El Pueblo y sus líderes

Las Juntas Populares
La desilusión de los Jefes
Mendizábal
Espartero

Las Juntas Populares

Aquello fue —observa uno de nuestros historiadores— el despertar aturdido de una nación adormilada al rudo golpe de una guerra terrible. Se acumulaban las impresiones, las ideas se agitaban locamente en los cerebros debilitados por siglos de atrofia.
Por eso causó espanto, y hoy nos parece natural y lógico que en cuanto el rey volvió de su destierro y fue restablecido luego en su trono por la reacción victoriosa de Francia, esas Cortes fantásticas e ingenuas desapareciesen pulverizadas y como un incidente sin precedentes ni efectos en el seno de la atonía y de la adoración devota del pueblo, al cual se restituían sus antiguos y queridos símbolos. Entre un sueño y otro sueño, la Península, sacudida, se desperezó, y medio dormida expulsó a los franceses y esparció la semilla de las revoluciones futuras.R.B.: Oliveira Martins. pp. 384, 385.

Lo que importa retener como característica radical de la revolución liberal española es la circunstancia de su incubación en una filosofía extraña al medio español del instante. Es esta filosofía irresistible, es decir, la época, en último análisis, quien aniquila las viejas instituciones. Pero el mismo hecho de que la revolución fuera importada, procedente de la Europa burguesa, y se realizara de arriba a abajo, impuesta por una minoría ilustrada, no abandona la posibilidad de que surgieran los órganos y las instituciones indispensables para transformar rápida y seguramente la nación.

Los pocos burgueses que había en España violentaron el carácter de la Masonería, haciendo de las logias el instrumento de una obra que no podía incumbir a una sociedad secreta. El pueblo, en estado de naturaleza, como Segismundo, se movía confusamente, sin verdaderos guías, abandonado a su precario instinto civil.

Luego que renacía la libertad a hombros de algún soldado de fortuna, cada ciudad constituía su junta, como en los días en que España se quedó sin rey. Estas juntas provinciales no eran la institución afirmativa de los jacobinos franceses, sino, como durante la guerra de la Independencia, partículas del Estado que se había roto, manifestación espontánea del instinto de conservación de la sociedad.

La sociedad trataba de salvarse del caos. El brote eruptivo que representan las juntas no denuncia, pues amor al desorden ni anarquismo en el pueblo, sino, todo lo contrario: el propósito espontáneo e instintivo de evitar la total ausencia del poder político, esto es, de salvar al país de la anarquía.

Pero a la hora de hacer uso de su poder las juntas daban palos de ciego. La revolución carecía de órganos populares. Las Cortes no podían escapar a su condición aristocrática. Una relación entre el pueblo y las Cortes que recordara a la que ligaba a los jacobinos y a la Convención, no existía en España. Fuera de media docena de ciudades, la masa veía con indiferencia las gesticulaciones de los políticos de Madrid, los pronunciamientos y los cambios de gabinete.

Por tal motivo, las Cortes liberales nunca llegaron a ser una verdadera Convención y acabaron, como tenían que acabar, en estamento de próceres y procuradores, fundado precisamente por la flor y nata del liberalismo doceañista, del liberalismo aristocrático. Martínez de la Rosa no truncaba con ello la revolución política del doceañismo, sino que la conducía a su desenlace lógico.

No obstante, el dogma de la soberanía nacional —en una nación de cuya estructura económica brotaba espontáneamente la monarquía absoluta— iba siendo grato al pueblo, y la libertad ganaba secuaces cada día.

Huérfana de instrumentos, sin apoyo orgánico en el pueblo, la revolución, que había comenzado introduciendo al Ejército profesional en la política, no había acertado a constituir ni la sombra de un nuevo poder. Tampoco tenía realidad el poder civil cuando el gobierno de la nación estaba en manos de los antirreformistas, porque este estado civil que los reaccionarios se esforzaban en encarnar había muerto a principios de siglo.

Aquella ficción de poder se hallaba, pues, amenazada de continuo por los frailes o por los militares de uno u otro bando, cuando no caía en sus manos. Los generales pretorianos eran más fuertes que la revolución y que la reacción. El Ejército, lo único organizado, turnaba en el poder con una u otra bandera política.

La revolución liberal entra desde le primer momento en un callejón sin salida —del que no ha logrado salir en ciento cincuenta años— y sienta los jalones de una tradición a la que liberales y republicanos españoles serán fieles hasta nuestros días. La ausencia de una clase media peninsular tenía que esterilizar todo ensayo de aclimatación de la libertad; y a su vez, la libertad había de impedir que se creara la clase media, porque hay reformas que por su profundidad y amplitud rebasan el marco puramente legislativo del parlamento elegido por sufragio universal.

