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Los Tartessos

Historia antigua de la Península Ibérica

Introducción
Área aproximada de los Tartessos

No es de creer que en decurso de los milenios que separan el arribo del pueblo de estirpe sahariense a la costa almeriense —dando estos hechos por ciertos— y la fundación de Gádir (Cádiz) por los fenicios (1100 antes de Cristo) se hurtase España a otras invasiones e influencias direlista, esto es, que permaneciera en absoluto ajena a los traslados y fusiones de pueblos que tuvieron por teatro el Oriente mediterráneo, las tierras litorales de Libia y las comarcas próximas del Norte de África. Esto es todo cuanto puede sentarse como principio, sin embargo, porque tales edades se nos presentan envueltas en niebla y misterio, no disipados ni disminuidos, antes complicados, por la contradictoria información y la dudosa autenticidad de muchos pasajes de los textos clásicos más antiguos.

Tesis y teorías para todos los gustos y sentimientos se han levantado a menudo —con el dogmatismo que parece inseparable en este género de estudios— sobre la base de materiales literarios, que, precedidos por la Biblia, han inspirado, para las épocas más distantes a los historiadores. La documentación al alcance de la historiografía no es verdaderamente fidedigna hasta tiempos en cierto modo recientes. Aun las autoridades antiguas más seguras dejan en pie grandes problemas y suscitan un tropel de interrogantes en la mente del investigador moderno.

Para las edades anteriores a la literatura bíblica, homérica, hesiódica, etc., solo la Arqueología y la Antropología nos revelan el secreto del pasado. En ellas se contiene toda la elocuencia de las edades remotas. Pero es una elocuencia confusa y estrangulada por momentos de mudez, inclusive allí, como en Egipto, donde más completa aparece.

En orden a saber si en el eneolítico —edad de bronce— recibió España al menos en algunos puntos de su territorio, nueva sangre, ni la Arqueología ni la Antropología nos allegan información. La investigación arqueológica, que todavía no ha agotado en España todos sus recursos, nos descubre las culturas creadas por los sucesores de los capsienses, por los descendientes de las primitivas razas del Cantábrico y el Pirineo y por el llamado pueblo de Almería.

Ni la Arqueología ni la Antropología señalan, hasta ahora, otras novedades para el eneolítico y la Edad de Bronce. La primera invasión celta se presentó a principios de la Edad de Hierro, hacia el año 900. La presencia de los fenicios en Andalucía previamente al s. IX la señalan las fuentes literarias y la admite la conjetura de historiadores, pero no la confirma la Arqueología.

Con todo, poco se aventura, quizás, imaginándose en el neolítico, en el eneolítico y en la Edad de Bronce nuevas infiltraciones de los pueblos de origen sahariense-camita próximos —los de la costa del Norte de África— que vendrían a reforzar el núcleo étnico de Almería y tendrían no parvo influjo determinante en las primeras expansiones de ese pueblo por el Este y el Sur de España.

Igualmente lícito es admitir, en relación con el eneolítico y la Edad del Bronce, con anterioridad a la llegada de los fenicios, la aparición en las costas de Andalucía de gentes libioetíopes, que serían los colonizadores más antiguos del litoral español, asunto que habrá de entretenernos más adelante.

Ya vimos que, según los tratadistas modernos, desde las postrimerías del neolítico los pueblos españoles mantuvieron asidua y fecunda comunicación marítima con los países del Atlántico y el Mediterráneo; y es muy de dudar que semejante tráfico se ejerciese, sobre todo en el Mediterráneo, en una sola dirección, tanto más cuanto que muy pronto sería conocida la inmensa riqueza metalúrgica de España en el Mediterráneo oriental.

Otro factor favorable a la aproximación de esos pueblos a nuestros puertos del Sur serían las invasiones y guerras del Asia Menor, el Próximo Oriente y el África Menor. Es decir, que alguna repercusión hubieron de tener en la Península Hispánica los movimientos de razas y las revueltas sociales que conmueven a Egipto desde las primeras dinastías, así como las guerras de conquista de los faraones más emprendedores y poderosos.

