Introducción al Carlismo

La Iglesia contra Fernando VII
Don Carlos
El campo contra la ciudad
El Norte
Vergara
Cabrera
Conmoción en la sociedad
Las Guerras Carlistas
Los Pretendientes Carlistas

La Iglesia contra Fernando VII

Retrato de Fernando VII a caballo. 1829
Retrato de Fernando VII a caballo. 1829

Carlista —dice el Diccionario de la Academia Española— es el partidario de los derechos que don Carlos María Isidro de Borbón y sus descendientes han alegado a la corona de España. Sin embargo, el carlismo tiene poco que ver en realidad con el pleito dinástico que se plantea al morir Fernando VII. Movimiento social, de mucha mayor consideración de la que se desprende de una simple y vulgar disputa sucesoria, su aparición se remonta a las jornadas que siguieron a la restauración del absolutismo por las tropas de Angulema.

Seis años antes de contraer matrimonio Fernando VII con María Cristina de Borbón, siete años antes de que naciera Isabel II y diez años antes de pasar el rey al otro mundo, existía ya el carlismo. Lo crea la Iglesia cuando advierte que la monarquía de Fernando se opone a que España sea la teocracia ideal con que los fanáticos soñaban al derrumbarse todas las instituciones.

... a nosotros no nos embromáis, porque os conocemos: ahora andáis con careta del pretendiente, pero es mentira; vosotros existíais antes que él.R.B.: Larra, en la Revista Española, 18-II-1834.

En 1824 los eclesiásticos empiezan ya a agitarse contra Fernando VII. Fundan el Partido Apostólico y el Ángel Exterminador, su organización de combate. Los apostólicos se proponen cambiar de monarca. Frente a la monarquía se alza en Cataluña una Junta Suprema del Principado, que comienza a lanzar al clero a los campos y se dirige al rey exigiéndole imperativamente la sumisión de la corona a la Iglesia.

Fernando parte con Calomarde para Cataluña en septiembre de 1825, y desde Tarragona dicta una proclama a los catalanes. El documento tiene indudable interés.

Ya veis desmentidos con mi venida —dice el rey— los vanos y absurdos pretextos con que hasta ahora han procurado cohonestar su rebelión. Ni yo estoy oprimido, ni las personas que merecen mi confianza conspiran contra nuestra santa religión, ni la patria peligra, ni el honor de mi corona se halla comprometido, ni mi soberana autoridad es coartada por nadie. ¿a Qué, pues, tomar las armas los que se llaman a sí mismos vasallos fieles, realistas puros y católicos celosos? ¿Contra quién se proponen emplearlas? Contra su rey y señor.
Sí, catalanes: armarse con tales pretextos, hostilizar mis tropas y atropellar los magistrados, es rebelarse abiertamente contra mi persona, desconocer mi autoridad y burlarse de la religión, que manda obedecer las potestades legítimas; es imitar la conducta y hasta el lenguaje de los revolucionarios de 1820; es, en fin, destruir hasta los fundamentos de las instituciones monárquicas, porque si pudiesen aducirse los absurdos principios que proclaman los sublevados, no habría ningún trono estable en el universo.

En esta proclama, el rey y los absolutistas que lo acompañan descubren el carácter de la protesta apostólica, cuya finalidad no es otra que la de destruir hasta los fundamentos las instituciones monárquicas.

Cuando los franceses colocan de nuevo a Fernando VII en el trono, y el monarca se dispone a gobernar, la Iglesia le sale al paso, decidida a impedir que el poder civil se consolide en detrimento de la teocracia.

Ciertamente, era un soberbio disparate intentar la resurrección de la monarquía visigoda en el siglo XIX —lo hubiera sido tratar de exhumar la del siglo XVI—. Pero estaba hasta cierto punto dentro de los natural que una Iglesia socialmente soberana aspirara a dominar a los demás poderes.

No era Fernando, sin embargo, un monarca que enfeudara la corona a ningún otro poder. Pronto dio la respuesta confiando la represión de los alborotos al conde de España. La sima que separaba al rey, celoso de sus fueros, de la extrema derecha del catolicismo se iría ensanchando a medida que se desarrollara el conflicto y se multiplicaran los choques.

Los apotólicos buscaban señor obediente, y cifraban sus esperanzas en el hermano de Fernando, el infante don Carlos. Así nació el carlismo, en vida de Fernando VII y contra él.

Don Carlos

Mucho antes, pues, de morir Fernando VII se había formado en Madrid otra corte, la de don Carlos, una corte íntima, extraoficial, frente a la corte oficial y legítima. La monarquía favorita de la Iglesia tenía allí acabada expresión.