Los progresistas españoles eran también dogmáticos en punto a la libertad, y la libertad se convertía en un insaciable Baal jurídico, cuya panza nunca estaba bastante repleta de constituciones, proyectos de ley, decretos, reglamentos y víctimas de carne y hueso. En Francia el terror había devorado a los hombres, y en España la libertad devoraba a la revolución.

La desilusión de los Jefes

Cuando los primeros liberales, que eran los más ingenuos, advirtieron que el pueblo hacía un uso caótico de la libertad, se pasaron a la reacción. Atacados por ambos flancos: por los ultramontanos, que resistían las reformas, con indiscutible derecho constitucional, y por el pueblo impaciente, con justo derecho constitucional también, los progresistas desmayaban.

La mayoría de los hombres de Cádiz: Martínez de la Rosa, el conde de Toreno, Istúriz, Alcalá Galiano, abandonaron las filas de la reforma. El propio Mendizábal es un personaje desalentado en 1847. Su ideal consistía ya en que Narváez dejara turnar en el poder a los progresistas.

Y con Mendizábal luego Madoz, y Cortina, y tantos otros, terminan dominados por el melancólico sentimiento que más pronto o más tarde suele invadir a todos los liberales españoles: la persuasión de que la revolución en España es estéril.

Mendizábal

Juan Álvarez de Mendizábal
Juan Álvarez de Mendizábal por José Gómez (Biblioteca Nacional)

De los gobernantes civiles del liberalismo, el único hombre de acción fue Juan Álvarez de Mendizábal. De ascendencia semítica, trocó su apellido materno (Méndez) por aquel otro con que ha entrado en la Historia. Mendizábal había nacido en Cádiz, cuyos pueblos recorrió de mozo ofreciendo la variada mercancía del buhonero. La revolución liberal tuvo en este personaje su más consecuente campeón. Revolucionario, pero no afrancesado, pues, al contrario, no veía con simpatía a los franceses, conjugaba a la perfección su oficio de comerciante con el de conspirador.

Es más: ambas circunstancias nos lo presentan como genuino representante de la clase media europea, entre la cual hubiera desempañado un papel político más afortunado que en España, donde, como tantas veces he dicho, la revolución burguesa carecía de clase social que la impulsara y sus líderes eran, a la vez, masa. Dependiente de la casa de Bertrán de Lis, en vísperas de la conjuración masónica de 1819, Mendizábal pasaba por ser el alma de aquel comercio, y su influencia en la empresa era la de un socio principal.

Participó en la insurrección junto a Riego, para escapar a Londres cuando Fernando VII recuperó su vesánico poder, gracias a las tropas de Angulema, en 1823. Desde Londres siguió conspirando y aumentando su fortuna personal, que llegó a ascender a un millón de libras esterlinas, y que dejó en la capital inglesa bajo la custodia de alguien que la disipó en ausencia de su dueño.

El paso del comerciante gaditano por la embajada de España en Londres bajo el gobierno del conde de Toreno, fue sumamente fructífero para los liberales. Mendizábal, cuyo prestigio en los medios políticos y financieros de la capital británica era muy alto, se acreditó de sagaz diplomático.

Su política consistió en explotar la rivalidad anglofrancesa, y lo hizo con indudable éxito. Porque convencida Inglaterra de que Francia decidiría intervenir a la postre en la guerra civil española a favor de los liberales para consolidar los intereses políticos y económicos franceses en la Península, dispuso el envío de la legión Evans.

Y por otra parte, recelosa Francia de la misma intención por el lado de su competidora, movilizó un contingente de la legión extranjera contra los carlistas. En todo ello anduvo la mano del diplomático Mendizábal, que supo jugar hábilmente el naipe de la mutua desconfianza entre los gobiernos de Londres y París, con el excelente resultado de que ambos dieron apoyo militar a Isabel II

Cuando regresó a España, Mendizábal se impuso a todo el mundo por sus conocimientos financieros. En peligro el trono de doña María Gloria, la reina liberal portuguesa, el político español reorganizó el ejército y la marina del reino vecino, y puso orden en su Hacienda, contribuyendo así a impedir que el pretendiente don Miguel se alzara allí con el cetro.

En España, en el momento en que Mendizábal recogió el poder de manos del conde de Toreno, la nación hervía, una vez más, con juntas indómitas, conflagración que el gobernante progresista sofocó como por arte taumatúrgico, gracias a su enorme prestigio. Prometió milagros financieros, y la opinión los creyó posibles, tratándose de banquero tan sagaz. Se empleó a fondo en la obra desamortizadora.

Las Cortes le dieron un amplio voto de confianza, pero Mendizábal no supo hacer uso de él. Cayó, en rigor, por no tener política, por falta de orientación clara. Había hecho esperar demasiado de sus recursos y habilidad personales; su mano insegura y sus errátiles propósitos decepcionaron al país.