Hasta que se consuma la conocida revolución en el enfoque de estos problemas y la Antropología toma un rumbo más científico, o simplemente nace, se tenía a los iberos por oriundos del Asia occidental, parientes cognados de los primitivos habitantes de Caldea y Asiria, o sumeroacadios; o bien por rama del tronco jafético, originarios de la Iberia caucásica, hipótesis que alentaron los estudios filológicos de Humboldt. También fueron considerados como descendientes de los ligures, que, en el pensar de Jullian y de Schulten, poblaron un tiempo toda la Península.

Se pensaba en el primer caso que esa raza ibera avanzó por la costa Norte de África, dejando allí algunos grupos, después de haber matizado a la población egipcia, y que pasó a España por el Estrecho, y se extendió por la totalidad de la Península. En el segundo caso se concebía a los iberos acercándose desde la Iberia asiática, por las márgenes del mar Negro, el Danubio, los Alpes orientales, la Liguria y la cuenca del Ródano, hasta penetrar en España por los pasos de los Pirineos.

Por lo demás, algunas de las viejas ideas sobre los iberos se concilian perfectamente, salvo en cuanto a la procedencia de este pueblo, con las nuevas teorías, pues suponen a bereberes e iberos de una misma raza y los declaran dejando su importancia en la conformación étnica del pueblo egipcio, lo mismo que se dice hoy de los saharienses-camitas.

En resumen, la etnología moderna pasa por alto la especie de origen asiático de los iberos y nos dice que el cimiento racial de la Península Hispánica es, de un lado, la raza capsiense africana y de otro la europea cantábrico-pirenaica. Los iberos parecen identificados con éxito en sus supuestos antepasados de la cultura de Almería. A pesar de Jullian y de Schulten, en general se mantiene que los ligures tienen muy poco que ver, si tienen que ver algo, con nuestra Península.

Los celtas, que penetran por primera vez en el suelo español a principios de la Edad de Hierro, vienen a ser para el etnólogo de nuestros días, gracias a la ciencia arqueológica, poco menos palpables y conocidos que si hubieran llegado en siglos posteriores.

Eso dicho, precisa admitir la posibilidad de infiltraciones de pueblos filiables aparte de aquellos otros que nos da a conocer la Arqueología y la Antropología. Las propias investigaciones arqueológicas, junto con las insistentes alusiones de los historiadores clásicos, denuncian en Andalucía barruntos de influencia aria, bien que no quepa aún fijar la memoria en que comenzó semejante influjo. Schulten estima que Tarteso era un reino antiquísimo, primitiva colonia cretense, existente ya antes de 1500 antes de Cristo. Schulten, Tartessos, la más más antigua ciudad de Occidente; Revista de Occidente, t. I, pág. 67. Otros lo creen más remontado en el tiempo todavía.

Se diría que la monarquía de Tarteso, de indudable carácter histórico, fue la primera que apareció en Europa y la única en su tiempo en España. Se coligan, pues, varias circunstancias de cierta entidad para introducirnos a sospechar no despreciable influjo del Oriente mediterráneo en Andalucía, antes, tal vez, de que los fenicios se instalaran es las costas de esta ubérrima región, que en principio dio pábulo a tanta copia de mitos y leyendas.

La Etiopía occidental

Que el Mediodía de la Península Hispánica sería afectado de algún modo por las vicisitudes y bandazos históricos de Egipto y pueblos adyacentes del Nilo es más que probable. Algunos autores tienen por cierto que en un momento imposible de precisar cronológicamente se propagaron por el Norte de África, desde Libia al Atlántico, y afincaron en el borde marítimo andaluz, etíopes de singular estampa. Estrabón recuerda que Homero hace mención de los extremos etíopes occidentales y añade por su parte que buen número de los etíopes que emigraron de la Libia hacia el Occidente se quedaron en Tarteso. Para este geógrafo griego, el país de los etíopes hesperios u occidentales, estaba en la Mauritana, hacia el mar exterior.

