluta —una monarquía absoluta también discordante de la tradición porque se arrogaba más fueros que la del s. XVI—, quedaba así restaurada directamente por el brazo castrense.

Como consecuencia de la paz habían quedado cesantes buen número de generales, jefes y oficiales del Ejército, cuya carrera se interrumpía bruscamente en el momento de mayor gloria. Los liberales, expulsados de la legalidad, se redujeron a buscar la fuerza que les faltaba en la opinión en los antros de la conjura. La corriente sentimental de la época, harto influida por el romanticismo, favorecía el procedimiento, y la conducta inconcebible de la corte parecía autorizar todos los excesos de los gobernados. Providencial ocasión para que ambiciones yacentes desenvainaran otra vez la espada en persecución de la fortuna. Corona y súbditos rivalizaban en halagar al Ejército, la fuerza decisiva, una vez vaciadas las instituciones civiles y eclesiásticas de su energía moral.

Pronunciamiento de Espoz y Mina (1814)

Meses después del golpe de Estado del general Eguía, Espoz y Mina, general guerrillero, se subleva en Pamplona. Mina fracasa y escapa. Su proyecto consistía en proclamar la Constitución de 1812, según declaró. Pero otros dicen que el móvil fue menos universal y que se proponía reemplazar en la capitanía general de Navarra al conde de Ezpeleta, cuyas órdenes se resistía a obedecer Mina, por no estar legitimadas por la fama exigua de quien las daba y no ser aceptables al gran renombre del que las recibía.

Pero el orgullo del soldado en retiro de la gloria era perfectamente compatible, sin duda, con su constitucionalismo, y su caso, representativo. De haber triunfado, la satisfacción de Mina hubiera sido doble, como pasó después con los que tuvieron éxito: su afán de mando y de dominio estaría tan colmado como su deseo de regenerar a la patria

Pronunciamiento de Díaz Porlier (1815)

Esto nos pasará con Díaz Porlier, sublevado en la Coruña con pésima suerte, en agosto de 1815.

Pronunciamiento de Lacy (1817)

Lacy y Miláns del Bosch, se sublevan en Barcelona con la misma suerte que el anterior, en 1817.

Pronunciamiento de Vidal (1819)

En 1819, Vidal se alzó en Valencia, pero fue apresado y ejecutado.

Pronunciamiento de Riego (1820)

En 1820, Riego se pronunció en Las Cabezas de San Juan(Cádiz). El rey, acorralado, pronunció su famoso marchemos francamente y yo el primero por la senda constitucional.

Pronunciamiento de Torrijos (1831)

Desembarco frustrado de Torrijos, que fue apresado y fusilado.

Pronunciamiento en la Granja (1836)

En 1836 un grupo de sargentos se rebeló en el palacio real de la Granja y restableció la Constitución de 1812; no obstante, un año después, la reina regente María Cristina la sustituyó por una carta de signo más moderado - la Constitución de 1837-.

Pronunciamiento de Espartero (1840)

En 1840, el general Espartero se alzó contra María Cristina y logró que lo nombraran regente en su lugar (1840-1843).

Pronunciamiento de O´Odonnell (1841)

Ante esa situación, O´Donnell se pronunció (1841) en Pamplona, sin éxito; mientras tanto, Diego de León trató de raptar a la reina y, por ello, fue condenado a muerte.

Pronunciamiento de Prim y de Narváez (1843)

En 1843, el progresista Prim y el moderado Narváez unieron sus esfuerzos y se levantaron contra Espartero, a quien lograron derrocar. La victoria supuso un total de 1.427 ascensos para los oficiales golpistas. Instalado en el poder, Narváez tuvo que hacer frente a 38 pronunciamientos progresistas entre 1844 y 1848, todos ellos sofocados y que se saldaron, entre otras consecuencias, con el fusilamiento del general Zurbano, el exilio del general Ruiz y la condena a muerte del general Prim, que fue indultado..

Pronunciamiento de O´Odonnell (1854)

Ante esta situación, O´Donnell decidió encabezar un pronunciamiento de signo moderado para adelantarse a un levantamiento progresista que se intuía próximo. Finalmente, en Vicálvaro (Madrid) las fuerzas rebeldes se enfrentaron a las gubernamentales. Después de unas horas de lucha, y sin que hubiera un vencedor claro, ambos bandos emprendieron la retirada.