Don Carlos era la cabeza civil suprema de la organización apostólica y del Ángel Exterminador. Dato de valor para conocer aquel ambiente de la acechante monarquía teocrática es la absorbente figura de la mujer de don Carlos, la infanta portuguesa doña María Francisca.

Señora de largo resuello, violenta, supersticiosa y dominada por el deseo de ceñirse la corona, para no ser menos que su hermana, la segunda esposa de Fernando VII, doña María Francisca era, como todas las hembras de su tipo, una fuerza que ningún enemigo inteligente despreciaría.

Se ganaba tiempo tratando con ella antes de hablar con el pretendiente. Clérigos y seglares, todos muy devotos, se daban cita en aquella corte no reconocida por las potencias. Todas las mañanas oían misa y todas las tardes rezaban el rosario.

Don Carlos aventajaba con mucho a su hermano en las virtudes que hemos dado en polarizar en el corazón. No había comparación posible entre él y Fernando. Junto a este, francamente encanallado, don Carlos poseía indudables dotes de caballero. Luego que los carlistas se echaron al monte, más de una vez el pretendiente detuvo la mano fratricida de sus capitanes.

Para la Iglesia hubiera sido el rey ideal. Tenía laxa la voluntad, y la ciega devoción, que en él no era hipocresía, sino sentimiento sincero, y su débil concepción del mando, junto a la pasión de reinar, constantemente alimentada por su mujer, hacían de don Carlos dúctil instrumento de los clericales.

Príncipe de ánimo endeble, necesitaba para actuar, el estímulo próximo de un carácter más fuerte que el suyo. Irresoluto y agobiado por el peso de la responsabilidad —condiciones que exasperaban más tarde a un Zumalacárregui—, podía asegurarse que de ocupar el trono acabaría suplantado por un valido, que habría de ser, con toda probabilidad, eclesiástico.

Los apostólicos descubrieron pronto en don Carlos el rey idóneo y le tomaron por candidato para representación civil de la teocracia que preparaban. Pero el carlismo tenía otra dimensión. No era solo un movimiento de clérigos. Era, asimismo, la reacción del campo contra la ciudad.

El campo contra la ciudad

Que el tendón ideal del carlismo era la teocracia no ofrece duda. Todos los hilos nos llevan a esa conclusión, por si no bastara, ahí está la participación del clero en la guerra, sobre todo el regular; el propio Cabrera, el insustituible caudillo de la causa, que debía saber lo que quería cuando asolaba el Maestrazgo, vino a corroborarlo a su regreso de Londres, en 1848, cuando, refractándose de su viejo credo, declaró que había pasado la hora de la Inquisición y el gobierno de los frailes.

Mas, como apuntamos, el carlismo presenta otro aspecto no menos interesante. En sus famosas Memorias, el británico C. F. Henningsen, capitán de lanceros en el estado mayor de Zumalacárregui, subraya que el carlismo es la rebelión de las gentes devotas del campo contra los habitantes corrompidos de las ciudades. En su lado civil, en efecto, el carlismo es un movimiento de campesinos y pastores contra la industria y el comercio, y contra su secuela, el liberalismo.

Henningsen recoge el sentimiento de Zumalacárregui cuando nos informa de que España se divide en agrícola e industrielle, y que la España industrial, como la del resto del mundo, nada produce, vive del sudor del campesino y por ley natural debe estar subordinada a la sociedad agraria. tanto más —agrega— cuanto que, afortunadamente, la parte industrial solo forma la décima parte de la población española.

La reacción de pueblos y capitales al llamamiento del pretendiente en 1833 confirma el punto de vista expuesto por Henningsen en cuanto a la división política de España. La insurrección de los carlistas en Bilbao, dirigidos por los frailes del convento de San Francisco, no se sostiene, porque Bilbao —opina el capitán de lanceros— como todas las poblaciones mercantiles, contiene dos terceras partes de liberales. San Sebastián, otra capital, permanece fiel a la Constitución.

Vitoria, ciudad rural y de tierra adentro, se presenta dividida en su actitud respecto al carlismo. Pamplona, incluso, quedaría en poder de los cristinos. Todas las ciudades grandes se pronuncian por la reina, insiste el observador británico.

Defienden la causa de la reina —continúa— los habitantes de las costas de Andalucía y Cataluña, todas las ciudades marítimas y los grandes centros de población interior, que —se consuela— no suman porción muy importante del país. De Cataluña se adhieren al pretendiente los montañeses; desde luego, la costa catalana y Barcelona son liberales.

El área carlista se extiende del Ebro a los Pirineos, con fracción de la Rioja dentro, y sus focos de resistencia están en el corazón de las quebraduras montañosas. Eraso, el primer caudillo de don Carlos, fiel a la condición antiurbana del carlismo, se fue, huyendo de las ciudades, a proclamar a Carlos V en las peñas históricas de Roncesvalles.