Estrabón registra una tradición que se había ido trasmitiendo de unos autores griegos a otros y que, al parecer, fue recogida por primera vez en la Descripción de Orbe atribuida a Scymno de Quío, quien sitúa a los etíopes hesperios en la isla de Eritia o Eritea. La tradición pasa a Dionisio Periegete, cantor de la hermosa tierra de Tarteso y de la Eritea, alimentadora de bueyes, donde viven los píos etíopes, venidos después de la muerte de Gerión.

El mito de Hércules y Gerión, puesto en verso por una Pléyade de poetas griegos, comenzando por Hesiodo, presenta a Hércules trasladándose en uno de sus trabajos, desde Asia a Andalucía, con el exclusivo objeto de matar a Gerión, dueño de los grandes rebaños de vacas de la Eritea, y robarle el lustroso y nutrido ganado. Esta leyenda tesifica que Andalucía era famosa en aquellas lejanas edades por sus espléndidas manadas de bovinos.

Para Joaquín Costa, la Eritea había sido colonizada por etíopes hesperios, o sea por libyos del Atlante, cuando Gerión fue vencido y muerto, que es lo mismo que sugieren otros autores modernos en relación con los fenicios, no siendo para ellos el mito sino la expresión simbólica de la lucha de los fenicios con los indígenas. El territorio comprendido entre el Cabo de San Vicente y el Estrecho de Gibraltar se llamó primitivamente Libia (Avieno. 329, 332), por haberlo colonizado libios del Atlas.

A favor de la resuelta credibilidad de Costa existe la afirmación de Estrabón, según la cual el culto de Hércules en la Península es anterior a las colonizaciones tirias, indicándose que uno de los nombres que recibió de los españoles el forzudo semidios (Gádir-Adad; Sedded-Sandan; Anteo) que era el de Magnon o Maclon, equivalente a Maker, que en el idioma de los libios significaba Hércules.

No faltan en consecuencia, motivos para entender que las primeras colonias exóticas de Andalucía fueron etíopes o libioetíopes. De la existencia de una Etiopía occidental puede menos dudarse, si, además, es exacto, como dice Costa, que en los días de Eforo todavía conservaban memoria los tartesios de los movimientos de los etíopes por la Lybia hasta el Atlántico.

La personalidad étnica de los etíopes occidentales debió ser distinguida en extremo. Se les tiene por hombres blancos, de larga vida y no común estatura. Dionisio Periegete marca diferencias entre los etíopes de la Eritea, celebrados longevos, y los del Sudán, que no solían pasar de los cuarenta años. Prisciano subraya en su Periegesis la longeva condición de los etíopes de Occidente; y en la obra de Herodoto se ha creido descubrir una alusión a los pobladores de la Etiopía occidental, los hombres de mayor estatura, los más hermosos y los de vida más larga de todo el mundo.

No debe sorprender que estos etíopes se apartaran por completo, racialmente, de los aborígenes del Norte de África. Tampoco los libios en sentido estricto eran hombres del color y la fisonomía habituales en esos lugares. Los libu o ribu —de cuyo nombre tomaron los historiadores y geógrafos griegos el que dieron a los habitantes de la costa septentrional de África, desde Egipto hasta el Atlántico— aparecen representados en los monumentos egipcios como gentes de raza blanca, con ojos azules y cabello rubio, y se conjetura que procedía de Europa.

Con el tiempo se mezclaron en las tierras por ellos invadidas con pueblos morenos, que concluyeron absorbiéndolos; mas en las épocas primitivas de Egipto aun no se había producido la fusión, y los egipcios los retrataban de la suerte dicha, ahondando con hipérbole, la distancia racial entre los libios y su propia gente, por no estar hechos a ver en su latitud hombres tan desusados.

No se sabe de donde provenían los etíopes occidentales ni en que época pudieron derramarse por la Mauritania, ni acaso se sepa alguna vez. Herodoto (VII, 70) apunta que había dos naciones etíopes: la oriental, con individuos de cabello recto, y la de Lybia (¿Lybia sudanesa?), con sujetos que tenían el cabello más ensortijado del mundo. Cierto parece que el pueblo inmediato a Egipto por el Mediodía era el de los nashi o nahasu, de piel negra, quizás auténticos negros. con labios protuberantes y pelo ensortijado.