Pronunciamiento de los sargentos de San Gil (1866)

La sublevación de los sargentos de San Gil (Madrid, 22-VI-1866), fue reprimido brutalmente y sus protagonistas fusilados. .

Pronunciamiento de Cádiz (1868)

Sin embargo, dos años después tuvo lugar el pronunciamiento más importante del siglo, el que dio inicio a la revolución conocida como La Gloriosa y acabó con el reinado de Isabel II y su expulsión del país. En Cádiz, la flota y la guarnición se rebelaron contra la reina y proclamaron el sufragio universal, mientras en Alcolea (Córdoba) el ejército isabelino resultaba derrotado.

Pronunciamiento de Pavía (1874)

El 3-I-1874, el general Pavía disolvió las Cortes y puso fin a la I República.

Esto nos pasará con Riego, con Palafox, con Zurbano, con Espartero, con Narváez, con O´Donnell, con Prim, con Martínez Campos, con Primo de Rivera, con Franco, y en resolución, con todos los militares que han invadido el escenario político español. Lo que sí se nos alcanza es que todos proceden en el poder como soldados, y piden a la sociedad civil el homenaje reglamentario que les debe la tropa, el silencio del cuartel, la disciplina de los desfiles y la obediencia automática de los reclutas.

En la España de los últimos ciento cincuenta años, revolucionarios y reaccionarios, liberales y serviles, han confiado a la milicia, los primeros, la revolución que la minoría liberal era capaz de dirigir en una nación sin clase media, los segundos la contrarrevolución que la monarquía en quiebra no podía realizar por sus flacos medios. El Ejército —opinaba Narváez— está podrido hasta el tuétano.

Y no podía ser de otro modo. Mas al propio tiempo la incursión militar sistemática en los negocios públicos denuncia indiscutiblemente, que no solo el Ejército, sino toda la nación se encuentra orgánicamente enferma o corrompida. Corrupción o enfermedad extraordinariamente profunda, y que no tiene que ver con la inmoralidad administrativa ni con la relajación de las costumbres.

El Militarismo

La constante intromisión del Ejército español en la vida pública a lo largo del siglo XIX y XX ha inducido a muchos a pensar que España es una nación militarista, y esto no es exacto. La usurpación de la función gobernante por los militares constituye un fenómeno de carácter social.

Una nación militarista ha sido Alemania, por ejemplo. Pero en Alemania nunca ha gobernado el Ejército, aunque se haya dejado sentir su peso en la vida nacional. El breve paso del general Kurt von Schleicher por la Cancillería en 1932 tuvo como causa un hecho social —el mismo se llamó general social—, y este hecho fue la ruina de la sociedad civil alemana, producida, como suele ocurrir en todas partes, por la desigualdad social extrema.

El militarismo alemán de los días de Federico el Grande, y el militarismo francés, que nació al calor de la monarquía de Luis XIV, no han tenido equivalentes en nuestro país, para el cual las armas nunca han constituido un fin en sí mismas, sino instrumento subalterno en la persecución de fines ecuménicos, ajenos, cuando no contrarios, al interés estrictamente nacional, y mucho menos al de la casta militar. España no es, ni ha sido nunca, una nación militarista.

En ningún país fue la milicia más dócil a la ley civil que en España cuando España tuvo un poder civil moralmente inatacable. Sobre ello aporta claro testimonio la sociedad española del s. XVI, y no solo en la Península, sino también en las más remotas regiones de la monarquía, allí donde se ofrecían a la fuerza militar mayor número de alicientes para extraviarse. La conducta de Hernán Cortés en la fundación de Veracruz atestigua la humildad de que eran capaces las armas españolas ante la sociedad civil en el momento de máximo esplendor para ambas.