El campo, por labios de Eraso, declaraba la guerra a la ciudad, esto es, a la civitas, al Estado, a la civilización. el carlismo es eso: un movimiento contra la civilización, el furibundo misoneísmo de la conciencia campesina española trabajado por los clérigos.

Hay otro modo de definir a los carlistas, y es definiendo a los hombres contra quienes se levantan ellos, los hombres alejados de la vida campesina de Europa por la educación académica. Contra estos hombres se subleva la Vandea (guerra de la Vendée), que es la Navarra francesa en el orden político, y en España los carlistas se alzan contra sus modestas contrafiguras.

El liberalismo europeo moderno no hubiera sido posible si la ciudad, con su incansable pasión por el cambio, no hubiera reemplazado al campo, enemigo contumaz de toda innovación, como fuente primaria de la legislación.

Don Carlos no logra entrar en ninguna ciudad populosa. Sus capitanes llegan a cruzar la Península en operaciones que eran huidas veloces, con las botas liberales en los talones. Pero la urbe repudia el carlismo.

El 11-IX-1837, don Carlos entra en Arganda, se acerca a las tapias de Madrid, más bastó la milicia urbana y un pelotón de soldados —que no había más fuerza en la capital de la monarquía— para cerrarle las puertas. La minoría carlista en Madrid no se movió.

En la segunda guerra carlista, treinta años después, se reproduce la situación. Los partidarios del pretendiente consiguen dominar todo el Norte. Uno a uno van cayendo en su poder todos los pueblos. Tras la toma de Estella —capital del carlismo—, se les rinden villorrios, aldeas y poblachones de Navarra, Guipúzcoa y Vizcaya.

Quedan otra vez por los liberales, sin embargo, las grandes ciudades, Bilbao, San Sebastián, Vitoria, Tolosa, Irún, y Pamplona inclusive, islas del constitucionalismo en medio de aquel agresivo océano carlista, sitiadas, asediadas, sin comunicaciones con el Centro, resisten obstinadamente.

Y en cuantas ocasiones se repitiera la guerra, volvería a darse la misma división. La ciudad, la gran ciudad, en España como en el resto de Europa, es liberal. Die Stadtluft macht frei, el aire de la ciudad hace libre al hombre, reza un proverbio alemán.

Dicho está que el carlismo no es un fenómeno social exclusivamente español; es un movimiento político social pariente del vandeano.

Leyendo aquellas atroces campañas de las columnas infernales de Turreau, con la réplica no menos atroz de los campesinos vandeanos, hay que preguntarse que hubiera sido de Francia si en vez de realizar su revolución con una burguesía poderosa la hubiera intentado, a la manera de España, con una clase media débil.

No puede haber duda de que el indomable foco de la Vandea, incendio fácilmente sofocado por la Convención, aunque no sin extremado rigor, habría sido exactamente la Navarra de Francia.

Lo que aconteció en la patria de Robespierre fue que la aplastante superioridad de la nobleza del comercio con dinero en el bolsillo vació de peligrosidad el movimiento vandeano, no ya con las razzias de Turreau y Rossignol, sino mucho antes, cuando la burguesía francesa se convirtió, laboriosa y silenciosamente, en la nación.

Así, la Vandea, con sus ramalazos del bajo Poitou y la Bretaña, no pudo tener eco peligroso en el resto del país, y fue como un cuerpo extraño en la sociedad francesa, decididamente urbana en Weltanschauung

El cuerpo extraño en España era el urbanismo. La Vandea era el signo geográfico de la ignorancia y el clericalismo en un pueblo ilustrado. La ciudad española era, por el contrario, el presuntuoso ademán de la ilustración en un pueblo sin letras.

No podían faltar, pues, vandeanos en el ejército de don Carlos. Henningsen trató a un oficial apellidado Aubert, que murió en uno de los encuentros con las tropas de la reina y que había venido a España a continuar, bajo la bandera del carlismo, la lucha que su padre había comenzado, y él seguía, enfervorizado, contra la libertad francesa. Su padre fue un rico agricultor de La Vandea que peleó contra la Convención, y en aquellas luchas perdió la vida.

El hijo tomó parte en la conflagración vandeana de 1832 y estuvo en la defensa del castillo de la Pennissière. Se alistó con don Carlos en 1836 y murió gritando !Vive le roi¡, sin que se sepa si en ese momento estaba pensando en Henri Cinq o en Carlos V.

Esta gente de l´Armée Catolique et Royal venía a luchar en el ejército de la Fe por lo que suponía la misma causa. Y en realidad lo era, con la diferencia de que lo que en Francia se consumía en la utopía, en España tenía mucho más ambiente y ciertas posibilidades de triunfar, como a la postre se impuso fugazmente, aunque sin don Carlos, a la sociedad española.

