El Anarquismo español

Bakunin
Bakunin vs. Marx
Giuseppe Fanelli en España
La Alianza de la Democracia Social
División entre Marx y Bakunin
El Congreso de Córdoba

Mijaíl Bakunin

Mijaíl Bakunin.
Mijaíl Bakunin.

El anarquismo español remonta sus orígenes a un aristócrata ruso, Miguel Bakunin. En las Memorias de Herzen encontramos una vívida descripción de este hombre. Gigantesco, con la energía de diez hombres cuando se excitaba, ardientemente exuberante, falto de método en sus actos, sumergido en un torbellino de artículos inacabados, planes incompletos, típicas conversaciones rusas a todo lo largo de la noche e innumerables tazas de té: tal es el retrato que de él nos hace Herzen.

Sobresale el aspecto simpático de su carácter, su generosidad, su falta de malicia rayana en el candor, su trato sencillo y natural con todo el mundo; pero lo cierto es que nos produce la impresión de un estudiante —y lo que es más, un estudiante ruso— al que diez años de prisión no han conseguido moderar en absoluto.

Había sin embargo, en el carácter de Bakunin rasgos profundos que Herzen, exilado sarcástico y desilusionado, confortablemente instalado en Londres, no supo apreciar. Bakunin era un hombre de acción, privado de la posibilidad de ejercerla, un jefe nato para una banda de guerrilleros o campesinos sublevados la posibilidad. Gozaba de una comprensión instintiva para ciertos tipos primitivos de gentes: campesinos rusos o italianos, bandidos y rebeldes de toda laya.

No era sólo que estuviera dispuesto, como Garibaldi, a ir al frente de ellos a las barricadas o a dar su vida por ellos, sino que sentía auténtico respeto y gusto por sus ideas y su estilo de vida. Precisamente sobre este sentimiento de simpatía hacia el pueblo sencillo y amante de la libertad, fundó su evangelio, su visión del futuro, que había de guiarlos tras mil vicisitudes a un paraíso sobre la tierra.

El movimiento anarquista europeo es, pues, el producto de la imaginativa penetración de Bakunin en cierto tipo de seres humanos, fundida con un hondo fervor moral y revolucionario. Por este motivo, cuenta con un atractivo inmediato y directo, de que el marxismo carece, capaz de conseguir adictos dondequiera que se den las circunstancias apropiadas. Y por todas partes lleva el sello original de su fundador.

Así como Godwin puede ser considerado el padre del anarquismo americano, con su doctrina ultraliberal apropiada a países industriales con elevado nivel medio de vida, Bakunin es el creador del anarquismo campesino del sur y del este de Europa. Ello resulta especialmente cierto en España, el único país en el que sus ideas arraigaron en un movimiento de masas. No resulta exagerado afirmar que, por débiles que puedan parecer los puntos de contacto, todo lo que hay de importancia en el anarquismo español, procede de él.

En 1864, año de la fundación de la Internacional, Bakunin dejó Suiza y se instaló en Nápoles. Tenía ya por entonces cincuenta años, y aunque se encontraba prematuramente envejecido a causa de los sufrimientos, todavía seguía teniendo la vitalidad y el entusiasmo de diez hombres. Su enorme fortaleza y estatura, su personalidad vibrante, su romántica carrera, lo convirtieron en el revolucionario más célebre de su tiempo, el Garibaldi del socialismo, y en su torno se apresuraban sus discípulos.

Pero por entonces no tenía aún mucho que enseñarles. Sus años de prisión en los calabozos del zar le habían impedido tomar contacto con la época reaccionaria que siguió a 1848, y que había obligado a tantos revolucionarios a alterar sus métodos, y vivía todavía entre las ideas de su juventud.

En la Europa septentrional tales ideas estaban ya pasadas de moda. Y hasta que no llegó al sur de Italia, con su atmósfera revolucionaria de sociedades secretas y de las insurrecciones garibaldinas, no se dio cuenta de cómo podría adaptar sus ideas a las condiciones modernas.

Entonces adquirió forma su credo de colectivismo antiautoritario, o, como sería llamado más tarde, de anarquismo. En él tenían cabida el carbonarismo italiano, las teorías de Proudhon, el culto de los eslavófilos por los campesinos y su propia manía infantil por las sociedades secretas revolucionarias. Al volver a Ginebra, en 1876, su filosofía social había alcanzado la madurez.

Los cuatro años siguientes (1868-1872) contemplaron la lucha entre las ideas de Marx y de Bakunin por el dominio de la Internacional. Los dos puntos capitales sobre los que giraba su oposición consistían en si se debía o no participar en las luchas políticas y si la organización de la Internacional había de ser centralizada o federal.