La razón última de la supremacía militar

Las clases directoras españolas de nuestro tiempo olvidan que cuando el poder resigna el gobierno de la sociedad en manos del Ejército no reduce a servidumbre a una sola clase, sino a toda la sociedad. Nadie se salva del vasallaje. La experiencia delata que aquellos que ceden el mando a la arbitrariedad castrense, pensando que el patriotismo de los favorecidos devolverá a la fuerza bruta a los cuarteles en el momento más conveniente para sus intereses de clase, se forjan una estúpida ilusión.

Hay una fábula del caballo que llamó al hombre en su ayuda, y el hombre montó, y arremetió victorioso contra el enemigo del cuadrúpedo, pero luego no quería desmontar.

Observamos esto: pueblos sin fuerte clase media, como Hungría, Polonia, las naciones balcánicas, España, las naciones hispanoamericanas están condenados a sufrir la tiranía militar, al menos con intermitencias. Es decir, generalmente en los países sometidos a los trastornos de los pronunciamientos periódicos o de los gobiernos militares semipermanentes predomina en la economía el sistema de la gran propiedad territorial: son naciones agrarias, sin clase media mercantil ni agrícola que cuente y en las cuales se escinde la sociedad en dos núcleos: el de una oligarquía acaudalada y el del proletariado misérrimo.

Admiramos por contraste, la solidez de las instituciones civiles en naciones como las escandinavas. Pero poco misterio se encierra en ello. El equilibrio de clases de los pueblos escandinavos, como el de Inglaterra, Francia, Bélgica, Suiza, los Estados Unidos de América, hace posible el funcionamiento del sufragio universal. Más aún: lo impone, Porque la libertad es tan inherente a las naciones socialmente equilibradas, como la tiranía, en la acepción griega, a los pueblos que no han hallado su equilibrio interior o tratan de hallarlo.

Se ha definido a las libertades públicas como resistencias, y a la libertad política, por consiguiente, como fenómeno originado por una pluralidad de fuerzas que mutuamente se resisten, y la experiencia histórica de la sociedad basada en clases económicas corrobora la definición. En todo caso, está hoy en nuestra mano comprobar que en las naciones en que se corresponde armónicamente la sociedad de clase media predominante con el Estado liberal, el Ejército no encuentra portillo por donde escapar a su misión técnica. El poder civil posee tal fuerza moral que frente a su autoridad no se le ofrece otra opción a la fuerza organizada que la del acatamiento.

Analogía entre España y Roma

En la sociedad antigua, cuando el soldado era ciudadano y el ciudadano soldado, y cuando el manejo de las armas representaba un privilegio que solo se discernía a los propietarios, el Ejército se diferenciaba ostensiblemente de las fuerzas armadas de nuestro tiempo. Pero, con todo eso, el senado romano tomaba sus precauciones; y cuando las legiones acampaban en el Aventino, el senado, que veía proyectarse sobre la ciudad el espectro de la anarquía y la guerra civil, en las que tanto habrían de perder los patricios, cedía.

Mas acudía en abono de tan prudente ademán en cuerpo tradicionalmente celoso de las prerrogativas de la sociedad civil el dato de la peculiar constitución del Ejército, cuya condición no era la de brazo armado del Estado, como lo es hoy, sino más bien de la ciudadanía en armas.

La reacción que siguió al asesinato del segundo de los Graco en época posterior, reacción todo lo brutal que correspondía a un gobierno injusto —enemigo de las reformas que vigorizan al poder civil—, introdujo por primera vez en Roma a las armas como elemento decisivo en la vida del Estado. De la abyección de aquel gobierno nos dice Mommsen:

No era posible gobernar peor que lo hizo la restauración en los años 117-109 antes de Cristo. Su bajeza moral solo estaba superada por su incapacidad. Era aquella la época de las guerras con el reyezuelo africano Yugurta, quien solo había dicho la verdad, la pura y simple verdad, cuando al abandonar Roma declaró que si tuviera oro bastante podría comprar la propia ciudad.R.B.: Römische Geschichte, von Theodor Mommsen, Leipzig, 1854, Berlín 1855, 1856, lib. IV, cap. IV.