En una nación como España, donde se acusaba tan desniveladamente la preponderancia campesina sobre la industria y el comercio, el carlismo estaba muy lejos de perecer por el hecho de que sus ejércitos ondearan bandera de tregua. La causa del pretendiente —simple nombre dado a un formidable hecho social— era incompatible con el mar y las ciudades, esto es, con el comercio y con la industria. Por consiguiente, mientras España no tuviera una burguesía pujante, el carlismo sería invencible, si no en cuanto fuerza militar, sí como hecho social.

El Norte

Es evidente el carácter monástico-campesino del movimiento carlista. El carlismo tiene su raíz en los conventos y en las aldeas. Abundan más su parciales entre los regulares que entre el clero secular, entre los frailes que entre los curas.

Las capitales, como hemos advertido, e incluso los pueblos grandes, le son hostiles. Respondamos ahora a esta pregunta: ¿Por qué el carlismo termina siendo una suerte de ideario regional confinado en el Norte de España?

Uno de los factores que determinan ese interesante hecho es la geografía: las espléndidas condiciones del terreno para la guerra irregular, y sobre todo, la proximidad de la frontera francesa. De ello nos ocuparemos a continuación.

Pero, ¿lo explica eso todo? ¿No hay, quizás, valores étnicos y morales en juego? Acaso cupiera sentar la hipótesis de que la población vasconavarra y el montañés catalán sw hallan más dentro de la vida campesina que el resto de los españoles en general.

Sabido es que abundan las observaciones de escritores y filósofos —españoles y extranjeros— que ven en el español uno de los hombres más influidos por el espíritu del territorio.

Otros han visto en nuestro apego a la tierra o en nuestra fusión con la geografía una virtud que nos erige, afortunadamente para nosotros, en reserva humana europea y quien sabe sí, por tanto, en la raza de más brillante porvenir.

Con todo, no hay inconveniente en admitir nuestro ruralismo metafísico, en el que pudiera haber cierta gradación, siendo vascos, navarros y catalanes presa más firme del espíritu de la tierra que los demás españoles. Los carlistas más combativos, en todo caso, los ha dado Cataluña.

Entre ellos el ex seminarista Ramón Cabrera, el más representativo probablemente. Las partidas carlistas catalanas no cedieron nunca ni en fanatismo ni en ferocidad a las vasconavarras.

Los primeros rebeldes reaccionarios contra Fernando VII fueron los apostólicos catalanes. Los primeros clérigos que se echaron al campo fueron los catalanes. La primera junta teocrática fue la Junta Suprema de Cataluña, con sede en Manresa. Las provincias catalanas constituyeron centros de la rebelión ultramontana tan difíciles de domar como los de la Borunda.

Pues bien, en el libro de Amade sobre el Renacimiento catalán se nos dice: El catalán moderno sigue siendo, a pesar del avance comercial e industrial, el campesino tenaz que fue siempre., lo que corrobora el obispo Torras y Bages, uno de los padres del catalanismo, con su observación de que en las numerosas industrias de su diócesis, los industriales tienen siempre algo de campesinos.

Por otro lado, en las regiones de lengua vasca —recuerda uno de nuestros historiadores— es la vida de aldea más intensa, y más destacada la resistencia a la iniciación europea. En efecto, por sus ideas, sus costumbres y su planta física, el vasco es un pueblo esencialmente rústico, una sociedad de aire libre que discute los negocios públicos al pie de un árbol.

Mas sin menosprecio de cuanto se acaba de anotar, lo decisivo parece ser el medio, incluso en pueblos de espíritu rural muy acentuado. El vasco de Bilbao o de San Sebastián y el catalán de Barcelona o de Reus no eran, en general, carlistas.

En otros factores precisa buscar, pues, la explicación de que por qué el carlismo, al menos en su manifestación más virulenta, queda localizado en las Vascongadas, en Navarra y en Cataluña.

Potencialmente, la sociedad rural española es toda ella carlista cuando se alza el pretendiente en 1833, y al tiempo que se rebela el Norte se insurrecciona parte de Castilla y Andalucía. En realidad, la primera revuelta se produjo en Talavera, en la provincia de Toledo.

Pero el poder de la aristocracia de sangre en las regiones del latifundio merece tomarse en consideración. Buena parte de esta aristocracia, la que llamaban ilustrada, aunque católica en muchos casos, se oponía al extremismo carlista. Como se oponían todos aquellos que, sin ser aristócratas, temían la promesa hecha por los carlistas de restituir a la Iglesia sus propiedades territoriales y urbanas, o de paralizar la desamortización.