Estas dos cuestiones de táctica respondían, claro es, a profundas divergencias de objetivos y de concepto que ya se expresaban en la época diciendo que mientras Marx deseaba conquistar el poder político para el proletariado, Bakunin quería que el proletariado destruyera el poder político. Pero nunca podríamos comprender la verdadera naturaleza del anarquismo español sin examinar con alguna extensión la ideología de Bakunin.

La filosofía social de Bakunin se divide en tres partes:

    1. Crítica de la época capitalista actual
    2. Visión de la nueva sociedad anarquista (o, como él la llama, colectivista)
    3. Medios con los cuales, según él, se puede alcanzar esta sociedad.

Respecto del primer punto, el anarquismo constituye una protesta no solo contra las desigualdades de riqueza de la sociedad actual, sino contra su tiranía.

Todo ejercicio de autoridad —escribía— pervierte y toda sumisión a la autoridad humilla. Y la peor clase de autoridad es la del Estado, que constituye la más flagrante, la más cínica y la más completa negación de humanidad, ya que (...) todo Estado, como toda teología, da por sentado que el hombre es fundamentalmente malo y pervertido.

Por consiguiente, desea acabar con el Estado, poniendo en su lugar un régimen federal libre en el que entidades autónomas (sociedades, grupos o ayuntamientos), contraigan pactos voluntarios unas con otras. Esto constituía, evidentemente, el sistema preconizado por Proudhon.

También ataca la organización de la vida industrial moderna por la cual los hombres se convierten en esclavos de las máquinas y pierden toda posibilidad de vivir una vida auténticamente humana. La libertad, una libertad absoluta y completa, constituye una necesidad para todo hombre.

Bakunin, pues, pretendía destruir el Estado. Y pretendía también destruir a Dios. En todos sus escritos vibra un apasionado ateísmo. Dios es la creación de los instintos de esclavitud del hombre, y el hombre no podrá jamás ser libre hasta que deje de creer en él. La teología da por sentado, como el Estado, que lo hombres son fundamentalmente malos y pervertidos y que han de ser constantemente corregidos y humillados.

Aquí llegamos a un importante aspecto del sistema de Bakunin. Con frecuencia se ha dicho que el anarquismo no podrá nunca resultar de utilidad, ya que se basa en el principio de que los hombres son, por naturaleza, buenos. Sin embargo, no es tal la idea de Bakunin.

Simplemente cree que los hombres son lo bastante buenos para vivir en una sociedad libre, la cual, por supuesto, poseerá sus propios medios para ejercer presión sobre ellos. Toda sociedad produce hombres a su propia imagen, y los hombres de los tiempos actuales se encuentran corrompidos por la lucha por el poder y el dinero. Pero los seres humanos son muy plásticos y, con otro sistema, podrán comportarse de otro modo.

En el nuevo mundo imaginado por Bakunin, la opinión pública será lo suficientemente fuerte para enfrentarse con las infracciones a su código sin tener que recurrir a ninguna autoridad central. Es evidente la analogía con el pueblo de campesinos o con la tribu primitiva, donde la justicia, como todo lo demás, se encuentra organizada a escala local.

Ya hemos visto que Bakunin acentuaba fundamentalmente el concepto de libertad. Pero no entiende esta palabra de la misma manera que los liberales. La teoría liberal o burguesa de la libertad, dice, proviene de aquel miserable libro, El contrato social, de Rousseau. En él se imagina que el individuo aislado, con su deseo de libertad ilimitada, se reúne con otros individuos y llega a un acuerdo para vivir en sociedad con ellos.

Jean-Jacques Rousseau.
Jean-Jacques Rousseau a la edad de 41 años, pintado al pastel por Quentin La Tour.

Cada uno de ellos se compromete a renunciar a aquella parte de su herencia natural de libertad que pueda entrar en conflicto con la libertad de los demás. De este contrato, por el desarrollo mismo de la teoría, ha nacido a su tiempo el Estado moderno con sus leyes e instituciones, y, en realidad, también toda forma de tiranía. Pero, continúa Bakunin, tal contrato es, históricamente hablando, una pura ficción.

La sociedad no fue creada por la reunión voluntaria de sujetos individuales; por el contrario, puesto que los hombres son por naturaleza animales sociales, ha sido siempre la sociedad la que los ha creado a ellos. El concepto de libertad resulta, pues, inconcebible fuera de una comunidad. El hombre no puede ser libre cuando se encuentra solo. Solamente puede ser libre cuando vive en comunidad con otros seres humanos libres, cada uno de los cuales gana su derecho a la libertad por medio de su propio trabajo.

No soy verdaderamente libre más que cuando todos los seres humanos que me rodean, hombres y mujeres, son también libres. La libertad de los demás, lejos de constituir un límite o la negación de mi libertad, es por el contrario la condición y la confirmación de mi misma libertad.