Mendizábal era un tipo gigantesco: en Cádiz le llamaban Juan y Medio. En 1843 su formidable humanidad se movía entre el pueblo de Madrid, dispuesto a resistir a Narváez, cuyos cañones tronaban en las afueras de la capital. Pero era aquella una batalla perdida para la revolución. El periódico de Mendizábal, que era el de los progresistas, El Eco del Comercio, pasaba por peligrosísimo, y Toreno, siendo primer ministro, se había decidido a suspenderlo en agosto de 1835.

Nada atestigua mejor el carácter de la revolución que el pavor que infundía este Eco del Comercio en los salones de Madrid. En el complot de los sargentos de la Granja apareció complicado don Ángel Iznardi, redactor-jefe del temible periodiquito. Era aquella la revolución de la clase media, y los banqueros, los pocos banqueros que había en España, infundían serias sospechas a la policía y organizaban juntas revolucionarias como la que don Justo Sevillano formó en Madrid en 1854.

Espartero

Baldomero Espartero
Baldomero Espartero por José Casado de Alisal

Don Baldomero Espartero, duque de la Victoria, duque de Morella, príncipe de Vergara, conde de Luchana, caballero del Toisón de Oro, etc., murió en 1879 en su retiro de Logroño, a los ochenta y siete años de edad. Agobiado de títulos, cruces y honores pasó este español, el que más cerca anduvo de ser el héroe de la revolución liberal.

Oriundo de la bucólica Mancha, Espartero nació entre mulas contumaces —su padre era un carretero con ocho hijos— y en el seno del genuino pueblo de la Castilla de trajinantes, en el Campo de Calatrava. A los quince años formaba ya en un batallón de estudiantes que guerreaba contra los franceses de Bonaparte.

Desafiando la voluntad paterna, se negó a abrazar la profesión eclesiástica, y optó por la militar. La guerra de la Independencia le confirmó soldado. Peleó luego en América a las órdenes de Morillo. Allá pasó ocho años durante los que recibió innumerables heridas.

El desastroso fin para nuestras armas de la batalla de Ayacucho cortó su carrera en el Nuevo Mundo, del que regresó con muy alta graduación. La rendición en Ayacucho empañó un tanto en España el prestigio militar de Espartero y sus hombres, que recibieron el sobrenombre de ayacuchos con timbre peyorativo.

A la muerte de Fernando VII, don Baldomero se presentó en la escena política como uno de los campeones de la causa de Isabel II, y en la guerra carlista fue digno adversario de los fanáticos capitanes del pretendiente. Espartero se movía en las barrancas del Norte con la agilidad de un Zumalacárregui.

En el vencimiento militar del carlismo, el duque de la Victoria tomó parte decisiva. Nadie entendía, del lado de la reina, la táctica militar del momento como él. Sellada la paz de Vergara, fue el pacificador de España y el hombre más popular del la nación.

En América y en España había tenido sobrada coyuntura de darse a conocer. No era hombre enigmático, de repliegues psicológicos. Sus dos virtudes militares consistían en un insuperable valor personal y en un cariño por el soldado raso que ningún militar español igualó. A imitación de los generales romanos, repartía a voleo las prebendas entre sus parciales, pero en cuanto a su moral personal tenía ganada fama de incorruptible. Le sobraba ambición, que sin ella no hubiera llegado a donde llegó.

Ascendió a cimas con que el hijo del aldeano no podía soñar. Fue, en realidad, rey de los españoles por virtud de su regencia, y pudo serlo, quizás, si hubiera querido, en 1869, cuando Serrano le ofreció la jefatura del Estado en una nación sin monarca y sin republicanos.

Espartero era un campesino castellano, con el rostro, las maneras y la terquedad de un labrador manchego. Toda su vida fue lo mismo. Ni su portentosa carrera, de la pluralidad de investiduras, ni su paso por los salones y las cámaras grabaron el menor rasguño en su carácter.

En los salones y en el parlamento, el duque de la Victoria se perdía. Dentro de los uniformes más vistosos, posando sobre las alfombras más ricas, sentado de hecho en el trono de España, era un aldeano a quien el destino le había jugado la treta de improvisarlo estadista.

Hombre del pueblo y soldado, amaba al pueblo y a la milicia sobre todas las cosas. Tenía un pronto ejecutivo y a las veces inexorable, y en tales momentos ejecutaba a media docena de hombres, bombardeaba Barcelona o hacía cualquier otro disparate de barbarote. Pero de todos los generales de la ocasión, el hijo del carretero era el de temple más noble.