La sociedad española se hallaba dividida en sus alturas, y la nobleza, que en general vivía en las ciudades, no compartía unánimemente la idea del Estado teocrático. Este hecho tenía que repercutir en los pueblos en que el poder territorial de la aristocracia no había perdido su antiguo carácter por completo.

¿Se debe la supremacía del carlismo en el Norte a una razón estratégica de carácter geográfico? La historia nos dice que un pequeño ejército podía resistir casi indefinidamente en aquella época en las anfractuosidades de la Borunda, y en las Amézcoas.

Cierto que breñas, gargantas y serranías se dan en muchas otras zonas de España; pero ninguna otra zona española disfrutaba la proximidad de la frontera francesa. De incalculable valor para los carlistas, que por allí recibían sin cesar armas y municiones y provisiones de boca, además de tener cubierta la retirada.

Los departamentos fronterizos franceses eran para los carlistas un almacén inagotable y a veces también un refugio seguro. Con dinero o con crédito eran bien recibidos en todos los pueblos y ciudades, desde Bayona hasta Montpellier.
En cuanto compradores de armas, municiones, comestibles y otros artículos, enriquecieron considerablemente a los comerciantes franceses. La policía y los aduaneros franceses eran cómplices en sus actos. No se exagera diciendo que el cierre de la frontera había puesto fin a la guerra en tres meses.R.B.: H. Butler Clarke, Modern spain, 1815-1898. Londres, 1906, cap. XIV, pp. 375,376.

En cambio, la lucha en los llanos de Castilla, y la que pudiera entablarse en cualesquiera otras montañas del país, siempre fáciles de incomunicar, se presentaba a toda luz desfavorable al carlismo.

En las estepas la guerra tenía que tener como característica la movilidad, y los carlistas, inferiores en efectivos a los liberales —en parte merced a la natural rivalidad entre los militares y los frailes— podían hostilizar a los cristinos con las rápidas marchas de Gómez o las diabluras del cura Merino, mas al cabo salían derrotados.

Decía Zumalacárregui que si los carlistas tuvieran todos los hombres que había perdido fuera de Navarra el famoso cura, don Carlos hubiera entrado en Madrid. Este fantástico y típico guerrillero carlista, terror de Castilla a los sesenta y cinco años y edificante ejemplo de ferocidad, fue cabrerizo en sus años mozos; del rebaño pasó a la Iglesia, a la que iba a servir con la mentalidad agreste que le infundió su convivencia juvenil con la cabra trashumante.

Llegó a ser general por méritos contraídos en la irregular guerra contra Napoleón. Después no dejó de disparar, siempre que se le ofreció coyuntura en las luchas contra la Constitución, un terrible artefacto de su propio invento, que el cura, ataviado mitad de eclesiástico y mitad de bandido, hacía funcionar sin desmontar del caballo.

Vergara

Los carlistas apoyaban su rebeldía en el derecho de sucesión de don Carlos. Pero en buena lógica la pretensión de don Carlos era insostenible. Sus parciales, al paso que se declaraban fieles seguidores de la tradición, invocaban el derecho a reinar del hermano de Fernando VII fundándolo en la ley sálica, que Felipe V introdujo en España, Carlos IV derogó por la pragmática sanción, y Fernando VII llegó a admitir en su lecho de enfermo, para rectificar a poco y designar heredera a su hija Isabel II.

Que el carlismo, conocido luego por tradicionalismo, sostuviera que no podían reinar las hembras en el país de Isabel la Católica era una contradicción que de cualquiera se podía esperar menos de esa parte.

De acuerdo con las tesis de los carlistas, el deber de todo tradicionalista estribaba en aniquilar la filosofía importada de Francia para que prevaleciera en su lugar la ley sálica, importada también de Francia.

No más morir Fernando VII comenzó la I guerra, y el ejército carlista se formó en base al ejército de la Fe, que a su vez surgió de otra organización paramilitar, los voluntarios realistas, contrafigura reaccionaria de la Milicia Nacional. Estos voluntarios realistas estaban armados en toda España en el periodo de la ocupación francesa que siguió a la restauración del absolutismo en 1823.

Al final, el ejército carlista terminó llamándose el Requeté, nombre originario del estribillo de una copla de guerra que cantaba el tercer batallón de Navarra, uno de los tenidos en mejor estima por Zumalacárregui.

El carlismo, en su lado militar y civil se desprendió, por tanto, del absolutismo y fue la nueva forma que adoptó el fanático partido apostólico. Desde octubre de 1833 hasta agosto de 1839 se luchó con denuedo y fiereza en las peladas lomas del Maestrazgo, en los rosarios montañosos de las Vascongadas, en los inaccesibles parajes de Navarra, sin más huella de la presencia del hombre, a menudo, que la cabaña de un pastor colgada de un despeñadero.