Si esto puede parecer paradójico, añade, es debido a que las gentes, a causa de su educación burguesa, se encuentran tan habituadas a pensar en términos de individuo aislado, que no pueden darse cuenta de que el hombre sólo se convierte en un ser humano perfecto cuando vive en una sociedad libre.

El individuo aislado es una ficción y, en los casos en que existe constituye necesariamente una criatura completamente inmoral, la personificación del egoísmo. Y Bakunin rastrea la responsabilidad por esta actitud, a través de Descartes, hasta la noción cristiana de alma inmortal, que ha producido una rotura fatal de la personalidad. Así pues, la causa del mal en la sociedad burguesa radica en que el hombre necesita de otros hombres materialmente, pero no los necesita moralmente. Y por ello los explota.

A través de esta doctrina se puede observar que si Bakunin desea destruir el Estado, realiza una compensación al dar una crecida importancia a la sociedad. La sociedad es, o debiera ser, el fluido en el que deben vivir los hombres para conseguir su alimento adecuado. En el actual mundo burgués, los hombres perecen de hambre sin darse cuenta de ello.

Por consiguiente, sostiene que una sociedad libre ha de producir necesariamente hombres fuertes, de miras amplias, sobresalientes , y acepta sin temor el robustecimiento de las grandes fuerzas conservadoras que gobiernan las sociedades: las costumbres y la opinión pública, que son buenas porque son naturales Será preciso que nos fijemos en esta palabra, natural, ya que constituye una de las claves del pensamiento de Bakunin.

Se encontraba profundamente impresionado por el constante incremento de lo artificial en la vida moderna, y creía que sólo podría ser contrarrestado por medio de una profundísima transformación de la estructura social. Y así como todo lo artificial era malo ante sus ojos, así todo lo natural era bueno.

De aquí que la destrucción juegue una parte tan importante en las ideas de Bakunin, y el planeamiento del futuro tenga una parte tan pequeña. La pasión por la destrucción, dijo en cierta ocasión, es también una pasión creadora. Creía que si el Estado y el dominio por la fuerza que mantiene, con todos los compartimentos que separan a los hombres unos de otros, pudieran ser destruidos, la naturaleza haría surgir nuevos y mejores organismos sociales que ocuparían su lugar.

Sin duda olvidaba que esto había ocurrido ya una vez en Europa y que lo que surgió no fue el anarquismo, sino la horrible y cruel anarquía de las primeras épocas feudales. Como veremos más adelante, en la misma raíz del anarquismo existe una fatal paradoja.

Podemos ver ya con claridad que el tipo de vida que Bakunin propugnaba era el de las pequeñas comunidades campesinas, tal como las había conocido en Rusia. Pocos años después, otro gran anarquista, Kropotkin (que también era un aristócrata ruso), había de encontrar precedentes históricos para sus teorías sociales en las comunas de la edad media y hasta en la vida ciudadana griega.

Bakunin vs. Marx

Marx en 1875.
Marx en 1875.

Es decir, existe en el anarquismo un fuerte elemento de reacción contra el industrialismo, de retorno (aun sin renunciar a las ventajas de los modernos procesos industriales) a la vida más libre y humana de la edad media. Por esto, Bakunin sustituyó la idea de las masas, tan grata a la mentalidad germánica de Marx, por la de los pequeños grupos.

Creía que solamente en pequeños grupos se podía encontrar la debida consideración a los derechos y a la dignidad del hombre. En sus observaciones acerca del respeto que se debe a todo hombre, por estúpido, malvado o despreciable que parezca, precisamente por ser hombre, se recuerdan inmediatamente las enseñanzas cristianas medievales, que se basaban en la teoría democrática de la igualdad de todas las almas ante los ojos de Dios.

Bakunin, pese a eliminar a Dios, conserva la misma mística igualdad de derechos, e incluso la convirtió en el auténtico eje de todo su sistema. Esto le llevó a negar la validez de la dialéctica marxista y a insistir en que las necesidades y los deseos de los hombres tienen la primacía sobre las leyes económicas. La naturaleza, para él, era la naturaleza de ese animal semigregario que es el hombre, y no el proceso general de la historia.

Nos queda por considerar el modo como, de acuerdo con Bakunin, habría de llegar la revolución y la forma de organización más adecuada para conseguirlo. No tenía fe en el ánimo revolucionario de las masas proletarias de los grandes países industriales del norte.

Sabía de antemano, que, a medida que mejorasen sus condiciones materiales de vida, tenderían más y más a adoptar el pensamiento y las formas de vida burguesas. Confiaba más bien en los campesinos y obreros de países como Italia, Rusia y España, en los que el desarrollo industrial era todavía primitivo. Solamente ellos podrían tener espíritu suficiente para la acción revolucionaria. En este aspecto, el tiempo ha demostrado que Marx se equivocaba y que Bakunin tenía razón.