Estas gentes vivían en el valle del Nilo allende la primera Catarata y en territorio a uno y otro flanco de la Catarata, es decir, en la zona septentrional del territorio conocido hoy como Nubia. Detrás de los nashi, desviada al sudeste, se encontraba la nación llamada por los egipcios de los kish o kush y por los griegos y romanos etíope. Estos ocupaban el vasto espacio que se extiende entre el Nilo y Bahr.el-Azrek, por una parte, y en Atbara por otra, y habían poseído en otras épocas el valle del río Nilo en todo su curso desde Khartum a los límites del Egipto propio.

Ha de tenérseles por caucásicos, pues se hallan enlazados étnicamente con los cananeos, los árabes meridionales, los primitivos babilonios o acadios e incluso con los egipcios. Constituían tales etíopes población abundante, eran guerreros, forzudos y de estatura superior a al corriente. Rawlinson, History of Ancient Egipt, cap. III, págs. 114, 115.

Tharsis y Tarteso

Con la palabra Tharsis o Tarschich designa la Biblia por vez primera una localidad o zona que se piensa estuvo en el Mediodía de España y que llegó a encender y exaltar la imaginación de los antiguos, en especial de los pueblos semitas, con los mismos sueños y fábulas respecto de los metales preciosos que los rebaños de Gerión habían fomentado, quizá antes y que cristalizaron en el mito del viaje de Hércules a la Eritia.

La referencia más antigua a Tharsis figura en la Biblia en relación con el rey Salomón de Jerusalén, al filo del año 1000 antes de Cristo.

La flota de Salomón salía a la mar, a Tharsis, con la flota de Hiram: una vez cada tres años venía la flota de Tharsis, y traía oro, plata, marfil, simios y pavos. En el mismo libro se lee: Había Josaphat hecho navíos en Tharsis, los cuales habían de ir a Ophir por oro; mas no fueron, porque se rompieron en Ezion-geben. Primer Libro de los Reyes, cap. 10, n. 22. Versión española de Cipriano de Valera.

Tesoro de El Carambolo, Museo Arqueológico de Sevilla

En Isaías, en Jeremías, en Ezequiel —textos enmarcados en los ss. VIII, VII y VI antes de Cristo— son frecuentes las alusiones a Tharsis. Por ellas termínanos de ver el aprecio y admiración que los israelitas sentían por esta lejana colonia fenicia. Pero ya entramos en un periodo que cabe calificar de histórico, y, por tanto, no exento de transparencia para algunos temas.

La Biblia aporta interesantes datos para la historia de los fenicios, cuyas relaciones con los hebreos eran, según comprobaremos muy entrañables. Poco nos aclara, sin embargo, en punto a la precisa localización de Tharsis. Porque ignoramos si se dio este nombre por judíos y fenicios a una zona bien delimitada de Andalucía, el centro por excelencia de las riquezas en que alcanzó fama la región, o con si con esta palabra se mentaba, sin precisión alguna, todo el Mediodía de la Península Hispánica, o un lugar de Oriente (Tarsos de Asia Menor), o, en resolución, todo país o mercado de metal, y que se aplicara a España en determinado momento, pero no desde que ese nombre suena.

Milman, escribiendo sobre el tiempo de Salomón, sugiere que Tharsis era probablemente un nombre tan indefinido como las Indias Orientales en las primeras navegaciones europeas: hablando con propiedad, era el Sur de España, entonces rico en minas de oro y plata, el Perú de la aventura tiria.

Mas si, como semeja, Tharsis-Tarteso era una monarquía de gran antigüedad, tendría una capital, sede y asiento de la corte y el gobierno. El único rey histórico de carne y hueso, es Argantonio, que ciñó la corona en Cádiz en los ss. VII y VI. Como hemos visto, la tradición señala más de un monarca tartesio. Estrabón habla de los príncipes de Tarteso en plural.