La muerte de Zumalacárregui herido en una pierna en el sitio de Bilbao cuando observaba las posiciones enemigas con catalejos desde un balcón del palacio lindero con la iglesia de Nuestra Señora de Begoña, fue fatal para don Carlos. A partir de ese momento, el pretendiente, ya sin la recia y aglutinante personalidad de su caudillo, se mostró inepto para gobernar a su hueste.

En Vergara se rindió el ejército carlista en condiciones que acreditaban la indulgencia liberal. Don Carlos abdicó en favor de su hijo, el conde de Montemolín, que se llamó Carlos [VI], en 1845.

Hasta 1860, el carlismo se sostuvo, de una parte, como el rescoldo de una hoguera mal apagada, con lumbraradas esporádicas, cual el de Cataluña en 1847, y de otra, abriéndose paso, sinuosa y tenazmente, en la corte de Isabel II.

La política reaccionaria que privó en el reinado de Isabel II tuvo por leit motiv la reconciliación de la monarquía con la Iglesia, y acabó, como era inevitable, con la subordinación del Estado al poder espiritual, que era lo que ambicionaban los carlistas. Ya el abrazo de Vergara, colofón de una victoria militar de los liberales, representa, en lo político, un triunfo del carlismo.

Bravo Murillo, primer ministro en la fecha del famoso concordato de 1851, intenta con su reforma constitucional ganar a los carlistas para la causa de Isabel II. En 1856 vemos a don Cándido Nocedal de ministro de la Gobernación bajo Narváez. El carlismo había llegado al poder.

Alejado de España Montemolín, toma la dirección de su causa en la corte, don Francisco de Asís, el rey consorte, un sujeto entregado a los clericales, y de tan peculiar psicología que se indignaba con Serrano porque trabajaba en la corte a favor de los progresistas —otras veces apoyaría a la reacción—, y estimaba detalle baladí los amores de Serrano con su mujer, la reina.

Este don Francisco de Asís ocupaba ahora el puesto que don Carlos disfrutaba entre los apostólicos frente a la corte de Fernando VII. Era un instrumento servil del carlismo contra su propia mujer, cuyo derecho a reinar don Francisco ponía en duda.

Mediante la Suprema Comisión Real, con agentes secretos en todos los centros vitales del Estado, se lograban innumerables puestos de confianza y mando para los carlistas. Nadie podía ahora gobernar en España sin someterse a los dictados de la Iglesia.

El verdadero gobierno español lo componían: sor María de los Dolores Patrocinio; el padre Claret, confesor de la reina; el padre Fulgencio, confesor del rey consorte, y fray Cirilo de la Alameda, el jefe de los apostólicos en tiempos de Fernando VII, el de la entrevista con Alcalá Galiano. Fray Cirilo era ahora cardenal-arzobispo de Toledo. ¡Durante la guerra carlista, fray Cirilo había sido ministro en el consejo del pretendiente!

España tenía ahora un gabinete teocrático. Narváez, Bravo Murillo, O´Donnell, Sartorius, eran todos hombres de paja. El auténtico Gobierno de España estaba formado por la monja y los frailes que acabamos de mencionar. Isabel II solo reinaba nominalmente.

La corona, al fin, estaba presa en las mallas del carlismo, que solo en un terreno respetaba el libre albedrío de la sensualísima señora: en el de la elección de amante. Los carlistas talares de la corte estaban detrás de la corona, con los hilos de la política y la intriga en la mano.

La aconsejaron que firmara las leyes de don Pascual Madoz en 1856, y que luego despidiera a Espartero. La reina cuya ambición se limitaba a convertir la noche en día, abrazar a su amante predilecto y luego recibir la absolución de su confesor favorito, firmó, y asesorada por el sanedrín eclesiástico, escribió al papa asegurándole que pronto borraría la impía decisión, y los bienes de la Iglesia estarían de nuevo salvados.

El gabinete de Fray Cirilo indujo a la Santa Sede bajo mano a que rompiera relaciones con España, con lo cual se agravaron las dificultades de la situación Espartero. Para colmo de males, el Cristo de la iglesia de San Francisco comenzó a sudar sangre, como inconfundible protesta celestial contra la expulsión de sor Patrocinio de los recovecos de la corte.

La reina llamó a O´Donnell, y la teocracia se constituyó formalmente otra vez con todos sus ministros tonsurados, sin faltar uno. A O´Donnell, una vez prestado el servicio de reponer a Sor Patrocinio en Palacio y salvar los bienes de la Iglesia, le sustituyó Narváez, con el tradicionalista Nocedal en el ministerio de Gobernación.