Pero aunque gustaba de imaginarse la futura revolución como el espontáneo alzamiento del populacho enfurecido de la ciudad, o como una revuelta campesina, se daba cuenta de que tales acontecimientos requerían una preparación y una dirección. Para ello contaba sobre una falange de 40.000 jóvenes de las clases cultas, es decir, los jóvenes salidos de las universidades que no podían encontrar trabajo, maestros, pequeños burgueses, inadaptados, que lo sepan o no lo sepan, pertenecen a la revolución.

Por cierto que tales hombres fueron los que, por entonces, estaban minando el régimen zarista en Rusia, y laborando por la independencia de Italia. Posteriormente, estos mismos jóvenes serían los que habrían de traer el fascismo.

Pensaba que la acción subterránea de estos jóvenes había de provocar revueltas incesantes, huelgas y actos de sabotaje, hasta que todo el pueblo se entusiasmara y tuviera lugar un alzamiento general que derribara al gobierno. En este esquema no había lugar para la intervención legal en la lucha política tal como la deseaba Marx. En opinión de Bakunin, tal actividad sólo podría servir para desvirtuar el espíritu revolucionario del pueblo.

Por otra parte, en los países en que sus ideas iban a arraigar, la intervención política resultaba imposible por la sencilla razón de que el pueblo carecía de votos. El desarrollo del programa de Marx en aquella época resultaba tan imposible en Italia, Rusia y España, como lo era el de Bakunin en Inglaterra, Alemania y el norte de Francia.

Sin embargo, la discusión estalló a propósito de la organización de la Internacional. Marx deseaba que los sindicatos que se adhiriesen a ella quedaran organizados jerárquicamente y sometidos a la obediencia del Consejo General. Si esto se llevaba a cabo, el movimiento obrero mundial caminaría sólidamente hacia adelante bajo una sola dirección.

Pero la idea de Bakunin era diferente. Según él, el Consejo General debería reducirse simplemente a una oficina estadística. Los sindicatos de trabajadores que compusieran la Internacional, habrían de estar simplemente federados, y el ímpetu de la acción habría de venir siempre desde abajo.

Con ello, no sólo la Internacional tendría el mismo plan que la sociedad del futuro, sino que las organizaciones locales podrían preservar la independencia y espontaneidad que, según Proudhon había enseñado, resultaban tan esenciales en todos los movimientos populares.

Sin embargo, se necesitaba algo más para proporcionar el necesario fervor revolucionario. Con el fin de conseguirlo, Bakunin fundó en Ginebra, en septiembre de 1868, con unos cuantos amigos una sociedad secreta revolucionaria, a la que llamó Alianza de la Democracia Social.

En la cumbre de esta sociedad habían de encontrarse los Cien Hermanos Internacionales (sociedad secreta que ya había fundado en forma elemental en Nápoles) cuya única patria era la revolución universal y cuyo único enemigo era la reacción. A sus órdenes se encontrarían los miembros nacionales, elegidos entre los más sinceros y enérgicos dirigentes de las federaciones locales.

La función de esta entidad, tal como Bakunin explicó a uno de sus seguidores españoles, habría de consistir en actuar como :

una sociedad secreta en el corazón de la Internacional, con el fin de darle una organización revolucionaria y transformar tanto a ella como a las masas populares ajenas a ella en un poder suficientemente organizado para destruir la reacción político clerical-burguesa y las instituciones económicas, jurídicas, religiosas y políticas del Estado.R.B.: Carta del 21 de mayo de 1872 a González Morago (Max Nettlau, La Internacional y la alianza en España, p. 97

En una carta inconclusa dirigida a Francisco Mora, encontrada entre sus papeles, Bakunin describe la Alianza

como una sociedad de hermanos, unidos hasta la muerte, cuya única finalidad es acelerar la llegada de la revolución... En realidad es una religión, la religión de la humanidad.

Propiamente la Alianza tenía dos objetivos diferentes: mantener y dirigir los instintos revolucionarios del proletariado y combatir las ideas de Marx dentro de la Internacional.

Ya veremos más adelante, al estudiar el desarrollo de las ideas de Bakunin en España, que su combinación de federaciones de trabajadores, unidas según el lenguaje proudhoniano de la época, por libres pactos de unas con otras, con un pequeño cuerpo secreto revolucionario que las penetrase y controlase a todas, ha constituido la organización típica del anarquismo español hasta nuestros días.

Pero los acontecimientos no se desarrollaron exactamente de acuerdo con los deseos de Bakunin. Cuando la Alianza de la Democracia Social solicitó ser admitida en la Internacional, sin abandonar ni su programa ni su organización, su petición fue rechazada por el Consejo General. Por consiguiente, la Alianza se vio obligada a disolverse a lo solos tres meses de su fundación (diciembre de 1868).