La corrupción del estado civil romano invita al ejército a entrar en la liza política. Mario mete a las legiones en la empresa de derrocar a la aristocracia. De un modo seguro y definitivo la sociedad civil romana ya no recuperará su antiguo vigor. El poder civil ha degenerado, y Roma asistirá a la disputa de los generales banderizos peleando entre sí por establecer sus respectivas dictaduras (en la acepción moderna).

Unos, Mario y César, serán los generales del partido democrático; otros, Sila y Pompeyo, los adalides de la aristocracia. En el análogo conflicto del s. XX, España tendrá un remedo pálido de Mario en Riego y un trasunto de Sila en Narváez. La fortuna negó a nuestro país la saludable monarquía de César, y en su lugar nos dio la débil y efímera regencia de Espartero.

Para un español, ese periodo de la historia política de Roma que se extiende desde el intento reformista de Sempronio Graco hasta la victoria de César está llena de sugestiones. A trozos se podían cotejar esa parte del drama histórico romano y nuestro drama nacional del s. XIX, actual todavía. Que había conciencia de ello en España lo prueba el hecho de que en 1854 se hablara en Madrid de la resurrección del consulado y que a Espartero y a O´Donnell les llamaran los cónsules.

El estrecho parentesco que liga a sucesos tan distanciados en el tiempo como son los que concurren en la crisis más grave que atravesó Roma y aquellos otros que se han abatido en nuestros días sobre la nación española se explica por la analogía de las circunstancias sociales; y donde se perfila con aristas más acusadas el paralelismo es el el carácter de la agresión de la fuerza militar contra el gobierno civil.

La rivalidad entre Mario y Sila había nacido en los campos de batalla de África, como la de Espartero y Narváez se originó en América y en la primera guerra carlista; y en ambos casos los partidos políticos toman posiciones detrás de los generales, sin duda por intuir que la única fuerza real existente era la militar, la fuerza bruta.

El proceso de autodestrucción del estado civil es el mismo en Roma que en España. El ejército romano, reorganizado por Mario cuando reclutó las legiones que habrían de luchar en África, no era ya la milicia republicana de días pasados, sino una mesnada con espíritu de cuerpo. Mario creó, al incorporar en sus columnas a los ciudadanos más pobres y al hacer posible que el oficial más humilde ascendiera a general, una fuerza militar profesional, en la que el voluntariado abría la puerta a innumerables individuos que nada tenían que perder.

Esta revolución en la vida del ejército romano tiene sus puntos de contacto con la que se produjo en España durante la guerra de la Independencia. De añadidura, coincidiendo, como dije en ocasión anterior, con la relajación del poder civil, Italia, como España, se hallaba empeñada en guerras ultramarinas e interiores, una circunstancia que situaba a la nación en estado de guerra permanente, con todo el favor que de ello se deriva para el medro y la jurisdicción del Ejército.

El primer pronunciamiento liberal triunfante en España fue el que acaudilló Riego en enero de 1820. Riego se sublevó en Cabezas de San Juan al frente de 1.500 hombres, a los que se había dicho, como se dijo a los 22.000 que esperaban barco para América en la costa meridional, que victoriosa la revolución obtendrían estimables recompensas.

En el impulso subversivo de Mario, el primer general que se subleva en Roma, juegan factores idénticos a los que mueven a Riego. Al punto de que el juicio que expresa Mommsen sobre este particular podría aplicarse mutatis mutandis a la España de 1820.

El senado estaba, o parecía, tal falto de poder y tan desahuciado —escribe el gran historiador—, tan odiado y despreciado, que Mario concibió que no necesitaría más apoyo para enfrentarse con él que su inmensa popularidad, y esperaba, para el caso de que fallara esta presunción, hallar apoyo, a pesar de la disolución del ejército, en los soldados licenciados, a la espera entonces de recompensas.

La confianza de los conjurados de Cádiz y Sevilla se fundaba igualmente, no tanto sobre sus efectivos militares como sobre la abyección en que había caído la monarquía. Esa fe les dio la victoria. Un comandante con media compañía —al final se quedó Riego con cuarenta y cinco soldados— se bastaron para echar abajo aquella ficción de Estado civil.

R.B.: RAMOS-OLIVEIRA, Antonio, Historia de España, Compañía general de ediciones, 1950, México, Tomo II págs. 169-180.