Narváez era rencoroso, un andaluz con el alma de hielo. O´Donnell, desleal. Serrano, oportunista, un hombre sin principios. Don Baldomero no conocía el rencor. En una sociedad como la isabelina, de petimetres atildados, de generales lindos y de ambiciones complicadas, Espartero era el desorden en el vestir, la llaneza ruda en los modales y la rectitud en el propósito. Se equivocaba porque se tenía que equivocar, porque era un labrador contumaz y un general de fortuna, no un gobernante. A su caso puede aplicarse lo que se dijo de Mario.

El primer hombre de España y, sin embargo, un novicio en política.

El vencedor de Zumalacárregui, era vencido por su ex protegido, O´Donnell, mílite mediocre, pero astuto político. Y por Narváez, inferior a O´Donnell en la política, pero, desde luego, superior a Espartero en los salones y en los consejos de ministros. Al lado de don Baldomero, O´Donnell era un Fernando el Católico en maquiavelismo.

Espartero entra en la política por inercia, porque le arrastran a ella los acontecimientos, y cuando llega al poder se muestra irresoluto y confundido. Ningún otro general español fue jamás, por razones políticas, más popular que él.

El pueblo, sobre todo el pueblo de Madrid, estuvo siempre a su lado. En su fuero íntimo, Espartero fue siempre fiel a los humildes, entre los cuales nació, humilde como el que más, en el pueblecito de Granátula, cuando en Francia iba a caer la cabeza de Luis XVI.

Don Baldomero no acertó, en el supuesto de que se lo propusiera, a encauzar la revolución liberal. La situación política que presidió o sostuvo de 1839 a 1843 se resintió de la desorientación general. A nadie dio completa satisfacción, y los que se llamaban amigos del regente, como sus enemigos pudieron maniobrar a placer en los cuarteles, en la Cámaras y en los mentideros. Fue el ensayo de gobierno de un hombre bien intencionado, pero incapaz de conservar, y menos de fundar, un movimiento político.

No supo hacer de si inigualada popularidad el instrumento ejecutivo de un sistema que le consagrara como jefe indiscutido de la revolución y creara el relativo equilibrio que faltaba a la sociedad española para organizarse en un régimen de convivencia. Nadie, hasta entonces, había gozado como Espartero la doble confianza casi ilimitada del pueblo y del ejército. Pero el poder se el escapó de las manos.

Richard Ford, que recorrió España en aquellos años, vio claramente la causa del fracaso de Espartero: Personalmente valeroso y honesto, su gran error fue el afán de gobernar de acuerdo con la Constitución, un trabajo en que habría fracasado hasta el mismísimo Hércules.R.B.: Handbook. II. p. 860.

En la última gran oportunidad para las reformas, en el bienio de 1854-1856, la gran cabeza enciclopédica de don Pascual Madoz preparaba en el ministerio de Hacienda reformas mejor orientadas que las de Mendizábal. Mas la reacción, suelta, se servía de la plebe para alborotar a la nación, o intrigaba en Palacio.

Conflictos dentro del gobierno parlamentario, ruptura con el Vaticano, las guardias pretorianas de los demás generales, impacientes por participar en el botín. Tal era la situación. Y al frente del gobierno, por última vez, el libertador de Bilbao, pendiente de un parlamento de abogados e intrigantes.

No reunía el conde de Luchana condiciones de estadista, y además, nunca mostró gran afán de conservar el poder, que los triunfos militares y una confusa ambición personal, pusieron a su alcance. Tras Espartero, el vencedor de los cimbrios carlistas, vino O´Donnell, y el carlismo, derrotado en los campos de batalla, comenzó a gobernar, como en seguida veremos. A pesar de todo, el pueblo vio en la caída de Espartero su propia derrota.

Como correspondía a un hombre cuyo genio más íntimo está en colisión con la política, el duque de la Victoria se apartó a su rincón de Logroño para no abandonarlo ya. Aquellas encrucijadas no eran para él, que seguramente prefería tratar con Cabrera: con tigres mejor que con zorros.

Se había reproducido en la historia de España el infalible fenómeno de las guerras civiles ganadas por la democracia. Espartero volvió del Norte con la aureola de héroe popular, del héroe cuyo destino no puede detenerse en la victoria militar y lo arrastra al centro del vórtice nacional para que ponga orden y guíe. Pero carecía Espartero, para ser el héroe cabal, de aquello que un César, un Cromwell, un Napoleón tuvieron en abundancia: dotes de hombre de Estado superiores a las de soldado.

Y al fallar el pacificador de España en la política, la revolución liberal —esa mezquina revolución, que dijo Larra—, que con él había alcanzado su punto más alto, inicia su proceso descendiente, está vencida.

R.B.: RAMOS-OLIVEIRA, Antonio, Historia de España, Compañía general de ediciones, 1950, México, Tomo I págs. 226-235.