A su hora, el gabinete de clérigos también expulsó al fiero ex ayudante Mina. Narváez salió furioso y dijo que estaba hasta los huesos de aquella gente. Cerró su protesta con un atronador ¡Voy a ser más liberal que Riego!

Mas ni por esas vías del disimulo podía ya imponerse a España una teocracia. El carlismo, ni embozado se estabilizaba en el poder. La reina iba a pagar con el trono su dejación de prerrogativas.

Mientras tanto Montemolín no se conformaba con que fray Cirilo gobernara por él. Montemolín quería reinar. En diciembre de 1860 el general Ortega, capitán general de las Baleares, desembarcó en la costa catalana con 3.500 soldados, el pretendiente y su hermano Fernando.

El golpe resultó fallido, pero era tanta y tan notable la gente complicada en el pronunciamiento de Ortega, que la corte hubo de echar tierra al asunto, perdonando a todos.

El pretendiente para obtener la libertad, renunció a sus presuntos derechos. Marchó a Alemania, y allí publicó una revocación de su renuncia. Pero en el tiempo que medió entre la renuncia y la revocación de la renuncia, el hermano menor, don Juan, se proclamó pretendiente.

Este don Juan acusaba alarmantes ribetes de liberal, cosa que escandalizó al partido carlista. A todo esto, Montemolín declaraba que don Juan no había interpretado a derechas su acto de Cataluña, realizado bajo la amenaza de perder la libertad, y por consiguiente, según él, sin validez.

El pleito quedó resuelto por la muerte de Montemolín, la de su mujer y la de don Fernando, todos segados en quince días por una fiebre maligna. Urgía al partido tener un jefe, porque don Juan estaba considerado como hereje.

Recayó la autoridad del carlismo, pues, en el hijo de don Juan, de más fibra ortodoxa, don Carlos María, quien en 1868, momento de esperanzas para el movimiento, tomó el nombre de Carlos [VII]. Isabel II, ya destronada, se entrevistó en París con don Carlos y puso a su disposición cuantiosos fondos.

Ramón Cabrera

General carlista Ramón Cabrera.
General carlista Ramón Cabrera, «el Tigre del Maestrazgo».

Y aquí vuelve a entrar en escena Ramón Cabrera, el tigre del Maestrazgo, siquiera se nos presente ahora transformado en el gozquecillo de Wentworth. Cabrera se había casado con una inglesa en su exilio de Inglaterra.

El sañudo guerrillero de Carlos [V] se había convertido en un disciplinado ciudadano, que hablaba inglés, poseía cierta fortuna y recordaba sus correrías de la mocedad con esa melancólica indulgencia con que se disculpan los propios pecados de la juventud. La notable transfiguración moral de Ramón Cabrera estaba prevista en aquellas líneas de Larra:

y es evidente y sabido que una vez colgado este pernicioso arbusto (la planta facciosa carlista) y altamente separado de la tierra natal que le presta su jugo, pierde como todas las plantas, su virtud, es decir, su malignidad.R.B.: Artículo en la Revista Española, 10-XI-1833.

Como adelantamos, Cabrera volvió a España en 1848, y se estremeció Cataluña al oír que había pasado los Pirineos. Pero, con evidente asombro de los catalanes, en vez de lanzar una agresiva proclama carlista, manifestó que había perdido la fe en el gobierno absoluto del rey y la Iglesia; que ya no estábamos para despotismos y que la Inquisición y el gobierno de los frailes no eran de estos tiempos.

Predicaba un nuevo carlismo puritano, que tendría por objeto imponer limpia honestidad a la corte. El clima civil de Inglaterra había transformado a este bárbaro. El hombre de acción había muerto en él.

Sin duda por no molestarse en cambiar de partido, Cabrera siguió siendo carlista. Carlos [VII] le captó. Pero el viejo caudillo puso como condición que se reservara a él la designación del momento más preciso para el ataque, un momento que no habría de llegar nunca, a juzgar por la filosofía del nuevo Cabrera.

A despecho de lo acordado, don Carlos, embozado en un disfraz, entró en España con los más impacientes de sus secuaces en julio de 1869, y llegó hasta Figueras, de donde, tras comprobar, desalentado, su impotencia, regresó a París.

Al conocer la aventura, Cabrera rompió en santa indignación, dimitió la jefatura del partido y se volvió a Londres con su inglesa. El movimiento se venía abajo al carecer de los servicios de un hombre de la talla del despedido.

Don Carlos salió tras Cabrera, y una vez más consiguió encuadrarlo. Pero Cabrera estaba hecho un honrado constitucionalista, que no colaboraría si previamente don Carlos no prometía gobernar con las Cortes y la Constitución. El pretendiente se rindió al hombre de orden, y en efecto le prometió Constitución y Cortes.