O, mejor dicho, simuló su disolución, lo que resultó mucho más fácil debido al hecho de que por entonces se encontraba formada solamente por doce miembros, perteneciente, todos al círculo de los íntimos de Bakunin. Sin embargo, una de sus secciones locales, la de Ginebra, continuó existiendo en forma no secreta y fue admitida en la Internacional.

El año 1868 es muy importante en la historia de los movimientos obreros. Por primera vez, en aquel verano, en el Congreso de Bruselas, la Internacional aceptó el ideal del comunismo (o, como entonces era llamado, del colectivismo. Esto quería decir que las fuerzas moderadas del proudhonismo francés y del sindicalismo británico habían sido derrotadas. Inmediatamente después, como hemos visto, Bakunin fundó su propia organización, la Alianza de la Democracia Social.

Giuseppe Fanelli en España

Grupo de fundadores de la Primera Internacional.
Grupo de fundadores de la Primera Internacional, en Madrid, en octubre de 1868. Fanelli aparece en el centro con una larga barba.

Y, a la vez, en el mes de septiembre, estallaba en España una revolución. El ejército, apoyado prácticamente por todo el país, se sublevó contra Isabel II y la expulsó de España, y se anunció para la inmediata primavera la elección de unas Cortes Constituyentes.

Resultaba evidente que esto representaba una situación de la que la Internacional tenía que aprovecharse. Hasta entonces no se había realizado ninguna labor revolucionaria al sur de los Pirineos. Para los socialistas europeos, España era todavía una terra incógnita. Por consiguiente Bakunin sugirió a su amigo Eliseo Recius, que posteriormente adquiriría gran renombre como geógrafo, que intentara echar un vistazo a España.

A Eliseo le resultó imposible acudir a España y envió en su lugar a su hermano Elías pero la misión de evangelizar a España habría de recaer sobre otra persona ingeniero italiano llamado Giuseppe Fanelli, al que Bakunin había conocido varios años antes en Nápoles y que había ingresado en su Hermandad Internacional. Tras de experimentar algunas dificultades para reunir el dinero preciso para pagar su billete de ferrocarril, salió para Barcelona en octubre de 1868.

Por esta época, las ideas socialistas, propiamente hablando, eran prácticamente desconocidas en España. Existía un fuerte y expansivo movimiento federal influido por las ideas de Proudhon, al que nos referiremos más adelante Pero éste era un movimiento exclusivo de las clases medias inferiores y no tenía implicaciones sociales, que fueran más allá de un benévolo radicalismo. Por otra parte expresamente no revolucionario.

Existía asimismo un pequeño grupo de fourieristas, entre los cuales el más conocido era Fernando Garrido, autor de varios voluminosos libros, sobre cuestiones sociales y director de un pequeño periódico socialista en Madrid. Él había sido el introductor de las cooperativas en España. Pero este movimiento no se había abierto camino excepto en unos cuantos lugares, cerca de Sevilla y en Cataluña. El movimiento sindicalista se encontraba también muy retrasado.

En Barcelona existían dos sindicatos de obreros de las fábricas de hilaturas, la conservadora Federación de las tres clases de Cataluña, que, en aquella época decía contar con seis mil miembros, sobre una población obrera de 70.000, y la más agresiva Unión Manufacturera, que tenía aún menos miembros. Estos eran los únicos sindicatos de cierta importancia en toda la nación y se encontraban débilmente dirigidos y organizados.

Las huelgas en las fábricas eran prácticamente desconocidas. El área auténtica del descontento entre las clases trabajadoras se encontraba en las zonas agrícolas del centro y del sur. En estas regiones, la subasta de las tierras comunales había provocado una aguda miseria. En 1840, 1855, 1857, 1861 y 1865 había habido grandes alzamientos de campesinos en Castilla y Aragón y, especialmente, en Andalucía.

El de 1857 había sido dirigido por unos cuantos estudiantes de Sevilla que se llamaban a sí mismos socialistas. Narváez los dejó que se entusiasmaran y, a continuación, ahogó su movimiento en sangre. Fusiló a varios centenares y envió a muchos a los penales.

En 1861, una multitud de 10.000 campesinos se reunió secretamente y ocupó Loja, en la provincia de Granada, como protesta contra los bajos salarios y el desempleo. Fue un movimiento pacífico, en el que no fueron atacados ni personas ni edificios, y O´Donnell lo redujo con increíble benevolencia: solamente fueron ejecutados seis de los principales dirigentes.

Pero aquellos hambrientos y rebeldes campesinos, cuyos héroes eran los bandoleros y cuyos mortales enemigos eran las fuerzas de policía rural organizadas por Narváez, evidentemente no necesitaban más que oír hablar de las ideas de Bakunin para recibirlas como llovidas del cielo.