En todo caso, los eslabones de la dinastía o dinastías anteriores a Argantonio se hallan sepultados en las sombras, son de indudable personalidad mítica, aunque algunos bien pudieran delatar reyes verdaderos: Gárgoris o Melícola, descubridor del procedimiento para recolectar la miel; Habis o Habidis, hijo de Gárgoris, príncipe legislador, que aleccionó a los tartesios en el arte de domar los toros para emplearlos en las faenas agrícolas y les enseñó a cultivar la tierra, además de dividir la nación en siete clases sociales y prohibir el trabajo a los nobles.

Otro rey de Tarteso fue Gerión, hijo de Crisaor, al decir de Hesíodo, el mismo a quien Hércules dio muerte. Como sucesor de Gerión y antecesor de Argantonio se cita a Norax, personaje, cual los que le preceden en la mitología, nebuloso para la Historia.

La localización de la primitiva capital de Tarteso, donde hubieron de reinar los antepasados de Argantonio, tampoco ha podido ser fijada. En esta cuestión ha venido sirviendo de guía el poema latino de un alto funcionario romano —hombre de Estado, le llama Meyer— de quien apenas hay noticia, si no es que escribió a fines del s. IV de nuestra era, probablemente en Cádiz. No referimos a Rufo Festo Avieno y su obra Ora Marítima, refundición de escritos históricos y geográficos de diversas plumas, mayormente griegas, compuestos siglos antes y que todavía se leían en su tiempo, o, en opinión de Schulten, redactado a base del periplo de un masaliota del año 570 antes de Cristo.

Avieno describe con minuciosidad no aventajada por ningún otro geógrafo antiguo el litoral español del Sur y el Levante, tal y como debía hallarse poblado en el s. VI antes de Cristo. Sitúa la ciudad de Tarteso en las bocas del Guadalquivir, en una isla —La Eritia de Hesíodo y Estesícor—, abrazada por el río al abrirse en dos grandes corrientes antes de perderse en el mar.

En pos de las ruinas de Tarteso, Schulten y otros arqueólogos han realizado laboriosas excavaciones en los lugares en que se presume estuvo enclavada la ilustre urbe, pero sin resultado positivo.

La orientación de Avieno parece indicar que la ciudad de Tarteso se encontraría en el territorio que hoy llaman Coto de doña Ana o de Doñana. Vista la esterilidad de las excavaciones, Bosch apunta que sería no más que un mercado, sin coincidencia con el verdadero centro político del país, que debía de hallarse más al interior, donde ha estado siempre.

Las cábalas en torno a la fijación de la capitalidad de Tarteso son , por supuesto, innúmeras y muy dispares entre sí. Poco favorecida es aquella que concentra Tarteso, capital y región, primitivamente en tierras de Huelva. Según eso, la Eritia sería la Saltés; el río Tarteso, el Tinto, o el Tinto y el Odiel en su confluencia, etc. Bien que no puedan ser aceptados como decisivos, dos extremos piden indulgencia para esta tesis: uno es el nombre de Tharsis, que se ha conservado a través de los siglos en un lugar de la sierra de esta misma denominación en la provincia de Huelva, al norte de Alosno; el otro es que Avieno pone a los tartesios occidentales en el s. VI antes de Cristo a la derecha del Anas (Guadiana).

Costa opina que Argantonio reinaba sobre el Iber andaluz (Odiel o Tinto) y sobre el Tarteso o Betis (Guadalquivir). Mas, ciertamente, no es Avieno donde puede obtenerse confirmación de que la capital estaba en Huelva, a juzgar por la casi totalidad de sus hermeneutas.

En resolución, nada nos es dable decir con visos de certidumbre sobre el particular, sino es que cuando reina Argantonio la capitalidad de Tarteso estaba en Cádiz.

La historia de Tarteso nos es conocida —en la medida que vamos viendo— gracias, sobre todo, a las fuentes literaria hebreas y griegas. Se trata de una historia enlazada con la de las colonizaciones fenicia y griega y con la irrupción cartaginesa. Envueltos en esos acontecimientos aparece todo el Mediodía y Este de España, y por ellos están afectados los pueblos que habitaban en el litoral, desde el Guadiana al Pirineo.