El partido se alzó entonces en bloque contra el constitucional consejero, y Cabrera, al disputársele la facultad de elegir los asesores del rey, abandonó definitivamente el carlismo.

Las anteriores incidencias prueban que el carlismo se reconocía anacrónico. Había triunfado en España en la medida en que podía abrirse camino, y más lejos no hubiera ido nunca de no haberle favorecido, al cabo de setenta años, el tremendo accidente histórico que entregó los destinos de España al general Franco a principios de 1939. El mismo Nocedal aconsejaba a don Carlos en 1870 que entrase en alianza con los republicanos para derrocar a Amadeo.

Todavía, como acabamos de señalar, había de dar guerra el carlismo, que será una fuerza en tanto no se modifique las planta de la sociedad española. Mas a partir de 1860 no pasa de ser un movimiento perturbador sin probabilidades de realizar plenamente sus ideas.

En mayo de 1872 los carlistas se volvieron a levantar al grito de !Abajo el rey extranjero¡ Don Carlos penetró otra vez en España. El despego que la oligarquía tradicional sentía hacia el Saboya, el apoyo que los republicanos dieron a los carlistas y la quiebra absoluta del Estado, ayudaron al carlismo en esta última insurrección sangrienta del siglo XIX.

En pocos días, los soldados del pretendiente capitularon y firmaron el convenio de Amorebieta, reproducción casi literal del acto de Vergara. Aquella no fue más que una tregua, sin embargo, y la guerra continuó hasta el 28-II-1876, en que don Carlos repasó la frontera francesa. Cabrera ya había enviado su adhesión a Alfonso XII.

Don Carlos María, cuarto pretendiente y nieto del primero, fue sucedido, al fallecer en 1909, por don Jaime, su hijo. Don Jaime murió en 1932, sin dejar descendencia. Y el último rey de los carlistas fue don Alfonso Carlos, hermano de don Carlos María, y por tanto, tío de don Jaime. Don Alfonso Carlos pereció arrollado por un automóvil en Viena, a los ochenta y siete años de edad, en 1936. Con él se extinguió la dinastía, de la que fue su postrer varón.

Desaparecida la dinastía, el carlismo no interrumpió por eso su marcha. Era un movimiento anterior al problema de la sucesión y hubiera o no pretendiente —factor subalterno—, tendría vida en tanto en España no se creara aquella atmósfera urbana que reconcilió el alma salvaje de Ramón Cabrera con la civilización.

La conmoción en la sociedad española

La agresión absolutista que se desencadena con la insignia de Dios, Patria y Rey —el rey lo último, la iglesia lo primero— produjo una conmoción de incalculable alcance en la sociedad española. María Cristina de Borbón y muchos de los generales y políticos que la servían se vieron forzados a defender las ideas y el sistema político del liberalismo.

La conducta de la Iglesia había trazado una divisoria, en parte artificial, en la sociedad; se era liberal, aunque no se sintiese el liberalismo, o carlista. La mayoría de aquellos políticos y militares agrupados en torno a la reina no simpatizaban con la monarquía constitucional. Eran absolutistas, pero repudiaban la teocracia; querían una monarquía reaccionaria, pero no presidida ni coartada por los curas.

A móviles oscuros se ha atribuido la adhesión de los generales Llauder, Córdoba y Quesada, los tres con mando entonces, a Isabel II en el momento mismo en que comenzó la guerra. Mas en esa conducta había motivo más profundo que la ambición personal.

Estos tres generales absolutistas se alistaban contra el carlismo, como tantos españoles, porque rechazaban la anacrónica y perturbadora ambición de la Iglesia. La consecuencia fue que el bando liberal o cristino contuvo innumerables antiliberales, individuos que nunca hubiesen guerreado contra el clero si el clero no los hubiera atacado.

De otra parte, la insurrección de los cenobios puso de plano el poder político en manos del pueblo. La monarquía de Isabel II hubo de buscar escabel en las masas. Se necesitaba perentoriamente al pueblo para batir a don Carlos, y se puso en sus manos, no el voto —y mucho menos la tierra— sino el fusil político.

La Milicia Nacional, reorganizada y con el significativo título de Urbana, recibió la aprobación de la corona. Se admitió en ella a todo el que lo deseó, y junto al Ejército regular se levantó otro, el urbano, de doscientos mil hombres.

La Iglesia, que se proponía coartar el paso a la libertad, se negó a sí misma como institución de orden, y dio a la libertad tan desapoderado impulso, que anegando a toda la sociedad, espantó pronto a los propios liberales.

R.B.: RAMOS-OLIVEIRA, Antonio, Historia de España, Compañía general de ediciones, 1950, México, Tomo I págs. 235-353.