Fanelli llegó a Barcelona, y, al no poder realizar ningún contacto en esta ciudad, siguió viaje a Madrid. Traía una carta de presentación para Fernando Garrido, el cual lo presentó a unos cuantos jóvenes, tipógrafos e impresores, que frecuentaban un centro educativo para las clases trabajadoras, llamado Fomento de las Artes.

Pertenecían a un grupo de federalistas que leía a Proudhon y a Pi y Margall, y se entusiasmaban con el periódico de este último, La Discusión. Ninguno de ellos había siquiera oído hablar de la Internacional. Se organizó una pequeña reunión en la que Fanelli les explicaría los fines de la misma. Uno de los jóvenes presentes en aquella reunión, Anselmo Lorenzo, nos ha dejado una vívida relación de lo que en ella ocurrió.

Fanelli era un hombre alto, con expresión amable y sería, una espesa barba negra y grandes y expresivos ojos oscuros que centelleaban como el relámpago o se cubrían de una expresión de tierna compasión, de acuerdo con los sentimientos que le dominaban. Su voz poseía un tono metálico y era susceptible de todas las inflexiones apropiadas a lo que estaba diciendo.
Pasaba rápidamente de los acentos de ira y amenaza contra los tiranos y explotadores, a los de sufrimiento, pena y consuelo cuando hablaba de los dolores de los explotados, ya como uno que sin haberlos experimentado él mismo, los comprende, o ya como quien, a través de sus sentimientos altruistas, se deleita en presentar un ideal ultrarrevolucionario de paz y fraternidad. Hablaba en francés e italiano, pero podíamos comprender su expresiva mímica y seguir su discurso.

Excepto González Morago, que entendía un poco de francés, ninguno de los presentes sabía ni una palabra de ninguna lengua extranjera, y no se les había ocurrido llevar un intérprete. Sin embargo, veinte años después, todavía podía Lorenzo recordar el acento con que Fanelli exclamaba, agitando sus ojos oscuros entre el marco de la negra barba: Cosa orribile! Spaventosa!.R.B.: Tomás González Morago fue el primer anarquista español. Ansemo Lorenzo nos ha dejado de él un vivo retrato. Su padre era carlista, y él se sintió inclinado al anarquismo porque le parecía que realizaba las enseñanzas del Evangelio. Poseía brillantes cualidades (Malatesta lo tenía por el más grande de los anarquista españoles) pero también un carácter muy inestable que lo llevaba a veces a pasar días enteros en la cama, en un profundo estado de depresión. Nunca abandonó sus sentimientos religiosos. Murió del cólera en una prisión granadina en plena juventud.

Huelga decir que la conversión de todos los presentes fue instantánea. Los españoles llevaban mucho tiempo esperando aquel momento. Después de tres o cuatro sesiones y de una serie de charlas en el café, Fanelli, al que se le estaba acabando el dinero, tomó el tren para Barcelona.

Dejó a los nuevos adictos madrileños copias de los estatutos de la Alianza de la Democracia Social, el reglamento de una asociación de obreros de Ginebra, algunos números del Bell de Herzen y varios periódicos suizos y belgas que contenían informaciones sobre diversos discursos de Bakunin.

Tales fueron los textos sagrados sobre los que se había de levantar el nuevo movimiento. En Barcelona se repitió su éxito, pero como se le acababa de nuevo el dinero —Bakunin había sido incapaz de reunir las pocas pesetas que se necesitaban— hubo de embarcarse con rumbo a Marsella.

En menos de tres meses, sin saber una palabra de español y sin haber encontrado más que unos pocos españoles que le pudieran entender en francés o italiano, había iniciado un movimiento que había de persistir, con avances y retrocesos, durante los siguientes setenta años y que había de afectar profundamente a los destinos de España.

El entusiasmo despertado por Fanelli no decreció con su partida. Los iniciados en estas maravillosas escenas de un nuevo Pentecostés, estudiaron afanosamente los textos que les había dejado, y, al cabo de pocas semanas, se sintieron fuertes para iniciar por su cuenta reuniones de propaganda. El entusiasmo se extendió rápidamente.

La buena nueva llegó a Andalucía, y pronto surgieron nuevos grupos en Lora del Río, Arahal y Arcos de la Frontera, en la provincia de Sevilla, entre los organizadores de las nuevas cooperativas, y, a continuación, en Cádiz y en las pequeñas poblaciones del bajo Guadalquivir.

Las conversiones se conseguían por millares. Los que acudían a las reuniones, se retiraban con el claro sentimiento de que sus ojos se habían abierto repentinamente y de que poseían la absoluta verdad sobre todos los problemas. Esto les proporcionaba una confianza sin límites.

Desafiaban en debates públicos a eminentes políticos republicanos, como Castelar, a graves profesores y economistas y a patriarcales socialistas como Garrido. Intervenían cada vez que se les presentaba la oportunidad en discusiones sobre temas sociales, económicos y jurídicos. Y, si se ha de creer a sus periódicos, invariablemente salían victoriosos, tras dejar a sus contrarios mudos y asombrados.

Un conocido teórico del socialismo, el barón de Laveleye, ha dejado una narración de una de sus asambleas en Barcelona:

Cuando visité España en 1869, me encontré presente en varias reuniones de estos centros socialistas. Generalmente, las celebraban en iglesias abandonadas. Desde el púlpito los oradores atacaban a todo lo que en otros tiempos había sido exaltado allí: Dios, la religión, los sacerdotes, los ricos. Asistían numerosas mujeres que se sentaban en el suelo mientras hacían punto a daban el pecho a sus hijos como si se tratara en verdad de un sermón. Aquello representaba realmente la imagen del «93».

Tal vez el barón no acertó exactamente en su comparación. Como veremos más adelante, esta atmósfera de intensa emoción, en parte denuncia de las maldades del mundo capitalista y en parte expectación de la inmediata llegada de un mundo nuevo, ha permanecido como característica de las reuniones anarquistas hasta nuestros días, y lo que más ha recordado a los observadores modernos las reuniones revivalistas americanas.

La clase en la que se reclutaban los internacionalistas, como eran llamados entonces, no era, tal como se podía esperar, el proletariado. Entre el centenar aproximado de militantes de los primeros años, resulta difícil encontrara el nombre de un solo labrador u obrero.

Los principales seguidores estaban compuestos por artesanos de diversas clases, Sobre todo, tipógrafos y zapateros, a los que hay que añadir un par de maestros y algunos ocasionales estudiantes de las universidades andaluzas. Los pobres obreros industriales y los campesinos, los sólidos elementos bárbaros, en cuya ira elemental contaba Bakunin para hacer llegar la revolución, no acababan de decidirse.

Tal fue, por otra parte, la característica de los principios del movimiento anarquista en todas partes. En el Jura suizo, por ejemplo, que durante los próximos doce años había de ser el principal reducto de las ideas de Bakunin en Europa, los miembros de las federaciones eran relojeros que trabajaban no en las fábricas, sino en sus propias casas.

En Italia, fueron los artesanos y los estudiantes los que dirigieron sus aspiraciones hacia la Internacional después de la terminación del Risorgimento. Pero, en España resultaba claro que el anarquismo solamente podría tener un futuro si conseguía convertirse en un auténtico movimiento de las clases obreras.

Por consiguiente, el relativo fracaso de la Internacional en Barcelona resultó desalentador. Se sacó en consecuencia que, aunque varios sindicatos estaban dispuestos a adherirse a ella con el fin de obtener su apoyo moral, los trabajadores por su parte eran demasiado apáticos de educación para interesarse en los fines generales.

El grupo fundado por Fanelli había ocultado sus opiniones cuando organizó una federación de sindicatos de obreros, y el periódico que fundaron, La Federación, se limitaba a apoyar el programa de la república federal. Fue en Madrid, donde no había seguidores proletarios, donde se conservó pura la esencia de la doctrina bakuninista en los dos periódicos Solidaridad y (posteriormente) El Condenado.

La Alianza de la Democracia Social

Pero, en realidad, tal situación había sido ya prevista por Bakunin. Su idea consistía en crear una pequeña sociedad secreta, la Alianza de la Democracia Social, compuesta por anarquistas decididos, y destinada a dominar una amplia federación de sindicatos de obreros y campesinos.

Pero desgraciadamente, a causa de una equivocación de Fanelli, la Internacional (es decir, la federación de conjunto) había sido establecida en España con el programa mucho más avanzado de la Alianza, y hasta la primavera de 1870 no se pudo llevar a cabo una rectificación.

Entonces se fundó una Alianza de la Democracia Social Española, independiente de la antigua organización ginebrina, pero con el mismo programa. Tal programa (en política anarquista, en economía colectivista, en religión ateo) contenía, entre otras cosas, la estipulación expresa de que la Alianza se negaría a tomar parte en ninguna actividad revolucionaria que no tuviera por objeto el inmediato y directo triunfo de la causa de los trabajadores.

El primer acto de la nueva entidad consistió en convocar un congreso general, el cual tuvo lugar en junio de 1870, en el Ateneo Obrero de Barcelona, en una atmósfera de libertad para que cada cual pudiera pensar como mejor le pareciese. Se reunieron noventa delegados que representaban a ciento cincuenta sociedades de treinta y seis localidades diferentes , y se constituyeron a sí mismos en la Federación Regional Española de la Internacional, adoptando como estatutos los de la Federación del Jura, que habían sido redactados por Bakunin.

Los puntos a tratar habían sido cuidadosamente preparados por los miembros de la Alianza de la Democracia Social y el discurso de apertura, a cargo de Farga Pellicer, no dejó duda alguna respecto a la dirección que se había de seguir:

Deseamos -dijo- que acabe el dominio del capital, el Estado y la Iglesia, y levantar sobre sus ruinas la anarquía, la libre federación de asociaciones libres de trabajadores libres.

El Congreso constituyó un rotundo éxito y contribuyó a la expansión de la Internacional.

División entre Marx y Bakunin

La incertidumbre de la situación política y la aparente incapacidad de las Cortes para encontrar un príncipe que estuviese dispuesto a ocupar el trono vacante proporcionaban una oportunidad favorable para la extensión de las ideas anarquistas. Por toda la superficie de España se incrementaba la animosidad entre pobres y ricos.

Pero dentro de las filas de la misma Internacional estaba comenzando a aparecer una división profunda. Las disensiones entre Marx y Bakunin que aparecieron por primera vez en el Congreso de Basilea en 1869, alcanzaron su plenitud en la Conferencia de Londres, en septiembre de 1871. La pugna se basada en las cuestiones de si debía o no participarse en la lucha política, y respecto de la forma de organización que se debía adoptar.

Como ya hemos visto, existía una estrecha relación entre la solución de estos puntos y la forma deseada para la sociedad futura. No podía ya posponerse una decisión en tales materias, y cuando la Conferencia se disolvió tras tormentosas discusiones, era evidente que resultaba inevitable una escisión.

Esta lucha se reflejó también en España. Los partidarios de Marx en España eran conocidos con el nombre de autoritarios, y, aunque numéricamente eran insignificantes, contaban en sus filas con algunos de los mejores hombres de la Internacional. Poseían en Madrid un periódico, La Emancipación, y tenían algunos seguidores en Castilla y en Granada. Como los bakuninistas se llamaban a sí mismos colectivistas, ellos adoptaron el nombre de comunistas.

La lucha se agudizó tras la llegada a Madrid de Paul Lafargue, yerno de Marx, en diciembre de 1871. Se presentó disfrazado, ya que venía huido de la Comuna de París. Gracias a las amistades que tenía en Londres y al hecho de que hablaba perfectamente el español, pues había sido educado en Cuba, se convirtió en el representante natural en España del Consejo General. Su primer movimiento se vio coronado por el éxito.

Atacó a la Alianza de la Democracia Social basándose en su carácter de sociedad secreta (las sociedades secretas dentro de la Internacional habían quedado prohibidas en la Conferencia Londres), y la apremió de tal manera que la obligó a disolverse.

Con el fin de prevenir que se volviera a organizar, La Emancipación publicó los nombres de todos sus miembros, sin pararse a considerar el empleo que de tal lista podría hacer la policía. Los bakuninistas reaccionaron expulsando a los autoritarios, que por entonces poseían una federación propia en Madrid.

El final llegó al cabo de uno o dos meses, en el Congreso de la Haya (septiembre de 1872), en el que Marx, después de haber conseguido la expulsión de la Internacional de Bakunin y sus seguidores, trasladó el Consejo General a Nueva York. Antes que consentir que la organización que había creado cayera en manos de sus enemigos, prefirió destruirla.

Quince días después, los miembros expulsados se reunían en Saint-Imier, en el Jura suizo. Suiza, España e Italia sostenían a Bakunin. Bélgica estaba dividida. En Francia, la represión que siguió a la Comuna impedía toda expresión de opiniones.

Las resoluciones redactadas por Bakunin, en las que se contenían sus puntos de vista, fueron aceptadas unánimemente. En lugar de la Internacional marxista, apareció una Internacional puramente bakuninista, que poseía su centro entre los pequeños relojeros del Jura y la principal fuerza de sus miembros extendida por las orillas del Mediterráneo.

Estos acontecimientos de Europa, tuvieron su inmediata repercusión en España. Los delegados españoles en Saint-Imier, González Morago y Farga Pellicer, con el entusiasmo aún reciente de las largas conversaciones sostenidas con Bakunin, se apresuraron a convocar un Congreso en el que habrían de ser reafirmadas las finalidades de la Internacional anarquista (o más bien anarquizante).

El Congreso de Córdoba

El Congreso se celebró el 26-XII-1872, en el teatro Moratín de Córdoba. Se hallaron presentes 54 delegados, que representaban a los 20.000 miembros de 236 federaciones locales y 516 sindicatos. Las conclusiones aprobadas en el Congreso de Saint-Imier fueron aceptadas unánimemente y se votaron las medidas necesarias para llevarlas a la práctica. Entonces, pues, nació por primera vez en España una organización de tipo puramente anarquista.

R.B.: BRENAN, Gerald, El Laberinto Español, Editions Ruedo Ibérico, 1962, págs. 105-116.